Adelanto de la biografía de Pity Álvarez: “No quiero ventajas amigos, peleo con las mismas armas”

Escrita por un historiador y amigo del músico, el mes próximo se publicará 'Piedrabuena Blues', con prólogo del mismo Pity

Por  ROLLING STONE

diciembre 23, 2025

Piedrabuena Blues es el nombre de la biografía de Pity Álvarez que se publicará en los primeros días de enero a través de Sudestada Libros. El libro fue escrito por Darío Alejandro Pagano, un profesor de historia y licenciado en Ciencia Política que dedica sus investigaciones a los asentamientos y barrios populares, donde además ejerce como docente a tiempo completo en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires. Como adelanto Rolling Stone le acerca a sus lectores el capítulo dedicado a Intoxicados titulado “La nueva religión”.

 “No quiero ventajas amigos, peleo con las mismas armas”, Cristian “Pity” Álvarez.

¡¡Buen día!!

Viejas Locas es una banda de rock and roll; Intoxicados, un concepto. Con este proyecto, Cristian Álvarez lograría concatenar un discurso ucrónico que diera sustento a una nueva etapa de su obra. Bajo la premisa de “La Nueva Religión”, propondría la perpetua tiranía de la aceptación del devenir en un mundo siempre amenazado por el —indefectible— apocalipsis. “La Nueva Religión” carece de liturgia: despojada de iconografía, no tiene mecas, iglesias ni templos. Tampoco pretende ser unidireccional. Como señala Pity, cada habitante de este mundo inventa la suya. En un recital en el Canal de la Música (CM), en 2003, Álvarez se dirigió a su público con una confesión tan simple como iluminadora: “No tengo púa y el amplificador no anda, tengo que salir por línea, pero eso es La Nueva Religión: conformarse con lo que venga, loco, aceptar las buenas y las malas. Yo lo estoy re disfrutando”.

Para él, la religión no se encuentra en las alturas, sino en la canción: siempre esgrimió que solo buscaba componer la pieza perfecta. En una entrevista con Roque Casciero publicada en el suplemento NO de Página/12, el 14 de mayo de 2001, sintetizó el núcleo de su fe personal: “La religión universal no existe, cada uno tiene su propia religión. Es muy fácil que la gente crea en Cristo. Es como que te digan ‘Led Zeppelin es la mejor banda’, y vos sigas eso. La religión la tiene que hacer cada uno, día a día, viendo el sol, la luna, la gente, sintiéndote mosquito, árbol, perro. Nunca va a haber una respuesta, ni tampoco razón”. Ese ideario encontró su versión más acabada en la canción Religión, donde Álvarez explica con maestría su cosmovisión del mundo y su filosofía. Mi filosofía es de la calle y es mía, afirmaría también Juanse por esos años. Desde el inicio, la lírica propone un desplazamiento: “Cada casa es un mundo cada mente un planeta donde tus ideas forman tu personalidad, nada está bien nada está mal todo es distinto es tu forma de pensar”. La religión de Pity no se apoya en tablas de mandamientos restrictivos, sino en la convicción de que existen múltiples realidades, tantas como subjetividades. Se trata de un credo flexible, que reemplaza el dogma por la aceptación de lo que el universo depare. El segundo movimiento es reflexivo e introspectivo: “No estoy arrepentido por lo que hice ayer, pero lo que no me gustó voy a tratar de cambiar”. Aquí se muestra un culto al aprendizaje, donde el arrepentimiento no es culpa ni penitencia, sino una decisión autónoma de corregir lo que no convence. Más adelante aparece la crítica a la idolatría del consumo, al “Fetichismo de la mercancía”, en términos marxistas.

“Muchos confunden la felicidad con todas esas cosas que no pueden comprar, yo no sé si será la televisión que les muestra un culo que no pueden tocar”. El “culo” televisivo funciona como la nueva estampita, la figurita imposible de una fe publicitaria que promete salvación en cuotas. Frente a esa trampa, Pity propone su propio panteón de próceres: “Mis amigos, mi familia, los perros y el sol son las cosas que yo tengo como religión”. Lo sagrado ya no se busca en lo inaccesible, sino en lo inmediato, en aquello que no requiere dinero ni pantallas. Por último, la enumeración de oficios y condiciones —un remisero, un obrero, un profesor de facultad, un cantante de rock, el que vende estampitas…— culmina en una negación de las jerarquías: todo da lo mismo si se supo disfrutar. La Nueva Religión no reconoce títulos nobiliarios ni estratos; lo único que vale es la experiencia vital, la capacidad de encontrar placer incluso en medio de la marginalidad. Así, el credo de Pity es simple y radical. No se trata de una religión organizada, sino de una fe laica en lo cercano, lo vivido y lo compartido. La religión de Pity es terrenal: amigos, familia, perros, sol. Nada de santos ni milagros, nada de alumbramientos ni revelaciones. Solo acordes y estribillos. En una entrevista televisiva con Jorge Lanata, en 2012, fue aún más tajante: “La suerte son los huevos que le pongas a la vida”. Ese credo lo convirtió en un profeta sin iglesia, en un guía involuntario, un genio y un ilusionista al que muchos siguieron y veneraron. En sus conciertos, entre canción y canción, dejaba caer fragmentos de su filosofía. En el Pepsi Music 2005, pronunció un sermón que reforzaba su incipiente dogma: “Siempre digo lo mismo: la vida tiene que ser equilibrada, no podemos ser felices toda la vida. A veces debemos tener bajones para apreciar los momentos de felicidad. No podemos ser buenos todo el tiempo, de vez en cuando está bueno subirse a un auto e irse bien lejos para demostrar que somos buenas personas. De vez en cuando tenemos que comer mucha grasa y engordar para demostrar que somos hermosos debajo de la piel y que un nombre no nos identifica: el nombre es el de tu carrocería, debajo hay algo que te mueve. Espero que sean la mitad de sus vidas felices, la mitad”. En esa lógica, la infelicidad no es fracaso, sino condición necesaria de la existencia. “Todo se transforma”, decía Pity, y con esa máxima empujaba a su público a aceptar el movimiento perpetuo de la vida. Burbuja -histórico tecladista de Viejas Locas- comenta: “Jerarquías siempre hubo, ya se sabían los roles, Pity era el jefe, traía las canciones, estaba más que claro”. Aquí se establece un orden que no deja lugar a dudas: la figura de Pity funcionaba como el centro de autoridad y creatividad. A continuación, Burbuja detalla la modalidad de trabajo: “Pity traía directamente la canción cocinada desde la letra y la estructura, por ahí algunas cosas modificábamos, pero todo bien claro: estrofa, estribo y después sí, interveníamos”. De este modo, el relato muestra cómo la iniciativa creadora recaía en Pity, quien armaba la base de las canciones, aunque habilitaba luego un margen de participación. Pity era un líder que se permitía delegar, dejaba espacio para la intervención colectiva en la instancia de arreglos de las canciones.

Asimismo, la narración expone cómo se configuraban los vínculos afectivos dentro del grupo: “En Viejas Locas yo era el niñito mimado de Pity, era el más chico. Eso en Intoxicados cambió, porque Feli pasó a ocupar ese rol”. Aquí emerge la idea de un orden interno que no se limitaba a lo musical, sino que también estructuraba posiciones simbólicas y emocionales. La transición de Viejas Locas a Intoxicados no solo implicó un cambio sonoro, sino también una redistribución de roles afectivos, lo que Burbuja define como una renovación que, lejos de generar conflicto, resultó enriquecedora. Seguidamente, se destaca la transformación estética: “Me encantó ese pasaje de Viejas Locas a Intoxicados, hubo una renovación de género, más cancionero, más Calamaro”. Este fragmento muestra cómo la banda dejó atrás el rock de tres acordes para abrirse a un cancionero más amplio, lo que generó nuevas posibilidades expresivas. Pity apostó a no quedar encasillado en el rock barrial tradicional para explorar otras influencias, ampliando así su legitimidad y su alcance simbólico. Por otra parte, Burbuja enfatiza el rol que adquirió como tecladista: “Para un tecladista tocar canciones es todo, podés meter muchísimo más que el rocanrol de tres acordes, es otra cosa”.

Podés acceder a una preventa ingresando aquí.