Top Gun: Maverick: Tom Cruise necesitaba un subidón de heroísmo y cosplay

En la nueva película de Top Gun, Tom Cruise vuelve al rol que lo catapultó a las nubes de la fama

Por  K. AUSTIN COLLINS

mayo 26, 2022

Tom Cruise en Top Gun: Maverick

Paramount Pictures

Otro día, otro búnker secreto lleno de uranio que hay que reducir a escombros. Al comienzo de Top Gun: Maverick, nuestro hombre, Pete «Maverick» Mitchell (Tom Cruise) está trabajando como piloto de pruebas. Todavía tiene rango de capitán: han pasado más de 30 años y su carrera ha avanzado muy poco. Es culpa de su reputación: el hombre es famoso por abandonar el protocolo para seguir sus propios instintos. Después de todo, por algo es «Maverick» (“rebelde”): no nació exactamente para cumplir reglas. No tiene problema para pilotear un avión a Mach 10, poniéndose en peligro sin ninguna prevención. El riesgo de bajas tampoco le importa (como en la primera película, en la que perdió a su compañero Goose en un trágico accidente: fruto amargo, y kármico, de jugar demasiado rápido y demasiado al borde de las reglas.)

La diferencia entre el Maverick de la Top Gun de 1986 y el de esta nueva secuela a cargo de Joseph Kosinski, más allá de que Cruise haya envejecido un par de años, es que la primera película era juvenil de espíritu. Los personajes eran osados y tercos a morir porque, sí, somos jóvenes. Eran alumnos de escuela. El programa Top Gun que le da título a la película tenía esa premisa: capturar la energía salvaje de la juventud, sin atenuar en lo más mínimo la falta de miedo a la muerte, y con ella hacer buenos militares estadounidenses, profesionales obedientes y conscientes de las regulaciones pero que, al mismo tiempo, fueran valientes. La lección, apropiada para la era de la Guerra Fría, es que el individualismo debía ser celebrado y, bueno, también restringido. En Maverick vemos en qué se convierten estos niños devenidos hombres apegados a las restricciones de lo que llamamos habitualmente una “carrera”. “Iceman” (el antagonista de Cruise, interpretado en aquel entonces tanto como ahora por Val Kilmer) se convirtió en un comandante con una familia, una casa grande y, a pesar de la enfermedad que sufre, el prestigio y sabiduría que otorga una larga carrera.

“Maverick”, en cambio, no logró salir del mazo. El precio de desviarse del camino trillado es una forma de la gloria individual que consiste en no tener hijos ni residencia permanente, contar apenas con el dinero para sobrevivir, tener una reputación irregular y estar laboralmente siempre en la cuerda floja, como un adolescente eterno. Pero de alguna manera es él, y no Iceman, el personaje que se supone que nos gustaría ser. Últimamente se habla de las películas de Cruise como metáforas del mismo actor, o al menos de su punto de vista sobre lo que significa ser una estrella de Hollywood en una época que borró por completo qué quería decir eso. La voluntad de coquetear con el fracaso, y con la inseguridad necesaria para hacer que el fracaso parezca posible, sigue siendo uno de los atractivos fundamentales de Cruise.

Pero en Top Gun: Maverick lo encontramos en modo “déjenme mostrarles cómo se hace”. Aquí el estudiante se convierte en maestro. Maverick regresa al programa Top Gun para entrenar a un equipo de jóvenes ases en ciernes, entre ellos el problemático Rooster (Miles Teller) y un sabelotodo que se hace llamar Hangman (Glen Powell). Estos jóvenes campeones interpretan su propia versión del dilema Maverick vs. Iceman. En verdad Powell, más bajo que Teller en estatura y bendecido con una sonrisa demasiado perfecta, es el más Cruise de todos. Pero el equilibrio ha cambiado. Su personaje es una especie de Iceman, uno de esos winners que realmente no podés admirar, porque todos preferimos creerle al tapado que enfrenta la adversidad y no al que viene de fábrica señalado para el éxito, pero que nunca se topó con un adversario digno. Y Teller hace su parte para darnos un Rooster insportable pero valioso, que se abre camino entre sus habilidades naturales y su falta de confianza en sí mismo. Él y Maverick tienen historia en común, y en buena medida este es propio viaje tanto como el del hombre mayor.

Pero no tanto. Esta no es Top Gun: Rooster. La misión sobre la que gira la película, por supuesto, es imposible, y todo se trata de argumentar su total inverosimilitud. Y sin embargo, incluso en una película que en muchos sentidos sigue perfectamente el modelo de la original, nos quedamos con la boca abierta pensando que no lo van a lograr.

Una vez más, las propias vulnerabilidades de Cruise valen mucho, al igual que las de Maverick. Esta es una película ambientada en los albores de la automatización. Un día, dentro de poco, los aviones no van a necesitar pilotos. Si ponés a un piloto en la cabina, el resultado va a ser un error humano. Esta es una perspectiva aterradora para Maverick, pero se puede ver cómo la burocracia llegó a pensar así (quien representa este punto de vista en la película es un Jon Hamm maravillosamente desprovisto de sentido del humor). Cuando las máquinas se rebelan, nos aterrorizamos. Cuando la gente se rebela, aplaudimos, a menos que se nos pongan en contra.

Uno de los rasgos esenciales de la franquicia Top Gun desde el principio es el dominio del hombre sobre la máquina, un dominio similar a una forma de rebelión. Top Gun siempre fue a la vez una historia de jóvenes que rompen las reglas y de aviones que rompen cómodamente la barrera del sonido porque los pilotos que los vuelan tienen un control increíble sobre ellos. Lo más emocionante de Top Gun: Maverick es la idea de que el caos que aporta el ser humano es una forma de dominio sobre el acero, el aire, todo lo demás. No es de extrañar que las escenas de entrenamiento sean un poco rudimentarias al principio: tomas aleatorias de aviones pirueteando intercaladas con planos cercanos de motores a reacción que pretenden hacernos creer que algo está sucediendo realmente allá arriba. Después estas secuencias se vuelven gradualmente más nítidas, hasta hacernos sentir como si estuviéramos jugando un juego de rol.

Y no: no tiene mucho sentido que un grupo de jóvenes arriesgue su vida para completar una tarea  imposible, que  casi requiere que rompan sus máquinas para salvar el mundo (o, bueno, salvar a Estados Unidos). Así que no queda claro el dilema. Si querés a un tipo como Maverick controlando las máquinas en lugar de que las máquinas se controlen solas, claramente estás propiciando que ocurra un accidente, pero las emociones valen la pena.

La película efectivamente presupone, y con razón, que vamos a estar del lado de Tom Cruise y no del de una máquina. Queremos una película sobre la mentalidad de equipo, la superación de las adversidades y la ruptura de nuestros propios límites. No queremos una película sobre robots que se abren camino en una guerra. Pero esta es una idea que solo funciona realmente si le sacás a la guerra todo lo que la hace demasiado humana. Eso es lo que siempre me pareció extraño de Top Gun. Cuando el combate es real, la película todavía parece narrar un simulacro, un entrenamiento. Es curioso que en una película sobre el poderío y la maestría militar estadounidense, y sobre la preparación de soldados para la guerra, las misiones de entrenamiento y la misión real se entremezclan hasta tal punto en la visión del espectador. “El enemigo” todavía nos parece algo que está entre comillas, un simulacro. Maverick es menos surrealista en ese sentido, pero apenas. Los aviones que “el enemigo” está volando se parecen terriblemente a los Su-57 rusos, que son cazas furtivos en toda regla, incluso si esta película no es explícitamente sobre Rusia como amenaza militar. En el lenguaje de juguetería de la película, se los llama “aviones de asalto enemigos”. Sus pilotos apenas si son seres humanos, son cuerpos cubiertos con uniforme y casco, sin voz, rostro o miedo. Esta es la ilusión que Top Gun necesita sostener.

Pero hay otras cosas. Está la soledad de Maverick, y las chispas reavivadas con Penelope (Jennifer Connelly), un vínculo romántico que viene de una vieja historia (él la había dejado en otra ocasión). Está todo ese uranio que los alumnos de Maverick deben aprender a hacer explotar por el bien de la OTAN. También está el problema de la finitud, cuyo presagio se cierne sobre Maverick a través de sus recuerdos de Goose y Iceman. (La única escena de Kilmer en la película es una especie de tributo conmovedor a la carrera icónica del actor que perdió la voz en 2015).

Esta película, en definitiva, le da un buen relustre a la original, con el impulso, igual que en la original, de una estrella condenada a ser por siempre una estrella. La gran misión es el momento más emocionante; la preparación vale la pena. Cuando Maverick sigue sus instintos, tiende a meterse en líos, como cuando a último minuto aparece un problema que necesita un tramo extra de acción frenética, con un avión ya convertido en chatarra y un poco de construcción edulcorada del personaje. “El enemigo” en esta película tiene una forma curiosa de aparecer y desaparecer cuando es conveniente, como si la película estuviera admitiendo que todo es una mera simulación, una especie de cosplay del héroe que se adentra en el simulacro de su propia gloria.

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