Spencer

Luego de Jackie y de Ema, Pablo Larraín nos cuenta una nueva historia de emancipación femenina, esta vez protagonizada por Diana, la Princesa de Gales

Pablo Larraín

Kristen Stewart, Timothy Spall, Sean Harris, Sally Hawkins

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

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Cortesía de Diamond

El chileno Pablo Larraín inició su carrera con un par películas acerca de hombres que pierden su cordura (Fuga, Tony Manero). Luego vinieron dos cintas acerca de los horrores de la dictadura (Post Mortem, No) y una sobre los horrores de la Iglesia católica (El club). 

Con la excepción de No (que posee una alta dosis de humor negro, así como de optimismo y esperanza), el cine de Larraín se caracteriza por una tendencia hacia lo oscuro y lo perverso. Pero lo que sí posee cada una de las películas de su filmografía (que incluyen también a la sensual y disruptiva Ema) es un particular sentido de lo visual, que corresponde al contexto histórico, estético y audiovisual en el que se desarrollan sus historias.

La tercera parte de una supuesta trilogía de películas biográficas protagonizadas por personajes ilustres en momentos específicos de su vida (la primera fue Neruda y la segunda Jackie), Spencer aborda tres días en la vida de Diana, la amada princesa de Gales, quien muriera trágicamente en 1997, en un accidente automovilístico. 

Para esta cinta biográfica, Larraín se enfoca en el punto de vista de Diana y se aleja de la propuesta asumida por la serie The Crown, la cual aborda de una manera compleja y coral, la vida de la Reina Isabel II en varias etapas de su vida. En la cinta de Larraín, la Reina tiene un papel definitivamente secundario. 

La norteamericana Kristen Stewart hace un gran esfuerzo tratando de emular y, a la vez, aportar una compleja dimensión emocional al icónico personaje que encarna, en un drama psicológico claustrofóbico y en algunos momentos aterrador, ambientado con una estética visual que imita a una película británica de los años ochenta, cortesía de Claire Mathon (Retrato de una mujer en llamas). 

Spencer también goza de un impresionante diseño de producción de Guy Hendrix Dyas (Inception), así como del exquisito diseño de vestuario de Jacqueline Durran (Ana Karenina), y de la excelente partitura de Jonny Greenwood de la banda Radiohead, quien, al igual que como lo hizo con el personaje de Daniel Plainview en There Will Be Blood, subraya en clave sonora el desequilibrio psicológico gradual que sufre Diana en esos días previos y posteriores a la Navidad. 

Los objetos cargados de simbolismo abundan en Spencer: un collar de perlas que ahorca a Diana y que es idéntico al que el Príncipe Carlos le regaló a su amante, unas cortinas que ella lucha por abrir, un cortador de alambre que ella usa para autolesionarse y para entrar a su antigua casa y un viejo abrigo que cubre a un espantapájaros y que fuera propiedad del padre de Diana, son algunos de ellos. 

Larraín retoma muchos de los aspectos ya tratados en The Crown, relacionados con los asfixiantes protocolos que llevan a cabo los miembros de la familia real y con la soledad y la alienación que se generan al interior del Palacio de Buckingham. Inclusive la bulimia y los celos delirantes de la Princesa Diana causados por la relación oculta entre el Príncipe Carlos (Jack Farthing) y Camilla Parker, son abordados aquí. 

Es así que su retrato de Diana no dista mucho de la Diana de The Crown: una mujer fuerte y de espíritu rebelde, maternal y cálida con sus hijos William (Jack Nielen) y Harry (Freddie Spry), pero también llena de inseguridades, inestable mentalmente y en extremo caprichosa. La diferencia radica en que Larraín convierte a Diana en un símbolo de la emancipación femenina, como si se tratara de una extensión de la Ema de su anterior trabajo.

El guionista Steven Knight (Peaky Blinders) describe la cinta como “una fábula basada en una tragedia real” comparando a Diana con la figura de Ana Bolena (Amy Manson), quien muriera decapitada para que el Rey Enrique VIII pudiera contraer matrimonio con su amante, y nos presenta al mayor retirado Alistair Gregory (un estupendo Timothy Spall) como una figura siniestra encargada de vigilar y controlar a la Princesa de Gales, lo que continúa alimentando la teoría de la conspiración asociada con su muerte prematura, así no se mencione en la cinta nada de ello de una manera explícita.