“El arte es la oportunidad de crear mundos que no existen, pero también es jugar a la realidad y a la verdad… El artista hace una invitación a un universo que debe amplificar la percepción del mundo y su realidad”. Así define al arte Juancho Valencia, cabeza de Puerto Candelaria, un banda con un sonido establecido y completamente indefinido.
Las leyes que rigen a Puerto Candelaria: bailar mediante la reflexión y la crítica
Como lo ha expresado en diversas ocasiones, la música de Puerto Candelaria busca responder a una pregunta tan compleja como íntima: ¿qué significa ser colombiano? Y entre todas las posibles respuestas, emerge una verdad esencial de nuestra identidad: la capacidad mágica de bailar nuestras tristezas, mientras reflexionamos sobre nuestras problemáticas. “Tenemos un grave problema con nuestra música, y es que, sin importar la desgracia que se esté narrando, la música te hace mover. No importa si estás en los Llanos, en el Caribe, en el Pacífico o en el centro del país: es una música que invita a moverse. Creo que la música es sanadora. Los colombianos siempre estamos tratando de entender ese misterio que es Colombia, el lugar donde nacimos: sus situaciones sociales, su geografía… todo el tiempo uno se deslumbra, pero al mismo tiempo se frustra. Colombia es una excelente cantera de ideas musicales, y los artistas debemos estar ahí, tomando estas realidades y transformándolas en sonidos, movimientos, pinceladas y palabras… Esa es la tarea de un artista”.
“Si el artista solo habla de las cosas bonitas de su tierra, eso sería básicamente publicidad [risas].
Desde su mirada, la música que se limita únicamente a entretener o a exaltar lo bello se aleja, en muchos sentidos, del arte. En una época dominada por la inmediatez y la fugacidad de las redes sociales, el arte enfrenta una lucha constante por permanecer significativo. “Si el artista solo habla de las cosas bonitas de su tierra, eso sería básicamente publicidad [risas]. Hoy en día, hacer arte es un gran reto, porque se percibe como algo para no hacerte pensar. Antes, los artistas competíamos con otros artistas; ahora competimos contra el scroll, contra gatos que bailan, desayunos increíbles en cualquier parte del mundo que muestran los influencers, contra la velocidad, lo conciso y lo compacto… palabras en las que el arte no encaja. Enfrentamos un enorme desafío para conectar, y por eso tomamos una gran decisión: nosotros no vamos a hacer parte de esta industria. Queremos ser esa periferia que le entrega lo mejor a su público. Ahí está Puerto Candelaria”.
La esencia musical del grupo parte de las músicas bailables de Colombia, pero no se detiene ahí. Siempre hay una intención crítica y reflexiva, un mensaje que se instala en el oído y se asienta en el pensamiento. “Nuestro sonido se basa en las músicas bailables de Colombia, pero sin dejar de lado esa otra parte: la reflexión, ese espacio que el arte nos brinda para que muchas personas lo perciban”, afirma Juancho.
Nosotros no vamos a hacer parte de esta industria. Queremos ser esa periferia que le entrega lo mejor a su público. Ahí está Puerto Candelaria”.
Dentro del universo creativo de Puerto Candelaria, además de la crítica y la reflexión, hay otras leyes que los rigen: la sorpresa, el aprendizaje constante y el juego son elementos fundamentales. “Hay una ley importante dentro de Puerto Candelaria, es sorprendernos con lo que hacemos. Que lo que hagamos nos exija aprender y escuchar otras músicas. En Fiesta Candelaria, nos acercamos a elementos musicales del rap y de las músicas urbanas que nunca habíamos explorado. Sonidos que nos permitieron jugar a preguntarnos sobre ese “futurismo tropical” utópico donde la artesanía y el arte hecho a mano siguen siendo vigentes”.
Fiesta Candelaria: un sonido desde el pueblo más recóndito de Colombia hasta las grandes metrópolis del mundo
La más reciente producción del grupo, Fiesta Candelaria, ha sido reconocida con una nominación al Latin Grammy, un logro que para la banda tiene un valor doble: artístico y simbólico. “Para competir dentro de la industria, solo tenemos nuestra música, y es gratificante que la Academia la tome en cuenta, poniéndonos al nivel de fenómenos masivos y grandes disqueras”. Y es que la música de Puerto Candelaria, tan imposible de encasillar como genuina, presenta un sonido atípico y profundamente personal. “Esta nominación tiene un detalle que la hace aún más especial: Fiesta Candelaria es un disco que no encaja en ninguna regla del mercado, ni en ninguna categorización. Estar nominados con un álbum que se siente tan personal es mágico, porque es de esos discos que, al salir al mercado, no pasa nada con ellos [risas]. Son discos que te llenan como músico, pero que rara vez son los más vendidos o los que reciben más reconocimiento”.
La alerta y responsabilidad de ficcionar: Cien Años de soledad
“Cien años de soledad es una historia que supera a cualquiera. La genialidad de García Márquez nos rebasa. Había momentos en escena con 800 personas… Yo me sentaba en una esquina y pensaba: ‘todo esto para representar un párrafo que García Márquez escribió con un lápiz’. Más que superar el libro, se trata de poner todo tu talento y amor para que la gente se sumerja en ese universo”.
Sonidos que nos permitieron jugar a preguntarnos sobre ese “futurismo tropical” utópico donde la artesanía y el arte hecho a mano siguen siendo vigentes”.
Estar nominado en una categoría debutante dentro de los Latin Grammy es, además, un evento cargado de significado. “Sería histórico que la primera vez que se entrega esta categoría, la gane Colombia. Es increíble trabajar al lado de Camilo Sanabria en esta producción”.
Pero asumir una obra de tal magnitud también conlleva grandes retos, especialmente cuando se trata de reconstruir el sonido de una época y una región de la que no existen registros. “Nos debe alertar, como colombianos, que no documentamos ni aprendemos de nuestra cultura pasada. En la serie, prácticamente la mitad de la historia musical tuvo que ser inventada, porque no hay manera de investigarla. Solo desde los años 20 o 30 tenemos registros sonoros, y eso solo en las capitales. Incluso hoy en día desconocemos mucho del sonido del campo: el sonido de quienes cultivan arroz, cacao o café. Ese fue uno de los grandes desafíos en Cien años de soledad, porque la historia comienza a mediados del siglo XIX, y básicamente no sabemos cómo sonaba el campo en esa época”.
Respuesta que como dice Juancho, nos pone sobre aviso para entender que, saber de nuestras raíces musicales, guarda no solo la esencia de nuestro folclor, también, la idiosincrasia y cultura a la que sin saber, estamos arraigados, porque todos venimos y estamos conectados con nuestro campo colombiano.


