Timø presenta Canto pa’ no llorar, su segundo álbum de estudio, un trabajo que marca un paso decisivo en la evolución del trío colombiano. Para hablar de esta nueva etapa conversamos con Andrés Vásquez (Andy), Alejandro Ochoa (Alejo) y Felipe Galat (Pepa), quienes detallaron el proceso creativo detrás del disco, la decisión de volver a los instrumentos en vivo y la apuesta por construir una obra cohesiva en tiempos dominados por los lanzamientos aislados.
Grabado entre México, Madrid y Los Ángeles, y con colaboraciones que amplían su horizonte musical, el álbum consolida la identidad de la banda y reafirma su intención de pensarse como proyecto de largo aliento.
Hay emoción, pero también han hablado de susto. ¿Por qué?
Sacar un álbum no es como sacar un single. Un single puede salir cada mes, cada dos meses. Un álbum es distinto. Nosotros crecimos escuchando discos completos, somos más vieja escuela en ese sentido. Esto se siente como un bebé. Literalmente sentimos que mañana nace nuestro segundo bebé: Canto pa’ no llorar. Y claro, eso da emoción, pero también vértigo.
¿Cuánto tiempo lo estuvieron gestando?
Dos años. Fue un embarazo largo. Movimos fechas, cambiamos canciones, encontramos otras que nos gustaban más y las metimos. Hubo momentos en los que el álbum parecía estar listo y luego volvíamos a cuestionarlo. Pero creemos que esta es la mejor versión que podíamos hacer en este momento.
Desde el inicio hablaron de cohesión. ¿Qué estaban buscando exactamente?
Queríamos algo como los discos con los que crecimos. Por ejemplo, Un día normal de Juanes: desde la primera hasta la última canción hay una sonoridad clara, una identidad. Hoy muchos álbumes son compilados de singles, canciones que funcionan por separado, pero no necesariamente tienen una narrativa sonora. Nosotros queríamos que este disco se sintiera como una obra completa.
¿De dónde vino esa referencia tan marcada a los 2000?
Más que estética, fue nostalgia. Crecimos escuchando a Juanes, Shakira, Bacilos, Reik. Teníamos cinco o seis años viajando por carretera con nuestras familias y ahí nos enamoramos de la música. Ahí, consciente o inconscientemente, decidimos ser músicos. Entonces nos preguntamos: ¿qué pasaría si Timø hubiera sido una banda en esa época?
Esa decisión también se tradujo en la forma de grabar.
Totalmente. Nada de loops. Grabamos con baterista, guitarras reales, órgano, guitarra de doce cuerdas. Nos pusimos una regla: instrumentos tocados en estudio. Y dejamos errores. Dejamos que las tomas respiraran. La música con la que crecimos no era perfecta, era humana. Queríamos recuperar eso.
El segundo disco siempre tiene un peso distinto. ¿Cómo lo vivieron?
Hay un dicho que dice que tienes seis años para hacer el primer disco y seis meses para hacer el segundo. El segundo pesa más. El primero es una carta de presentación: “Hola, somos esto”. El segundo es: “Ya funcionó el primero, ahora muéstrame qué más tienes”. Hay expectativa, hay presión.
También está la relación con el público. A veces parece que la gente siente que puede decirte qué deberías hacer.
Sí, totalmente. Pasa mucho. Mira a The Strokes: su primer álbum fue un fenómeno. Cambiaron un poco la fórmula en el segundo y en su momento los criticaron. Años después ese disco se revalorizó. Uno sabe esas historias y las siente cuando va a lanzar algo nuevo. Es inevitable.
El álbum también tuvo un proceso internacional. ¿Cómo fue ese viaje?
La primera etapa fuerte fue en México, en el desierto. Nos encerramos en un estudio con todos los instrumentos disponibles y ahí nació esa pasión por hacerlo todo en vivo. Después vino Madrid y Los Ángeles, donde trabajamos con Mauricio y Andrés Rengifo. Llegamos con canciones que para nosotros estaban listas y ellos nos ayudaron a pulir detalles, a quitar cosas, a probar otras. Fue un proceso de confianza.
El focus track, ‘Palabras’, sorprende con un giro hacia la salsa. ¿Siempre fue así?
No. De hecho, casi no entra al disco. La intentamos producir de muchas formas: más rockera, con batería, más guitarrera. Durante ocho meses estuvo fuera del álbum. Pero la canción pedía salsa. Lo que pasaba era que nosotros no queríamos aceptarlo. Hasta que dejamos la terquedad y dijimos: hagámosle caso. Y la hicimos a nuestra manera.
¿Les preocupa cómo reaccionará el público?
Es algo nuevo para nosotros. Nunca hemos sacado algo tan cercano a la salsa. Pero también sentimos que es momento de arriesgar. Nunca hemos visto a nuestro público bailar así en un concierto, pero nunca es tarde para empezar.
Hablemos de ‘Carta al corazón’. ¿Cómo terminó Juanes grabando ese solo?
La canción nació inspirada en “A Dios le pido”. Un día estábamos en pijama y dijimos: hagamos algo con ese espíritu. Salió el riff y la construimos poco a poco. Después alguien le mostró la canción a Juanes. Le gustó. Le preguntamos si quería grabar el solo final y dijo que sí. Pasaron meses y un día nos llegó un link: “Carta al corazón con solo de Juanes”. Fue tocar el cielo.
También están las colaboraciones con Nil Moliner y Vanessa Martín.
Fue muy curioso porque los dos coincidieron el mismo día en Madrid. A veces uno va al estudio con grandes expectativas y no sale nada. Ese día todo fluyó. Vanessa incluso movió una cena con Antonio Banderas para grabar con nosotros. Cero presión. Pero la conexión fue real.
Si tuvieran que elegir una canción consentida, ¿cuál sería?
“Carta al corazón” tiene algo especial por su historia. “Mira al cielo” nos emociona imaginarla en vivo. “Palabras” representa el riesgo. Pero la única en la que coincidimos los tres es “Esperar”. No tenía la presión de ser single, así que experimentamos. Tiene un outro raro, nos fuimos un poco a la mierda haciéndola. Y eso es lo que más nos gusta.
Ahora viene la prueba de fuego: el escenario.
Sí. Lollapalooza Argentina, Estéreo Picnic, gira por España y luego Latinoamérica. Somos una banda. Hacemos música pensando en el concierto. El vivo lo es todo. Y este disco está hecho para eso: para cantarlo, sudarlo y verlo crecer frente a la gente.


