Es sólo un chico del norte del país (Hibbing, Minnesota) haciendo dedo para llegar a Nueva York. Va en busca de un héroe y un sueño, y tal vez de un sofá donde dormir, una colección de discos para absorber, una escena a conquistar y un mundo al que cambiar. Así es como conocemos a Robert Zimmerman, el futuro ícono bohemio, en 1961. Se acerca a un bar en el Greenwich Village y un tipo le dice que la persona a la que busca no está en la ciudad. “Andá a este hospital en Nueva Jersey. Ahí lo vas a encontrar”.
Con la gorra negra de Huck Finn, la guitarra y su cuaderno, se dirige al Garden State. El caballero que ha venido a ver, Woody Guthrie, está efectivamente allí. Todavía le quedan seis años de vida, pero no está bien. Y hay alguien más en la habitación: el trovador y agitador Pete Seeger. El extraño se presenta como Bob Dylan. Le piden toque algo y él elige una canción que escribió para el paciente. Desenvaina la guitarra y, de repente, de su boca sale “Song to Woody”. Los tipos intercambian miradas. Acaban de ver el futuro.
El momento podría haber sido sacado de un millón de biopics musicales. Pero hay una razón para destacarlo en Un completo desconocido, film dirigido por James Mangold, que recrea los primeros días de Dylan y su ascenso como el reacio mesías de una generación. Resulta que cumple una doble función. Al ver a este chico que pronto los eclipsará en la imaginación pública y transformará la música popular, los veteranos del folk se rinden de inmediato. Y mientras nosotros, el público, vemos a Timothée Chalamet tocar y cantar, también nos sentimos lentamente conquistados.
No es solo que el actor logre una interpretación muy decente. Lo que vemos es su capacidad de llegar a algo más profundo que una imitación de una figura ya muy imitada. Chalamet no se está convirtiendo en Bob Dylan, sino que crea lo evoca cuidadosamente, a la vez que canaliza algo salvaje y transformador.
La escena inmediatamente te hace querer ver qué viene después. Y hacia dónde Chalamet termina yendo es lo que marca la diferencia. Habría muchas razones para odiar tanto la idea de una biopic de Dylan como la elección para el papel de una estrella con su propio equipaje de celebridad, a pesar de tener menos de 30 años. A Complete Unknown va deshaciendo esos pruritos, hasta que te descubrís inclinándote cada vez que Chalamet suelta uno de los mordaces comentarios de Bob o le hace justicia a una de sus canciones. La comparación más cercana a su interpretación no es la de Joaquin Phoenix en la película de Mangold sobre Johnny Cash, Walk the Line, ni el sonriente Freddie Mercury de Rami Malek en Bohemian Rhapsody. Es Philip Seymour Hoffman en Capote, otra interpretación de un ícono cultural, que comienza con cierta afectación y pronto te hipnotiza y te hace olvidar que estás viendo a un actor que ya conocés bien de otras películas.

Claro que acá hay mucho material para que los fans se inquieten. Igual que su objeto de estudio, Un completo desconocido juega a gusto con la verdad cada vez que le conviene. Trabajando a partir de un guion supuestamente anotado y quizás incluso alterado por el propio Dylan, Mangold comprime eventos y líneas de tiempo, mezcla y combina performances y momentos históricos, y trata lo apócrifo como las sagradas escrituras.
Mangold es uno de los cineastas que moldearon el actual género de las biopics musicales, con su film de 2005 sobre Cash, y ahora debe lidiar con los límites de eso que él mismo construyó. De hecho, hay pasajes que parecen diseñados a medida: acá está el estallido de inspiración (“¡Eureka!”), acá está el concierto consagratorio, acá el momento en que la fama se convierte en un monstruo… A veces es astuto, como cuando Dylan elige la melodía para el amargo “Don’t Think Twice, It’s Alright”, durante una discusión con su novia. Otras es el equivalente cinematográfico de un tutorial básico.
Sin embargo, Chalamet parece entender el encanto y el don divino de la composición que le permitieron a Bob seducir a todos, así como la máscara enigmática y la lejanía hipster. También es inteligente como para no caer en la caricatura, incluso una vez que Dylan entra en su espinosa fase de “uso lentes oscuros de noche”.

El actor sabe exactamente cómo interactuar con el resto del elenco, intuyendo cuándo ser antagonista, una pizarra en blanco o simplemente ser el chico lindo de cara triste. Ayuda que lo hayan circundado de talento. Elle Fanning es Sylvie Russo (Suze Rotolo, en la vida real), la musa que activa políticamente a Dylan en un momento clave. El Pete Seeger de Edward Norton es una mezcla de ángel frágil y diablillo, apoyando a Bob y suplicándole que no se “electrifique” a expensas de “la causa”. Monica Barbaro nos ofrece una Joan Baez que se pierde por este chico malhumorado, pero que no duda en decirle cosas como “Bob, sos un idiota”.
Tanto Chalamet como el resto del elenco se sumergen en la energía de esa estrella naciente en la primera mitad de A Complete Unknown, que más o menos concluye con Dylan cantando “The Times They Are A-Changin’” en el Festival Folk de Newport de 1964. La multitud se vuelve loca, Seeger sonríe, los otros grandes del festival se dan palmaditas en la espalda. No se dan cuenta de que acaban de escuchar un canto de cisne. El resto de la película comienza a marcar meticulosamente las casillas del final: el encuentro con Bob Neuwirth (Will Harrison), la grabación de “Highway ’61 Revisited” y “Like a Rolling Stone”, algunas intrigas palaciegas sobre Newport ’65.
La película es en gran medida un tributo a la habilidad de Chalamet para modular los gestos y manierismos (el sarcasmo, los bucles vocales y la mezcla de arrogancia dura y sensibilidad vulnerable) de una manera que evoca simultáneamente al hombre y al mito de Dylan. Y con eso logra que muchos de los defectos de A Complete Unknown sean perdonables.


