Carlitos Solari, antes del Indio

Aunque nacido en Paraná, el músico inició su rumbo creativo en La Plata, de la escuela primaria a una serie de tempranas experiencias artísticas y políticas

Por  OSCAR JALIL

julio 5, 2026

“Estábamos jugando a las escondidas. Un amiguito contaba y yo me mandé a la calle, para esconderme en la vereda de enfrente. Justo pasaba en contramano un taxi con las luces apagadas. Y me tiró de cabeza, me di la marota contra el cordón. Debe ser por eso que quedé así… El taxi me produjo una fractura expuesta de tibia y peroné. Me operaron dos veces, una para ponerme un tornillo de platino y otra para sacármelo. Decían que había que sacarlo porque, como estaba en edad de crecimiento, el tornillo se podía soltar y desplazarse solo por el cuerpo. De haber llegado al cerebro, me habría venido bien. Así que estuve fané un tiempo. Ahí empecé a leer y a dibujar”, cuenta Indio Solari en Recuerdos que mienten un poco, la autobiografía escrita en colaboración con el periodista y escritor Marcelo Figueras. El juego que casi termina en tragedia es uno de los tantos inicios posibles de una historia que tuvo como sede ilustrada a la ciudad de La Plata, aunque en la partida de nacimiento de Carlos Alberto Solari certifique a Paraná, Entre Ríos, como el comienzo de todo, el 17 de enero de 1949.  

Calle 41 avanza a puro empedrado desde la estación de tren de la capital provincial, bordea la terminal de micros cuando cruza 3 y se vuelve señorial casi llegando a 7. Tiene un nombre, Coronel Tomás Espora, pero en la urbe universitaria nadie recuerda al héroe naval de las guerras de la Independencia: los números se imponen. Entre 6 y 7, a la altura de 631, una puerta de madera esconde el pasillo de la casa en donde vivió Solari durante los años escolares y en la primera juventud, período formativo que delineó al artista contracultural. “Parte de un PH: dos habitaciones, comedor grande, cocina, baño. Pero los PH de La Plata no son como los de Buenos Aires, son un poco más prolijos, más delicados; en ese sentido, como en tantos otros, La Plata fue siempre de tener culo con los pespuntes, presume de tener una aristocracia que no existe en el resto de la Argentina”, explica Solari en su libro de memorias. 

Indio llegó a la ciudad a los dos años de vida junto a sus padres y su hermano mayor. A solo tres cuadras de su casa, cursaría la primaria en la Escuela Nº 33 “Juan Manuel Ortiz de Rosas”

 “Mi historia con el Indio es bastante insólita. Un día me lo sentaron al lado en los bancos de a dos que había a fines de los cincuenta en las escuelas de La Plata, lo cual generó una cercanía inevitable. Igualmente había onda por algún motivo y así nos hicimos amigos, y yo iba de visita al departamento de calle 41. Carlitos me enseñaba a dibujar aviones en movimiento de una manera muy simple y didáctica. Tenía dibujos a lápiz de velas derritiéndose. Recuerdo que tenía una maestría increíble con sólo nueve o diez años”, describe Isa Portugheis desde las páginas de Adonde quiera que voy, el libro editado por Gourmet Musical que cuenta la vida del baterista de Diplodocum Red & Brown (donde Skay Beilinson debutó como bajista) y La Cofradía de La Flor Solar, bandas pioneras del rock platense, y que también fue parte de Billy Bond & La Pesada del Rock & Roll y Punch, grupo liderado por Miguel Cantilo.

La educación formal de Carlitos, como lo llamaban sus amigos, registra una expulsión del Colegio Industrial Albert Thomas, que derivó en que la etapa final de la formación secundaria la realizara en el Normal 3 de La Plata, pero a pocos días de cerrar el ciclo lectivo una reacción intempestiva lo alejaría para siempre de las aulas. “Me falta matemáticas. Empecé a hacer el curso de ingreso a Bellas Artes. Pero me mandé una cagada y me rajaron. Hubo una profesora que no me dejó ir al baño. Y yo, que me estaba meando en serio, me puse a hacerlo ahí. De puro encabronado, porque podría haberme ido igual sin permiso, subí un par de escalones en la grada y empecé a mear contra una tabla. Rodaba para abajo como una cascada, el meo. Y bueh… Sí, era insufrible”.

La Plata era una fiesta a mediados de los sesenta, todavía quedaba tiempo de descuento antes de la llegada de la dictadura de Onganía y su larga noche de los bastones largos. Un tal Ricardo Cohen lideraba una agrupación estudiantil que se imponía en la elección del centro de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes, otra señal a futuro. En el aire la música de Los Beatles ejercía un poder liberador. La vida juvenil se cocinaba en los bares o en el club de ajedrez de calle 54, donde Rodolfo Walsh jugaba partidas simultáneas al tiempo que empezaba a desentrañar la trama de Operación Masacre. Todo sucedía en una especie de primavera permanente, las nuevas coordenadas del tango en las apuestas valientes de Astor Piazzolla y Eduardo Rovira, otro platense indómito. Y el cine: en Bellas Artes funcionó la primera escuela de cine del país. Y también la radio, LR11 Radio Universidad Nacional de La Plata, la primera emisora universitaria del planeta, significó otro espacio de expansión para Solari, que en la segunda mitad de los setenta formará parte de diferentes programas junto a futuros compañeros de ruta ricoteros como Sergio Martínez (El Mufercho), Pepe Fenton y Ricki Rodrigo.

Algo cambió el 29 de julio de 1966. Como una postal de la involución, la policía ingresó a garrotazos limpios en las universidades nacionales, y las facultades de la ciudad de La Plata no fueron la excepción: profesores expulsados, reducción del presupuesto educativo y la disolución de los centros de estudiantes provocaron la reacción. Los mismos estudiantes que habían ganado el centro de Bellas Artes deciden crear una institución paralela con los profesores cesanteados. De ahí a fundar la vida en comunidad había un solo paso, con el antecedente que llegaba desde Uruguay, a partir de las experiencias de los campamentos tupamaros. Mientras en San Francisco se abría al Verano del Amor, en La Plata un nutrido grupo de chicas y chicos plantaron las semillas de la convivencia comunitaria: la primera casa abierta estaba ubicada en 13 y 41, y al poco tiempo surge La Casa de la Luna en 526 entre 6 y 7. Comienza el intercambio de ideas, aparece el síntoma de la independencia y la autogestión.   

Solari no fue parte de La Cofradía, pero muchos de los postulados que formaron la doctrina independiente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tienen origen en la primera banda platense que empezó a cantar en castellano mientras la psicodelia dominaba todas sus exploraciones estéticas. La impronta multidisciplinaria de Los Redondos está conectada a las miras colectivas y dionisíacas de los cófrades con Cohen a la cabeza. Todavía no se hacía llamar Rocambole y aún no se había cruzado con el pibe flaquito de la calle 41.   

Skay Beilinson y la Negra Poli se conocieron en un concierto de La Cofradía y Diplodocum. Por la misma época el Indio afrontaba el servicio militar obligatorio. Cerca de la Escuela de Bellas Artes, en el Distrito Militar de La Plata, una vez más, como en sus tiempos de estudiante, acomodó a su agenda las exigencias de la institución castrense. Consiguió un acomodo y se limitó a realizar tareas de oficina de lunes a viernes, salía a las 14. En la muy recomendable biografía de Los Redondos, Fuimos reyes, de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono, aparece un dato poco conocido. Solari protagonizó varios encontronazos con oficiales y un día estuvo a punto de desertar: se peleó con un mayor y se fue a su casa a dormir la siesta. Sus compañeros de colimba lo convencieron de que era una locura y finalmente volvió al destacamento.

Con sus padres viviendo buena parte del año en Valeria del Mar, el joven Solari convirtió la casa de calle 41 en un espacio abierto a nuevas experiencias de percepción. Sus amigos le decían “la trinchera”. En la calle, el final de la dictadura de Lanusse abre el juego al regreso democrático. La participación política de Solari se limita a su paso por las filas de Silo, antecedente de lo que luego se conocerá como el Partido Humanista, militancia que incluye algunas acciones directas como el robo de un mimeógrafo para imprimir volantes. Silo fue la invención de Mario Rodríguez Cobos, quien logró cierta notoriedad en los círculos de izquierda hippie gracias a su “Sermón en la montaña”, manifiesto de una filosofía humanista que remite a corrientes orientalistas y a una izquierda pacifista nacida en la costa oeste norteamericana. 

“Lo conocí en una reunión de Silo. No me lo presentó nadie. Venían las elecciones del 73 y Silo reaparece tratando de insertarse en la coyuntura política del momento. La propuesta de él era medio anarco, porque proponía el voto anulado revolucionario. El Indio tenía el pelo larguísimo y barba. Decía ‘yo no vengo acá para identificarme con un signo masónico, yo quiero que me digan dónde hay que poner la bomba’. Me acuerdo que me hizo escuchar a Frank Zappa”, cuenta Fenton, primer bajista de Los Redondos, en Indio Solari. El hombre ilustrado, el libro de Gloria Guerrero.

“Nuestra cultura era más artística que política. Pero también hubo artistas a los que secuestraron y se cargaron. Y no por política partidaria, sino por no pensar en la misma dirección. Esto lo sé con total certeza: conocí tantos chicos heroicos, ilustrados, en La Plata… Nosotros renegábamos de toda la estructura académica, de la formación de los profesionales. Pero de cualquier manera teníamos diálogo con la gente del otro palo. Una tarde mi amigo Alejo y yo nos la pasamos conversando con tres de ellos, comiendo bizcochitos. A los pocos días los mataron a todos. Si hubiésemos tenido la mala suerte de estar ahí en ese momento, también nos hubiesen matado, por mucho que estuviésemos en otro viaje. Pensar que todos teníamos y leíamos casi los mismos libros, que terminamos escondiendo…”, dice Solari en su libro de memorias.    

Era inevitable que algún día se encontraran. El nexo entre Skay y Daddy, así lo llamaban al Indio en los tempranos setenta, fue Guillermo Beilinson, hermano mayor del guitarrista y motor de propuestas originales como factótum de un taller de estampado o productor de películas experimentales. Reconocido bajo el apodo de El Boss, Beilinson fue el gran imán que agrupó a los delirantes, un colectivo integrado por músicos, escenógrafos, actores y pintores. Las primeras investigaciones nacieron en el sótano del Pasaje Rodrigo, una galería comercial de estilo art noveau, hoy convertida en shopping. A mediados de los setenta, en sus catacumbas nacen Los Redondos como la banda encargada de musicalizar un cuento de ciencia ficción del Indio que se convirtió en largometraje. Ciclo de cielo sobre viento era una historia futurista sobre habitantes subterráneos tratando de resistir los embates de un suprapoder, obviamente opresivo. Había otras pelis, todas de laboratorio y con un vuelo imaginativo que aún provoca asombro: Celos, un mediometraje rociado por un clima surrealista en donde el Indio encarna al protagonista, un voyeur; y Horizontes verticales, una serie de episodios sobre los delirios de un profesor alemán protagonizado por Quique Peñas, amigo de la casa ricotera y ocurrente actor vocacional. 

Cada trabajo visual tenía una banda de sonido, ruidos y música de fondo compuesta por Skay junto a su hermano mayor y una buena cantidad de colaboradores, entre los que se destacaban Bernardo Rubaja (Diplodocum), pianista y bajista de formación clásica que será clave en los primeros Redondos, igual que Ricky y Basilio, los hermanos Rodrigo que cedían los sótanos del edificio familiar. 

La ciudad fundada por masones en 1882 volvía a revelarse con sesgo anticlerical y disidente, una empresa imposible sin intermediarios y de carácter colectivo: la idea era inventar espacios como el Teatro Lozano y convertirlo en una bacanal dionisíaca en plena dictadura genocida. Un debut epifánico producido el sábado 26 de noviembre de 1977. Los Redondos con el Indio Solari en el rol del Astronauta Italiano con un antifaz y pinta de polisón.     

“No eran Los Redondos, no todavía. Era lo que yo llamo el caldo prebiótico, el mejunje del que después, y solo después, sale la vida –apunta el Indio en su autobiografía–. Había tres guitarristas, tres cantantes, se subía cualquiera al escenario. No había ni régimen de ensayo ni una mierda. Estábamos en comunión todos los freakies de La Plata. Y lo que producíamos en escena no era más que el hilo musical para una especie de happening”.

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