Revictimización e impunidad

Las violencias digitales contra las mujeres son violencias reales

noviembre 26, 2024

CORTESÍA

Las violencias digitales contra niñas y mujeres suelen minimizarse por la falsa creencia de que lo que ocurre en Internet no es tan grave. La realidad es que estas violencias son la continuación de agresiones históricas que ahora la tecnología profundiza hasta llegar a consecuencias devastadoras

H* tenía 17 años, vivía en una ciudad del Caribe colombiano y tenía una relación con un hombre siete años mayor. Ella se sentía en confianza, así que era común compartir fotos íntimas o permitir que él le tomara fotos con su teléfono, eso sí, siempre con el acuerdo de que esas imágenes fueran eliminadas.

La prevención de H no era por falta de confianza, sino por temor de que, en un robo o descuido, el teléfono cayera en manos ajenas. “Yo, muy ingenua, pensaba que estaba con un hombre maduro, así que no sospeché nada”, piensa ahora. Cuando terminaron, luego de un cuadro de abuso e infidelidades por parte de él, empezó el chantaje para evitar que ella lo dejara. Aunque nunca fue explícito en decir que iba a publicar en Internet las fotos, sí le dijo varias veces que no olvidara que él “tenía información suya” y que ella “le pertenecía”. 

En medio de la angustia por ver expuesta su intimidad, los amigos de su ex se enteraron de la pelea y no solo no creyeron el chantaje del cual era víctima, sino que la culparon por hacer sufrir a su ex y llevarlo a tener ideaciones suicidas. La manipulación estaba en su punto más alto. Los recuerdos de esa época están marcados por un grave deterioro de su salud mental, tenía mucha ansiedad, llantos repentinos y hasta parálisis del sueño. H le suplicaba a este hombre que eliminara todo. Tenía miedo de caer en la categoría de “fácil”, como le había pasado a una chica de su universidad de quien filtraron un pack con fotos íntimas. 

Al final, H nunca denunció porque su entorno no aprobaba la relación y no quería ser juzgada por haber mantenido ese noviazgo. Además, no veía ninguna utilidad en la denuncia: “Sentía que, si él publicaba mis fotos, el daño ya estaría hecho, con o sin denuncia, porque eso circula como piojos en colegio”. La única forma que encontró para defenderse fue amenazarlo con contar en el medio cultural donde él trabajaba todo su historial de maltrato. Algo de eso funcionó, porque, pasados un par de meses, al parecer, entendió que no iba a volver con él. 

La historia de H se parece a la de muchas mujeres que han sufrido violencias de género que se extienden con facilidad desde el mundo offline, hacia el mundo online. Como lo comprueban múltiples investigaciones, dice ONU Mujeres en su informe de 2022 sobre ciberviolencia, el simple hecho de que las mujeres y las niñas estén en línea las pone en riesgo de ser víctimas de violencia de género. Además, se ha documentado que muchas de las agresiones son realizadas por personas con las que tenían algún grado de intimidad y confianza. En Argentina, un es- tudio de la Fundación Activismo Feminista Digital mostró que el 93 % de los agresores son exparejas, convivientes, cónyuges o fa- miliares próximos. 

De acuerdo con el informe de ONU Mujeres de 2023, Technology-facilitated violence against women, nuevas evidencias muestran cómo la revolución digital ha exacerbado las formas de violencia previas, e incluso ha creado nuevas desigualdades y opresiones de género. A esto se le conoce como “violencia contra las mujeres facili- tada por la tecnología”, y puede tomar dis- tintas formas.

Muchos de los términos para describir las violencias digitales son recientes y varios vienen del inglés. Doxing, body-shaming, pornovenganza, sextorsión… los neologismos tratan de capturar un panorama complejo que parece nuevo porque usa la tecnología, pero en realidad obedece a prácticas muy viejas. El ciberacoso, la extorsión, la promoción de discursos de odio basados en ideas machistas, la difusión no consentida de fotos privadas, el robo de identidad para dañar la reputación y hasta el uso de inteli- gencia artificial para crear imágenes falsas de contenido sexual a partir de los rostros de mujeres que no lo han autorizado, hacen parte de este ecosistema de violencias de género online. 

Tan reales como otras violencias 

“Las violencias digitales de género deben ser atendidas como lo que son: violencias reales”, dice Catalina Moreno Arocha, abo- gada de la Fundación Karisma, especializa- da en los derechos humanos en el mundo digital. Para ella, invisibilizar las muchas formas en que ocurre la violencia de género ha sido común. Durante décadas, la violencia psicológica o intrafamiliar contra las mujeres fue minimizada porque era algo “privado”, mientras las luchas feministas reclamaban que se reconocieran como tal. De igual manera, Moreno dice que debe entenderse que las violencias que ocurren dentro de la pantalla son violencias: “Con- siderar reales estas violencias contra niñas y mujeres debe pasar por comprender que no es tan sencillo como desconectarse de las redes sociales y decir que lo que sucede en lo digital no importa. Esa es una clari- dad básica”. 

Lo segundo a considerar, explica la abogada, es conocer las características específicas en que ocurren estas violencias, por ejemplo, su gran velocidad de amplificación. “Si alguien comete una agresión en redes sociales en tu contra, lo hace público y otra persona toma un pantallazo, empieza a reproducirse en otra red social. Como esto es fácilmente replicable, pueda causar estragos muy rápido”. 

No solo por la velocidad con que se amplifican, sino por las dimensiones de su impacto, las violencias en línea envían un mensaje a las mujeres que limita su participación en el plano digital o que profundiza brechas de género. Un informe del Institute of Development Studies revisó información de distintos lugares del mundo y encontró que entre un 16 % y un 58 % de las niñas y mujeres han sufrido este tipo de violencia. 

Los datos son claros: el mundo digital es inseguro para las mujeres y va en total contravía del derecho de toda mujer a vivir libre de violencias en sus interacciones dentro y fuera de la red. Si bien cada región tiene particularidades, el Internet es la puerta de entrada para todo tipo de derechos y servicios en gran parte de la sociedad, así que las consecuencias de que sea un lugar tan inseguro para nosotras son muchas. 

La tecnología profundiza las brechas 

Los riesgos de sufrir violencia digital se incrementan cuando las mujeres participan activamente en la vida política o cuando se pronuncian a favor de la igualdad de género y/o los derechos humanos. Las periodistas, comunicadoras, activistas y mujeres políticas, entre otras, tienden a recibir violencias de género en lo digital como una suerte de castigo por ocupar espacios que no son los “tradicionales” para las mujeres. Aunque niños y hombres también pueden ser víctimas de violencia en Internet, usualmente no ocurre por ra- zones de género, es decir, los ataques no apelan a su condición de hombres, ni re- producen formas de discriminación que sí viven las mujeres. 

De acuerdo con ONU Mujeres, tras entrevistar en 15 países de América Latina y el Caribe a mujeres de la esfera pública, el 80 % respondió que había restringido su participación en Internet por el miedo que les generaba expresar sus opiniones y la preocupación por sus vidas e integridad física. La hostilidad para poner a las mujeres “en su sitio” pulula en Internet. 

Silvia Quintero, politóloga y activista gorda, ve en los ataques que ha recibido en redes sociales una violencia de género vinculada a una intensa gordofobia. Por una parte, ha notado que hay una tendencia evidente a que quienes le hacen esos comentarios sean principalmente hombres. “Me parece que hay algo particular en el hecho de que hay manes que, por alguna razón, consideran que tienen derecho, o que es válido, y tenemos que saber ellos qué opinan sobre nuestros cuerpos”, dice. 

Aunque los comentarios violentos surgen como respuesta a su participación en medios de comunicación o en publicaciones donde comparte sus ideas, nunca llegan a debatir lo que plantea, sino a insultar su apariencia física. “He recibido comentarios donde señalan cosas como que por ser así nadie me va a querer coger. Que lo que pasa es que soy una resentida porque no consigo pareja. O cosas relacionadas con el hecho de que no soy una mujer, soy una bestia o un animal no humano. Soy vaca, soy ballena, soy cerda… en un sentido peyorativo, claro”. 

El activismo gordx ha sido una herramienta fundamental para sanar el efecto de las violencias que no solo ocurren en lo digital. Aun así, esas situaciones han implicado transformaciones en la vida de Silvia y su comportamiento en redes. “Yo no tengo redes sociales públicas, no tengo perfiles abiertos y no estoy dispuesta a recibir comentarios ni mensajes de personas desconocidas en mis redes personales”, afirma Quintero. 

Anonimato e impunidad 

Las mismas características de lo digital, la inmediatez, el anonimato, la habilidad para apropiar nuevos desarrollos tecnológicos, entre otras, hacen que muchas veces no se sepa quién está detrás de la agresión. En Karisma defienden el uso del anonimato asociado a la libre expresión, sobre todo en entornos donde el conflicto armado ha obligado a que muchas personas denuncien de esa manera. Sin embargo, en las agresiones a mujeres esto se convierte en un gran obstáculo para buscar justicia y se suma a otras barreras. 

Quizás el mayor limitante que favorece la impunidad es que los Estados no se toman en serio la violencia digital, asegura Moreno. A pesar de que hay mecanismos jurídicos, no se usan porque no hay una comprensión de esta violencia, no se entiende cómo funciona o simplemente se desestima. Además, debido a la velocidad con que se transfiere la información en la red, es importante que las autoridades entiendan la necesidad de atender rápidamente cuando reciben una denuncia, pero esto no pasa en buena parte de los países de la región.

Bajo estas circunstancias, los prejuicios machistas de los funcionarios hacen que el Estado se convierta en un segundo agresor, en lo que se conoce como violencia institucional. Se revictimiza a la mujer, por ejemplo, por enviar imágenes íntimas y la responsabilizan como si esas fueran las consecuencias de tener una vida digital, explica Moreno. Por si fuera poco, en el caso colombiano, las autoridades trasladan a la víctima la responsabilidad de conseguir pruebas e investigar, pues la culpan por estar en esa situación. 

Una violencia que nunca se va del todo 

El temor que tenía H de ver sus fotos rodando por Internet cambió. Todavía le importa y por supuesto prefiere que nunca ocurra, pero ya no le da miedo, así sepa que su ex todavía tiene sus fotos. Hace dos años el hombre volvió a contactarla y le mandó más de 30 imágenes de ella con la excusa de estar limpiando su teléfono. Aunque ninguna de esas fotos eran íntimas, fue un recordatorio de que él guarda todo. Aun así, a H le cambió la percepción sobre lo que pueda pasar si se hacen públicas. La rabia le dio fuerza. Dice que si algún día él lo hace, estará lista para responder y hacer pasarle vergüenza por exponerla. 

Catalina Moreno resalta que este tipo de violencias también se caracterizan por ese efecto de lo inconcluso, pues es probable que nunca se vayan del todo. “Si por ejem- plo lo que estás experimentando es la difusión no consentida de un video sexual, puede que ahora el agresor deje de amenazarte, puede que se haya asustado o que una denuncia lo haya persuadido, pero en tres años, cuando decidas, por ejemplo, ser una mujer más pública al lanzarte a la política, es posible que vuelva a aparecer esa violencia”. 

La recomendación que nos deja Moreno es que, más allá de la sanción, aunque sea importante, el acompañamiento psicológico constante a las víctimas es fundamental, pues la salud mental se ve seriamente afectada. Además, como sociedad nos corresponde tomar en serio la prevención, sensibilizar y tener protocolos específicos en empresas, partidos políticos, instituciones educativas, etcétera, a la hora de atender y rechazar públicamente estos casos, “porque donde hay impunidad se envía el mensaje de que se tolera la violencia de género, que no es grave”. 

* El nombre de H fue cambiado para proteger su privacidad.

Glosario 

Body-shaming: Burlarse o humillar a las mujeres por su aspecto físico, por no encajar en los estándares de belleza socialmente impuestos. 
Ciberacoso: Es un término amplio que recoge varias prácticas que buscan humi- llar, atacar, molestar, degradar o insultar. Cuando se dirige a las mujeres, es común que sea de naturaleza sexual (como enviar fotos de genitales no solicitadas). 
Doxing: Revelar datos personales y confidenciales en Internet con el fin de hacer daño al exponer a la víctima a acoso en espacios privados. 
Pornovenganza: Aunque es común su uso, no es un término recomendado. Se refiere a la distribución en línea de material audiovisual de naturaleza íntima o sexual sin consentimiento de la víctima. 
Sextorsión: Uso de material íntimo como un elemento de control sobre la víctima. Implica amenazas, chantaje o extorsión económica e incluso abuso sexual para evitar su difusión. 
Slut-shaming: Burlarse o humillar a las mujeres por su apariencia o forma de vestir, juzgándolas por la forma en que expresan su sexualidad sin ser “recatadas”, como la norma social espera que se comporte una mujer “decente”.

LAURA VÁSQUEZ ROA

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