¿Por qué nos quitábamos los zapatos en los aeropuertos?

La TSA pone fin a este requisito porque no ha encontrado ni un solo zapato bomba en más de dos décadas

julio 31, 2025

PATRICK T. FALLON/AFP/Getty Images

Millones de viajeros en EE.UU. descubrirán que la seguridad aeroportuaria es un poco más relajada en las próximas semanas. Kristi Noem, secretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), que supervisa la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA), anunció que esta ya no hará que los pasajeros se quiten los zapatos como parte del proceso de control antes de embarcar.

“Todo lo que la TSA hace y exige a los viajeros siempre ha sido necesario, pero ha evolucionado con los años”, dijo Noem. “Hemos mejorado la manera en la que examinamos a las personas”.

La noticia, publicada por primera vez por el boletín de viajes Gate Access, supone un respiro para todos los que han pasado casi dos décadas siguiendo este incómodo procedimiento desde que se instituyó como política federal en 2006. Antes de que se produjera una declaración oficial al respecto, algunos aeropuertos confirmaron el cambio a los medios de comunicación, y los pasajeros que salían del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles y del Aeropuerto Internacional de LaGuardia de Nueva York informaron que no tuvieron que quitarse los zapatos, un privilegio que durante años solo se había concedido a quienes pagaban por planes de viajero de confianza como TSA PreCheck. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, también confirmó el fin de la norma en un tuit vía X, describiéndola como una “gran noticia” del DHS.

“La TSA y el DHS siempre están explorando nuevas e innovadoras formas de mejorar la experiencia de los pasajeros y nuestra fuerte postura de seguridad”, dijo un portavoz de la TSA a los periodistas en respuesta a las preguntas sobre la nueva política de calzado, que, según fuentes iniciales, se aplicaría por fases en ciertos lugares, pero que entró en vigor de inmediato en todo el país.

Pero lo que no se ha dicho es que quitarse los zapatos en el aeropuerto nunca ha hecho que nadie esté más seguro, y que otros aeropuertos del mundo —incluso aquellos con medidas de seguridad mucho más estrictas— no lo han exigido desde hace mucho, si es que alguna vez lo hicieron. Quienes tengan la edad suficiente recordarán que esta molestia fue instituida de manera gradual tras un atentado terrorista fallido en diciembre de 2001, justo después del 11 de septiembre, en el que un miembro de Al Qaeda llamado Richard Reid intentó sin éxito detonar material explosivo en sus zapatos durante un vuelo de American Airlines de París a Miami. 

Durante varios años, el quitarse los zapatos fue una práctica semiobligatoria en muchos aeropuertos, y se apartaba a quien se negara para someterlo a una inspección invasiva. La práctica no se normalizó hasta 2006.

El DHS y la TSA, ambos creados a raíz del 11-S, reaccionaron claramente de forma exagerada ante un nuevo riesgo percibido en sus inicios como entidades reguladoras. Funcionarios y expertos siempre han albergado serias dudas sobre la eficacia del artefacto de Reid —por no hablar de su capacidad para llevar a cabo el atentado— y sobre el concepto de un “zapato bomba” en general. 

No se ha registrado ningún atentado con un zapato bomba, ni en el cielo ni en tierra, desde el caso de Reid en aquel vuelo de 2001. (Después, cuando faltaban tres horas para aterrizar en Miami, presentaron Legalmente Rubia en el avión). La TSA tampoco ha anunciado el arresto o detención de nadie que haya intentado subir a un avión con explosivos en los zapatos, a pesar de los avisos periódicos de la agencia de que seguirían obligando a realizar radiografías de los zapatos “basándose en datos de inteligencia que apuntan a una continua amenaza”.

No es exagerado decir que hemos dedicado muchos más esfuerzos a protegernos de la violencia de los zapatos bomba (número total de muertos: cero) que del azote de la violencia con armas de fuego, que mata en promedio a más de 125 estadounidenses a diario. ¿De qué han servido todos los inconvenientes, la frustración y el tiempo perdido? Al rechazo instantáneo de un vestigio de la “guerra contra el terrorismo” que, para empezar, no sirvió para nada y, sin embargo, se mantuvo en vigor durante décadas. Cualquier prueba de que salvaba vidas podría haber justificado lo que en última instancia equivalía a las eternas quejas de un comediante de pacotilla; por desgracia, no hay ninguna.

Por el contrario, contemplamos las demandas arbitrarias e irrazonables del estado de vigilancia estadounidense y vemos lo fácil que las normalizamos. Este tipo de teatro de seguridad se ha incorporado a la vida estadounidense, mientras se destruyen las redes de seguridad social y se niega atención médica a millones de personas a las que la administración Trump pretende proteger con presupuestos inflados para el control de fronteras.

La medida no es gracias a que la secretaria Noem haya anunciado la instalación de dispositivos de última generación para escanear zapatos en todos los aeropuertos con personal de la TSA. Lo más probable es que alguien influyente haya notado que todo el mundo odia quitarse los zapatos y que, desde un punto de vista de seguridad, no importa si lo hacen o no.

La ironía de que un gobierno posterior a George W. Bush reconozca esto a pesar de caminar sonámbulo hacia una desastrosa guerra en Oriente Medio es extraña y elocuente. También lo es el hecho de que se nos pueda conceder esta pequeña libertad simbólica mientras la Casa Blanca hace todo lo posible por desmantelar otras libertades civiles fundamentales. Quizá se trata de una victoria barata de relaciones públicas en medio de la caída de los índices de aprobación, pero sea lo que sea lo que nos trajo hasta aquí, la facilidad con la que descartaron la necesidad de pasar por el detector de metales en calcetines indica hasta qué punto la lógica burocrática se basa puramente en la intuición de alguien.

Aun así, deberías disfrutar del honor de caminar por un espacio público muy transitado sin renunciar temporalmente a tus tenis, sandalias o cómodas pantuflas de viaje. Qué raro es experimentar una victoria sobre lo irracional y supersticioso, una indignidad universalmente considerada un desperdicio del propósito humano. Richard Reid permanecerá encerrado en una prisión de máxima seguridad en Colorado el resto de su vida, sin que haya tenido un solo imitador. Y, por primera vez desde el inicio del milenio, sus acciones no te impedirán desplazarte de un lugar a otro.

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