Publicada el 25 de julio de 2002
Para Ozzy Osbourne, existen los reality shows y existe la vida real. Lo primero es lo que se ve cada semana en The Osbournes; Ozzy, el millonario de 53 años deambulando por su mansión de Beverly Hills con sus tatuajes y su melena con puntas magenta; luchando con la sencilla mecánica de encender un televisor; esquivando lo que dejan los perros de la familia en la alfombra; y soltando un “mierda” cada 10 segundos con su temperamental esposa y mánager, Sharon, de 50 años, y sus hijos Kelly, de 17, y Jack, de 16. Como una mina de oro para MTV, The Osbournes ha convertido a Ozzy en el padre más famoso de la televisión y a todos los miembros de su familia en estrellas.
Pero la vida real es lo que le pasó a Osbourne en su camino al horario estelar. “Soy el verdadero héroe de clase trabajadora”, dice con orgullo recordando la canción de John Lennon, y toda su vida es prueba de ello. Desde 1970, el cantante británico — desertor escolar y delincuente adolescente criado en la pobreza— ha sido el rey indiscutible del heavy metal, primero con Black Sabbath y luego como solista multiplatino y máquina imparable de giras. Fundado en 1996, el OzzFest, su gran espectáculo de verano, es el tour más taquillero del rock.
A Osbourne nunca se le ha dificultado estar en los titulares: por arrancarle la cabeza de una mordida a un murciélago en el escenario en 1982 y, unas semanas más tarde, por orinar alcoholizado en el Álamo, usando un vestido de mujer. Pero ahora está en todas partes. Este año recibió una estrella en el Hollywood Boulevard; fue invitado de honor en la cena de la Casa Blanca; y tocó ‘Paranoid’ de Black Sabbath para la reina Isabel II en el concierto del Jubileo en Londres. Tiene dos nuevos álbumes (Live at Budokan y la banda sonora de The Osbournes) y una segunda temporada del reality show.
“Si tienes un maldito sueño, no dejes de creer en él”, declara al comienzo de cinco horas de conversación a lo largo de dos días en un hotel de Nueva York. “De eso se trata: fantasías y sueños”. Y es que las fantasías eran todo lo que tenía cuando era niño. John Michael Osbourne, el cuarto de seis hermanos, nació el 3 de diciembre de 1948 en el barrio de Aston, en Birmingham, Inglaterra. Su papá trabajaba de noche como fabricante de herramientas. Osbourne, quien sufría de dislexia, dejó el colegio a los 15 años y se vio atrapado en una serie de trabajos humildes antes de cofundar Sabbath en 1968 con el guitarrista Tony Iommi, el bajista Geezer Butler y el baterista Bill Ward.
En la entrevista más extensa que ha concedido hasta la fecha, Osbourne revela la realidad detrás de su éxito: su infancia, los locos días con Sabbath, las drogas y el alcohol, la muerte de su guitarrista Randy Rhoads en 1982 en un trágico accidente aéreo, y su amor por Sharon, la mujer que le salvó la vida y su carrera.
¿Qué pensabas al cantar ‘Paranoid’ en el Concierto de Jubileo para la Reina? Debiste haberle dado un susto tremendo a la mujer.
Después, el príncipe Williams me dijo: “Hubiera sido increíble si tocabas ‘Black Sabbath’”. Si hubiera tocado ‘Black Sabbath’, la maldita tribuna real se habría convertido en piedra y el arzobispo de Canterbury habría tenido que rociarlos con agua bendita.
Al principio, pensé que me habían escogido porque soy como el chiste de la casa. Pero todos —la familia real, todos los príncipes— estaban moviendo la cabeza al ritmo de la música, dándolo todo. Y el ambiente detrás de escena era fantástico. Estaba con Sir Paul McCartney, Bryan Adams, Joe Cocker; era como estar sentado en un bar con todas las celebridades del mundo.
Y es que hay algo que tienes que entender: vengo de Aston, en Birmingham, un barrio industrial muy pobre. Recuerdo estar sentado al frente de mi casa, cuando los Beatles recién habían aparecido, pensando: “¿No sería genial si Paul McCartney se casara con mi hermana?”. Y entonces ahí estaba, 36 años después, cantando ‘Hey Jude’ con él al final de ese show. Yo adoraba a los Beatles. Steve Jones, de los Sex Pistols, una vez me dijo que los odiaba, y, para mí, eso es como decir que odias el aire.
¿Te costó mucho no decir “mierda” cuando conociste a la reina?
Esa palabra estuvo en pausa en mi cabeza. Mi esposa le dijo a Camilla Parker Bowles [la novia del príncipe Carlos]: “Creo que eres putamente genial”. Casi se me salen los ojos. Le dije: “Sharon, cuida tu lenguaje”, y Camilla Parker Bowles dijo: “Oh, está bien. Nosotros decimos bastantes groserías por aquí” [imita un acento pomposo].
Cuando saludé a la reina, intenté mantener una mano en el bolsillo, tenía miedo de que se desmayara al ver el tatuaje [O-Z-Z-Y en los dedos de su mano izquierda]. [La reina] me dijo: “Entiendo que eres un poco alocado”. Solo me reí avergonzado, y algo que noté es que tiene la mejor piel que le he visto a una mujer de su edad.
También conociste al presidente Bush en la cena de corresponsales de la Casa Blanca de este año.
Nuevamente, me sentía como el chiste de la casa. Estaba muy nervioso, pero era como la Beatlemanía, la prensa se estaba volviendo loca. Todo lo que me ha pasado en los últimos seis meses ha sido increíble. Hace dos años, decía: “Tengo 52 años, seguiré haciendo el OzzFest una vez al año y me retiraré con elegancia”. De repente, alguien lanzó esta granada de éxito en la sala.
Hace cinco años, la prensa y la familia real no te hubieran dado ni la hora. ¿Te molesta esa hipocresía?
No es hipocresía, soy la sensación del momento. Sé que la burbuja reventará y seré la noticia de ayer. Pero no dejaré que eso se interponga en mi música, todavía puedo rockear como un hijo de puta.
Si las cámaras de televisión te hubieran seguido de niño en Birmingham, ¿qué hubieran visto?
Vivía en un hogar muy pobre. Mi papá trabajaba por las noches como fabricante de herramientas, y no se adaptaba a los nuevos tiempos. Nunca le compró una lavadora a mi mamá. Teníamos una caldera de cobre en el jardín, a la que se le encendía un fuego debajo y ahí hervíamos la ropa hasta que quedaba inservible. Yo dormía en una cama con uno de mis hermanos, y no teníamos sábanas, teníamos que usar abrigos viejos.
Cuando era pequeño, mi papá me llevaba los domingos por la mañana con mi tío Jim al pub, el Golden Cross. Como no me dejaban entrar, me sentaba en los escalones afuera y me traían una shandy, que es mitad limonada y mitad cerveza. Recuerdo que pensaba: “La cerveza debe de ser la mejor limonada del mundo, no puedo esperar a tener la edad suficiente para beberla”. Cuando probé mi primera cerveza, la escupí: “Esta mierda no puede ser, es como agua sucia”; pero luego entendí el encanto. No bebía por el sabor, lo hacía por la sensación.
¿Cómo era tu mamá?
Hizo lo mejor que pudo. Nunca pasamos un día sin comer. Estiraba todo hasta el límite. Siempre había mucho pan y papas para llenarnos, pero el dinero era escaso, solía pedirles a los vecinos una taza de azúcar, una botella de leche. Uno de mis mayores miedos es quedarme en la ruina, esa es una de mis inseguridades desde que era niño. Nunca me fui de vacaciones, nunca vi el mar hasta los 14 años.
Dejaste el colegio cuando tenías 15 años, ¿fue porque querías o tuviste que hacerlo?
Quería hacerlo. Cuando estaba en el colegio, no reconocieron que tenía dislexia. Miraba el tablero y era como si intentara leer un menú en chino. Pero tampoco lograba mantener un trabajo. Primero trabajé en una empresa de joyería, donde fabricaban aros para servilletas y cajas de cigarrillos. Después fui plomero y luego ayudante en una construcción. Más tarde trabajé en un matadero, y ese fue el trabajo en el que más duré.
¿Qué hacías ahí?
Matar. Era un proceso automatizado, pero los chicos me dejaban dispararle a una vaca de vez en cuando. Mi primer trabajo allí fue vaciarles los estómagos a las ovejas. Había montañas enormes de vómito, el olor era terrible, pero te acostumbrabas.
Luego conseguí un trabajo en una funeraria, y mi madre se enfureció: “Estás loco”. El formaldehído era horrible. Cuando llegaba a casa, veía las caras de los muertos. Entonces, mi madre me consiguió mi primer trabajo relacionado con la música: ajustaba las bocinas de los coches. Se suponía que había que hacer 900 al día. ¿Te imaginas estar en una habitación con ese puto ruido?
Lo importante para la clase trabajadora en Inglaterra era trabajar hasta la jubilación, y entonces te regalaban un reloj de oro. Esa fórmula nunca me pareció lógica. ¿Voy a dar toda mi vida por un reloj de oro? Prefería romper la vitrina de una tienda y robar uno.
A los 17 años, pasaste un tiempo en la cárcel por robo.
Lo mejor que hizo mi padre por mí fue negarse a pagar la multa. Si no pagas la multa, te mandan a la cárcel por la deuda. Estuve allí un par de semanas. Él podría haber pagado la multa, pero, después de eso, no quise regresar jamás.
Describe los primeros días de Black Sabbath. Originalmente se llamaban Earth.
Tocábamos blues, como Ten Years After y los Fleetwood Mac originales. Teníamos una camioneta llena con equipos e íbamos a los conciertos con la esperanza de que la otra banda no llegara, y eso sucedió un par de veces. Solíamos tocar gratis, tocábamos en bodas.
Ensayábamos en un centro comunitario cerca de la casa de Tony Iommi, frente a un cine. Una mañana, Tony nos dijo: “Es interesante, estaba mirando hacia el cine” —proyectaban algo como El regreso del vampiro—, “¿no les parece extraño que la gente pague por asustarse? Quizá deberíamos componer música que dé miedo”. Fue entonces cuando se nos ocurrió ‘Black Sabbath’ [tararea el riff de guitarra]. Eso cambió mi vida por completo.
¿Estaban interesados en la magia negra, aunque fuera un poquito?
No podíamos conjurar ni un pedo. Recibimos invitaciones a convenciones de brujas y misas negras en el cementerio de Highgate. Honestamente, pensaba que era un chiste. Éramos la última banda hippie, nos interesaba la paz.
En muchas de las fotos en vivo de Sabbath haces el símbolo de la paz con la mano.
Nunca hice nada de magia negra. La razón por la que hice ‘Mr. Crowley’ en mi primer álbum en solitario [Blizzard of Ozz, 1989] fue porque todos estaban hablando de Aleister Crowley. Jimmy Page había comprado su casa y uno de mis roadies trabajó con uno de sus roadies. Pensé: “Mr. Crowley, ¿quién eres? ¿De dónde vienes?”. Pero la gente escuchaba la canción y decía: “Definitivamente está metido en la brujería”.
Te despidieron de Black Sabbath en 1978. ¿Lo merecías?
Todos merecíamos despedirnos mutuamente, no había nadie peor que nadie. Si los otros hubieran sido unos santos feligreses y yo me hubiera acostado con sus esposas, lo habría entendido. Pero ellos también consumían alcohol y Quaalude [somníferos].
En esos días, ya estábamos enganchados a la cocaína, y eso te convierte en un adicto en busca de polvo. La cuestión era terminar el concierto para ir por una raya. Teníamos a un tipo en la gira con maletas llenas de diferentes tipos de coca.
Nos fuimos de cabeza. Me volvió terrorífico. Recuerdo acostarme en la cama de noche, sintiendo los latidos de mi corazón, y pensar: “Por favor, Dios, déjame dormir una hora para estar bien”. Luego me despertaba y [hace un sonido de olfatear] volvía a consumir. Lo hicimos así por años. Con el tiempo todo se agrió; un minuto, éramos una banda de rock consumiendo coca, al siguiente, éramos una banda de coca tocando rock.
¿Te preocupa que el éxito de The Osbournes te haya hecho demasiado aceptable, el payaso adorable del heavy metal?
A veces, mi hijo Jack se enoja. Un día me dijo: “Papá, la diferencia está en si la gente se ríe contigo o de ti”. Yo le dije: “Mientras se rían, no importa”.
Cuando comencé a cantar, estaba en una banda de blues, The Rare Breed, con Geezer Butler. Yo daba saltos, tocaba la armónica y cantaba. El guitarrista principal se me acercó y me dijo [con voz seria]: “En las bandas de blues no hacemos eso”. Le dije: “Que te jodan a ti y a tu banda de blues. Si quiero saltar, lo haré”. Me gusta divertirme.
He visto a todas las bandas serias, a todos los guitarristas serios. Y, francamente, la única diferencia entre el vodevil y la música moderna son las guitarras eléctricas y los micrófonos. Básicamente se trata de: “¿Están todos contentos?”, “¡Sí!”, “¿Y tú por aquí, amigo?”. Es el mismo truco. Y cuando todo está en su lugar, estoy cantando bien y tengo energía, me encanta eso mil veces más que el éxito de The Osbournes.
¿Ha cambiado la nueva fama de Kelly y Jack tu relación con ellos como padre?
Kelly me compró este reloj porque tengo muy mala vista [se levanta la manga para mostrar un reloj con números grandes]. Eso es nuevo, no estoy acostumbrado a que mis hijos me compren cosas.
Estoy muy orgulloso de ellos. ¿Viste a Kelly en los MTV Movie Awards? Fue su primera presentación en un escenario. Bajó corriendo unas escaleras como si estuviera en una maratón, y yo pensaba: “Más despacio, nena, vas a perder el equilibrio”. Si yo tuviera que hacer eso, estaría petrificado, con mariposas, en el baño todo el día.
Pero no es que yo hubiera sido un tipo que repartía comida y de repente me convertí en una gran estrella. No es algo nuevo para ellos. Un día iba en el auto con los chicos y uno de ellos me dijo: “Papá, ¿no fue Andy Warhol quien dijo que todo el mundo tiene 15 minutos de fama?”. Y Jack respondió: “Sí, por eso yo estoy terminando con los míos ya mismo”.
¿Todavía los regañan por algo?
Por supuesto. Sharon les dice algo como: “Acércate a ese señor y discúlpate en ya mismo”. Cada familia tiene sus reglas. La gente dice: “Mi hijo ve The Osbournes y no puede dejar de decir ‘mierda’”. Y ¿saben algo? Ahora hay un invento increíble en esas máquinas: el botón de encendido y apagado. Nadie te está obligando a mirar. Si pasaran pornografía explicita en la televisión, o algo que no quisiera que vieran mis hijos, la apagaría: “Sal de aquí, no verás eso”. Siempre hemos sido padres liberales; pero con normas.
¿Te decepcionó que tu hija mayor, Aimee, rechazara estar en el show?
No. Es muy tímida, muy reservada. Tiene una chispa diferente al resto de nosotros. La gente me pregunta si quiero que mis hijos sigan mis pasos, y sería genial, pero no voy a apuntarles con una pistola a la cabeza: “Tienes que tomar clases de karaoke, tienes que ser la próxima Posh Spice”. No hay nada peor que te pongan en una situación en la que no quieres estar, en la que crees que estás defraudando a tus padres. Cuando era niño, mi padre me inscribió en los boy scouts, y lo detestaba. Me compró todo el equipo, y yo fingía que iba a las reuniones. En lugar de eso, estaba jugando en una obra en construcción.
Una de las partes más graciosas de The Osbournes son los pitidos de censura sobre las groserías. Pero, ¿no crees que Kelly y Jack dicen demasiadas?
Cuando trasmitieron el show en Inglaterra, no usan pitidos. No es tan divertido, pero es entretenimiento. Algunos días simplemente es: “Hola, ¿cómo estás?”, “Muy bien”. Pero cuando tienes cuatro meses de la vida de alguien, desde temprano en la mañana hasta el final del día, y luego lo condensas en capítulos, suena como si nos despertáramos y dijéramos: “Muy buenos putos días”, “¿Cómo está tu puto perro hoy?”. Si te levantas por la mañana y te golpeas el pie, no dices [con voz remilgada]: “Oh, rayos”, dices: “¡Mierda! ¿Qué hace la pata de la cama ahí?”. En nuestro programa, hay una pata de la cama cada diez segundos.
Pero, como dije, siempre hemos sido una familia muy liberal. Algo con lo que siempre he sido muy atento es que pongo condones en todos los armarios de los chicos. Las chicas dicen: “¡Ay, papá!”; pero es que mis padres nunca me dijeron nada, todo lo que aprendí fue con los chicos en la calle, y no fue una buena manera de aprenderlo. Mi trabajo es decir: “Si tienes sexo, asegúrate de que tu pareja use uno de estos”. O, “Jack, ponte esto. No eres invencible. El VIH sigue existiendo”.
Dado tu propio historial de abuso de sustancias, ¿qué les ha dicho a tus hijos sobre las drogas y el alcohol?
No he tenido que hablar con ellos. Me han visto volver a casa en carros policiales o no volver en absoluto. No estoy orgulloso de ello; soy el más disfuncional de la familia.
Pero si siento que este programa está jodiendo a mi familia —si encuentro a mi hijo fumando crack—, les diré: “Pueden besarme el culo. No quiero estar en un programa de televisión y tener que enterrar a dos niños al final”. Lo más importante para mí es el amor que siento por mi familia. Los amo más que a la vida misma. Siempre estoy pendiente de ellos: “¿Lo llevas bien?”. Pero, más que eso, mis hijos son los que me dicen: “Hoy no vas a beber, ¿verdad?”.
Has estado casado con Sharon por 20 años. ¿Qué fue lo primero que te atrajo de ella?
Su risa, tiene la mejor risa. La forma en que reía y maldecía era muy contagiosa. Durante un tiempo, me gustó a la distancia. Nos cruzábamos en hoteles, aeropuertos. Su padre, Don Arden, era el mánager de Black Sabbath, y ella trabajaba en la oficina.
Luego me despidieron de Black Sabbath. Me fui a un hotel en Los Ángeles, me encerré en una habitación, pedí cajas de cerveza, y un dealer me traía coca todos los días. Pensé, “Es mi última aventura. Voy a estar bien jodido durante unos meses, luego me iré a casa y lo daré por terminado”. Mi idea era abrir un bar; una idea brillante para un alcohólico.
Un día, llamaron a la puerta. Alguien del equipo de la banda me había dado un sobre con dinero que debía entregarle a Sharon. Me lo gasté en coca. Ella llegó, y creo que sintió lástima por mí, me dijo: “Si te enderezas, quiero ser tu mánager”.
Todos hasta ese momento me decían: “Tonto, idiota, no puedes hacer nada”. Toda mi vida me habían dicho que era un tonto. Ella fue la única que no lo hizo, me animó y me puso en marcha. Somos el mejor equipo del mundo.
En 1989 te arrestaron por intentar matarla en un arrebato de embriaguez.
No todo ha sido felicidad. Pero cuando estuve en el Jubileo de la Reina, no había ni una sola estrella de rock con una esposa de la misma edad, todas tenían 12 o 32 años o lo que sea. Sé que conseguir a una jovencita es una cosa, pero, ¿de qué carajos hablan? “¡Oh, qué malas noticias sobre India y Pakistán!”. Es muy común, y no cambiaría a mi Sharon por nada.
Randy Rhoads, tu primer guitarrista tras dejar Sabbath, murió en un accidente aéreo en 1982. Solo tenía 25 años y solo grabaste dos discos con él, Blizzard of Ozz y Diary of a Madman. ¿Qué aprendiste de él en tan poco tiempo?
Me animó mucho. No solo era un guitarrista fantástico, Randy realmente trabajaba conmigo: “Canta eso, pero inténtalo en este tono”. En Sabbath, cualquier cosa que hicieran, yo tenía que ponerle voz.
Era muy tranquilo y dedicado a su instrumento. Durante las giras, todos los días se levantaba, buscaba a un profesor de guitarra clásica en la guía telefónica y recibía una clase. En esa última fatídica gira, en el autobús, un día me dijo: “Quiero dejar la banda”. Le dije: “¿Qué te pasa? Tenemos otro álbum en los listados”. Y él me dijo: “Ya probé lo que es ser una estrella de rock, ahora quiero estudiar guitarra clásica”. A lo que yo le respondí: “Gana más dinero primero”. Siempre estaba listo para un reto más grande.
¿Fue difícil seguir adelante después de la muerte de Randy?
Mientras hablamos, mi cabeza vuelve instantáneamente a ese campo donde el avión se estrelló contra la puta casa. Nunca me abandona. Recuerdo bajar del autobús de la gira. El bus estaba doblado por el impacto del avión, y el teclista estaba fuera, sujetándose la cara. Había un olor fuertísimo a combustible. Yo llevaba unos pantalones cortos, y estaba de pie en el campo, diciendo: “¿Dónde carajos está Randy? ¿Dónde está Rachel?”. [Rachel Youngblood, asistente de vestuario y amiga cercana de los Osbourne, también murió en el accidente]. El mánager de la gira señaló la casa. “¿Cómo puede estar en esa casa? Está en llamas”.
Le dije a Sharon: “Se acabó. Ya no quiero este tipo de vida”. Ella se enojó mucho. Me dijo: “No vas a renunciar, porque Randy y Rachel no querrían que renunciáramos”. Le juré a la madre de Randy que, tocando las canciones que escribimos juntos, mantendría viva su memoria. Randy era muy joven, y un tipo demasiado bueno para morir. Siempre son los imbéciles los que viven hasta los 199.
¿Te sorprende que, después de todo lo que has pasado y lo que has consumido de drogas y alcohol, sigas aquí?
Definitivamente. He bailado con la muerte muchas veces, consciente e inconscientemente. ¿Sabes lo que hago ahora? Todos los años, desde los 45, me hago un chequeo completo: colonoscopia, prueba de próstata; me meten cosas por el pene. Y al final, me dicen: “Estás bien”.
Nada —toco madera [da tres golpes en una mesa]— me ha salido mal. Pero si pasa, pasa. He tenido una buena vida. Y lo que me vuelve loco es que cuando aprendes cómo son las cosas, ya es demasiado tarde para afrontarlas. Debería ser al revés. Deberíamos nacer con todo ese conocimiento, y luego volvernos más estúpidos a medida que envejecemos.
Si pudieras escribir tu propio epitafio, ¿cuál sería?
Simplemente “Ozzy Osbourne, nació en 1948, murió así”. He hecho mucho para ser un simple tipo de clase trabajadora. Hice sonreír a mucha gente. También he hecho que muchos se pregunten: “¿Quién carajos se cree que es este tipo?”. Te garantizo que si muriera esta noche, mañana dirían: “Ozzy Osbourne, el hombre que le arrancó la cabeza a un murciélago de un mordisco, murió en su habitación de hotel…”. Sé que eso es lo que viene.
Pero no me quejo. Al menos seré recordado.


