Crítica: Boda sangrienta 2 (Ready or Not: Here I Come)

La secuela amplía el juego mortal y demuestra que, a veces, más sangre también significa más diversión.

Cortesía de Cinecolor

Cuando Ready or Not apareció en 2019, su premisa (una novia obligada a participar en un juego mortal con su nueva familia millonaria) se convirtió en una sátira algo salvaje y algo divertida sobre el matrimonio, el privilegio y la clase social en clave de cinta de terror. La secuela, Ready or Not: Here I Come, no solo retoma ese impulso, sino que lo expande de una manera considerable. Y lo más sorprendente es que, contra todo pronóstico, termina siendo mucho mejor que la primera.

Eso sí, esta no es una película que puedas abordar completamente en frío. La historia arranca prácticamente donde terminó la anterior, con Grace (Samara Weaving),  descubriendo que haber sobrevivido al ritual de la familia Le Domas no fue el final del juego, sino apenas el comienzo. Si no viste la primera parte, es probable que te sientas ligeramente perdido entre conspiraciones, reglas secretas y sociedades de ultrarricos que convierten la cacería humana en un deporte de élite. Para quienes sí la vieron, en cambio, la expansión del universo resulta deliciosamente exagerada.

Los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, el dúo detrás de la primera parte (así como de la resurrección de Scream y del maravilloso remake de La hija de Drácula conocida como Abigail), entienden que repetir la fórmula original habría sido un error. Así que en lugar de volver a encerrar a su protagonista en una mansión gótica, amplían el tablero y convierten la premisa en algo mucho más cercano a una versión contemporánea de The Most Dangerous Game, con ecos claros de la lógica de persecución de Hard Target de John Woo con sus ricos que cazan personas por entretenimiento, reglas satánicas y absurdas que determinan quién vive y quién muere, y una protagonista obligada a improvisar mientras el mundo se convierte en su campo de batalla.

El resultado es más grande, frenético y descarado. También se siente extrañamente pertinente en un momento histórico donde las historias sobre redes de poder, privilegio y conspiraciones de élites vuelven a dominar la conversación pública. Sin pretender ser una alegoría directa, la película juega con esa idea de una aristocracia global que protege sus propios rituales macabros mientras el resto del mundo apenas sospecha que existen.

Gran parte del encanto sigue descansando en Samara Weaving, que regresa con la misma mezcla de pánico, sarcasmo y determinación que convirtió a Grace en una heroína instantánea del horror contemporáneo. Pero la verdadera sorpresa es Kathryn Newton, quien interpreta a Faith, la hermana de Grace. Su presencia introduce una dinámica casi caricaturesca que recuerda, de manera inesperada, a una versión ultraviolenta de Frozen con dos hermanas enfrentadas al mundo, solo que aquí en lugar de cantar a pleno pulmón se dedican a disparar y lanzar cuchilladas con entusiasmo.

Newton, que ya venía consolidando una identidad particular con títulos como Lisa Frankenstein y Abigail, parece encaminada a convertirse en una especie de “Elvira” del nuevo milenio: una figura capaz de moverse con naturalidad entre el horror y la comedia, con una sonrisa torcida que parece entender perfectamente lo ridículo y lo divertido de todo el espectáculo.

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El reparto secundario tampoco se queda atrás. La presencia de Elijah Wood aporta una dosis de perversidad juguetona que encaja perfectamente con el tono del filme, mientras que la aparición de David Cronenberg funciona casi como un guiño cinéfilo. El maestro del body horror entrando, aunque sea brevemente, en un universo donde la violencia se convierte en espectáculo. A su lado, Sarah Michelle Gellar, la eterna Buffy, la cazavampiros, se integra al juego con la naturalidad de quien lleva décadas lidiando con criaturas y amenazas imposibles, mientras que Shawn Hatosy cambia la sangre de la sala de urgencias de The Pitt por la sangre derramada en esta sátira brutal de la lucha de clases.

Bettinelli-Olpin y Gillett dirigen todo esto con el mismo sentido del ritmo que ha caracterizado su trabajo reciente con todo y persecuciones veloces, humor negro colocado en el momento justo y una clara conciencia de que el absurdo es parte fundamental del encanto. La película nunca pretende ser más profunda de lo que es, pero sí sabe cuándo acelerar y cuándo dejar que el caos haga su trabajo.

Al final, Ready or Not: Here I Come es exactamente lo que promete: entretenimiento salvaje, cine de género y una sátira social que prefiere lanzar cuchillos antes que discursos. No es alta cocina cinematográfica. Es más bien una enorme cubeta de palomitas con exceso de mantequilla… o, para ser más precisos, con demasiada salsa de tomate. Y esa es precisamente la idea.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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