agosto 31, 2022

My Life as a Rolling Stone muestra a los Stones como una suma de sus partes

La docuserie de cuatro episodios pone a Mick, Keef, Ronnie y Charlie bajo los reflectores, recordándonos por qué continúan siendo la mejor de las bandas de rock

Por  WILL HERMES

Mick Jagger, Ronnie Wood, Keith Richards y Charlie Watts en My Life as a Rolling Stone.

Andrew Timms

Los Rolling Stones llevan haciendo documentales sobre ellos mismos casi desde que son una banda y, teniendo en cuenta sus primeros intentos, es sorprendente que lo hayan seguido haciendo. El primero, Charlie Is My Darling (1966), fue archivado por décadas debido a batallas legales y otros problemas; The Rolling Stones Rock and Roll Circus (1968), un desastre completo por la mala planeación, también estuvo guardado por años. La cinta brillante y a la vez desconcertante de Jean Luc-Godard, One Plus One (Sympathy for the Devil), quedó relegada al cine arte ese mismo año, mientras que el verité de Robert Frank, Cocksucker Blues (1972), era muy atrevido para cualquiera y prácticamente desapareció. Y Gimme Shelter (1970), por supuesto, terminó por ser más el registro de una tragedia que el del triunfo de una banda que estaba en la cima.

Uniéndose a estas y las películas posteriores de los Stones, abriéndose paso en el océano de documentales musicales nacidos en la pandemia, se encuentra My Life as a Rolling Stone, que plantea una pregunta inevitable: más allá de las ansias de obtener ganancias e impulsar una marca, ¿cuál es el punto de otro filme sobre ellos? La respuesta más sencilla es: ¿quién necesita una razón para disfrutar de la mejor banda de rock n’ defendiendo esa afirmación con clips vintage de sus presentaciones? Pero lo impresionante de esta docuserie tan satisfactoria, cuyo concepto es dedicar un capítulo entero a cada uno de los miembros, es cómo muestra eficazmente la magia de los Stones como una suma de sus partes. No solo Mick Jagger y Keith Richards con su grandeza, sino el imparable Ronnie Wood y el grandioso Charlie Watts –y, cómo no, otros personajes importantes como Brian Jones, Bill Wyman y Mick Taylor. Los episodios más cautivadores son, de hecho, sobre Watts y Wood; sus historias trazan la simbiosis del grupo y controvierten de buena manera la leyenda de los Glimmer Twins, Jagger y Richards.

Claro, hay mucha mitología relatada con la voz de Sienna Miller y una serie de cabezas flotantes, un recurso útil porque maximiza el espacio para las imágenes de archivo y además los comentaristas fueron escogidos inteligentemente. La mayoría de ellos son músicos colegas, incluyendo mujeres como Sheryl Crow, Tina Turner, Chrissie Hynde y Bonnie Raitt.

Jagger comienza su capítulo (el primero de la serie) recalcando su deseo de evitar los clichés de los documentales, algo que es irónicamente inevitable pues en minutos comienzan los paneos y zooms en estudios vacíos y baúles de cinta. Pero él hace lo mejor que puede por mostrar lo que hay detrás de la magia. Describiendo cómo planeó los gestos y ángulos de cámara para las primeras apariciones de la banda en la televisión británica, vemos a un Jagger de veintitantos mirando hacia el lente de la BBC, interpretando los versos candentes de ‘Little Red Rooster’ de Willie Dixon ante una nación absorta. Es un clip fascinante y, después de eso, el discurso repetitivo de padres británicos queriendo encerrar a sus hijos parece bien ganado.

Jagger ha sido visto por mucho tiempo como el estratega de la banda o el “brand manager”, como se le llama aquí. Aun así, a raíz de su fama descomunal y el desastre en Altamont, aquel papel fue primordial para la supervivencia de la agrupación, y es refrescante verlo hablar sobre su visión para los negocios entre sus tomas bailando en tarima. Y comparen todo lo que quieran los méritos de los Stones de ahora con su versión de los 70, pero la muestra del público cubano extasiado en el coliseo Ciudad Deportiva de La Habana en 2016, una importante hazaña geopolítica, es un argumento de peso para engrandecerlos aún más. También es conmovedor ver a Jagger quebrándose en un escenario en St. Louis en el primer concierto de los Stones después de la muerte de Charlie Watts.

El episodio de Watts es la revelación de la serie, cuya conmoción se agudiza por su ausencia ya que murió antes de que se pudieran filmar sus nuevos segmentos de entrevista. “El mejor baterista que ha parido Inglaterra”, como le llama Richards, era el miembro más longevo de la banda. En clips antiguos, declara su amor por el jazz (de joven, aspiraba a ser Chico Hamilton acompañando a Gerry Mulligan) y lo mucho que repudiaba la locura de la fama (“odiaba que me persiguieran las chicas”, afirma con vehemencia; “era vergonzoso”). Menos conocido era su caso de aparente TOC: sus maletas de viaje estaban organizadas con pañuelos entre cada prenda y tenía un estuche a medida para su fiel set victoriano de té. Era un artista visual, hábilmente obsesivo, que parece haber hecho bocetos detallados de cada cama de hotel en la que dormía, que albergaba un museo de instrumentos de leyendas del jazz y coleccionaba coches que no sabía conducir, caballos que no podía cabalgar y trajes a medida que nunca llegaba a usar.

Watts podía imitar a la perfección los beats de Dr. Dre en The Chronic, mientras que su camerino, conocido como “The Cotton Club”, era un santuario en el que las grabaciones de Ellington ambientaban el lugar. El hecho de que se enganchara a la heroína y a la bebida en una etapa tardía de su vida era algo insólito, pero no era de extrañar. Todo esto era el trasfondo de su forma de tocar fenomenal, generalmente con la batería más sencilla, lo que hacía que otros se preguntaran cómo “podía tocar tan duro y a la vez ser tan ligero”, como dijo Stewart Copeland de The Police. En una de las partes en las que se analizan los grandes momentos musicales de los Stones, se examina el ritmo aparentemente sencillo del cencerro de ‘Honky Tonk Women’, que no por ello es menos mágico.

El episodio de Ron Wood es igual de revelador, no sólo por su musicalidad camaleónica y su papel de Zelig en el rock de la invasión británica –fue compañero de Rod Stewart en The Faces y propietario de la legendaria casa ‘The Wick’–, sino también por su papel de hermano menor en la dinámica social de los Stones. Su papel de constructor no se limitaba a sus líneas de guitarra, también reforzó los lazos entre Jagger y Richards cuando estaban más deteriorados, y aquí se le atribuye el hecho de haber salvado, literalmente, a la banda. Sin embargo, Wood llevó sus propios defectos como compañero de drogas de Keef. Tal y como lo describe él mismo, su adicción al crack se le fue tanto de las manos que Richards tuvo que darle un puñetazo en la cara durante una recaída para ayudarle a volver en sí. Puede que nunca haya ofrecido el espectáculo de Mick Taylor, a quien sustituyó, pero aquí se demuestra que el espíritu de pub-rock que aportó fue probablemente más sostenible para el grupo a largo plazo.

Al enfocar la atención en los individuos, la estructura de My Life permite a la banda sepultar o dejar de lado ciertas partes de su historia: las décadas comprendidas entre 1980 y 2020 están ausentes en gran medida, se presta una atención mínima a la infancia y a la vida previa a los Stones, y menos aún a otras actividades como la vida familiar. Los momentos más importantes se incluyen en cada episodio: la redada de Redlands en 1967, la muerte de Jones y Altamont tienen tiempo en el episodio de Jagger; el concierto de Brown Sugar sobre un camión que recorrió Nueva York en 1975 aparece en el segmento de Wood; y, naturalmente, el arresto de Richards en Toronto en 1977 tiene espacio en el suyo.

Pero Keith, que es identificado dulcemente como el guardián de la rehabilitación de Watts y Wood, se limita principalmente a la música. Aunque el documental apenas toca las acusaciones de apropiación cultural que siempre han perseguido a la banda, Richards reconoce su profunda gratitud con los músicos negros, su amor por el blues y el R&B, su orgullo por haber ayudado a impulsar la carrera de John Lee Hooker y por haber compartido escenario con Muddy Waters. Él también se atestó de discos de los Beatles tratando de averiguar el secreto para escribir hits estupendos, algo que pronto consiguió –como señala Jagger, es el hombre que escribió ‘As Tears Go By’ y ‘Angie’ junto a la magia inquietante de ‘Gimme Shelter’. Uno de los mejores momentos de My Life as a Rolling Stone es la revelación de la configuración de la guitarra que hizo posible ‘Gimme Shelter’ y otros temas más. “Los solos van y vienen”, como señala Richards con su risa característica, “pero un riff dura para siempre”.

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