¿Apocalipsis en la pantalla gigante?

¿Estamos asistiendo a las últimas funciones?

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

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ILUSTRACIÓN POR ALIAS CE

En la actualidad, el séptimo arte”pasa por una serie de transformaciones que para los pesimistas significa “la muerte del cine”, mientras que para otros implica una evolución necesaria. Más que asumir un discurso pesimista frente al presente y el futuro del cine o manejar un discurso optimista que defienda el estado de la cultura popular actual, lo interesante gira en torno al análisis de los fenómenos y al hecho de preguntarnos por la razón de los cambios. Aunque la palabra “apocalipsis” se emplea para hablar del fin de algo, la etimología de la palabra se asocia a una revelación.

El apocalipsis de las películas

Hoy en día, lo que vemos en las salas de cine ya no son películas. No desde la definición material del término. Como dispositivos tecnológicos, el cinematógrafo creado por los hermanos Auguste y Louis Lumière, y el quinetoscopio confeccionado por Thomas Alva Edison y W.K.L. Dickson, funcionaban con base en el rollo de celuloide, creado por George Eastman, que no solo permitió la invención del cine, sino que también llevó la fotografía a los hogares.

Este material sensible a la luz se utilizaba para filmar (término que se refiere a tomar fotos en secuencia con una cámara especial), para luego proyectarlas a una velocidad percibida por nuestro cerebro como una sola imagen en movimiento (la razón de esta percepción, sigue siendo un enigma).

Aunque algunos directores de cine puristas como Christopher Nolan, siguen filmando sus obras con rollo de celuloide (“cintas” o “películas” en un sentido estricto), lo cierto es que desde que se impusieron los formatos digitales a finales del siglo XX, el término “filmar” ya no es apropiado y ahora se reemplaza por “grabar”. Curiosamente, en español todavía no hay un término correcto que reemplace a “película”, “film” o “cinta” por su equivalente digital.

Lo que hoy vemos en las salas de cine comercial, todavía tiene que ver con la proyección de imágenes en movimiento. Pero dicha proyección se lleva a cabo con una tecnología diferente a la desarrollada en los primeros cien años del cine. El séptimo arte está emparentado con la televisión en cuanto a la percepción de las imágenes en movimiento. Sin embargo, la televisión no utiliza película de celuloide proyectada, sino medios electrónicos y digitales que construyen las imágenes constantemente.

Antes de la pandemia, los premios Óscar sorprendieron con un galardón sin precedentes; una película coreana obtenía la estatuilla a la mejor película, y Miky Lee fue la encargada de recibir el premio para Parásito, la estupenda cinta de Bong Joon-Ho que ella ayudó a producir. Lee es la nieta de Lee Byung-chull, el fundador de Samsung que por esa época instalaba sus pantallas LED Onyx en algunas salas de cine. En la inauguración de sus pantallas en Australia, Seog-gi Kim, vicepresidente ejecutivo de Visual Display Business en Samsung Electronics, dijo: “La industria cinematográfica sigue con su proceso de evolución a nivel global, a la par que los cines buscan nuevas formas de mejorar la experiencia cinematográfica […] con Onyx buscamos proporcionar a nuestros socios y a los espectadores, una experiencia visual totalmente única en el sector […] tenemos un fuerte respaldo de la crítica, así como de los usuarios, dando nuevas razones y experiencias para que los amantes del cine sigan acudiendo a las salas”.

Puede que la pandemia haya hecho más lento el proceso de incorporación de pantallas modulares de alta resolución como reemplazo de los proyectores digitales, pero la realidad es que el cine ya no es rollo de película, como tampoco es proyección de imágenes en movimiento. La tecnología del cine ha desaparecido para darle paso a la tecnología televisiva. Desde una realidad material, el cine como dispositivo tecnológico, prácticamente ya es cosa del pasado.

El apocalipsis del arte

El auge de la televisión llevó a que las salas de cine dejaran de ser frecuentadas a finales de los años 40 y comienzos de los 50. Ante esto, Hollywood contratacó, no con películas nuevas y originales, sino con una tecnología que condujo al cine en color, las pantallas gigantes (Cinemascope, Cinerama, Todd-AO), el sonido estereofónico envolvente y el 3D, para volver a atraer a su público. Y lo logró. En ese entonces, la televisión era la “pantalla chica” en blanco y negro, no la pantalla gigante y espectacular de la sala de cine.

La televisión no fue el único enemigo de Hollywood. Los estudios norteamericanos crecieron exponencialmente, apropiándose de las películas de alto presupuesto italianas, del sistema de estudios francés y de muchos de los talentos europeos, para convertirse en el principal distribuidor y exhibidor de películas (posición que mantiene hasta la fecha). Pero las nuevas sensibilidades del público juvenil de los años 50 y 60, generadas por los movimientos contraculturales, estaban abriendo una inmensa brecha entre lo que ofrecía Hollywood y lo que querían ver y escuchar los jóvenes.


“La lógica de un centro comercial se basa en el consumo y no en la apreciación de una obra de arte, como sucede al recorrer una galería o un museo. Los Multiplex y las películas exhibidas en ellos se fueron convirtiendo en parte de dicha lógica”.


Sin embargo, el espíritu de los años 60 y 70 fue aplastado por el materialismo y la visión conservadora de Reagan y Thatcher en los años 80.  Curiosamente, Spielberg y Lucas, quienes pertenecían a esa nueva ola de directores, transformaron de nuevo el cine con Tiburón y Star Wars, dos gigantescos éxitos de taquilla, que revivieron la idea del cine como entretenimiento.

Gracias al éxito descomunal del nuevo cine gestado por Spielberg y Lucas, las salas de cine, que eran relativamente pequeñas y estaban ubicadas cerca de las universidades y galerías de arte, comienzan a incorporarse gradualmente en los gigantescos centros comerciales. Al parecer, este desplazamiento responde a las tendencias y al gusto de un nuevo público.

El apocalipsis de la cinefilia

Antes que las salas de cine migraran a los centros comerciales, los cinéfilos de los años 70 comprábamos el periódico para revisar con emoción la sección de la cartelera, y buscar allí nuestras películas favoritas. Cuando una de ellas se estrenaba, no se tenía ningún reparo en viajar largas distancias para verla en la sala donde se estaba presentando. La película era lo más importante.

En ese entonces, cuando una película era retirada de la cartelera, la única alternativa estaba en esperar años para ver una versión mutilada en la televisión. La aparición del vídeo casero (Betamax, VHS) nos dio una nueva oportunidad de ver lo que deseábamos, así como la oportunidad de coleccionar nuestros títulos favoritos.     

A finales de los años 90 y comienzos del 2000, llegaron los reproductores de DVD y Blu-Ray, los televisores de alta definición y pantalla ancha (Plasma, LED), los sistemas de teatro en casa, que se acercaron a la experiencia cinematográfica en términos de resolución, encuadre y sonido envolvente.   

Para ese entonces, la mayoría de las salas de cine se encontraba en el interior de los centros comerciales. En teoría, estos Multiplex consisten en varias salas con una gran variedad de películas para todo el público. En la práctica, se convirtieron en varias salas con poca variedad de películas y énfasis en el entretenimiento ligero.

La lógica de un centro comercial se basa en el consumo y no en la apreciación de una obra de arte, como sucede al recorrer una galería o un museo. Los Multiplex y las películas exhibidas en ellos se fueron convirtiendo en parte de dicha lógica. Así como en los centros comerciales siempre encontramos las mismas franquicias y eso nos da tranquilidad, sentido del hábito y la rutina (rotondas de comida con los mismos restaurantes, tiendas de ropa y de calzado, etc.), las películas se fueron convirtiendo en productos probados y familiares (secuelas, precuelas, spin-offs y remakes) que garantizan un éxito comercial, más que los productos nuevos que implican un riesgo.

Los individuos y las familias acuden al centro comercial, compran las mismas cosas una y otra vez, comen en los mismos lugares y luego van a pasar la digestión en una sala, viendo lo que se esté presentando.

Mucho mejor si el producto es un derivado de sus franquicias favoritas (superhéroes de Marvel o DC, versiones en acción real de clásicos animados, refritos nostálgicos o ecos de series interminables).

A los espectadores solo parece interesarles consumir lo que está de moda y luego desecharlo en el olvido. No les interesa apreciar una obra cinematográfica ni su calidad, a veces ni siquiera el entretenimiento, sino “pasar un rato”. Por eso la piratería es bienvenida por ellos, no importa cómo se vea la película, lo importante es poder tener una noción de ella.

Bajo esa lógica, ver una película en la pantalla de un computador o de un dispositivo celular, da igual que apreciarla en la pantalla gigante, con excepción de las películas que derrochan en espectacularidad y efectos especiales. Por esta razón, las empresas prefieren ahora inaugurar menos salas, pero más grandes, para exhibir en gigantescas pantallas los blockbusters de los grandes estudios (la nueva cinta de Batman o Spider-Man, o la nueva entrega de Rápido y Furioso), dejando sin oportunidad de exhibición a las películas pequeñas e independientes que fueron la médula del cine en los años 60 y 70.                 

Ante este panorama es indispensable preguntarnos: ¿qué tendrá que pasar para que el séptimo arte recobre su valor real ante la sociedad y la cultura? ¿Es posible que esto ocurra?