Crítica: Lioness: Temporadas 1-3

Con un reparto extraordinario y una acción de escala cinematográfica, la serie creada por Taylor Sheridan combina adrenalina, drama familiar y una mirada crítica sobre el poder estadounidense

/ Zoe Saldaña, Nicole Kidman, Morgan Freeman, Laysla De Oliveira, Génesis Rodríguez, Michael Kelly, Dave Annable, Jill Wagner, LaMonica Garrett, James Jordan, Thad Luckinbill, Martin Donovan, Stephanie Nur, Hannah Love Lanier, Celestina Harris, Austin Hébert, Jonah Wharton, Bruce McGill, Jennifer Ehle

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Paramount+

El actor convertido en director, escritor y showrunner Taylor Sheridan sabe construir magníficos thrillers de acción. Lo demostró como guionista de Sicario, donde la frontera dejaba de ser una división geográfica para convertirse en un purgatorio moral, y lo ha confirmado en una carrera televisiva tan prolífica que a veces parece dirigir su propio servicio de streaming. Entre todas esas producciones, Special Ops: Lioness (retitulada simplemente como Lioness a partir de la segunda temporada), ocupa un lugar privilegiado: Es una de sus series más tensas, ambiciosas y emocionalmente complejas, aunque no siempre consiga equilibrar con la misma precisión sus discursos políticos, sus tragedias familiares y su impresionante despliegue militar.

La serie toma como punto de partida el programa Lioness, una operación especializada que utiliza agentes femeninas para aproximarse a mujeres vinculadas con objetivos terroristas. Desde allí construye un universo en el que la infiltración no depende únicamente del entrenamiento físico o la capacidad para mentir, sino de algo mucho más peligroso: Establecer vínculos reales con las personas que se supone deben ser utilizadas. El cuerpo puede aprender a soportar golpes, torturas y jornadas imposibles; la conciencia, en cambio, no recibe entrenamiento suficiente para distinguir entre el afecto verdadero y la manipulación.

La primera temporada encontró su centro en Cruz Manuelos (Laysla De Oliveira), una marine marcada por la violencia que descubre en el ejército una identidad, una familia y una razón para continuar. Reclutada por Joe McNamara (Zoe Saldaña), Cruz debe entrar en el círculo privado de Aaliyah Amrohi (Stephanie Nur), hija de un poderoso hombre relacionado con la financiación del terrorismo. Lo que comienza como una operación de aproximación se transforma en una amistad íntima y, después, en un vínculo sentimental que amenaza con destruir la frontera entre la misión y la persona encargada de cumplirla.

De Oliveira construye a Cruz desde la contradicción. Es una combatiente extraordinaria, pero también una mujer que jamás había conocido un espacio emocional en el que pudiera bajar la guardia. Aaliyah deja de ser una vía de acceso al objetivo y se convierte en la posibilidad de otra vida. La misión cumplida, entonces, tiene el sabor de una derrota personal. Sheridan comprende que el suspenso no reside únicamente en saber si Cruz será descubierta, sino en preguntarse cuánto quedará de ella después de traicionar aquello que, quizá por primera vez, había sentido como verdadero.

Joe representa el reverso de esa experiencia. Es quien recluta, entrena, presiona y, cuando llega el momento, sacrifica. Zoe Saldaña interpreta al personaje como una mujer que vive permanentemente al borde del colapso sin concederse el derecho a caer. Su autoridad no proviene solamente de las armas o del rango, sino de la capacidad para tomar decisiones que otros prefieren no asumir. Saldaña convierte cada orden en un acto que también la lastima y cada regreso a casa en el intento desesperado de recuperar una normalidad que ya no sabe habitar.

La segunda temporada amplía el campo de batalla. El secuestro de una congresista estadounidense conduce la operación hacia los carteles mexicanos y pone en marcha una trama en la que convergen narcotráfico, intereses chinos, operaciones iraníes y estrategias de desestabilización internacional. La incorporación de la piloto Josephina “Josie” Carrillo (Génesis Rodríguez), ligada familiarmente al objetivo que debe infiltrar, repite parte de la estructura de Cruz, pero cambia la naturaleza del conflicto: esta vez la agente no necesita fabricar una cercanía, sino utilizar sus propios lazos de sangre como arma.

La temporada eleva considerablemente la adrenalina. Los enfrentamientos, las incursiones aéreas y las operaciones fronterizas poseen el tamaño y el impacto de una película bélica. El equipo de reacción rápida, encabezado por Bobby (Jill Wagner) y completado por Tucker (LaMonica Garrett), Two Cups (James Jordan), Randy (Austin Hébert) y Tex (Jonah Wharton), deja de funcionar como un conjunto de soldados intercambiables. Las bromas, las discusiones y la confianza que comparten permiten entender que su eficacia depende tanto del entrenamiento como de una lealtad construida bajo el fuego. Cuando uno de ellos corre peligro, el suspenso ya no nace solamente del éxito de la operación, sino del temor a que ese organismo colectivo pierda una de sus extremidades.

Sin embargo, el incremento de la acción también provoca algunos excesos. La serie abraza por momentos una fantasía de superioridad militar en la que un pequeño grupo estadounidense puede atravesar ejércitos enemigos como si hubiese descubierto el código secreto de un videojuego. La acumulación de amenazas globales obliga además a realizar saltos geopolíticos demasiado veloces. Hay episodios en los que México, Irak, Irán y China parecen caber en el mismo tablero sin que la escritura se detenga a explicar suficientemente las reglas de la partida. Lioness conserva su potencia e inteligencia, pero a veces confunde complejidad con acumulación.

La tercera temporada modifica nuevamente la arquitectura narrativa. Joe es secuestrada y la historia se divide en dos tiempos. Mientras el equipo intenta encontrarla, otra línea reconstruye los acontecimientos que condujeron hasta su captura. El recurso exige atención y puede producir cierta confusión durante los primeros episodios, pero responde a una intención precisa. Sheridan no quiere mostrar únicamente quién se llevó a Joe, sino exponer la larga cadena de decisiones políticas, operaciones clandestinas y enemigos abandonados en el camino que hicieron posible el ataque.

Esta estructura también permite que Kyle McManus (Thad Luckinbill) abandone los márgenes y asuma el liderazgo del equipo. Kyle comparte con Joe la disposición a cruzar cualquier límite, pero carece de su disciplina emocional. Su brutalidad revela hasta dónde puede llegar una estructura secreta cuando pierde a la persona que mantenía reunidas sus piezas. El rescate deja de ser una operación autorizada y adquiere la forma de una deuda personal. El equipo ya no pelea por una estrategia nacional, sino por recuperar a alguien que pertenece a su familia elegida.

Las dos líneas temporales terminan conectándose al final y obligan a mirar nuevamente lo sucedido desde la primera temporada. Aquella misión que parecía concluida no había cerrado realmente ninguna herida. En el mundo de Lioness no existen operaciones aisladas. Cada muerte produce un heredero, cada intervención genera una represalia y cada victoria estadounidense contiene el germen de la siguiente guerra. El pasado regresa como recuerdos armados hasta los dientes.

Sería muy fácil reducir la serie a una fantasía militar conservadora. Sheridan filma a sus soldados como profesionales excepcionales, reivindica la disciplina castrense y nunca oculta cierta fascinación por las armas, los helicópteros y las operaciones que ocurren lejos de la supervisión pública. Pero observar Lioness únicamente desde la polarización política termina empobreciéndola. Una mirada progresista que solo quiera encontrar propaganda perderá la crítica al imperialismo y la instrumentalización de los agentes; una mirada de derecha que celebre cada incursión como prueba de superioridad nacional ignorará que la serie presenta al poder estadounidense como una maquinaria hipócrita, voraz y dispuesta a destruir a sus propios servidores.

La diferencia entre los operativos y quienes deciden las misiones resulta esencial. Joe y su equipo cumplen órdenes sin detenerse demasiado a cuestionar las conversaciones celebradas en Washington. Mientras ellos sangran en el terreno, Kaitlyn Meade (Nicole Kidman), Byron Westfield (Michael Kelly), el secretario de Estado Edwin Mullins (Morgan Freeman) y otros funcionarios convierten vidas humanas en variables estratégicas. Las reuniones pueden parecer simples pausas entre balaceras, pero allí se encuentra el corazón político de la serie con hombres y mujeres de ropa impecable que deciden el destino de países que probablemente jamás tendrán que recorrer entre las ruinas.

Kidman dota a Kaitlyn de una serenidad glacial que no elimina su humanidad, pero sí demuestra cuánto tiempo lleva sepultándola. Michael Kelly vuelve fascinante a Byron gracias a su capacidad para convertir el pragmatismo en una forma de amenaza, mientras Morgan Freeman utiliza su autoridad para revelar el cansancio de un sistema que continúa defendiendo decisiones que ya no puede justificar completamente. No son villanos que conspiran en habitaciones oscuras; son administradores de una violencia que ha aprendido a hablar con lenguaje institucional.

Entre todos esos personajes, Errol Meade (Martin Donovan), esposo de Kaitlyn, emerge como una de las presencias más reveladoras. Sus conversaciones exponen la relación subterránea entre capital financiero, política, religión y guerra. Errol entiende que detrás de las declaraciones patrióticas y las supuestas cruzadas morales suele existir una motivación menos elevada: la codicia. El dinero no aparece como consecuencia de la guerra, sino como uno de sus motores silenciosos. Donovan interpreta al personaje con la tranquilidad de quien conoce el futuro y la ubicación de todos los cadáveres financieros, sabiendo que ninguno será encontrado.

La vida doméstica de Joe ofrece el contrapunto más doloroso. Neal McNamara (Dave Annable), cirujano y padre obligado a sostener la cotidianidad durante las largas ausencias de su esposa, no es un personaje decorativo ni el hombre resentido que aguarda junto al teléfono. Su relación con Joe está construida desde el amor, el deseo, la frustración y una desigualdad inevitable. Él debe aceptar los secretos de una mujer que no puede contarle por qué regresa herida ni cuándo volverá a marcharse. Sus hijas Kate (Hannah Love Lanier) y Charlie (Celistina Harris) crecen aprendiendo que amar a su madre significa convivir con la posibilidad de perderla.

Esas escenas familiares impiden que Lioness se convierta en un catálogo de hazañas militares. La guerra no termina cuando Joe atraviesa la puerta de su casa. Se sienta a la mesa, entra en el dormitorio y transforma cada llamada telefónica en una amenaza. Saldaña y Annable consiguen que el matrimonio sobreviva sin parecer idealizado. Ambos comprenden que la profesión de Joe es también una adicción al deber, una fuerza que le permite salvar desconocidos mientras la aleja de las personas que más ama.

A lo largo de sus tres temporadas, Lioness ha tenido tropiezos, explicaciones geopolíticas atropelladas y discursos que a veces confían demasiado en el simplismo y la solemnidad. También ha presentado enemigos cuya función dramática consiste principalmente en esperar a que el equipo estadounidense los elimine. Pero incluso en sus episodios menos equilibrados conserva una energía narrativa extraordinaria. Sheridan sabe cuándo prolongar una conversación, activar una traición y arrojar a sus personajes a una batalla que parece imposible de sobrevivir.

Quienes busquen acción inteligente encontrarán aquí una serie que comprende las consecuencias psicológicas y políticas de apretar el gatillo. Quienes solo quieran adrenalina recibirán persecuciones, secuestros, infiltraciones y combates construidos con una intensidad pocas veces alcanzada en televisión. Todavía queda otra misión, quizá otra temporada y tal vez el principio del final. Por ahora, Lioness ya puede reclamar un lugar entre las grandes series de acción, no porque glorifique la guerra, sino porque sabe que incluso quienes regresan de ella jamás vuelven completamente a casa.

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