Eric Koch / Anefo

Yoko Ono: Los últimos días

La anécdota íntima de Yoko sobre la producción de 'Double Fantasy' y los últimos momentos sensibles de John Lennon

Por: ROLLING STONE

EXTRAÍDO DEL ESPECIAL DE COLECCIÓN DE JOHN LENNON, DICIEMBRE 2012

Hacer Double Fantasy fue una gran alegría para John y para mí, pero también fue intenso  ya que estábamos tratando de terminarlo para lanzarlo en Navidad. John sabía que yo estaba en contra y me protegió hasta el final. Si no hubiera sido por eso, el disco no habría resultado un diálogo entre un hombre y una mujer. Y si el disco no hubiera sido un diálogo entre un hombre y una mujer, John se habría negado rotundamente a hacerlo. Así es como fue. Nadie fue grosero conmigo, pero había un fuerte sentimiento de que este disco debió haber sido sólo de John, y que yo era una cosa extra que tuvieron que soportar. Escucho un gran ¡Sí! de ustedes que están leyendo esto. Así que también pueden entender cómo se sentía la gente en aquél momento.

Debido a esa situación delicada, John tenía que hacer sus propias cosas y al mismo tiempo, protegerme. Incluso con su astucia y rapidez al observar, y el poder total en el estudio, no fue fácil. Él estaba tratando de proteger a una leona con orgullo y con corazón de oveja, sin siquiera hacerle saber qué es lo que él estaba haciendo. Ahora, mirando hacia atrás, lo veo claro como el agua.

En las sesiones de Double Fantasy, estaba acostumbrada en cómo se hace en el rock. Pero en una situación de presión, volví a ser mi avant-garde viejo clásico de mí misma. A un guitarrista se le estaba complicando encontrar un buen solo para una de mis canciones. Era tarde en la noche, y escribí rápidamente las notas musicales en un pedazo de papel y le pregunté si iba a tocar eso para el solo. En algún momento, antes de eso, me habían dicho que él sabía leer música. Así que pensé que era más amable darle unas notaciones musicales que mostrarle lo que quería en el piano, en cuyo caso el grupo entero sabría lo que estaba haciendo. Sólo dijo: “No puedo tocarlo» a John. John me miró, miró al guitarrista y se salió de la habitación, haciéndome señas para que lo siguiera. Fuera de la sala de control, dijo: “¿Te acuerdas? ¡Me debes de susurrar a mí!». ¡¿Debo de susurrar la línea musical en el oído de John?! Pero en el rock, no criticas a los músicos por sus solos. Sólo dices: “Eso estuvo bueno. Pero, ¿podríamos hacer uno más?, sólo por si acaso. Algo más sencillo, probablemente…». Algo así. Así que sabía que di un paso en falso. Sólo le dije: “Lo sé, lo sé», y dejarlo ir. Eso fue todo.

Luego vino “Yes, I’m Your Angel», quería hacerla en 3/4. John dijo: “Vamos a hacer rock, en 4/4″. Así que la hicimos en 4/4. Cuando terminamos todas las pistas, John dijo: “¡La terminamos! ¿Algo más, Yoko?». Le dije que en realidad todavía quería hacer “Angel» en 3/4. «¡Claro! ¡Nunca debí haber abierto la boca! Así que vamos a regresar!». Los músicos ya habían guardado todo y se habían ido del estudio. Andy, el baterista, tenía que regresar de ¡Las Bermudas! Pero hicimos “Yes, I’m Your Angel» en 3/4. El problema era que la que grabamos en 4/4 sonaba mucho mejor. Los músicos tocaban a la perfección las versiones en 4/4 y 3/4. Así que no era culpa de ellos. Algo acerca de hacerlo en 3/4 fue tan predecible para este tipo de canción, que sonaba más artificial que la versión en 4/4, que nos sorprendió por ser más fresca en comparación con la de 3/4. Así que de todos modos volvimos a usar la de 4/4 que hicimos. Los músicos estaban atentos a eso, pero no creo que ¡haya ganado algún concurso de popularidad o lo que sea! No pensé nada de eso en ese momento. Los artistas tienen el derecho a aspirar a la perfección. Pero ahora veo que John me estaba ayudando, sin hacer nada al respecto.

Un día, a la mitad de las sesiones de Double Fantasy, los ingenieros nos dijeron que necesitaban dos horas para arreglar el tablero, así que debíamos salir por un rato, dar un paseo. ¡Genial!, después de haber estado en el estudio oscuro por años, el exterior nos hacía ver con los ojos casi cerrados. ¡Era como primavera!, un día hermoso, hermoso. El cielo brillaba azul. Nos sentíamos como dos niños sin entrar a clase: “Vamos a ver lo que tienen». John decidió que entraríamos a la tienda Saks Fifth Avenue. Recorrió varios aparadores y se detuvo en los anteojos: “Deberíamos comprar unos para ti». Tomó un par –grandes, negros, con sombras envolventes– y me los puso. Curiosamente, empezó a verse algo serio. “¿Qué?». “Deberías usar éstos todo el tiempo». Pensé que era una tontería y me quería reír pero me detuve en seco. Él me estaba mirando. Me recordó la primera vez que lo vi admirando mi cuadro “Painting to Hammer a Nail In” en la galería Indica. Esta vez me estaba mirando a mí, usando los lentes que él había elegido para mí. “¿Por qué?», le pregunté con mis ojos. Él sólo tomó mi mano y caminamos rápidamente hacia la salida. Era hora de volver al estudio. Inmediatamente me olvidé por completo del incidente. Más tarde, ésas eran las gafas que usaría para enfrentarme al mundo. Escuchaba a John diciendo: “Mantén la cabeza en alto. No dejes que nadie vea que sufres”. Así que incluso después de su muerte, él seguía protegiéndome y ayudándome.

Los dos éramos personas muy verbales. Una vez estábamos en el ascensor platicando, y olvidamos que no habíamos presionado el botón. El ascensor estuvo en la planta baja durante muchísimo tiempo sin que nos diéramos cuenta. Finalmente, la puerta se abrió y una señora entró y fue ahí cuando nos dimos cuenta de lo que habíamos hecho. Solamente estuvimos platicando. ¿Por qué teníamos tanto de qué hablar? Tal vez porque solamente éramos nosotros dos. Habíamos quemado el puente y no teníamos a nadie más, excepto uno al otro. A John no le importaba eso en absoluto. Probablemente tenía que ver con el hecho de que él había conocido y estrechado manos de muchas personas en los días de gira con The Beatles, que el no ver a tanta gente le era refrescante.

También éramos personas silenciosas. No teníamos que decir nada, sólo con mirarnos, sabíamos lo que el otro estaba pensando. Cuanto más nos odiaba el mundo, más nos protegíamos el uno al otro ferozmente. Me encantaba la forma en que miraba hacia el final: “Mantén siempre la cabeza en alto. No dejes que nadie vea que sufres”.  Siempre asentí  con la cabeza cuando él decía eso. Pero cuando estaba solo, lo sorprendía reflexionando con una mirada lejana, de un soldado joven/viejo que recordaba todo. Un día, llegó a decir: “Mira, si alguna vez muero, asegúrese de que…» y me dio instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer con las malas tomas alternas (musicales) de The Beatles. “Asegúrate de hacer eso». Pensé que era notable que él siguiera preocupado acerca de esas viejas grabaciones. De artista a artista, me gustó ese comentario en ese momento.

Una noche, él estaba llorando desconsolado: “No me dejes solo. No te me mueras». “Pero, John, yo soy mayor que tú, así que es natural que yo me vaya primero». “No, no puedes. Simplemente no puedes”. Pero otro día me dijo con mucha calma: “Si tú te murieras, haría una sopa de ti y la bebería. Seríamos finalmente un solo cuerpo”. Parecía inspirado por esa idea, y se la dijo a las personas que estaban trabajando para nosotros. “Ya saben, si Yoko muere, yo voy a hacer una sopa de ella, y me la beberé…». Todos lo miraron con cara de piedra, como si él no hubiera dicho nada inusual. John sonaba como un niño pequeño mientras decía eso. Un niño al que se le había ocurrido una gran idea.

Los dos como pareja no éramos muy populares, por decirlo suavemente. Todos los que nos rodeaban parecían estar pensando que si no fuera porque John estaba conmigo, The Beatles volverían a estar juntos otra vez. Mientras estuvimos separados, John me dijo que tenía que hacer una entrevista para decir que The Beatles podrían reunirse. Me dijo que la compañía discográfica sentía que no había oportunidad de vender su disco si él no hacía eso. Así que hizo la entrevista y me envió una copia. Cuando miras esa famosa entrevista, ves que John estaba un poco raro. Trató de ser gracioso –eso siempre fue una salida–. Para un tipo como John, hacer una entrevista en la que no creía, fue porque finalmente debió haberse sentido muy presionado. Pensé que si nos separábamos, tal vez él podría volver a ser el tipo popular que había sido una vez. Esa no era la única razón por la que yo quería la separación. Yo había tenido suficiente, también, de ser odiada por todos en el mundo. La situación era un infierno. Se estaba poniendo peligrosa para mí. Para John, estaba afectando las ventas de sus álbumes. Eso significaba una gran mella en su carrera. Me sentía culpable. Pero John era entusiasta acerca de la idea de estar juntos. Así que nos volvimos a sentar en el infierno y a disfrutarlo. ¡Infierno! ¿Qué es el infierno?

“Vamos a ser felices donde quiera que estemos, siempre y cuando estamos juntos. ¿Nos importa? No, Yoko, no nos importa, ¿verdad? Vamos a estar en Cornwall en mecedoras cuando envejezcamos y esperaremos las postales de Sean».

En el período de Double Fantasy, volvió a tener su creatividad y estaba totalmente vivo escribiendo grandes canciones y grabándolas.  Pero en medio de la noche, él tenía pesadillas de nosotros separados nuevamente. Esta vez, por la muerte.

Yo hice el arte para la portada del Double Fantasy. Seleccioné una buena fuente para las palabras. Y usé dos fotos de Shinoyama para el frente y para la parte posterior del LP, excepto que las hice en blanco y negro. Las fotos originales eran a color. Pensé en reflejar la aspereza del álbum por lo que lo convertí en blanco y negro. Pensé que transmitiría el mensaje de que era un documental y no ficción. Pero “La vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes», como John decía. Ahora cuando veo la portada, me pregunto si había más historia para hacerlo blanco y negro que no estuviera en mis cálculos.

Terminamos el álbum. Lanzamos el sencillo “(Just Like) Starting Over» pero no llegó a Número uno. Fui con John, que estaba sentado en un sillón cómodo leyendo los periódicos: “John, lo siento. El sencillo sólo llegó al número ocho». “¿No se va a mover?». “No».  Se quedó pensando por un segundo, mirándome. Y luego dijo: “Todo está bien. Tenemos a la familia».

Tenía grandes planes si el sencillo llegaba a número uno. Siendo inglés hasta la médula, John tenía planeado llevarnos a Sean y a mí a Inglaterra en el Queen Elizabeth II. Quería mostrarle Sean a la tía Mimi y también que dijera hola a Liverpool. Pero tuvimos que descartar ese plan en conjunto.

El último fin de semana fue muy tranquilo. El cielo estaba nublado de una manera apacible. Y la ciudad parecía como si estuviera dormida.

El sábado comenzó con John escuchando “Walking on Thin Ice». Como John estaba tan concentrado en ella, me fui al puesto de revistas y de repente pensé que debía comprarle algunos chocolates, como una sorpresa. Él amaba los chocolates, pero no entraban en nuestra dieta sin azúcar de ese momento. Después de las drogas y borracheras de los años sesenta, John quería que los dos estuviéramos limpios y saludables “también por amor a Sean». Pero ese sábado, el último sábado, John disfrutaría. Pensé en comprarle chocolates y sorprenderlo. No sé por qué pensé eso, a mí no me gustaban los chocolates para nada, entonces yo no sufría al no comerlos. Compré algunos y volví a casa. Al salir del ascensor, John me sorprendió al abrir la puerta del apartamento antes de que yo tocara el timbre. “¿Cómo sabías que iba a regresar justo ahora?». “Yo sé cuando estás de vuelta». Él estaba tan feliz de que le compré chocolates. Recuerdo cómo sonreía.

Ese mismo día, John quería que subiéramos todas mis obras de arte que estaban en el sótano, hasta la habitación blanca. Ésa no era la primera vez que me lo pedía, pero me lo volvió a pedir ese fin de semana. “Es ridículo. Tenemos esas grandes obras y las tenemos en el sótano. Quiero disfrutarlas». Para mí, era aburrido tener que ver mis viejas obras todos los días. Como resultado, mis piezas fueron amontonadas y cubiertas en polvo en la bodega del sótano. “John, ¿podemos hacerlo después de terminar el disco?, estamos tan ocupados ahora». “No, debemos hacerlo ahora. De otra forma, tú nunca lo harás». Como él lo dijo, había un toque de tristeza en su voz, como si él ya supiera que nunca las subiría. Nunca lo hicimos.

Durante todo el día, John no dejó de escuchar “Walking on Thin Ice». La tocó una y otra vez. Nosotros todavía no habíamos grabado la guía del solo de la guitarra, así que pensé que él estaba revisando qué hacer con ella. Pero no era común que él se tomara tanto tiempo en ello. Me fui a dormir. Cuando desperté el domingo en la mañana, él seguía tocando “Walking on Thin Ice» mientras miraba al parque. Yo sabía que la canción era una buena canción. Pero yo sólo pensaba en qué más deberíamos hacerle musicalmente. Nunca pensé más que eso en aquel momento. Hasta hace poco, se me ocurrió que tal vez John estaba observando la canción desde una perspectiva diferente:

Walking on thin ice             
I’m paying the price            
For throwing the dice in the air, etc.

Pero llega hasta la mitad de la octava, después de la segunda estrofa:

I may cry one day,
But the tears will dry whichever way…
And when our hearts return to ashes
We’ll be just a story

No me había dado cuenta que decía: “Yo podría llorar un día», no “Tú podrías llorar un día», o “Nosotros podríamos llorar un día».

¿Qué estaba pensando? John probablemente se dio cuenta ese fin de semana al escuchar la canción con tanta atención. ¿Era eso lo que lo hizo seguir escuchándola?, ¿acaso sabíamos algo?, ¿John?, ¿yo?. La muerte fue algo que no comentamos ese fin de semana. Pero estuvo a nuestro alrededor como niebla espesa.

El último domingo; de un modo me alegro que no sabíamos que ése era nuestro último domingo juntos, y así pudimos tener una semblanza de normalidad. Pero resultó que no era un domingo normal en absoluto. Algo estaba empezando a ocurrir, como el silencio de muerte antes de un tsunami. El aire estaba más tenso y más tenso, más denso y más denso. Entonces, con claridad vi ondas de radio en la habitación. Eran líneas onduladas, como en el monitor del corazón al lado de la cama de hospital, justo antes de que se convierte en una línea recta y plana. “John, ¿estás bien?», le pregunté a través de la densidad. Él se limitó a asentir y siguió escuchando “Walking on Thin Ice», tocándola muy fuerte. Caminando sobre hielo delgado, caminando sobre hielo delgado… “John, John, ¿estáaaaas bieeeeeeen?», oí mi voz vibrante. Por alguna razón, no me podía acercar a John. CAMINANDO SOBRE HIELO DELGADO. CAMINANDO SOBRE HIELO DELGADO. CAMINANDO SOBRE HIELO DELGADO. Me di cuenta de que los dos estábamos en una dimensión extraña en una zona horaria rara, como si estuviéramos en un sueño. Entonces todo se detuvo. Entré en un sueño largo y poco profundo, con John sobre mí, besándome tiernamente.

Lunes. El último día de la vida de John, nos despertamos con un cielo azul brillante extendido sobre Central Park. El día tenía aire para estar bien despiertos y no cansados. John y yo recordamos que teníamos una agenda llena. Sesión de fotos con Annie Leibovitz, programa de radio en RKO y trabajo en el estudio a partir de las 6 p.m. A John le gustaba ser puntual. John era inglés, yo japonesa. El resultado fue que los dos éramos austeros en extremo, espalda con espalda. El cielo se ponía gris en la tarde y John seguía hablando con el tipo de RKO radio, de un montón de cosas. Casi se nos hizo tarde para el estudio. Corrí al coche y vi a John que seguía dando un autógrafo a un hombre frente al Dakota. “John, ¡vamos a llegar tarde!». Recuerdo que estaba un poco irritable. “¿Por qué un autógrafo más?», pensé. John dijo algo como “Ok» y se metió rápidamente al coche, se sentó a mi lado y me tomó la mano como de costumbre. El auto partió.

Sé que hablo mucho de las manos. Yo amaba sus manos. Él solía decir que habría querido manos como las de Jean Cocteau –dedos largos y delgados–. Pero yo crecí rodeada de primos con esas manos aristocráticas. Yo amaba las de John, limpias, fuertes, manos de clase trabajadora que me agarraban en cuanto hubiera una oportunidad.

El trabajo en el estudio se prolongó hasta muy tarde en la noche. En una habitación contigua a la sala de controles, justo antes de salir del estudio, John me miró, yo lo miré. Sus ojos tenían la intensidad de un chico a punto de decirme algo importante. “¿Sí?» Le pregunté. Y nunca olvidaré cómo con una voz profunda y suave, como si fuera a tallar sus palabras en mi mente, me dijo las cosas más bellas. Y yo dije “Oh», después de un momento, y aparté mi mirada, sintiéndome un poco avergonzada.

En mi mente, escuchar algo así de tu hombre cuando estás muy por encima de los 40 años… Bueno… yo era una mujer muy afortunada, pensé. Incluso ahora, veo sus ojos perforando mi mente. No sé por qué decidió, en ese preciso momento, decir todo eso, como si él quisiera que yo lo recordara por siempre. ¿Importaba que todo el mundo te odiara, si tu hombre te amaba tanto? ¿A quién le importa si tienes que vivir en el infierno con él? Algunas parejas pueden ser muy afortunadas de vivir en el cielo. John y mi cielo estaban en el infierno. Y lo amamos. Nosotros no lo habríamos querido de otra manera.

Escucha el álbum remasterizado de Double Fantasy:

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