Cuando publicó Las malas en 2019, no solo aseguró su lugar merecido en el canon de la literatura queer nacional, junto a nombres de la talla de Puig, Mujica Lainez y Copi. De la noche a la mañana, Camila Sosa Villada fue ascendida al estatuto de figura ineludible dentro del panorama cultural argentino, accediendo a aquel espacio de notoriedad que termina inevitablemente subsumido por la maquinaria tan conocida y eficiente de la adaptación cinematográfica: la novela vende, se traspone al cine, la película se estrena y el libro vuelve a circular.
Tesis sobre una domesticación, dirigida por Javier Van de Couter, es la primera de tales adaptaciones. Proyectada en el BAFICI en abril y estrenada en salas comerciales en mayo, la película se ancla sobre una interpretación superlativa de la propia Camila (con el soporte sólido de Sebastián Arzeno, como el dramaturgo que la dirige en el teatro, y el mexicano Alfonso Poncho Herrera, como su marido), y sigue el proceso de asimilación de una actriz travesti que, propulsada por el éxito, comienza a acostumbrarse a las mieles de la burguesía y a tildar las casillas del mandato heteronormativo, entre ellas el matrimonio y la maternidad.
Sería fácil recurrir a una lectura autorista y asumir que el arco protagónico tiene un correlato directo con la vida de Sosa Villada, pero todo señala que ella sigue igual de indómita que siempre, y que el éxito (el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, las traducciones a incontables idiomas) no pudo apaciguar aquella voz escritora que con tanta sagacidad describió la experiencia travesti bajo la Córdoba del intendente Germán Kammerath.

Tanto es así que Tesis, después de proyectarse en el BAFICI, ahora se estrena en salas comerciales, bajo ciertas elucubraciones de conflicto entre la escritora y Van de Couter (quien ya había dirigido a Camila en Mía, de 2011) por presuntas diferencias artísticas; en particular, una modificación drástica del final. “Ahora te cuento las intimidades”, promete Camila durante un desayuno en un café de Recoleta que se llama Bogotá.
Lejos de parecer consternada, Camila se encuentra animada y resplandeciente, pese a haber descansado poco la noche anterior: aprovechó el hueco en su agenda para tomar pisco y cantar tangos con su amiga Julieta Laso, en la casa de Rita Segato. La música no se detiene: “¡Devuélveme el rosario de mi madre!”, entona mientras pide un café con leche. Era de esperar que su habla esté signada por la precisión –es escritora, después de todo–, pero lo que sorprende y reconforta es su calidez y su incesante sentido del humor.
Tesis sobre una domesticación acaba de llegar a la pantalla grande, y la adaptación de Las malas está en camino. ¿Qué desafíos supone trasponer la esencia literaria de tus obras a un formato distinto?
Adaptar un libro a una película siempre es querer meter el infinito en algo finito. La literatura es el terreno de lo que no se acaba nunca: podés inventar lo que quieras, decir lo que quieras y hacer el mundo que quieras. En cambio, el cine tiene sus limitaciones económicas, de tiempo y de espacio. Además, meter la cabeza de una mina como yo dentro de una película ya es un poco riesgoso. Extraño algunas cosas que me parece que deberían haber estado en la película, como por ejemplo La voz humana, pero cuando vi Tesis en la pantalla grande dije: “Está bien, es el mismo personaje”. En todo caso, lo que pasó un poco con Javier Van de Couter y Laura Huberman, que fueron los coguionistas de la película, fue que ellos más que encantados con la historia estaban encantados con el personaje de la actriz. Capaz te dicen otra cosa, pero me da la sensación de que todos estábamos enamorados de ella. Yo sobre todo, porque es el personaje que más amé de los que escribí. Ahora estoy escribiendo algo que posiblemente supere mi amor por la actriz.
¿Qué nos podés adelantar?
Se llama Lily, es alcohólica y no tiene ganas de vivir.
¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Javier en esta película en contraposición a su colaboración en Mía (2011)? ¿Descubriste algo nuevo del material a través de la mirada ajena?
El personaje del director que apareció con Sebastián Arzeno me parecía mucho más bonito que el que yo había escrito, y le robé un poquito de su alma para la reescritura de la novela. El encuentro con Javier fue de clases, y esto es importante decirlo porque las travas siempre estamos subordinadas, siempre estamos mirando de abajo hacia arriba. Esto es algo que pasó con el libro también. La protagonista no mira a los lectores desde abajo, suplicando piedad o que le perdonen la vida. Ella es una mina que tiene poder y dinero, y hace lo que quiere cuando quiere y como quiere. Con Javier fue encontrarse así, y creo que él no estaba acostumbrado a esa Camila. Además, siempre que habíamos trabajado lo habíamos hecho porque necesitaba el dinero. Ahora no. De hecho no gané nada con la película. Las actrices de cine son muy pobres. Yo cobré mucho más del mínimo, y era muy poco comparado con lo que gano con la literatura. Eso, para todos, fue una discusión de orden semiótico en el set: enfrentarse a una trava con poder. Porque además yo era la que más sabía de la película. Pero bueno, de lo que no se pudo encargar la escritora se encargó la actriz.
¿Qué discusiones tuviste con el resto del equipo durante la preproducción, a la hora de conceptualizar el abordaje del proyecto?
Mirá, con respecto a los entreveros y las discusiones, la primera fue el look de ella. Ellos la veían más como una flor, como esas minas que se disfrazan para cada ocasión. Iba al juzgado, entonces tenía que vestirse de determinada manera; y después iba a una fiesta y tenía que vestirse de otra. Yo decía: “Esta mina no es así, es una rockera como Courtney Love”. ¿La viste cuando le tira los labiales a Madonna? Es increíble.
Si vas a cualquier clase de guion, te dicen que lo más importante es el conflicto y que lo que más entretiene a la gente es el drama; por eso hay parejas que persisten casadas pese a pelearse todo el tiempo. Courtney siempre está en el centro de la vorágine.
Más que un drama, es una tragedia caminando. A ver, se le pegó un tiro el marido, que era el hombre más lindo del mundo. En fin, una de las discusiones fue esa. Para mí, ella tenía que estar entre desnuda y vestida, corriendo el riesgo constante de que se le escapara alguna teta o se le viera un poco el culo. Eso sí lo logré. Pero de la decisión de que la obra fuera Pasífae y no La voz humana me enteré la semana antes, que vine a ensayar y verme con los actores.
¿A qué se debió el cambio?
Tendrías que preguntarle a Javier. A mí me da la sensación de que no se bancan no tener autoridad creativa.
¿Sentís que fueron decisiones tomadas arbitrariamente para sentir un poco de incidencia frente a tu presencia tan marcada como autora, coguionista y actriz?
Sí, bien de hombre. A la casa del padre nunca me la consultaron, por ejemplo. ¿Viste que tiene cueros, sogas y lazos? Es como un cuadro de Molina Campos, y eso me parece que fue pensar que la vida en las provincias es siempre gauchesca. Había otra escena, cuando el nene viene con un ojo morado del colegio, y estuvimos una hora discutiendo su eje. Javier decía que ella abandonaba a su hijo por su carrera, y que el teatro era más importante que su hijo. Y yo contestaba: “Bueno, el abogado ese mismo día va a ir al estudio y ella se va a tener que quedar a cuidar al chico, ¿por qué? No tiene un cáncer de páncreas, tiene un ojo morado nada más”. Esas discusiones fueron bravas y ellos tenían todo el tiempo la idea de que ella tenía que sacrificarse más de la cuenta. Lo otro que pasó en el set, y yo me di cuenta tarde porque si no lo hubiera marcado antes, es que Javier pensaba que todos los que se le acercaban obtenían algo de ella, y que ninguno la deseaba honestamente. Y yo nunca escribí eso.
¿Y lo actuaste así?
No. Yo di la batalla hasta el último momento. Por eso te digo, lo que no pudo hacer la escritora lo hizo la actriz.
¿Sentís que te fuiste domesticando en algún sentido? Porque aburguesarse es una cosa, pero aceptar con docilidad el lugar que se te asigna es otra distinta.
Mirá, a mi papá le diagnosticaron leucemia en el 2023. Una leucemia crónica, está en tratamiento y está bien. Pero el otro día estaba engripado, el médico le había dado antibióticos y tenía mucha tos. Le digo: “Papá, te tenés que hacer vapores tres veces al día”. “No quiere, no te va a hacer caso”, me dice mi mamá. Entonces le digo a él: “Pero ni el cáncer te domestica”. Yo soy un poco así. Por eso soy incómoda en los sets de filmación, en las editoriales, en las entrevistas y en las relaciones también. No me dejo maltratar, y ese siempre es un costo que hay que pagar por ser brava.
Si esa es la herencia paterna, ¿cuál es la materna?
No me gusta reconocer esto de mi mamá, pero la ternura. Soy una persona muy cariñosa con la gente que quiero. Con mis novios he sido muy cariñosa y generosa además.
Hay dos escenas que me impactaron por su ternura y por cómo las encaraste actoralmente. Hablo del momento en que describís al abogado como una casa y de cuando tenés el desayuno con el que va a ser tu hijo y evitás el contacto visual todo el tiempo. La situación te abruma y el mismo cuerpo lo somatiza. ¿Cómo fueron esos días antes de que se filmaran las tomas?
Sí, esos momentos me salieron bien. Hay una intimidad cuando ella se ahoga. Las peores escenas eran aquellas donde ella tenía mucho compromiso físico. Esas eran terribles, y muchas no quedaron. Anoche me decía Julieta Laso: “Te tenés que ir del país cuando esto esté en salas, te van a querer coger todos”. No las pensé, pero se ve que estoy bien intuitivamente porque con cada uno fue diferente: con el director es recontra guarra, con el borracho es abusadora, con el otro tipo está caliente porque es el novio de la madre, y al abogado lo ama. Me resultaba un poco raro después no irme a tomar un trago con Poncho, Alfonso Herrera, pero él es super profesional y correcto, entonces se iba a su departamento a dormir. Cuando terminamos de rodar en el CCK, estuvimos dos semanas encerrados en el departamento haciendo todas las escenas, y se había vuelto muy opresivo el lugar. Hacía mucho calor, no teníamos aire acondicionado, no se podía prender por el ruido, teníamos que bajar no sé cuántos pisos para cambiarnos y yo estaba siempre con tacos. Había aparecido Arzeno también, y yo había empezado como a darle celos a Poncho. Estábamos comiendo, yo abría la puerta y decía: “¿Por qué no está Arzeno hoy acá?”. A él se le partía el corazón. Me venía a hablar y yo lo ignoraba, estaba en plan hija de puta. No estaba siendo buena. Pero hizo que hubiera algo de verdadera incomodidad entre los dos, porque además yo estaba procesando el hecho de que es él quien la empuja a ella a todo eso. Y ella cumple con su deseo, como lo hacemos todos en el amor, en la familia o donde sea. Conciliar, taparle la falta al otro. Bueno, entonces eran las primeras escenas con mucho compromiso del nene y yo me había puesto muy mala. Al otro día tuvimos la escena de la discusión en la camioneta, y ahí terminó de cerrar algo. Te puedo decir esto en torno de la actuación: yo sabía que la cámara iba a captar cualquier mentira. Yo encontré dos. Cuando el nene le dice: “¿Por qué no me quedo ya?”, y ella responde: “Yo sí te lo puedo prometer”. Ese diálogo fue una tortura para mí: el nene se asustaba cuando tenía mucha letra y yo tenía que pagar el precio como adulta, porque también me ponía nerviosa y me desconcentraba. Después, cuando el nene le pregunta a ella: “¿Me extrañaste? ¿Y a papá? ¿Y a cuál de los dos extrañaste más?”. Y ella contesta: “Eso no se pregunta”. Ahí dije: “Qué mal que lo hice, por favor”. Me comí el viaje, y durante esos dos meses fui la actriz. Y eso me costó muchísimo. Me costó estar hoy medicada con antidepresivos, y terminar abajo de una mesa con ataques de pánico.
Quiero saber de tu proceso actoral en general. ¿Hay alguna técnica que persista en vos indistintamente del personaje, aparte de saberte la letra?
Tengo varias. Una es el entrenamiento físico: estar elongada antes de cada función o de cada toma o de lo que sea. Se supone que las emociones van por debajo de las capas de los músculos, entonces a los músculos los tenés que tener elongados. Eso hace que tengas más aire. Antes de cada toma, hacía no sé cuántos saludos al sol. ¿Qué más les decía a mis alumnos? La conciencia de la mirada. La mirada es un músculo que transmite todo. En lo posible tener mapeado todo lo que vas a hacer, e ir con la menor cantidad de dudas al set para poder aflojar si aparece algo que no previste.
¿Sentís que el gesto te lleva más a la emoción o es más una inmanencia?
Es inmanente. No tengo esa técnica de las actrices que hacen cine con frecuencia y saben mentir un llanto o un enojo. No lo sé hacer, pero no lo quiero hacer tampoco. Yo no tenía ganas de fingir que lloraba si no lloraba, entonces cuando tenía que llorar lloraba de tristeza. Para eso tenía un par de canciones. “Lo dudo” era una, la escuchaba y pensaba en Poncho, que se iba con ese otro tipo. Algunos poemas de Sharon Olds, en torno al niño y a él. Hay uno que se llama “No me puedo olvidar de la mujer en el espejo”, de hecho se lo leí a Poncho antes de la primera escena en que ellos cogen. Ella dice que está cogiendo, y que ve en el espejo cómo empuja hacia atrás para coger con el marido, y cómo le cuelgan las tetas, y cómo tiene las “ancas magras”, eso es bellísimo. Finalmente, en un momento, hace contacto con la mina que está en el espejo, y la mina la mira y le dice: “Para esto estoy acá, para eso fui hecha en este mundo”. Eso también era una técnica que tenía para entrar en sintonía. Cuando había fiesta ponía temas de Róisín Murphy.
¿Quiénes son tus referentes actorales?
Anna Magnani en primerísimo primer lugar. Después, Gena Rowlands.

Hay un poco de Opening Night en Tesis.
Sí, total. Carmen Maura. Marisa Paredes también. De Argentina, Alicia Bruzzo. Graciela Borges me parece que es la mejor actriz que hay en este país. Sonia Braga. Jeanne Moreau. Annie Girardot. Ellas son mis referentes, las miro y las estudio. Cuando daba clases de actuación, les daba a mis alumnos un listado de películas que tenían que ver y después las teníamos que discutir en la clase. Les daba una hora de entrenamiento físico, una hora y cuarenta de trabajo de texto y veinte minutos para hablar del oficio. Entre esas cosas estaba ver cine.
¿Qué opinás sobre toda la polémica en torno de Karla Sofía Gascón [protagonista de Emilia Pérez]? ¿Incidió sobre la preproducción de Las malas [también protagonizada por Gascón]?
Yo creo que hubo un trasfondo transfóbico, pero no puedo decir mucho porque tengo un contrato de confidencialidad. Sí creo que a ella la usaron para posicionar una película mediocre en los festivales más importantes con este discursito de “la primera trans nominada a los Óscars”, “la primera trans que ganó en Cannes”. Y cuando ella hizo algo que hace todo el mundo, que es cometer errores (o ser desagradable, o decir algo fuera de lugar o lo que sea), lo que hicieron fue decirle: “Vos no pertenecés más a este proyecto”. Y todo el mundo se olvidó de ella. Fue una tristeza enorme verla en los Óscars. Al director nadie lo canceló. Eso me parece que pasó con ella, y no te puedo decir más.
Hablaste con frecuencia de la identidad travesti como algo inherentemente asociado a lo latinoamericano y también a la marginalidad, en donde la exposición a la ruina es algo constitutivo. Lo interesante de Tesis es que plantea la pregunta de qué pasa cuando se consigue la tranquilidad que ofrece el dinero. ¿Hubo algo que hayas dado por sentado de tu personalidad, que terminó siendo circunstancia pura?
Siempre fui soberbia, por ejemplo [risas]. No es que la plata me cambió. Siempre me creí más inteligente que el resto, siempre disfruté de educar a la gente y de amasar a los pakis. Sobre todo porque mi inteligencia era un valor de cambio que podía ofrecer a cambio de que no me llevaran presa, o de que mi papá y mis compañeros no me pegaran. Lo que sí es cierto es que yo era mucho más viva antes. No sé si más inteligente, pero más viva. La distribución del tiempo de una vida cambia, porque lo que vos ponés de tu cuerpo o de tu inteligencia para ganarte el pan lo ponés en otro lado, en el ocio o en el sexo. Eso hace que las personas no soporten ver a un puto a la misma altura. Además, nadie te enseña qué es tener dinero, cómo tenerlo, cómo administrarlo, cómo es evadir impuestos. Yo veía a mis colegas y todos tenían cuentas afuera. Yo pesifiqué todo lo que gané, y perdí el 40% de mis ganancias por estúpida. No porque sea honesta ni nada. No sabía cómo se hacía. Después, hay algo de la percepción del sabor, del olor y de cómo te relacionás con la materia que también cambia: sabores que no se habían hecho para mi boca empezaron a venir a mi mesa. Por ejemplo, el cangrejo o el caviar, las comidas que me vuelven loca y que pido sí o sí cuando me voy a un lugar con mar. Eso es lo que cambia cuando vos tenés plata y venís del barro. Sumaría también que además de tener más dinero, soy muy reconocida. Entonces es más difícil hacerme daño.
Es una forma de capital el prestigio.
Pero yo siempre fui prestigiosa. En el colegio también era una buena alumna. También hacía las cosas bien. Y cuando salí a vender helado o pan casero, vendía todos los panes caseros y todos los helados. Siempre fui responsable, siempre fui lúcida. Es decir, ese prestigio no fue novedad para mí. Lo mismo que ser famosa. Yo era la única travesti que andaba en Ciudad Universitaria, la única travesti de mi pueblo, estoy acostumbrada a eso. Para mí no es una novedad que me señalen por la calle.
Con respecto a esta viveza necesaria para sobrevivir a este sistema horrible, ¿recordás algún momento específico en el que hayas tomado conciencia de que el mundo estaba ordenado según roles de género, y la falta de adecuación a ellos resultaba en punición?
Yo me di cuenta de que lo que me estaba pasando era algo que provocaba mucho malestar, porque todo era en tono acusatorio, cruel, de queja, de maldad. Pero no tengo memoria exacta, como tampoco tengo memoria exacta de cuando me empecé a vestir de mina.
Cuando leí Las malas…
No confíes en Las malas.
Buena respuesta. OK, en entrevistas anteriores has dicho que fue un proceso orgánico, y que ya de niña la primera persona de tu voz narradora estaba en femenino. ¿Hubo algún momento epifánico en el que descubriste que tu identidad no era la que se te había asignado?
No. Bueno, en realidad sí. ¿Sabés que fue el amor? La primera vez que me enamoré y me di cuenta de que estaba mal. De un profesor. Ahí me di cuenta de que estaba mal, pero también de quién era yo, de cómo amaba yo, cómo deseaba yo, para qué lo quería a él. Eso fue lo que me pasó con darme cuenta.
Acabás de publicar La traición de mi lengua. ¿Querés contarme acerca de las operaciones formales que pusiste en práctica para este libro, o en los anteriores? ¿Qué te propusiste hacer en términos de estilo?
Nada. No tengo ningún propósito, soy un despropósito total como escritora. Tengo apenas una idea o una imagen que dispara todo, y después me siento y empiezo a escribir. En Tesis era el auto cruzando la montaña. En Las malas era la Tía Encarna corriendo con los tacos a agarrar al bebé porque lo escuchaba llorar. En El viaje inútil era este nene sentado en la falda del papá aprendiendo a escribir. Con la poesía es distinto porque cada poema tiene su imagen, pero nunca tengo propósitos y seguramente si los tuviera después los traicionaría.
¿Cuál fue el mayor aprendizaje que te dejó Juan Forn?
Ir al hueso. Ir directamente al carozo. Cuando tenés un tema, tenés que escribirlo directamente. No hay que rodear el conflicto, y hacer esa cosa mezquina de la trama donde vas como acercándote por un costado. Es preferible largarlo todo desde un comienzo, y después hacer lo que quieras con el libro. Pero hay que ir al hueso.
¿Nunca estuvo la urgencia de mudarte a Buenos Aires y capitalizar todo aquello que te pasó?
No. Nada. Ni un poco. Nunca jamás. No se me ocurriría. De hecho cada vez que vengo lo único en lo que estoy pensando es en cuándo me voy.
Para cerrar, quería preguntarte sobre el choque entre tu idiosincrasia más foránea y este mundo literato y porteño que se rige tanto por talleres y amiguismo. Recuerdo una discusión tuitera en la que le dijiste a una escritora: “Pobre Sara Facio, si supiera las porquerías que premian en su nombre”. ¿Sentís que el hecho de ser provinciana, travesti y prestigiosa implicó un trato diferencial?
¡Uy! Qué mala. Sí, me acuerdo. Mirá, es por ser indomable. Es por no dejarme domesticar. Eso es. Por hacer las preguntas que nadie hace, por no estar de acuerdo con que la literatura cambie el mundo, por no creerme o pensar que es un trabajo. Tiene que ver con eso, con ser un personaje que no entiende la nomenclatura de la literatura ni de las editoriales ni del verticalismo del cine. No me puedo hacer cargo de eso. Aparte yo no pedí estar acá. Si yo lo hubiera pedido, si yo hubiera luchado toda mi vida y hubiera ido a todos los castings, o hubiera mandado mis libros a todos los editores… Bueno, me callo la boca. Pero yo no lo pedí, entonces no tengo por qué adaptarme a las rispideces de las industrias. Además es una ingenuidad porque son industrias. ¿Qué trava puede contra una industria? Yo no pude con la industria sexual ni tampoco pude con la literaria, ni tampoco pude con la cinematográfica. Y pago ese precio con mi cuerpo. Pero bueno, lo pago. Como dice ese tango: “Si he perdido, pago y me voy”.


