“Nadie inventa nada nuevo, todo ya está hecho bebo!” es lo primero que escuchamos, como un mantra ascendente y festivo, en Free Spirits. El tema se llama “Nada nuevo”, e inmediatamente después de ese latiguillo irrumpe la voz de Paquito “desde el Taj Mahal”, en la primera de varias intervenciones teatrales, y lo que sigue es un derroche de swing en un soundtrack al mejor estilo Bollywood. Como unos Gorillaz en ácido, Ca7riel y Paco Amoroso, barriletes cósmicos, remixean la ley de conservación de la materia que Antoine Lavoisier formuló en 1789: “En la industria de la música, nada se crea y nada se destruye, todo se transforma”. Puede entenderse este primer opus del disco como un manifiesto delirante que condensa un imaginario que incluye una sección de cuerdas que los lleva a una dimensión casi sinfónica, voces en falsete y referencias al juego de la viborita del celular Nokia 3310. Podría ser su propia expedición al Klama Hama, pero es apenas el punto de partida de un derrotero disparatado, tan absurdo como el plan de doce pasos que Sting, en su rol de “mentor de bienestar” del dúo, propició en el centro de sanación holística Free Spirits (además de intervenir en la narrativa del álbum, Sting participa en “Hasta Jesús tuvo un mal día”, un track con guiños ochentosos a The Police).
Esa narrativa tiene su correlato en un film corto que lanzaron un día antes que el disco, con la participación del propio Sting, Jack Black, Peter Lanzani, Santiago Korovsky y Anderson . Paak:
“Goo Goo Ga Ga” podría sentar las bases de un nuevo y absurdo movimiento de vanguardia (¿Cómo les suena “GooGaGaísmo”?) con el mismísimo Jack Black como partícipe necesario, pero también establece un diálogo con un tema previo del dúo. Si en “Baby Gansta” (Baño María, 2024) cantaban “Baby, tiremo’ lo’ condoni, hagamo’ un par de babies”, aquí el deseo muta de la ternura (“quiero ser tu bebé”) al deseo paternal (“quiero hacerte un bebé”). ¿Los veremos en nueve meses cambiando pañales?
Nada de lo que ocurre de aquí en más es lineal. “No me sirve más” es una oda frenética sobre una base de EDM que funciona como un espacio de reflexión sobre el consumo indiscriminado y los límites entre la ambición (“Tengo un millón y quiero dos”) y la envidia (“Tengo todo lo que quiero, pero quiero lo que tenés vos”). La canción presenta un interludio en clave de danzón tradicional (como si fuera el soundtrack de la serie Dexter), con una intervención en clave teatral que ironiza (o no) sobre los problemas que acarrean la fama y el dinero, y el vacío emocional que complementa el éxito.
Con Anderson .Paak parecen emular en “Ay ay ay” el espíritu de Rei Momo (1989), el álbum en el que David Byrne revisitaba ritmos de América Latina. Un merengue desenfrenado que incluye líneas rapeadas (“se rompió el frenillo, pero no sentí dolor”) que desemboca en un paisaje lounge y setentista, que es una buena muestra de esa dinámica esquizofrénica que forma parte del universo del dúo, en general, y de este disco, en particular.
Sostenidos por su backing band habitual (Javier Burin, teclas; Edu Giardina, batería; Maxi Sayes, percusión; Felipe Brandy, bajo), Ca7riel y Paco sumaron refuerzos en la producción y la composición (Rafa Arcaute, Federico Vindver, Vibarco, Gino Borri, entre otros) y músicos de sesión como el bajista argentino Guillermo Vadalá y una sección de brasses norteamericana. Camaleónicos, se pueden despachar en una balada de pop latino muy chill (“Vida loca”) que vuelve sobre el frenesí de la fama (“algún día vas a entender que llevo una vida loca”), con frases como “yo quisiera ser un hippie y que me pegue bien el porro”, que incluye un pedido casi desesperado (“alguien que me traiga un Rivotril”).
En “Muero” incorporan una base electrónica a una canción con el espíritu de las grabaciones que artistas brasileños como Gilberto Gil, Jorge Ben y Sérgio Mendes hicieron en los 70. El ritmo (frenético) retrata el ritmo de vida (y la paranoia hipocondríaca) de una gira que parece interminable. ¿Será que en vez de doce canciones el disco compila doce nuevas patologías?
Nadie imaginaría que después de la intro funky de “Ha ha” va a aparecer la voz de Palito Ortega cantando un fragmento de “La felicidad”, un pedazo muy importante de la cultura pop latinoamericana de los años 60. Pero más allá del golpe de efecto, el tema deriva en unas barras con un guiño a la frase que el Indio Solari le dijo a Rolling Stone en su entrevista de 2016: “Cuando me muero yo, se mueren todos”. “Ayer casi me mato, pero hoy estoy mejor”, dice otra parte de la letra que parece un retrato de la bipolaridad.
“Soy increíble” es un ejercicio de funk en sintonía AOR (Adult Oriented Rock), que funciona como un puente hacia uno de los momentos más asombrosos del álbum. “Himno del mediocre” le hace honor a la idea planteada al inicio de esta travesía: el comienzo parece una reversión de “Soy un truhán, soy un señor” (1977), hitazo de… ¡Julio Iglesias! Claro que, como todo lo que hacen Ca7riel & Paco, te lleva a lugares inesperados, con aires lounge, barras de rap, y esa irresistible esencia setentista.
“Tengo una mala relación con mis finanzas y el alcohol”, canta Paco sobre una base que cruza el funk con el pop y, una vez más, propone un sonido AOR. Se destacan los brasses como en ninguna otra parte del disco, que resaltan el mensaje positivo de la canción. “Todo Ray” es eso: un canto de esperanza para combatir el bruxismo y el malhumor.
El final tiene un aura mística, con el DJ británico Fred Again. Sobre un coro sacro y galáctico, trapean sobre la paz espiritual y cuentas bancarias, encuentros con modelos y marihuana en abundancia. El tema se llama “Lo quiero ya!” y es un resumen del carácter iconoclasta de un dúo que, con desparpajo y excelencia, construye su camino entre el kitsch y lo sublime.


