En agosto de 2022, decepcionado por la adaptación de Sandman, el cómic de Neil Gaiman, a una serie de diez episodios (supervisada por el propio autor), el crítico de TV de Rolling Stone Alan Sepinwall observó, probablemente negando con la cabeza: “Gaiman se preocupó tanto por entender si podría recrear fielmente el original, que no se detuvo a pensar si siquiera debía hacerlo así”.
Para Sepinwall, el problema de Sandman, la serie, era su estricto apego a Sandman, el cómic. Mientras que algunos, quizás muchos, fans de determinadas obras ponen el grito en el cielo al detectar cualquier desvío en su versión cinematográfica, el experto de la Rolling advertía contra el fenómeno opuesto: que a veces la literalidad puede ser justamente la mayor traición y que es imprescindible entender y honrar la especificidad de cada lenguaje y cada soporte. En otras palabras, llevar una historieta, cuadrito por cuadrito, a la pantalla, podría ser el plan menos recomendable si lo que se busca es celebrar un material.
Este dilema se enciende siempre ante toda adaptación, en la dirección que sea. Pero parece estar aún más presente en casos como los de historietas tan icónicas, casi legendarias, como Sandman y, claro, El Eternauta. Y es por eso que será el primer filtro con el que seguramente se considere la nueva versión del clásico de Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López, creada y dirigida por Bruno Stagnaro para Netflix. ¿Y? ¿Qué tan “respetuosa” es de la original? ¿Qué tan cercana es la producción más ambiciosa y millonaria de la industria audiovisual argentina a la historieta que Oesterheld y Solano López crearon artesanalmente y publicaron por entregas siete décadas atrás en la propia editorial del guionista?
Una declaración al inicio del capítulo 1 empieza a responder esto, poniéndolo en claro: dice “Basada en El Eternauta”. Y convendrá tomar, separar y mantener en reserva el término “basada”, porque va a ser fundamental para empezar a entender la búsqueda de Stagnaro y el rumbo de la serie.
De allí en más, es muy difícil ver esta producción sin jugar, en paralelo, al juego de las diferencias, sin contrastarlo todo con la historieta de 1957, sin esperar determinadas situaciones y locaciones (“¡Mirá: Vicente López!”, “¡La glorieta de Barrancas de Belgrano!”), sin saludar la entrada en escena de x personaje o bicho. Rápidamente, desde el comienzo del primer episodio de los seis que componen esta temporada, nos enteramos de algunas decisiones autorales fuertes: la aventura transcurre en la “actualidad” y no en la década del 50; este Juan Salvo (Ricardo Darín, ostensiblemente full-comprometido con la causa de defender a los suyos tanto como con la de bancar los trapos de la producción) es bastante mayor de edad que el de la historieta. Y habrá algunas otras, no menos fundamentales.
Vamos a evitar los spoilers (graves) con la misma precaución que Ricardo Darín peregrina por la avenida Maipú atento a que se le cruce un escarabajo gigante (oops). Pero digamos que hay signos de los tiempos, inequívocamente extraños a la década del 50: una inmigrante repartidora de app; referencias al estallido social de 2001; el super chino “Buen futuro” y un shopping; celulares, por supuesto, aunque (catástrofe) no funcionen. Pero también hay puentes con aquellas viñetas: la casa vintage en la que se refugian los protagonistas; una camioneta Estanciera; un noble bondi reciclado; el rock nacional que los amigos escuchan en vinilo en un Wincofon o cantan camino a la batalla (qué tal “Jugo de tomate frío” para levantarle el ánimo a la tropa); incluso los chistes viejos que intercambian; la vida sin celulares.
Pero todo arranca en terreno familiar: con un partido de truco y un núcleo de amigos similar a los delineados por Oesterheld. Y con un apagón inexplicable (una fantasía insólitamente coincidente en su estreno con el corte de energía masivo en España y Portugal apenas horas antes). Desde ese punto de partida, Juan Salvo, su ex mujer Elena (Carla Peterson), amigos (César Troncoso, notable como el ingeniero Favalli, ¿el personaje más espejado en los dibujos de Solano López?), aliados circunstanciales e incluso frenemies se enfrentan a lo desconocido.

Lo desconocido. No es una forma de decir nomás: a diferencia de El Eternauta, la historieta, el relato de la serie es sensiblemente más enigmático. Los personajes no conocen. Y el espectador, como mucho, creer conocer, en el caso de que haya leído la historieta o por lo menos tenga una idea previa sobre ella. De hecho, la serie parece hasta contar con cierto conocimiento previo del espectador-lector justamente para jugar con sus percepciones y preconceptos. Pero mientras que sobre el papel al menos de a poco se va esclareciendo (hasta un punto) qué es lo que golpea a Buenos Aires y probablemente el resto del mundo, en la pantalla todo es más desconcertante y, por tanto, ya no solo peligroso sino angustiante. Y humano.
Es atractivo (y loable) ver a Ricardo Darín en acción. Literalmente, “en acción”. Porque este Juan Salvo lleva al actor a terreno intransitado. No solo porque deba marchar por una Buenos Aires nevada y tomada por seres (y hechos) extraordinarios, sino por lo novedoso del desafío actoral: hoy Darín se convierte en héroe, por momentos de acción, y eso ya es toda una curiosidad a esta altura de su carrera.
Se repetirá y subrayará mil veces que El Eternauta de Netflix es la producción más ambiciosa en la historia audiovisual argentina. Ese concepto inapelable se basa en la espectacularidad de una Buenos Aires postapocalípitica (o ningún post: en PLENO Apocalipsis; acá el fin del mundo es un work in progress), bajo la nieve y bajo fuego. No hace falta mucho más para coincidir que postales como la de una inmensa muralla de autos detonados bloqueando Puente Saavedra.
Sin embargo, la obra de Stagnaro es igual de destacable por ingredientes menos dependientes de estudios de postproducción al otro lado del planeta. Hay acá apuestas de guion desafiantes, complejas y, si se quiere, incómodas, teniendo en cuenta el valor del material original. El monumental despliegue y presupuesto seguro que ayudan, mucho. Pero resulta clave el entendimiento de Stagnaro respecto de que el mejor homenaje que se le puede hacer a esta gran historia argentina es tomarla, comprenderla en serio y reimaginarla. Y, después, disfrutarla, jugando al juego de los parecidos y las diferencias; pero no sólo de lo explícito (caras, sitios, palabras) sino de lo profundo: las ilusiones, las frustraciones, las esperanzas y los traumas de ayer y de hoy en el país de Juan Salvo.


