Crítica: Bad Bunny – ‘Debí tirar más fotos’

En su sexto disco de estudio, el artista de Puerto Rico se pregunta cuál es su legado, la huella y la evolución real de su obra

Por  FEDERICO MARTÍNEZ PENNA

enero 9, 2025

Eric Rojas

De alguna manera, Bad Bunny siempre llevó a Puerto Rico al frente como pilar identitario y narrativo. Ya fuera en defensa indeclinable del español para sus canciones, como en la celebración de su cultura en sus discos, singles y presentaciones en vivo, hasta en su onduloso posicionamiento político. Pero con el excelente Debí tirar más fotos, su sexto álbum solista (siete si contamos el compilado LAS QUE NO IBAN A SALIR), alcanza nuevas profundidades.

DTMF opera con cierta distancia del ying-yang impredecible de años recientes. Se reparte entre el fatalismo del apocalipsis del estrellato y trap latino en Nadie sabe lo que va a pasar mañana (2023) y el luminoso cielo multicolor de las posibilidades de Un verano sin ti (2022), pero en el medio ofrece un recorrido familiar, la entrada a la adultez y la celebración de lo personal.

Este disco enteramente grabado en Puerto Rico con productores y músicos de todas las edades, también muestra a un artista en su independencia creativa máxima. Sobre todo, liberado de ciertas expectativas, de la urgencia de las métricas y la algoritmia. Sabe que de alguna manera hay otros tantos discos para que sus fans encuentren eso que ya hizo. Ahí se devela una nueva clave: en una dimensión muchísimo más compleja pareciera que Bad Bunny se tomó el trabajo de preguntarse a sí mismo cuál es su legado, la huella y la evolución real de su obra. Eso hace que DTMF avance tanto hacia el costado como adelante. Reforcemos por si no se entendió: si Bad Bunny antes construía desde el trap o el reggaetón y de ahí llamaba a algún que otro elemento de otro tiempo, acá es al revés. La tradición y la raíz se proyectan hacia el futuro.

No resulta arbitrario el inicio con “Nuevayol”. Funciona como acto de reconocimiento y reconstrucción originaria en el planeta íntimo de BB, que es una misión emparentada con la Fania, justamente en esas mismas coordenadas. Ambos se fueron de la isla a la conquista del sueño americano sin bajar la bandera. La diferencia de este enfoque es que Benito no lo hace desde el ghetto de los squats incendiados, ratas y heroína de la gran manzana en los setenta, en tiempos de Lavoe, Miranda y Colón. Lo hace con la comodidad de ser una megaestrella pop multimedia; ya sea de música, cine, indumentaria o lucha libre.

Desde la metrópoli empieza su travesía de regreso a la isla de sus amores. Escapándole al tag de “disco conceptual”, este es un viaje donde cada canción es también un registro visual que conecta una multiplicidad de geografías, dialectos, músicas, gastronomía, política, colores e inclusive biología y fauna locales.

La estructura es así, de norte a sur. La primera mitad desde los sonidos más ampulosos y hi-fi de las ciudades ruidosas, aunque con ciertas concesiones. En “Baile Inolvidable” Bad Bunny muestra que el ingreso a los treinta años es para tomarse su tiempo, sin urgencias, en una salsa de descarga progresiva, con un piano de salón sin edulcorar (cortesía de los jóvenes de la escuela Libre de Música Ernesto Ramos Antonini). “Weltita” es un neo-bolero camaleónico. Se va moviendo de beat, en un desfile por el house y el pop de club con sintes violentos, mientras Benito canta en una clave homogénea; un recurso que C. Tangana terminó de rubricar a partir de El Madrileño.

Detrás del humo y la psicodelia, “Bokete” ofrece una bachata donde BB equipara a una mujer de la que se separó y quiere evitar ver a toda costa, de la misma forma que los lugareños buscan zafar de los múltiples pozos en la estructura de calles y autopistas de la isla. Rainao lo hace también con su featuring en el brillante “Perfumito nuevo”, donde mezcla posiciones sexuales con montañas y frutas de estación.

Para la segunda mitad, la escenografía de DTMF muta a los grillos en la noche del monte, la sazón que arrulla al mar de la playa caribeña y el perreo intenso cuando se deponen las armas en los caseríos.

Turista” es el punto equidistante del trayecto en que Bad Bunny se pone el alma vieja del Benito antes de ser el Conejo Malo, y de esa manera con el virtual segundo acto ya tiene sus pies en la isla. En una entrevista reciente, de hecho admitió que la génesis del disco surgió con el espíritu de la música jíbara de los montes de Puerto Rico en los años cuarenta y cincuenta. “Café con Ron” recibe al corillo y se pasea por todos los barrios con una infecciosa plena de tambores metálicos, en las pesadas manos y voces de Los Pleneros de la Costa. Bebida en mano —sea café o ron—, continúa la invocación de postales de la calle boricua en “Pitorro de coco”. Quizás ese sea uno de los pocos instantes en que ponga a prueba su credibilidad, sobre todo considerando que Benito no puede estar más alejado de aquel licor ilegal del inframundo (imaginen a Duki ahora, con cuatro Vélez encima, cantando sobre… ¿una jarra loca, un viajero o un pritiado?). Sin embargo, de alguna forma lo transita con hidalguía.

Este es el disco de un adulto. Es decir, todavía se lamenta por las que se fueron y que aun así lo stalkean y lo tienen en close friends en las redes, y también se sigue vacilando, picheando y chingando. Pruebas sobradas de eso hay en la primera parte con “Voy a llevarte a PR” y “Veldá”, y en la segunda mitad con “EoO”, producido por Tainy. La última es prácticamente una carta de amor al reggaetón clásico post-2004. Un dembow por el que, de Daddy Yankee y Don Omar a Ñejo y Dálmata, pasando por Alexis y Fido o Zion y Lennox, matarían por tener en su discografía. Pero la adultez corre su velo en “Lo que le pasó a Hawaii” un himno de resistencia boricua contra la gentrificación y el sometimiento americano por sobre la isla, quizás uno de los gestos más explícitos del conejo desde “El apagón”.

En “La Mudanza” hay algo de eso también, con un repaso de biografía familiar y cultura isleña, pero sin sonar académico. Una reconexión desde un lugar apto para su figura y órbita actual. Acá no hay impostaciones de convertirse de un día a otro en Rubén Blades o Residente. Por eso, cuando dice eso de que “Aquí mataron gente por sacar la bandera”, suena con justicia.

La inquietante búsqueda de la eternidad no es algo nuevo para el cantante. Ya en 2016, de instantáneas de Soundcloud y embolsar las compras en la caja de un supermercado, afirmaba, “Ya me estoy poniendo viejo y ayer era un nene / Espero poder inmortalizar mi ADN / Y que hasta el 2090 mi música suene”, algo que extendió en “De Museo” en 2020 y “NADIE SABE” de 2023. Primero, un trapero de proyección que evolucionó en estrella pop global marcando tendencia. Ahora, con Debí tirar más fotos, Bad Bunny se talló a sí mismo un lugar en el lenguaje universal, en el panteón de lo clásico. Y lo clásico pocas veces sonó tan divertido y excitante como acá.