FOTOGRAFÍAS POR CHRISEAN ROSE

“Solo dije, a la mierda”: Jennifer Lopez

Así rompió todas las reglas para llegar a la cima

Por: ALEX MORRIS

En un caluroso día de diciembre, en sus oficinas en Hollywood, la actriz, cantante, bailarina, productora, magnate y multimillonaria Jennifer Lopez intentaba no hablar de más. “Trato de no decir mucho”, dijo textualmente, sentada en un sillón de cuero y con una expresión serena, una coleta y una sudadera blanca que dejaba ver su abdomen. “Estoy muy feliz, no quiero decir nada más”.

Aunque no siempre fue así. Por un breve y hermoso momento, hablar demasiado era característico de Lopez. Remontándonos al final de los 90, cuando estaba casada con un mesero que nadie conocía y salía en bikini a recibir a los periodistas junto a su piscina en Beverly Hills, decía cosas como: “Esta ciudad no es lo suficientemente grande para mí”, “Yo era como un cohete, él era una roca”, “Tengo el brillo de una ‘estrella”, “El miedo a estar sola impulsa mi vida”. Dijo que Oliver Stone huele a lavanda picante, que Woody Harrelson chasqueaba la lengua (“de una manera desagradable”), y que Madonna debería mantenerse al margen y solo cantar. Y cuando le preguntaron por Gwyneth Paltrow, respondió: “¿En qué película ha estado? Juro que no recuerdo ninguna”.

Está claro que Lopez sabe cómo despotricar, y que puede hacerlo si quiere. Uno pensaría que lo haría, considerando que la tarea en cuestión es hablar de su última película, Cásate conmigo, que produjo y protagonizó, además de participar en la banda sonora, esto implica que es un proyecto de Lopez por excelencia. La película muestra a Kat Valdez, una superestrella que está a punto de casarse frente a millones de fans cuando se entera de que su prometido (Maluma) ha sido infiel. Presa del pánico, hace lo que ninguna persona haría en esa situación y se casa con un tipo cualquiera del público (Owen Wilson, el perfecto “tipo cualquiera”). Es relativamente graciosa, pero no lo suficiente, considerando que Sarah Silverman también aparece.

Para ser más específicos: Jennifer Lopez, una superestrella que (supuestamente) ha sido engañada varias veces y que (probablemente) fue dejada plantada, si no en el altar, junto a él, por Ben Affleck –con quien, en un mágico giro del destino, está saliendo otra vez después de 18 años–, interpreta a una superestrella mundial que bla bla bla… entiendes el punto. El arte imita a la realidad. Ya estás listo para profundizar en esta resonancia emocional.

“Hay gran parte de Kat que solo alguien como yo podría entender”, acepta Lopez. “Tenía que recordarme constantemente: Sabes lo que es estar frente a un estadio lleno de gente y que pase algo vergonzoso. Te ha pasado. ¿Qué haces? ¿Cómo se siente cuando todo se desmorona y vuelves a casa, te ves en televisión y se están burlando de ti como si no fuera doloroso? ¿Cómo se siente? También has llorado tirada en el suelo. Así se siente. Es como sumergirte hasta sentir que te ahogas en tus propias decisiones, y bien sabes que no son las correctas”.

Puedes estar de acuerdo con que no se debe sentir nada bien, aunque tal vez eso se vea opacado de manera cinematográfica por las habitaciones lujosas, la ropa de diseñador, los productos exhibidos y la iluminación perfecta. Por eso sería bueno hablar de esas cosas de una manera más personal. Por ejemplo, esas decisiones que ella sabía eran equivocadas, ¿le importaría explicarlas más a profundidad?

No, al menos no explícitamente. “Empiezas a darte cuenta de que no hay reglas”, afirma subiendo los pies al sillón Chesterfield, con dos mechones de cabello adornando su perfecto rostro. “Solo existe lo que te parece bien a ti. Porque tú eres la persona con la que tienes que vivir al final del día. Siempre que no he hecho caso a mis instintos, he terminado mal”.

Ok, pero, ¿cuál sería un ejemplo de esa situación?

“Es que han sido varias situaciones. Te puedo dar un pequeño ejemplo. Cualquier situación que me dé miedo, cualquier situación en la que diga: ‘Quizá debería hacer esto, porque si no lo hago, la gente no me verá por un tiempo’. Luego digo: ‘No lo debí hacer, fue estúpido, no salió bien’”.

¿Hay alguna situación en específico que no haya salido bien?

“Intento pensar en algo”, dice quitándose un mechón de la cara. “Es difícil”.

¿Y qué hay de su relación con Affleck? ¿Finalmente está saliendo bien?

“No diré mucho al respecto. Ambos crecimos, somos los mismos y somos diferentes, eso es lo bueno”.

¿Bueno? ¿Bueno?

“Sí… es bueno tener una segunda oportunidad en un amor verdadero. Como dije, hemos aprendido mucho. Sabemos qué es real y qué no. Es solo que… el juego ha cambiado. Nuevamente, intento no hablar de más”. 

Para ser justos, si retrocedemos un poco, hay muchas cosas de las que sí quiere hablar. Está más que feliz de compartir que tenía alrededor de ocho años cuando puso su ojo en algo más grande que el barrio del Bronx en el que vivía, asistía a la escuela católica, veía Días felices y pegaba afiches de Menudo en las paredes rosadas del cuarto que compartía con su hermana menor, Lynda. “Quería lograr muchas cosas”, dice. “Tenía un espíritu competitivo”.


“Ben y yo estábamos muy enamorados. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero también estaba este otro lado en el que nos criticaban, y eso destruyó nuestra relación de adentro hacia afuera”.


Su padre era técnico de computadores y su madre era profesora de kínder que llegaba los domingos de la misa a grabar el Top 40 en casetes. Jennifer, la segunda de tres niñas, bailaba frente al espejo, creyéndose Rita Moreno en Amor sin barreras. Su primer trabajo fue barrer el pelo y limpiar el baño en la peluquería de una amiga de la familia. Después, a los 15 años, vendió imitaciones de perfumes “en una tienda detrás de una gasolinera”. De niña soñaba con tener una de esas cabezas de Barbie que podías estilizar, pero cuando intentó robarle una a su prima, se cayó de las escaleras. “Fue como si algo me empujara. Dios dijo: ‘No te atrevas a coger una Barbie de esta casa’”. La cantante cree en cosas así, en “capacidades psíquicas, premoniciones y cosas que están destinadas a suceder”.

De pequeña, Lopez no era especial. Era la hija de padres puertorriqueños que fueron duros con ella porque el mundo fue duro con ellos. Su madre, Guadalupe, quería ser una actriz y la gente le decía que se parecía a Natalie Wood. Terminó teniendo tres hijas en cuatro años y comenzó a vender Tupperware para ganar más dinero. No era cariñosa por naturaleza, no era del tipo de madre que sostiene la mano de sus hijos. Ella esperaba que sus hijas sobresalieran, pero también les recordaba sus limitaciones. A veces incluso les daba una cachetada; “Era el tipo de mentalidad de que así es cómo mantienes a los niños bajo control”, comenta Lopez. “Así los criaron a ellos y así me criaron a mí. Mi mamá también era divertida, ella fue la que me introdujo a los musicales y a todo tipo de música. Pero también he podido sobrevivir a lo que he vivido en este negocio gracias a que mi mamá fue estricta. No creo que ella supiera para lo que me estaba preparando, pero lo hizo”.

Siguió todas las normas hasta que cumplió 16 y comenzó a salir con un vecino llamado David Cruz; la llevó al baile de graduación y comenzaron a dormir juntos. Lupe estaba preocupada de que Jennifer quedara embarazada, así que la cantante tenía que escaparse desde la ventana del segundo piso para verse a escondidas con Cruz. Y al volver a casa necesitaba usar una escalera. “Era buena escapándome”, confiesa. “Pero cuando me atrapaban, las cosas se ponían feas”.

Sin embargo, nunca fueron tan feas como cuando les dijo a sus padres que dejaría la universidad para dedicarse a bailar. “Claramente tenían sus dudas. Yo también las tendría. Mira, si estuviéramos en el Bronx en este momento y uno de mis hijos me dice: ‘Esto es lo que quiero hacer’, yo le diría ‘OK’, pero pensaría: ‘¿Ah, sí? ¿Y cómo lo piensas hacer? ¿Llamarás a un productor de Hollywood para que te ponga en una película? ¿Te van a descubrir? Tienes que ser realista’”. Se ríe ante el absurdo de haber llegado donde está. “Cuando creces en esos barrios, el soñar en grande te puede decepcionar”.

Lopez se fue definitivamente de su casa con un par de cosas en una mochila, y por un tiempo durmió en un sofá del estudio de baile Phil Black. Vivía de algunas presentaciones, pizza de un dólar, ramen instantáneo y de vez en cuando waffles en un lugar llamado Good Enough to Eat. En 1991, se unió a In Living Color como Fly Girl (bailarina), aunque no había pasado la audición en L.A. “Keenen [Ivory Wayans] me dijo que había dejado que las chicas escogieran, porque sintió que yo era una decisión obvia”, comenta Lopez. “Ahí estaban las cámaras y él dijo que votaran, pero todas escogieron a otra chica”. Después, Wayans la volvió a llamar. “Me dijo que él y Rosie [Perez, la coreógrafa] lo iban a solucionar, así que dejaron que la chica terminara la temporada y al siguiente año me volvieron a incluir”.

Tales detalles explican la tensión que sintió al mudarse a Los Ángeles en 1991. En su primera semana de trabajo, una de las chicas le dijo que tendrían que posponer una sesión de fotos, porque Lopez tenía que perder peso. Los planes para convertir a algunas de las Fly Girls en un grupo –antes de las Spice Girls o Destiny’s Child– fallaron. Aburrida y a la deriva en la ciudad, comenzó a tomar clases de actuación y descubrió el don que tenía. En 1996, después de haber participado en videos de Janet Jackson y los New Kids on the Block, así como en varias series de televisión y un par de películas, Lopez le ganó a 22.000 mujeres para ser Selena Quintanilla en una película biográfica de la querida estrella tejana. Su actuación le valió una nominación en los Globos de Oro y la convirtió en la primera actriz latina en ganar más de un millón de dólares por un papel. Un par de años después, filmó Jack con Robin Williams, Sangre y vino con Jack Nicholson, y Un romance peligroso con George Clooney. La artista estaba –así como dijo en ese momento– llegando al fondo de la lista de actrices de primera categoría.

Así que hizo lo que nadie haría en ese momento, y decidió grabar un álbum. Uno de los músicos que participó en Selena, y estuvo en la verdadera banda de Selena, le dio una canción como demo. El Work Group, una división de Sony con la que había firmado, no le prestó mucha atención al demo hasta que llegó a los oídos del presidente de Sony, Tommy Mottola, quien supuestamente tuvo una pelea con otra artista latina y quería demostrar que tenía la razón. Reservó una habitación del St. Regis Hotel para Lopez, con la tarea de terminar un álbum, además de regalarle melodías pegadizas de artistas menos conocidos. Y funcionó, On the 6  (titulado así por la línea del metro que la cantante tomaba para ir del Bronx a Manhattan) fue triple disco de platino y para la sorpresa de muchos, vendió más de 8 millones de copias en todo el mundo. “No estaba en el radar”, dice otra estrella de los 90, quien estaba en las mismas esferas que Lopez. “Pero era una trabajadora incansable, empeñada en ser exitosa y lo conseguiría de una manera u otra. No creo que tuviera otra intención además de ser una superestrella mundial”.

“Al comienzo no era tan buena, pero mejoró”, opina Maria Christensen, quien escribió y grabó ‘Waiting for Tonight’ con su banda 3rd Party y luego le cedió la canción a Lopez. “Los ingenieros pensaban que era incansable. Componían las letras, hacían un montón de tomas y las juntaban. Ella trabajaba muy duro, cantaba una y otra vez. Trabajaba hasta el agotamiento”.

Y eso también funcionó. El segundo álbum de la artista, J.Lo (titulado así por el apodo que le dio el difunto rapero Heavy D), debutó en el Número Uno la misma semana en que Experta en bodas era la película más taquillera en Estados Unidos. Nadie nunca había ocupado ambos puestos al mismo tiempo.

Luego hizo más películas (31 y contando), más álbumes (nueve con Cásate conmigo), una gira mundial, una residencia de Las Vegas, fue juez en algunas temporadas de American Idol, lanzó varias líneas de ropa, una línea de cuidado para la piel, al menos un millón de perfumes, tuvo gemelos, y aun así, siente que el éxito ha llegado “lento y seguro”. Piensa en el momento en el que realmente se dio cuenta de que su vida había cambiado; en una noche de los 90, dando vueltas en una habitación de hotel en Londres, viendo todos los pares de zapatos de diseñador que tenía contra la pared, “dije: ‘Recuerdo que tenía huecos en mis zapatillas’”, comenta. “‘¿Esto realmente está pasando?’ Era como un maldito cuento de hadas. Y no se trataba del dinero, sino del cambio, de la diferencia. La habitación era más grande que la casa en la que crecí, mucho más grande”.

A estas alturas, ya se acostumbró a la riqueza, pero la diferencia se mantiene. “No me creo la favorita”, continúa, “siempre he sentido que estoy en el fondo. Siempre. Siempre me sentí como la persona que no merece estar ahí, quizá es parte de ser puertorriqueña, del Bronx y mujer. ¿Sabes a qué me refiero? Todo eso. El no haber nacido en una familia con dinero, el no conocer a nadie en el negocio, solo me arriesgué y dije ‘a la mierda, lo intentaré, intentaré entrar’”.


“Siempre me sentí como la persona que no merece estar ahí, quizá es parte de ser puertorriqueña, del Bronx y mujer”.


Lopez tiene un historial de hacer entrevistas en una de sus casas perfectas, pero hoy quería que nos encontráramos en su oficina, la cual me dijeron era como su verdadero hábitat natural, en donde logra cosas increíbles. Los insípidos pasillos terminan justo antes de una gruesa puerta de madera y al entrar, la oficina parece menos una oficina que una experiencia inmersiva en el lujo extremo. Hay una sala de música/televisión con un piano Steinhoven de acrílico, un enorme sofá circular de terciopelo verde y una chimenea a gas que produce una llama verde como si estuviera quemando dólares. Hay una cocina moderna con varias bebidas saludables alineadas como un batallón en el refrigerador de alta gama. Hay una habitación con espejos, piso de espina de pescado y detalles en bronce. Hay un regalo navideño de parte de Tom Ford en una repisa de mármol en la recepción, que está justo debajo de BRX en letras brillantes (por el Bronx, claro está) y frente a una representación de Nueva York vista desde arriba. Las paredes de vidrio que dividen el espacio son tan prístinas que en un momento Lynda chocó contra una de ellas. “Pon atención, por favor”, le dijo el manager de Lopez, Benny Medina, en un tono que bien podría haber sido una broma, aunque era difícil saberlo. Estaba explicando que la oficina de Lopez era producto de una visión, porque todo lo que hace lo hace con visión y gusto, y quizá el tipo de liderazgo que escucha otras perspectivas hasta cierto punto. “Me dejó escoger mi escritorio”, dice Medina mientras escuchamos música pop de una fuente desconocida, y todo huele a Le Labo Santal 26.

Lopez se acomodó en una especie de sala en la parte trasera de la oficina para escuchar la banda sonora de Cásate conmigo. Cierra los ojos y comienza a mecer los hombros mientras canta las canciones de amor, desamor y pérdida del control. Hacia menos de una semana, Affleck le había dicho a Howard Stern que “probablemente seguiría bebiendo” si hubiera seguido con Jennifer Garner, y el publico se volvió loco ante la implicación de que el matrimonio con una de las personas más queridas de Estados Unidos lo pudiera llevar a “[beber] una botella de whisky y a [quedarse] dormido en el sofá con frecuencia”. La escena de hoy parecía diseñada para demostrar el control que la cantante tiene sobre su marca y su imagen. Las canciones son pegajosas, pero las letras revelan muy poco de su persona.

Pero, nuevamente, pocas celebridades tienen que lidiar con la peor parte de la fama de la manera en que ella lo ha hecho; la mierda del body-shaming, la mierda sexista, la mierda racista, y el tiempo en que salió con Affleck dio prueba de esa magnitud. “En vez de celebrar, criticaron, marginalizaron. Nunca le dieron el reconocimiento”, dice su amiga y productora Elaine Goldsmith-Thomas. “Era la mujer que tenía la película y el álbum Número Uno, pero para ellos nunca sucedió, estaban ocupados escribiendo sobre Puffy. [Un año después], Sueño de amor fue la película Número Uno, pero la prensa escribió: ‘Ben Affleck está durmiendo con el servicio’. Ella nunca tuvo el crédito que otras actrices blancas, no sé cómo más decirlo, sí tuvieron. Y lo sé, porque también trabajé con ellas”.

South Park  la llamó “perra malintencionada” en un episodio en el que se burlaron de su herencia latina. Conan O’Brien dijo que, como dobles para una pareja en un sketch, escogió a “nuestro pasante guionista” para interpretar a Affleck” y a “la señora de la limpieza” para Lopez. “Fue brutal”, dice Lopez ahora. “Es de esas cosas que entierras profundamente para poder avanzar y hacer lo tuyo”. Fue capaz de separar las cosas por un tiempo hasta que no pudo más. “Es curioso porque estábamos muy enamorados. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero también estaba este otro lado en el que nos criticaban, y eso destruyó nuestra relación de adentro hacia afuera, porque éramos muy jóvenes para entender las cosas más importantes de la vida”.

Lopez está dispuesta a hablar sobre algunas de esas cosas; habla sobre ir a terapia y de cómo se ha “convertido en una persona más espiritual” desde que es mamá. Dice que reza mucho y repite afirmaciones durante el día (“Estoy completa, estoy bien por mi cuenta. Amo al universo y el universo me ama”). Dice que esta mañana se despertó a las 8 a.m., con el corazón hinchado de agradecimiento. Su hermana había viajado de Nueva York hace unos días, y su mamá estaba llegando. Ya casi es Navidad, compró muchos regalos e hizo muchos planes. “Intento siempre vivir agradecida”, dice sin una pizca de ironía. “Pero, especialmente hoy, si me preguntas cuál fue mi primer pensamiento, fue: ‘Gracias. Gracias, Dios, por este día. Gracias por mi vida’”.

TRAJE DE BALMAIN. BRAZALETES DE TIFANNY’S. ARETES DE JENNIFER FISHER. ZAPATOS DE GIUSEPPE ZANOTTI.

Después de expresar su gratitud, se puso sus pantuflas Gucci y fue al baño, decidida a ser su mejor versión. “Siempre intentaré manifestar esas cosas en mi vida, hacer lo mejor que pueda y hacer del mundo un mejor lugar”, dice. Además, “Estoy muy feliz, probablemente más de lo que he estado en toda mi vida”. Parte de esa felicidad se la atribuye a Affleck, aunque no especifica lo que la hace feliz ahora o hacía infeliz antes, de él. O sí especifica algunas de esas cosas, pero me pide apagar la grabadora antes de decirlas, un acto que parece calculado. Me habla sobre Tu puedes sanar tu vida¸ libro que le enseñó que puede controlar la manera en que piensa ciertas cosas, incluso si no puede controlar dichas cosas. “Para mí siempre ha sido importante conocerme”, afirma.

Parte de ese proceso ha implicado descubrir qué tanto de ella compartir, especialmente ahora que su imagen pública no solo repercute en ella, sino también en sus hijos. “Es todo un acto de malabarismo”, dice. “La gente juzga demasiado. Los dejas entrar a tu casa y luego hablan de tu chimenea o preguntan si algo es real o escenificado”. Pero también ha significado una introspección de sus tres divorcios (de Mac Anthony, el más reciente), dos compromisos fallidos (con Alex Rodríguez, el más reciente), varias rupturas que ha tenido que afrontar bajo el ojo público, y lo que se dice de ella, razones por las cuales no ha podido tener la familia que siempre ha querido. “Cuando tenía cuarenta y tantos, pensaba: ‘No te estás amando, cuando te estás superando en el trabajo, permites cosas en tu vida personal que…”, hace una pausa, y se le vuelve a ir el pensamiento una vez más antes de proseguir. “Y eso impulsó mi vida artística, lo que es muy bueno en muchos sentidos, porque me hizo querer superarme. Me hizo querer sentirme mejor, hacer mejor las cosas, ser exitosa, ser mejor artista y crecer, y lo he hecho. Pero también solo quieres sentirte bien con tu vida”.

Mira a su alrededor y decide hablar sobre por qué quizá no se sentía así. “Tu primer amor no te enseña lo que es el amor”, explica. “Son tu mamá y tu papá, lo que ellos te enseñan de niño sobre qué es la vida y el amor, a través de cómo se comportan contigo. Esas son las cosas que tienes que retomar y examinar cuando estás en una relación, repitiendo patrones y preguntándote: ‘¿Por qué está pasando esto?’”. Sus padres se divorciaron cuando ella y sus hermanas ya eran grandes. No quiere entrar en muchos detalles, pero pase lo que pase, ella quiere que se sepa que ya lo superó. “No guardo ningún rencor”, afirma. “Siento que mi mamá hizo lo mejor que pudo. Y cuando lo pienso así, es más fácil superar los castigos, las palmadas y todo lo que pasó. No quiero educar a mis hijos así, pero lo entiendo”.

Aunque no está tan segura de que sus padres la entiendan a ella. “¿Cómo podrían?”, se pregunta. “Creo que no entienden bien mi vida”. Y no son los únicos. “Cuando una persona se vuelve famosa, puede generar una discordia en su familia. Puede ser complicado para ambas partes, a mí se me complicó, pensaba: ‘¿Esta sigue siendo la misma familia que me ama, me acepta, me comprende y siente que soy la misma persona o también me ven de otra manera?’. Para ellos fue diferente: ‘OK, ahora ella es esto, ¿qué significa? ¿Qué tanto debo esperar? ¿Qué tanto puedo pedir y qué tanto no?’ Hay mucha confusión, hay resentimiento y muchos sentimientos encontrados y complicados. ‘¿Qué es todo eso?’”.


“Hay un grupo del que no soy parte. Y siempre he dicho que estoy bien, pero duele no ser incluida y no sé si alguna vez lo seré”.


Son sentimientos demasiado apasionantes para intentar capturarlos en una comedia romántica musical, por lo cual Lopez sintió que Cásate conmigo sería un buen proyecto sin muchos riesgos, uno en el que podría hablar sobre algunas partes de su vida, sin decir demasiado. La película es una secuela inesperada de Estafadoras de Wall Street, en la que su actuación le valió otra nominación al Globo de Oro y mucho reconocimiento. Pero dice que hace mucho quería hacer una película y una banda sonora al mismo tiempo (se refiere al soundtrack de Cásate conmigo¸ que no es un álbum de Lopez sino de Kat Valdez), porque todavía no es considerada para papeles más duros. “No conozco ni la mitad de las películas cuando se estrenan a fin de año”, afirma. “Tengo a los mejores agentes del mundo, pero esos proyectos no llegan a mí”.

Fundó Nuyorican Productions, que produjo Estafadoras de Wall Street y Cásate conmigo, específicamente para “hacerme cargo de mi carrera”. De hecho, uno de los rasgos distintivos de la fama de Lopez es que, a pesar de la fortuna y los lujos que le ha dado, todavía existe esa desconexión entre el lugar de donde viene, dónde está ahora y en dónde cree podría estar. En un solo año fue la portada de 46 revistas, su música ha ayudado a traer la música latina al mainstream, pero jamás ha ganado un Globo de Oro, ni ha sido nominada a un Óscar, a pesar del consenso casi universal de que lo merece. Ni siquiera ha pasado tanto tiempo desde que estuvo prácticamente en la quiebra; sus gemelos, Emme y Max, eran pequeños, se estaba divorciando de Anthony, su disquera la dejó, las ventas de sus álbumes no eran buenas, tenía más de 40 años y nadie la quería contratar para su película. “Mi asesor financiero me dijo: ‘No, no puedes hacer nada en este momento. No hagamos ningún movimiento hasta que puedas volver a trabajar’”.

Pero Lopez sí trabajó. Ignoró las advertencias y aceptó trabajar en American Idol, entrando a los hogares estadounidenses dos noches a la semana, sin comportarse como una diva, sino como una madre soltera trabajadora que lloraba con las victorias o fracasos de los concursantes. Hizo su primera gira mundial y Nuyorican aceptó Estafadoras de Wall Street pese a las advertencias de tipos en la industria que piensan que las strippers deberían ser más “agradables”. La artista también ignoró esos comentarios y pasó todo el 2019 aprendiendo a bailar en una barra de stripper y grabó la película –sin recibir un pago por ella– en 29 días. Cuando le pidieron presentarse en el Super Bowl de 2020 con Shakira, hubo gente que protestó porque supuestamente los peces gordos de la NFL pensaban que se necesitaban dos latinas para hacer el trabajo de un hombre blanco. Lopez aceptó de todos modos, y usó su plataforma para llenar el campo del Hard Rock Stadium de Miami con niños latinos, incluido uno suyo, cantando en jaulas blancas mientras los peces gordos de la NFL probablemente enloquecían.

Durante la pandemia, se preparó y filmó dos películas, orquestó todo un documental sobre su vida, terminó con la posproducción de Cásate conmigo, marchó junto a sus hijos en las protestas de BLM, se presentó en la posesión de Biden, terminó su compromiso con Rodriguez y reavivó su romance con Affleck. El año anterior pasó unos meses en Canadá, despertándose a las 5 a.m. para entrenar, luego estar en peinado y maquillaje a las 6:15 a.m. y llegar al set de La madre a las 7:30 a.m. En medio de las grabaciones, hacia videollamadas con sus hijos antes de ir al colegio, cenaba con ellos y les imploraba, “¡Lávense los dientes! ¡Vayan a la cama!” a más de 3000 kilómetros de distancia, vía Zoom.

En otras palabras, ha trabajado muy duro. Se ha esforzado por decir y hacer las cosas correctas y vivir con amor propio y gratitud. Pero aún siente esa desconexión. “Son 20, 25 años de gente diciéndome: ‘No es tan buena. Es bonita y hace buena música, pero no es esto o lo otro’. ¿Sabes? Creo que he hecho un buen trabajo a lo largo de los años, pero hay un grupo del que no soy parte. Y siempre he dicho que estoy bien, pero duele no ser incluida y no sé si alguna vez lo seré. Hay un circulo de “los mejores artistas’ y afuera están los demás artistas de pop”. El soñar en grande te puede llevar a la decepción y Lopez lo sabe desde pequeña en el Bronx, escapándose para ver a su primer novio.

ATUENDO DE LAQUAN SMITH.

No hace mucho, la artista llamó a la mamá de David Cruz. Murió de una enfermedad del corazón y cuando ella lo supo, se dio cuenta de que todavía se sabía el número de su casa, así que cogió el teléfono y llamó. La mamá de David contestó. “Le dije quién era, que lo sentía mucho y que había amado a su hijo, ella comenzó a llorar y me dijo que él también me amó, que siempre me amó”. La cantante hace una pausa, “Eres afortunado si tienes un primer amor así”.

Lopez busca su iPad, Cruz la llevó al baile de graduación y de repente quiere ver la foto. “Estoy intentando buscar ‘Jennifer Lopez foto baile de graduación”, dice mientras teclea en la pantalla, asumiendo que la foto, como la mayoría de su vida, estaría disponible para el público. Y así es, un segundo después, me muestra una vieja foto en blanco y negro de ella a los 17 años sonriendo. “Yo hice mi propio vestido. Era una sirena con escote halter, satén rosa y encaje en la parte superior. Lo dibujé y se lo di a una modista del barrio: ‘Este es el vestido que quiero hacer’, era una visión”.

“A diferencia de cuando me cortabas el flequillo, ahí te equivocaste”, comenta Lynda entrando en la habitación y Lopez se encoge de hombros; no todas las visiones resultan “visionarias”.

Pero, una vez más, ella cree en eso, en el destino, en que todo sucede por una razón. Confía en que algún día recibirá lo que corresponde, y no prevé otra ruptura con Affleck. “No creo que hubiéramos vuelto a estar juntos, si creyéramos que volvería a terminar igual”, explica. “Sentimos que lo que encontramos de nuevo es mucho más importante, y cómo lo protegemos, cómo vivimos –qué compartimos y qué no– es gracias al balance que tenemos ahora, gracias a la experiencia y a la sabiduría que hemos ganado con los años”. Más allá de eso, ¿qué más puede decir?

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