Lo primero que hay que tener en cuenta es que Cromañón no es un documental ni pretende “contar las cosas tal cual fueron”. Es una serie de ficción y se toma las licencias que se toman todas las ficciones, con una salvedad: la cercanía del hecho inspirador y la vigencia del dolor que sigue causando en su público objetivo no permite a los realizadores correrse un milímetro de lo que se vivió, se indagó, se comprobó y se condenó. O sea: lo que se ve en pantalla es —grosso modo— una historia de amor joven en la que la tragedia juega un papel fundamental, no una investigación o siquiera un docudrama.
Sin embargo, con esa tragedia —por decirlo a lo bruto— no se jode: se puede no pretender reflejar toda la verdad con precisión y orden, pero la verdad como esqueleto debajo del storytelling no se negocia. Algo de eso le mencionó Josefina Licitra, una de las guionistas, a ROLLING STONE: “No puedo hablar por todo el equipo, pero sí por mí: le quité peso moral a la historia. Me centré en contar la historia de un grupo de amigos atravesados por una tragedia de dominio público. Cuando el objetivo es magnánimo, como entender y transmitir un dolor generacional, se puede volver una cárcel muy limitante al momento de contar una historia”.
Así las cosas: no hay (ni intenta haber) realidad en Cromañón: hay, en todo caso, respeto y verosímil. Recién a partir de ahí, cualquier discusión.
En lo estético, unos cuantos factores hacen que ese verosímil se toque seguido, pero por momentos parpadee. Para empezar, lo más evidente: se trata de la recreación de un fenómeno suburbano de clase media baja, anclado en Capital Federal y Gran Buenos Aires, por parte de una plataforma de streaming multinacional. Era de esperarse cierta estilización del movimiento de seguidores de lo que despectivamente se llamó “rock chabón” de mediados de los 2000 (se habla de “rolingas”, pero ojo: había códigos en común, aunque no era lo mismo un fan de La 25 que uno de Callejeros en aquella época), por una ineludible cuestión de distancia. En ese plan, hay desajustes menores: algún que otro vestuario que ningún pibe hubiera usado, alguna frase de laboratorio (que uno de los personajes hable justamente de que “el rock barrial está en auge” es una de las más ruidosas: el público no estaba ni enterado de aquella etiqueta periodística y menos la habría adoptado como propia), alguna situación que quienes hayan vivido dentro o por lo menos cerca de aquella corriente identificará como fuera de tono. Tampoco es menor que la serie sea un producto regional, no local: el desafío era, entonces, mantenerse lo suficientemente argentino (incluso porteño o conurbanense) en las formas como para no espantar a la audiencia de acá, y al mismo tiempo ser comprensible para un colombiano, un ecuatoriano o un latino de Miami.

Otros factores condicionantes: una directora (Marialy Rivas) chilena y un grupo de protagonistas que por edad ni siquiera recuerdan la tragedia (está claro que actuar no requiere haber vivido, pero no deja de aportar una cuota de artificialidad el conocer lo que pasó a través de relatos posteriores en lugar de haber seguido en los medios el minuto a minuto de aquella noche con angustia, como nos tocó a quienes sí éramos adultos el 30 de diciembre de 2004). Así se cocina un producto televisivo que, de nuevo, cuenta una historia sin perseguir la precisión de otras radiografías de aquel Zeitgeist. Alguien dijo que Pizza, birra, faso (1998) u Okupas (2000) retrataban con más fidelidad lo que pensaban, hacían y adoraban los pibes de Cromañón, y es cierto: el punto es que Cromañón, la serie, no busca competir en ese plano.
Lo que queda es una historia y unas pocas subtramas. El tronco: un triángulo amoroso entre Malena Guzmán (Olivia Nuss), Nicolás (Toto Rovito) y Lucas Binder (José Giménez Zapiola), inserto en una postal de la vida suburbana joven con más foco costumbrista que anclaje sociopolítico genuino (la Argentina que de a poco empezaba a acomodarse después de la debacle menemista-delarruista es circunstancial). Como relatos periféricos, no mucho más que los vínculos entre los personajes secundarios (incluida una relación homosexual sin contexto, que parece puesta solo para mostrar diversidad, sin ahondar en los conflictos que implicaría ese amor). Buena parte de la serie se va en esto: una atracción negada, las vicisitudes de una banda queriendo despegar, la amistad y la lealtad como valores de barrio, con un show de Callejeros en República Cromañón al que todos querían ir para despedir el año. Hasta que se desata la tragedia (retratada en escenas opresivas, difíciles de ver), y ahí cambian las reglas del grupo y de la serie: a partir de ese punto, lo que lleva la historia de la mano es la culpa.

Ese esqueleto de realidad del que hablábamos más arriba se hace presente más que nunca en los últimos capítulos. Así como se logra esquivar caricaturas estéticas, también se consigue evitar facilismos en el relato: hay culpables, sí, pero también debates con posiciones encontradas sobre su responsabilidad (sobre todo con Callejeros, no tanto con Chabán), algún gesto del statu quo con las víctimas y sus familiares, pero también desidia que todos conocemos (el personaje de Luis Machín es el encargado de subrayar, con una actuación fantástica, ese rasgo) y todo el desconcierto posible que viene con una catástrofe así.
Hay grises, que es lo mejor que le puede pasar a un producto audiovisual. También hay redención, pero es una redención herida para siempre, no un final feliz novelesco. Que las ONG de sobrevivientes hayan asesorado a los guionistas se nota: el mensaje es que se puede convivir con Cromañón, pero no se lo puede resolver. Y eso es lo bueno: en ningún momento se busca la foto, pero tampoco se cae en el dibujo.


