Para su primer disco en diez años, Tan Biónica tomó de referencia a Tan Biónica. Como lo hizo en su irrupción en la escena masiva de la música argentina, la voz de Chano, su forma de cantar y las melodías que lo protegen como a un bebé indefenso, siguen aquí, en El regreso, transmitiendo esa angustia y melancolía generada por el desamor. Esa que le permitió construir una masa de fans capaz de llenar cuantos estadios quisieran para cantar con la garganta rota estribillos pegadizos que hablan de vacíos existenciales.
Con este nuevo álbum, el grupo formado por los hermanos Moreno Charpentier —a Chano y Bambi hay que sumarles a Diega en batería y Seby en guitarra— reafirma ese sonido que va del pop bailable a la balada acústica y fortalece su cosmología —hay edenes, mil días, tormentas, luces, sombras—, pero no logra ir demasiado más allá. Tan Biónica se para tanto en su esencia que las diez canciones que dan forma al disco pueden funcionar como un flashback al 2015, cuando habían editado su última producción. Es como si se tratara de un paseo de algo más de media hora por un pasado apenas remasterizado y más triste que antes.
El disco arranca con “El alma en el camino” y una línea de synth con aura celestial, Chano contando para que aparezcan unas cuerdas acústicas suaves y luego cantar que “soy la sombra de una luz que no se quiere apagar”. Pensando en el significado de una vuelta —que el grupo arrancó en 2023 con una serie de shows que se terminó extendiendo por dos años y los llevó a recorrer el continente y Europa y ser vistos por más de 500.000 personas— que la primera canción se sostenga sobre una melodía baja y triste y con esa frase inicial puede remitir a resignación, a un es lo que hay o lo que queda. Sobre todo si lo que sigue es: “llevo una tristeza encima, que no puedo revocar”. Después, recién en la segunda parte de la canción, asoma un poco de luz, algo más parecido a una ventana resquebrajada que a un amanecer. Todo funciona como una buena muestra de lo que vendrá en las nueve canciones siguientes.
El track dos es “Tus cosas”, junto a Patricio Sardelli de Airbag, afianzando una amistad que comenzó en el show de regreso de Tan Biónica en el estadio de Vélez, con los hermanos sumándose para cerrar aquel recital. Acá la cosa empieza con otro pulso rítmico y una melodía pop a lo Tan Biónica. La capacidad del grupo para hacer hits sigue intacta, aún después de una década en silencio. La canción, que se monta sobre una percusión desenchufada —el cajón suena preciso y limpio— y algunos arreglos eléctricos que se cuelan para darle vuelo, es una balada de ruta —si no vean el video— donde Sardelli juega con su voz al punto de parecerse al Bon Jovi de los 90 y al Juanes de “Un poco pérdido”.
“El problema del amor” es el corte que el grupo presentó a modo de adelanto y es unos de los momentos donde el disco gana intensidad. Es acá donde, fiel a su historia, Tan Biónica adquiere ese color nocturno y etílico. Y de nuevo, otro hit. Bastan un par de escuchas para que el estribillo —”aunque te haga mal, yo te quiero bien”— quede rebotando en tu cabeza como un mantra que escuchaste toda tu vida.
Las collab siguen con Andrés Calamaro en “Mi vida”. Una canción pop bailable que empieza con un tintineo marca registrada —”La melodía de Dios”, por ejemplo— en donde la aparición de AC puede sonar algo forzada, tanto que su primera línea termina con la voz de Chano de fondo, como volviendo a traer la canción al registro del grupo. Hay algo en la forma de frasear —ese mood de trovador—, en el tono e incluso en el uso de algunas palabras de Calamaro que desentonan. Suena bastante a las últimas colaboraciones del Salmón con artistas actuales, donde el match no termina de cerrar y su presencia parece justificarse por su condición de prócer.
“En mi mundo” es la canción 2025 de Tan Biónica para llorar un domingo a la tarde—noche. Chano siendo Chano. Triste, viendo el duelo pero no pudiendo resolverlo y hundiéndose en el desamor, en la romantización de la ruptura. La depresión con épica. Y para extender esa narrativa de la que es tan fanático —y que, nobleza obliga, le sale muy bien: su capacidad de interpretar quebrando las palabras en esa narrativa, sus armonías angelicales y fraseos psicóticos— lo que sigue es “Mil días”, en donde aparecen esas líneas que van a quedar rebotando en el imaginario del fandom —“casi todas las respuestas llegan tarde”— esperando su lugar en cada show.
Después del intervalo instrumental de “X=4”, que parece una sinfonía para musicalizar una resurrección, llega el climax del disco con “Santa María”. Una versión más oscura de “Ciudad Mágica”. Quizás, es también, una respuesta al modo de Chano de afrontar los duelos: con un beat marchoso en el que pueden sonar unos coros de ángeles lisérgicos justo cuando él habla de un hechizo que cada noche estuvo drogándolo, cambiándolo, poniéndolo en otra piel. Y después le pide a Santa María que lo cuide y no lo deje alejarse de lo poco que tiene.
El último feat. llega con la versión de “Boquitas pintadas”, un himno de fanáticos que llega a su forma definitiva con Nicki Nicole, que parece la voz que la canción estuvo esperando años para su registro. Es suave y dulce, aunque por momentos se vuelve algo aniñada.
El cierre está a cargo de “La invención”, que empieza con una guitarra de canción de cuna sobre la que Chano se sube susurrando. Un final que entre planetas, lunas y soles, se llena de luces oscuras, como Tan Biónica.
