Sin censura ni leyes populistas: ¿cómo enfrentar las violencias que reproduce la música?

El uso populista de las leyes y la censura no van a impedir que la sexualización de las infancias siga existiendo.

Redes - Mauricio León / EL TIEMPO

Luego de las numerosas críticas a la canción ‘+57’, donde J Balvin, Blessd, Ryan Castro, Feid, Maluma, Karol G y Ovy On The Drums se unieron para cantarle a una “mamacita desde los fourteen”, el debate sobre la normalización de sexualizar a niñas y adolescentes se mantuvo vivo por varios días. A pesar de que pasados unos días a la canción le cambiaron el fourteen (14 años), por un eighteen (18 años), el problema de fondo sigue sin resolverse. 

La polémica ha recibido comentarios desde todas las orillas, incluyendo al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), la Defensoría del Pueblo, el presidente Gustavo Petro y por supuesto numerosas organizaciones que trabajan por los derechos de niñas y mujeres. Entre tanta indignación, algunos políticos han incluso propuesto leyes que restrinjan producciones musicales con contenidos. En medio del debate, las senadoras Sonia Bernal, del Pacto Histórico, y Karina Espinosa, del Partido Liberal, anunciaron la presentación de un proyecto de ley denominado “letras decentes”. La iniciativa busca regular el contenido de las letras de las canciones en Colombia, imponiendo sanciones a los compositores, casas productoras e intérpretes cuyas obras incluyan referencias que promuevan violencia, misoginia o conductas sexuales explícitas. 

A su vez, desde la Comisión segunda se pretende que el ICBF cite a los artistas de la canción a que se capaciten en la prevención de la violencias contra niñas, niños y adolescentes. Mientras tanto, la representante a la Cámara Alexandra Vásquez está recogiendo firmas para evitar que la canción se siga escuchando. 

Aunque la intención de estas iniciativas puede parecer útil, en realidad tiene varios problemas. Primero, cada actor de la sociedad debe identificar y contribuir desde su lugar a combatir las violencias de género y la explotación sexual comercial contra niñas, niños y adolescentes (ESCNNA). En Colombia ya existen normas, protocolos e instituciones que tienen el mandato de hacerlo, por eso más que nuevas leyes se requieren acciones estatales, veeduría y rendición de cuentas para que cada entidad haga lo propio. Una ley sin compromiso político y social, incluyendo a los actores privados como el sector del turismo, no va a ser útil y por el contrario puede prestarse para censurar la producción creativa. 

La libertad de expresión es un derecho constitucional y aunque las y los artistas tienen responsabilidad sobre el tipo de productos culturales que difunden, prohibirles determinados temas solo pone el foco donde no es. No es con la censura con la que se logran cambios culturales. Por el contrario abre un campo muy problemático que coarta la libertad y distrae la responsabilidad de estos productos culturales, para dar paso a la vulneración de este derecho. 

Si bien las senadoras Bernal y Espinosa han afirmado que el proyecto “letras decentes” no busca coartar el arte, habría que meditar hasta qué punto podría una ley de este tipo garantizar que no sea utilizada para controlar la música que se produce en Colombia. También sería necesario revisar bajo qué criterios se determinaría sobre qué se puede escribir o no para que cantantes y compositores eviten incurrir en alguna falta y ganarse una sanción.

Por otra parte, prohibir canciones ignora que la sexualización de las mujeres está presente en casi todos los ámbitos culturales y géneros musicales. La música, como cualquier producto cultural, refleja las realidades de su tiempo y contexto. El debate sobre si la música influye o no en las infancias o las juventudes no es nuevo, pero lo que debemos cuestionar no es solo el impacto de géneros como el reggaetón, sino la manera en que la realidad social y cultural alimenta estas canciones. 

Un problema que va más allá de los géneros musicales

La conversación que se ha generado alrededor de ‘+57’ ha reavivado las críticas hacia el reggaetón como género musical, pero no puede ser responsabilizado por problemáticas sociales tan complejas como la pedofilia y la violencia basada en género. Las letras controversiales también se pueden encontrar en canciones de rock, de vallenato, de salsa y de rap, por nombrar algunos, lo que quiere decir que no es un asunto que solo compete a la música como tal sino a una sociedad que ha normalizado la sexualización de las niñas en la vida cotidiana.

Por otro lado, esto también va ligado a la discusión sobre si los artistas tienen o no alguna responsabilidad social ligada a su arte o a la plataforma que construyen. En este caso, atrás quedaron las épocas en las que cantar, por ejemplo, sobre una “colegiala” podía pasar desapercibido pues con el conocimiento y las herramientas que se tienen ahora, para los compositores ya debería ser impensable considerar escribir que una mujer “estaba buena” desde que tenía 14 años.

Ahora, hace unos días Blessd declaró lo siguiente: “Mi amor crie usted a sus hijos que yo estoy es trabajando y haciendo música no me den la responsabilidad de crianza eso hágalo usted, póngale la vaca Lola que yo hago es reguetón ahí me disculpa [sic]”. Esta respuesta tiene un punto y es que los padres son quienes deberían controlar el contenido que consumen sus hijos cuando estos son menores de edad, no obstante, es una salida facilista para lavarse las manos y evitar asumir el error. Con el acceso a la música que cada vez es más libre, los y las artistas, así lo quieran o no, tienen una gran responsabilidad respecto al contenido de su música y la manera en la que la promocionan. Esto aplica para cualquier género musical pero si hablamos del reggaetón, existen muy buenas canciones que si bien hablan de sexo, deseo, fiesta y demás, no recurren a temáticas que ya están mandadas a recoger.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Por parte de los diferentes actores que están detrás de una producción musical –compositores, intérpretes, productores, etc– la solución es tan sencilla como tener un sentido crítico para no terminar publicando una canción que hable sobre ver a las niñas y adolescentes como objeto de deseo. Así como con cualquier tipo de producto audiovisual, la creación musical tiene filtros por los cuales pasar antes de ser publicada, de modo que en cualquier punto de la cadena debería haber alguien que se detenga a revisar si lo que se está escribiendo o cantando es problemático.

Por parte de los padres o tutores legales, las plataformas de streaming como Spotify, Apple Music y Tidal tienen una etiqueta de contenido explícito que se muestra como una letra “E” al lado de cada título alertando sobre contenidos que podrían considerarse problemáticos o potencialmente dañinos. Desde el panel de configuración de cada usuario se puede bloquear su reproducción y en el caso de YouTube, esta ofrece su opción familiar de YouTube Kids. A su vez, algunas portadas de sencillos o álbumes poseen el sello de Control Parental para advertir que poseen letras sobre violencia o sexo.

Al ofrecer estas clasificaciones, la plataforma les da la posibilidad a sus usuarios de personalizar la experiencia de escucha según sus preferencias y controlar su exposición a ciertos materiales. Aunque por ahora el sistema no es masivo, puede ser una alternativa para madres, padres y cuidadores restrinjan el acceso a contenidos que puedan resultar inapropiados para ciertas edades. 

¿Tiene alguna responsabilidad moral la música? 

Un género musical como el reggaetón, que nació en los barrios populares del Caribe como una expresión auténtica de la vida en las calles y que en sus orígenes se fue de frente contra moralismos, ha abanderado más recientemente, la liberación sexual de las mujeres, pero nunca ha buscado ser un estandarte de valores. Y, sin embargo, el hecho de que se haya transformado en una tendencia global que genera millones a través del puro propósito del entretenimiento, no lo hace menos susceptible a tener una responsabilidad en su andar decidido por el mundo. Pasa todo lo contrario, su visibilidad le pone más reflectores encima. Aunque el arte no busca ni debe ser un modelo moral, surge la pregunta: ¿cuál es la responsabilidad de la música en las transformaciones culturales o en su perpetuación? ¿Debería tener alguna? 

Como público también deberíamos ser más críticos respecto al contenido que consumimos y a los artistas que seguimos. Sin censura, ni leyes que digan qué música se puede hacer o qué no, pero con una gran reflexión cabe preguntarnos ¿cómo transformamos las normas culturales retrógradas sobre las mujeres que dan origen a esta música? ¿Cómo evitar que la música que cosifica, que sexualiza a la infancia y normaliza la violencia continúe existiendo? Se trata, en última instancia, de cambiar las estructuras que permiten que esta cultura violenta siga reproduciéndose en Medellín, en Colombia, o en cualquier barrio de América Latina.

MELISA PARADA BORDA Y LAURA VÁSQUEZ ROA

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