Paty Cantú sabe que algo está por cambiar. Lo que todavía no sabe —y quizá prefiera mantenerlo en incognita— es exactamente qué forma tendrá.
Mientras trabaja en nueva música y reorganiza el equipo que acompañará el siguiente capítulo de su carrera, habla de un universo de ideas todavía por desarrollar. No quiere adelantar demasiado, tampoco quiere definir un sonido, la dimensión o incluso el destino de aquello que está construyendo. Prefiere dejar margen para sorprenderse, explorar hasta dónde puede llegar y encontrarse con escenarios que quizá hoy ni siquiera contempla, “quiero sorprenderme a mi misma”, comparte.
Después de más de dos décadas haciendo música, la incertidumbre podría parecer un lugar extraño al cual regresar. En su caso ocurre lo contrario. No se trata de empezar desde cero, sino de una mudanza, de llegar a un nuevo lugar lista para crear nuevas historias.
Para entender por qué Paty puede permitirse mirar hacia adelante de esa manera hay que regresar a una pregunta elemental en los inicios de toda persona que se quiere dedicar a la música: para qué hacer música.
“Yo empecé haciendo música para intentar saber si estaba sola o, más bien, buscar quién allá afuera se sentía como yo, porque no quería estar sola”, cuenta.
Con los años encontró una respuesta, aunque fue mucho más grande de lo que imaginaba. Sus canciones dejaron de ser únicamente reflejos de sus propias experiencias para formar parte de historias que ya no le pertenecían. Paty recuerda una situación reciente que ilustra precisamente esa transformación. Durante un concierto, una mujer le pidió que cantara Antes de que el mundo se acabe —tema que forma parte de su último EP— en memoria de su padre, quien había fallecido. Tiempo después, recibió un mensaje relacionado con la misma canción, pero esta vez en circunstancias completamente distintas. Una pareja la había elegido para bailar durante su boda.

Dos momentos completamente opuestos que encontraron un punto en común en una misma canción, demostrando cómo aquello que nace de una experiencia personal puede terminar adquiriendo significados completamente distintos en la vida de quien la escucha.
“De pronto ves que lo que dibujas en una historia propia se vuelve un dibujo de interpretación de cada persona”, explica. Para ella, ahí reside buena parte del sentido de escribir desde lo que siente, vive y ha vivido. “Más allá de crear un hit, estás creando una banda sonora para momentos reales de personas reales, que te sobrevive y te sobrepasa a ti mismo”, comenta.
La transformación también modificó la manera en que entiende su oficio. Si al principio buscaba compañía, con el tiempo fue precisamente esa comunidad construida alrededor de sus canciones la que le permitió escribir desde lugares cada vez menos protegidos.
“Mi honestidad se ha ido haciendo cada vez más vulnerable y con menos capas”, asegura. Parte de esa valentía nació también de las personas que se acercaron para confiarle sus propias vidas: “las más duras, las más reales, las más íntimas, las más complejas”.
Cantú habla de esa comunidad como una mesa que se ha ido haciendo cada vez más grande. Ya no se trata únicamente del vínculo entre artista y público. A su alrededor se encuentran personas de distintos países, identidades y maneras de pensar que han terminado conectándose entre ellas a través de las mismas canciones. “Ya el propósito me sobrepasa, en el buen sentido”.
Durante nuestra conversación vuelve a esa idea. Ha visto surgir amistades, conversaciones y redes de apoyo entre personas que encontraron algo propio dentro de sus letras. “Yo veo que esto ya me sobrepasa a mí”, dice. “Y eso me parece mi satisfacción más grande de vida como artista”.
Esa relación con las canciones también se ha transformado puertas adentro. En sus primeros años como compositora, muchas veces escribía imaginando otras voces antes que la propia. Por poner un ejemplo, se preguntaba cómo diría algo Alejandra Guzmán. Que otro artista grabara sus composiciones era también una manera de demostrar aquello que, por las circunstancias de su propio proyecto, no siempre podía mostrar: que sabía escribir canciones.
Con el tiempo aprendió a reconocer con mayor claridad dónde pertenece cada una. Recuerda, por ejemplo, que Prefiero ser su amante nació pensando directamente en María José: en su rango vocal, su historia musical y hasta en la intención de construir una canción que pudiera sentirse contemporánea y, al mismo tiempo, como si hubiese existido décadas atrás.

“Si nace para mí, se queda conmigo”, explica. Si una canción surge pensando en otra persona, en cambio, nace desde el principio “con esa vestimenta y con esos zapatos”. Y si finalmente no llega a esa voz, quizá sencillamente no tenía que llegar a ninguna. Ciertamente es una artista a la que la experiencia le ha dado certezas sobre el oficio.
Sus fans, cuenta entre risas, suelen llamarla su “terapeuta de confianza”. Ella tiene otra definición: quizá simplemente es la encargada de iniciar las conversaciones incómodas. Y material no le falta.
“Es que te cuernearon, tengo tu canción; es que tú cuerneaste, tengo tu canción”, bromea al hablar de la cantidad de contradicciones humanas que han encontrado un espacio dentro de su repertorio.
En los últimos años, sin embargo, existe una conversación que se ha vuelto especialmente difícil: la pérdida.
En Malvas, junto a Leo Rizzi, comenzó a explorar el miedo a perder a las personas que ama y una pregunta complicada: cómo honrar a alguien cuando ya no esté. La inquietud volvió a aparecer en Antes de que el mundo se acabe. “Es una conversación incómoda, es una conversación rarísima, es una conversación dolorosa”, reconoce.
Hay un momento, explica, en el que deja de ser tan sencillo postergar ciertas preguntas. La vida no es infinita. Ni la propia, ni la de los padres, ni la de las personas que uno quiere. Escribir sobre ello no elimina la pena o incertidumbre, pero puede darle una forma. “Encontrar en una canción palabras que hablen de algo tan difícil y se pueda, de alguna forma, mágicamente resumir a tres minutos” puede convertirse en una manera de enseñarle a alguien cómo uno se siente y expresar, al mismo tiempo, miedo y amor.
Quizá por eso sus canciones pocas veces han necesitado protagonistas completamente buenos o malos. Cuando le pregunto qué idea del amor habría defendido al comienzo de su carrera y hoy ya no sostendría, duda. Más que haber cambiado radicalmente su concepción, dice, desde temprano existió en su escritura una tendencia a mirar las responsabilidades desde distintos lados.
“Yo he sido mucho de ‘fue mi culpa’”, cuenta. Hay canciones en las que el otro se equivocó, pero también aquellas en las que ella reconoce haber permitido determinadas cosas y otras donde simplemente acepta: “pues fui yo, fin”.
Lo que sí ha cambiado es la perspectiva que da el tiempo. Si hoy tuviera que escribir segundas partes de algunas de aquellas primeras historias, muchas serían radicalmente diferentes.
“¿Qué sucedió después de Suerte? Pues te vendría una canción de terror”, dice entre risas. Otras experiencias que alguna vez parecieron enormes terminaron perdiendo importancia. Hay historias que solo con distancia revelan cuánto significaron realmente y otras que, aunque parecían definitivas, acaban convertidas casi en una anécdota.
Tal vez esa misma lógica pueda aplicarse a una carrera.
A lo largo de la charla Paty utiliza una palabra para hablar del momento que atraviesa ahora: mudanza.
BAM Music asumirá el management de su proyecto y Apodaca Group se encargará del booking en México y Estados Unidos. Pero cuando habla del cambio evita presentarlo como una ruptura con aquello que existió antes.
“Me voy con todo el agradecimiento, me voy con logros, me voy con hitos, me voy con amor”, explica. Lo que parece moverla no es el rechazo a una etapa anterior, sino la curiosidad por descubrir qué ocurre al cambiar de contexto después de tantos años acumulando experiencia.
Y a estas alturas de su trayectoria, elegir con quién construir tampoco parece demasiado diferente a escoger cualquier otra relación importante. Para Cantú debe existir una visión compartida, alguien dispuesto a mirar hacia el mismo sitio, emocionarse con las posibilidades y permanecer tanto cuando las cosas funcionan como cuando no.
“Son como distintos tipos de amor, pero son amores”, dice al incluir en una misma conversación las relaciones de pareja, las amistades y los equipos de trabajo.
Al hablar de quienes ahora acompañarán su proyecto hace una distinción aparentemente pequeña, pero reveladora.
“No están emocionados por mí, no me están viendo emocionada; están emocionados conmigo”. Nadie alrededor de esa mesa sabe exactamente cómo será el camino cotidiano. Y eso es lo emocionante.
Paty no llega a esta nueva casa con las manos vacías. Habla de todo lo acumulado después de experimentar diferentes formas de construir una carrera, de triunfar, fracasar y volver a empezar. “Llego con las manos llenas”, dice mientras intenta explicar la sensación de enfrentarse a un entorno nuevo con muchas más herramientas que cuando comenzó.
La diferencia está en que ahora lo desconocido parece provocarle más curiosidad que miedo. “Creo que eso te genera más curiosidad y te genera un tipo distinto de libertad”, reflexiona.

Sabe algunas cosas sobre la artista que llegará al estudio: es disciplinada, escribe con pasión, está abierta a experimentar sonoramente y trabaja sin descanso. Lo que todavía no sabe es qué ocurrirá cuando todas esas herramientas se pongan manos a la obra.
“Todo lo demás es un lienzo en blanco y es superemocionante”. Durante buena parte de su vida podía anticipar el siguiente movimiento: algo más electrónico, quizá más orgánico, quizá más aterrizado. Esta vez prefiere no hacerlo. “Sé con qué herramientas llego al estudio. No sé cómo va a terminar el cuadro, pero va a ser un supercuadro”.
Y ahí cobra sentido aquella idea que aparecía al principio de nuestra conversación: sorprenderse a sí misma.
No se trata de que Paty Cantú no sepa qué sigue. Al contrario, después de más de veinte años de canciones, aciertos, errores, distintas formas de entender el amor y una comunidad que le ha permitido mostrarse cada vez con menos capas, Paty se conoce lo suficiente como para permitirse descubrir lo que esta nueva etapa tiene para ofrecerle, sin necesidad de anticipar cada paso.
Solo existe una palabra con la que es especialmente cuidadosa: libertad.
No quiere que este nuevo capítulo sea interpretado como la salida de un lugar en el que no podía decidir. “Siempre he sido libre”, puntualiza. “Ahora es una nueva libertad”.
Antes de terminar le pregunto si puede resumir todo ese momento en una sola frase. No necesita pensarlo demasiado, “la revolución de mí misma”.


