Crítica: Wuthering Heights (Cumbres borrascosas)

La nueva adaptación de Cumbres borrascosas convierte la tragedia romántica de Emily Brontë en un melodrama erótico más cercano al deseo contemporáneo que al gótico decimonónico.

Emerald Fennell 

/ Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Amy Morgan

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Warner.

Cuando Emily Brontë publicó Cumbres borrascosas en 1847, bajo el seudónimo de Ellis Bell, no solo escribió una novela romántica sino toda una perturbación. Su historia de Catherine Earnshaw y Heathcliff rompía con el sentimentalismo victoriano para adentrarse en una pasión salvaje, atravesada por clase, violencia, deseo y venganza. No era un romance edificante. Era un incendio tóxico.

Durante generaciones se leyó como una historia de amor eterno, de almas que se reconocen más allá de la muerte. Sin embargo, vista desde el presente (desde una sensibilidad atravesada por el debate sobre vínculos sanos y autonomía emocional), esa misma pasión adquiere otro rostro de obsesión, dependencia emocional enfermiza y posesión destructiva. Heathcliff no es ya el héroe romántico incomprendido; es también un hombre consumido por el resentimiento. Cathy no es solo víctima del destino; participa activamente en la espiral de daño. El legado de Brontë ha sobrevivido precisamente por esa ambigüedad: porque su amor absoluto es tan sublime como devastador.

El cine ha intentado domesticar esa tormenta en múltiples ocasiones. La versión de William Wyler de 1939, con Laurence Olivier y Merle Oberon, convirtió la novela en un melodrama elegante, concentrándose en la primera mitad del libro y suavizando su brutalidad psicológica. Era romanticismo clásico con niebla fotogénica. El mexicano Luis Buñuel trasladó el relato a otro contexto en Abismos de pasión (1954), subrayando el deseo carnal y la fatalidad con una mirada más áspera y menos decorativa. Jacques Rivette, con Hurlevent (1985), despojó la historia de ornamentos para convertirla en un duelo seco, casi abstracto, donde la palabra pesa más que el arrebato. En televisión, Peter Kosminsky ofreció en 1992 una versión fiel al espíritu sombrío del texto, atenta a la estructura generacional y a la complejidad narrativa, protagonizada por los grandes Ralph Fiennes y Juliette Binoche. Y en 2011, Andrea Arnold realizó quizá la adaptación más visceral de las últimas décadas. Su Heathcliff, interpretado por un actor negro, devolvía a la historia la violencia racial y de clase que tantas versiones habían blanqueado. Era tierra, barro y respiración animal. 

La nueva adaptación dirigida por Emerald Fennell (Promising Young Woman, Saltburn), se aparta de ese linaje más sombrío para abrazar el exceso estilizado. Con Margot Robbie como Cathy y Jacob Elordi como Heathcliff, la película convierte los páramos en pasarela y la tragedia en un espectáculo voluptuoso. 

Esta no es la Inglaterra gótica y opresiva de Brontë; es un escenario saturado de color, cuerpos húmedos y pulsión explícita. Fennell parece más interesada en la combustión sexual que en la arquitectura moral del texto. El resultado a veces se siente más cercano a la cursilería sádicomasoquista de Fifty Shades of Grey o After, que a la densidad literaria original, y en algunos pasajes evoca el romanticismo épico, sensual, pero definitivamente edulcorado y heredero de las novelas baratas de la serie Outlander.

El conflicto de clase queda atenuado y la dimensión colonial apenas se insinúa. La violencia emocional, en lugar de inquietar, se vuelve parte del espectáculo. Cathy se convierte en una heroína consciente de su poder erótico; Heathcliff, en un objeto de deseo cinematográfico antes que en un ser corroído por la humillación.

¿Es una traición? En términos estrictamente literarios, sí: la película reduce la complejidad psicológica y convierte la toxicidad del vínculo en un romance febril y glamurizado. Pero también sería injusto negarle su eficacia como entretenimiento.

Y es que hay algo deliberadamente provocador en esta lectura. Fennell no busca la fidelidad museística, sino la relectura pop con todo y música de Charlie XCX. Si Brontë escribió una tragedia sobre cómo el deseo puede destruirlo todo, esta versión parece preguntarse: ¿y si lo miramos con el lente del deseo contemporáneo, sin culpa y sin solemnidad?

Margot Robbie compone una Cathy caprichosa, orgullosa y sensual, más cercana a una heroína shakesperiana desatada que a la joven atormentada del texto. Jacob Elordi aporta magnetismo físico y una intensidad que, aunque menos abismal que en otras versiones, sostiene la pantalla. Hong Chau, como Nelly, introduce una capa de ambigüedad silenciosa que recuerda lo que la película deja en segundo plano: la narración como juicio moral.

En esta lectura, Edgar Linton y su hermana Isabella adquieren un matiz muy particular. Shazad Latif construye a Edgar como una figura elegante y contenida, menos ingenua que en otras versiones, casi como un practicante del cuckolding y, al mismo tiempo, un símbolo de estabilidad emocional (o un frente al huracán que representan Cathy y Heathcliff. Alison Oliver, en cambio, encarna a Isabella con una mezcla de candidez y perversidad juguetona; la directora parece interesada en subrayar su fascinación por el peligro, el BDSM, los símbolos fálicos y yónicos, más que su condición de víctima. Fennell los filma no tanto como daños colaterales de una tragedia romántica, sino como piezas dentro de un juego de deseo y poder donde nadie es completamente inocente.

La puesta en escena es exuberante, a veces desbordada, y coquetea con el videoclip. No siempre logra la profundidad emocional que promete, pero tampoco pretende hacerlo. Su apuesta es otra; la de convertir la tormenta interior en espectáculo para los centennials.

Esta Cumbres borrascosas no es la de Emily Brontë, ni la de Wyler, ni la de Arnold. Es la de una generación acostumbrada a consumir pasión con filtros saturados y playlists intensas. Está más cerca del romance febril y estilizado que del abismo psicológico. 

Sin embargo, pese a sus excesos y simplificaciones, se deja ver con placer culpable. Como una tormenta artificial filmada en estudio, sabemos que no es el páramo real, pero igual disfrutamos del viento y la humedad golpeando el rostro… y más abajo.

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