Miguel Bosé: lo que hay es lo que ves

El artista habla sobre sus memorias, y con 45 años de carrera; algo ha aprendido, y no es necesario estar de acuerdo para apreciar la profundidad de sus opiniones

Por  RICARDO DURÁN

febrero 11, 2022

CORTESÍA WARNER MUSIC

Miguel Bosé nació en Ciudad de Panamá, en abril de 1956, pero su padre (el legendario torero Luis Miguel Dominguín) quería que naciera en Colombia. Su madre, la actriz italiana Lucia Bosè, trabajó con directores como Michelangelo Antonioni, Luis Buñuel, Federico Fellini y Marguerite Duras. Pablo Picasso fue para él una especie de abuelo adoptivo y tuvieron una relación que Bosé ha descrito como “maravillosa, creativa, luminosa, tierna e infantil”.

Su larga y exitosa carrera en la música no precisa mayores recuentos, se dice que ha vendido más de 60 millones de copias con sus álbumes y sus canciones han marcado a Iberoamérica durante cinco décadas. Su trabajo audiovisual ha dejado registros al lado de figuras como Klaus Kinski, Pedro Almodóvar y Alejandro González Iñárritu. Bosé nació, creció, se consolidó y se ha mantenido en las grandes ligas.

Parte de su historia está contada en la autobiografía El hijo del Capitán Trueno, que se lanzó hace pocos meses, y el resto de su vida será contado en una serie televisiva.

A pesar de su sorprendente amabilidad, no se trata -obviamente- de un entrevistado fácil, y hay momentos en los que puede sentirse que la charla se da sobre una cuerda floja. En los últimos años, sus declaraciones han despertado múltiples polémicas en temas muy delicados, pero su historia y posición le ofrecen una perspectiva que le ayuda a defender sus posiciones con inteligente determinación, simplemente siendo Miguel Bosé.

¿En qué momento decide usted escribir su autobiografía?

El libro empezó a darse en Panamá, en unas conversaciones con Juan Esteban Constaín, mi amigo escritor colombiano. Él iba a entrar en el proyecto y al final dijo, “No voy a hacerlo porque tú eres muy capaz de hacerlo solo, simplemente tienes que escribir las anécdotas que cuentas, tal y como las cuentas, con las mismas palabras, el mismo tono y esa inconfundible forma de hablar las cosas que tienes. Con eso está absolutamente listo el libro”. Y empecé a escribir en Panamá, paré porque no había fluidez, en una segunda vez tampoco se dio, y cuando llegué a México el año pasado, me puse en serio y empezó a salir todo, hasta que en marzo lo tenía acabado. Tenía acabadas los 800 y pico de páginas originales que luego tuve que cortar y cribar porque al leerlo me di cuenta de que había algunas cosas que eran repetitivas y otros bloques que no eran tan necesarios, que eran más personales, o eran más ganas de contar cosas con personajes que tampoco aportaban mucho a la historia, al núcleo de la historia de mi vida.

El resultado final son unas 450 páginas, más o menos…

Cuatrocientas ochenta y pico.

¿Cómo fue el proceso de recopilar esas historias y esos testimonios previos a su nacimiento o de cuando era apenas un bebé?

Las historias en familia se cuentan, entonces uno las escucha, las graba, las registra y con el tiempo, cuando hace falta, como ahora, las vuelve a refrescar. Las sacude, las desempolva y las saca. También es cierto que hay dos o tres personajes aún vivos en la familia, o muy relacionados con la familia, a los cuales acudí para ratificar lo que yo recordaba, o para enriquecer la historia.

Hay partes de diálogos muy literales, con cosas que se dijeron hace muchísimos años…

Sí, entre todas las memorias que tengo, la sensorial es una y se nota en el libro, se palpa, se degusta, se ve y se huele. La capacidad para recordar los diálogos es tremenda. Si yo de niño estuve en una habitación y escuché un diálogo, eso se quedó probablemente porque en su momento no entendía nada de lo que estaban hablando. Entonces, con esa curiosidad o necesidad de traducir más tarde, de interpretar ese diálogo, ahí se quedó. Y así pasó con muchos personajes porque, por ejemplo, con Pablo Picasso, cuando remembraba las conversaciones que habíamos tenido, o cosas que le había dicho, yo decía, “Pero, ¿cómo puede un niño recordar estas cosas tan precisas cuando en aquel momento su significado no le hacía ningún ruido?”. Bueno, ahí se quedaron. Probablemente he estado entrenando toda la vida para escribir este libro, ¿quién sabe? [Risas].

¿Qué lecciones le dejó la escritura de este libro como persona? ¿Qué aprendió de usted mismo?

Que no hay rencor en nada de lo vivido, y lo supe porque las memorias según eran llamadas, según eran recibidas, llegaban resueltas. A pesar de la crudeza, de la crueldad, de las cosas feas que sucedieron en la vida, cuando empecé a escribirlas me di cuenta de que no había resquemor, no había rencor hacia ninguna de esas cosas que quién sabe por qué o de qué manera las había resuelto en el tiempo.

Por eso, a lo mejor, el tiempo de hacer este libro era este, o ha sido este momento para que no hubiese ninguna amargura. De haberse escrito así, hubiesen sido unas memorias que me hubiesen parecido poco, porque no soy una persona resentida, ni que arrastra las cosas en el tiempo; tiendo a solucionarlas o a desecharlas, y me he dado cuenta de que las cosas me han llegado ya resueltas.

Miguel Bosé empezó su carrera musical en 1977, y desde entonces ha estado en lo más alto. En esa posición, su personalidad transgresora y desafiante le ha generado tantos aplausos como críticas.
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Todo este repaso por su vida, ¿qué lecciones le dejó de España?

España ha cambiado tanto, que es irreconocible. En mi infancia era autocracia, dictadura, una sociedad terriblemente envidiosa, terriblemente malévola. Esa sociedad entonces era mediocre y muy “trepa”, que quería obviamente tener los favores del régimen. Era capaz de hacer cualquier cosa. No te podías fiar de ella, no era solidaria más que en la desgracia, eso lo sigue siendo todavía, solo es solidaria en las desgracias.

En aquella España, un matrimonio roto era un matrimonio que había que atacar, o que se dejaba atacar. Era la España de la famosa frase de “las apariencias hay que guardarlas”, era la España del qué dirán. Eso todavía sigue, el qué dirán en la España de hoy todavía cuenta mucho, pero todo el resto desapareció, pasamos por una transición, entramos en una democracia, y la España de hoy no se parece en nada a la España que había entonces. ¿Y qué aprendí? Aprendí a no fiarme de la gente, no me fío de nadie.

¿Ese no es un aprendizaje muy duro y triste?

Es pragmático y lo pragmático no es ni duro, ni bueno, ni malo, ni desechable, ni reprochable. Es decir, es necesario para sobrevivir y, por lo tanto, a pesar de que a veces tenga que estar lleno de durezas y reveses, yo creo que es una herramienta para la supervivencia muy necesaria y decisiva también.

Hace unos años lo vimos, por ejemplo, en aquel concierto de la frontera con Venezuela, cuando Colombia tuvo esta situación del bombardeo en Ecuador, y usted ha sido muy abierto con sus opiniones; con todo ese bagaje, con toda esa historia, y con todo lo que usted ha visto, ¿Qué perspectiva tiene hoy de la situación sociopolítica de Iberoamérica?

¡Uf! Tendríamos que tener otra videoconferencia, si empezamos a hablar de estas cosas se va para el carajo todo, y hay que tomar región por región, país por país. No podemos hablar de la misma manera de Argentina que de Chile, de Ecuador, de Colombia, y mucho menos de Venezuela o de México. Es como hablar de Europa, ¿qué es Europa? O, ¿qué es Latinoamérica y qué es Iberoamérica? ¿En qué casilla ponemos a estos continentes o a estas asociaciones temporales de países? Porque luego no crea usted que esto va a quedarse así, para nada, pero esa es otra conversación.

Hay un aspecto fundamental en su vida que obviamente está presente en el libro, y más allá de la controversia, ¿cuál es su perspectiva ante el futuro de la tauromaquia?

¡Uf! Yo creo que va a desaparecer, sinceramente. Ese aroma que hay a lo largo del libro y el trasfondo… hay como unos decorados del [Teatro] Bolshói que tienen un marco lateral, luego tiene un primer fondo, un velo, una tercera tela pintada, una bruma, música. Dentro de la España de fondo, y de este ejercicio endiosado de mis padres, está el fondo de la tauromaquia, que era una cultura sólida, fuerte y real que se ejercía en España, Francia y Portugal. La afición taurina era bestial, en especial en países como Ecuador, Perú, Colombia, México y Venezuela también. Había grandes plazas, como La Macarena en Panamá, en Centroamérica había mucho.

Todo eso se ha ido deshaciendo, y ha ido desapareciendo en parte porque aquí hay mucha ingeniería social, hay mucho Tavistock también en todo este intento de anulación de estas culturas o tradiciones. No es solamente una raíz animalista, no; hay una raíz que es mucho más sutil, una raíz de clase, malentendida porque no sé por qué se pensó siempre que los toros eran patrimonio de la clase alta, como se pretende que el catolicismo lo sea de las derechas. Todo eso es una farsa, un fraude tremendo.

El verdadero pozo de la tauromaquia ha estado en el pueblo y sigue estando en el pueblo, de entrada porque los toreros son gente que viene de sectores muy humildes y de inmensa pobreza, ahí se alimenta este sueño de la tauromaquia. Por una razón u otra (animalista sumada a cambios culturales y a realidades actuales), esto va desapareciendo, y yo creo que va a desaparecer.

Hablo desde fuera porque la verdad es que, a pesar de que soy de familia taurina por todos los lados, no me verá jamás usted escupir en el plato que me dio de comer, jamás lo haré. Es un principio de educación, es un principio más allá de mis creencias personales. Nunca diré nada, y además conozco la belleza de la tradición, las durezas del arte, en fin. Yo creo que eso se va a ir desapareciendo porque cada vez hay más hostilidades y más cortapisas para que se ejerza. Me atrevería incluso a pronosticarle que el último país en el cual se mantendrá la fiesta taurina va a ser en Francia. Pero yo creo que esto desaparece.

¿Qué se siente que alguien como Pablo Picasso haga parte de la vida de uno, de su infancia, de la historia de uno?

Los muy taurinos me preguntan el equivalente, “¿qué se siente haber tenido como padre a Luis Miguel Dominguín?”. Pues mire usted, era un pesado, era muy pesado. Mi madre era la mujer más bella del mundo, la musa del neorrealismo, una gran intelectual, pero era un coñazo de mujer. A esas personas las he vivido como familia… Perdón mi carencia de mitomanía, pero nunca vi ni puedo ver hoy en día a cualquier abrumadora personalidad, de cualquier ámbito, con ojos rendidos o subyugados. No, veo solo una persona.

Para mí Pablo fue aquel abuelo, o aquel padre, que me prestó atención cuando a un niño no se le presta atención. “Solo están para callar, para jugar y para presentarse ante los padres cuando vengan las visitas, pero sentarte a escuchar lo que un niño piensa… Ay, por favor, ¿a dónde vamos a ir a parar?”. Y Pablo lo hacía. Esa es una de las grandes cualidades que tienen las grandes personas, los grandes personajes tienen esa capacidad de hacerte sentir importante porque te están escuchando, con lo cual te transfieren unas inmensas dosis de autoestima.


“Nadie mejor que yo sabe lo que a mí me conviene, por mucho que los demás, los managers, los ministros de la música de la madre que los parió, digan lo que digan”.


Quiero que demos un gran salto en el tiempo, y casi a título personal, me gustaría que nos hablara de Bajo el signo de Caín, su disco del 93.

¿Usted lo tiene?

Por supuesto.

¿Y se lo sabe de memoria?

Más o menos, recuerdo la época y con quién estaba, cómo estaba, esas cosas; eso lo hace ese disco.

Ese poder lo tiene la música en general. Crea una banda sonora que está insertada con recuerdos de todo tipo. Cuando vuelve a sonar le pasa lo mismo que a los perfumes, de repente despiertan todo lo que en ese momento sucedió, pero Bajo el signo de Caín era además un disco muy visionario. Yo he hecho quizás cuatro discos realmente con ese poder, como Bandido, XXX, Bajo el signo y Sereno, esos son discos muy visionarios.

Yo estaba en Londres en aquella época, fui residente en Inglaterra durante muchos años, y ahí nació esta magia con Sandy McLelland y Ross Cullum, que acababa de producir a Enya. Aunque Bajo el signo de Caín no tiene nada que ver con el primer disco de Enya, había una calidad de sonido que a mí me gustaba mucho. Fui a buscarle, y le propuse no solo hacer mis canciones sino también escribir y componer juntos. Lo hicimos en el estudio de Peter Gabriel, nos encerramos ahí y compusimos, entre otras canciones, ‘Nada particular’, que nace del conflicto en Yugoslavia, la historia de un exilio. Es una canción que hoy está más vigente que nunca, por todos los lados. En aquella época en Europa, ver éxodos en el siglo XX parecía una regresión, ¿qué iba a ser eso? ¿Cómo Europa se iba a desmembrar? Y se desmembró, se sigue desmembrando y se seguirá desmembrando.

En aquella época, de esas cosas no se hablaba; los exilios, los éxodos, pero hoy en día tenemos las fronteras de Ucrania con Polonia, las fronteras de Bielorrusia, todo el Mediterráneo, las fronteras de Estados Unidos con México. O sea, esa canción ahora es válida por todos los lados.

Colombia y Venezuela…

¡Imagínese! ¿Qué país no tiene ese problema? Pero fue un disco muy trabajado que tumbé una vez entero, volví a empezar de nuevo, hasta que di con esto que es una maravilla, y que es, entre otras cosas, el disco de cabecera de mi compadre Juanes.

Ahora mencionaba a Enya, y cuando uno oye Bajo el signo de Caín se sienten elementos comunes, se siente esta cosa celta que también estaba en el trabajo de ella, eso me lleva a otra inquietud: ¿No le parece que los años 90 estuvieron marcados de un misticismo especial por ser el fin del milenio?

Absolutamente, estaba en el aire el calendario maya, el 2012, ese presagio del fin del mundo, ese querer buscar dentro de uno las cosas que no hallaba afuera. Cosas a las que, dicho sea de paso, hoy tenemos que volver muy intensamente. Estamos en un momento en el cual, o nos vamos hacia adentro, o se va todo a la mierda. Quizá tiene que ver con esos viajes, esos éxodos, esas peregrinaciones hacia el interior de cada uno, a la búsqueda de la verdad de cada uno, ¿quién soy yo? ¿Dónde está mi Dios? ¿Qué es Dios?

En la portada está, está la marca al ser humano por la uña de Dios, que es justamente Bajo el signo de Caín. Porque nadie se para a pensar que a Abel lo mataron, con lo cual, ¿nosotros de quién somos descendientes? Llevamos mucho de ese ADN, y hay que purgarlo, hay que descarnizarlo.

Los años 90 fueron mucha búsqueda y espiritualidad, usted tiene toda la razón, fue mucha búsqueda del yo profundo de querer ser algo más que un pedazo de carne y una pieza de activo en las economías del mundo.

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Miguel, ¿usted se siente un hombre poderoso? Más allá de eso, ¿para qué debería servir el poder?

Creo que el poder es una mierda; creo que el poder en sí nace corrupto y es una palabra corrupta. Es una palabra que deberíamos dejar de usar para nuestros ámbitos y largárselo al ámbito de la política y la economía, que sí se lo merecen porque están todos corruptos. Absolutamente todos.

Desde hace un tiempo que dejé los restos o los girones de política que me quedaban, los lancé bien lejos y lancé también esa palabra con ella. Yo no creo que sea un hombre de poder, sí creo que soy un hombre de influencias, que eso es otra cosa. En la palabra “poder” hay un cierto componente químico, unas gotitas de abuso, otras gotitas de obligatoriedad… en fin. En la palabra “influenciable” o “influencer”, como quiera llamarle, está la posibilidad de escoger o no la parte que uno quiera, y sí tengo esa capacidad por los años de carrera, por la exposición pública y porque obviamente la gente sabe ya cuál es mi actitud ante las cosas, ante la vida, ante los valores, ante los principios y ante las cosas que nos rigen. Entonces, sí puedo influenciar en determinadas opiniones, pero no las manejo y no las manipulo.

Desde esa perspectiva, de todo lo que ha aprendido, desde esa idea de aprender a no confiar, ¿qué representa para usted la esperanza?

Es un bitcoin, como muchos otros que tienen en determinados momentos alzas de valor porque se requieren, y en otros momentos creo que es una moneda que no debe entrar en el mercado cuando la utilidad se haya consumado. Es decir, tiremos la esperanza para dar solución a determinadas cosas y situaciones, pero cuando hayamos conseguido eso, metámosla en la caja fuerte.

La esperanza activada a diario, la esperanza demasiado usada, pierde completamente su capacidad o su poder de ser eficaz cuando realmente debería serlo. Yo la ejerzo cuando sé que hay algo que mi pragmatismo o mi sentido lúcido, mi sentido terrenal de estar con los pies en tierra, dice “se puede”. Cuando me dicen “se puede”, activo la esperanza, activo el deseo, alimento esas cosas, y cuando ya está en marcha la recojo y la guardo, pero no vivo en constante esperanza porque eso es de necios. Poner en manos de la esperanza cualquier cosa, o una vida entera, me parece que es una pérdida de tiempo, una pérdida de esperanza también.

Al hablar con una persona como usted, creo que lo mejor es tratar de aprender a partir de lo que usted mismo ha aprendido; estos dos últimos años han sido una cosa muy extraña y complicada para toda la humanidad en muchísimos aspectos, ¿qué lecciones ha encontrado usted en estos últimos dos años acerca de la especie humana?

Que nada se puede hacer con el que no quiera, es decir, estamos en una situación en la cual la política, a través de los medios de comunicación, ha conseguido polarizar a la sociedad, más allá de lo que ya estaba polarizada, porque ahora se han creado fractales de polarización. Antes estaba el Real Madrid contra el Barça, luego estaba el Real Madrid de derechas y el Real Madrid de izquierdas contra los del Barça de derechas e izquierdas; ahora está el Real Madrid de derechas que se vacuna contra el Real Madrid de derechas que no se vacuna. Es un fractal más entre quién cree y quién no cree en esta cosa.

Creo que cuando uno se posiciona hay que dejarle que se posicione, creo que ejercer luchas ajenas te hace perder muchas energías, mucho tiempo, y más cuando entiendes que el que está posicionado en algo no se va a bajar por criterio, por ignorancia, por desinformación, por tergiversación, por manipulación, por presión social, por convicción religiosa, por lo que sea.

El que se posiciona se posiciona, y no se puede hacer nada con quien no quiere, es inútil. Eso afecta más a la gente que es más manipulable, porque los que buscamos información, los que tenemos mucha información, los que no nos fiamos de la información que nos dan y queremos saber más, los que no nos cansamos de buscar y de explorar, esos somos muy poco manipulables porque ejercemos un criterio, y el criterio es justamente lo que nos hace tener unas posiciones bien documentadas y argumentadas. Eso es algo que la clase política no quiere, nosotros somos gente muy molesta a la que por sistema hay que atacar, hay que sacrificar, hay que mofarse de ella.

Entonces, a los que estamos en este lado, es muy difícil que se nos dé gato por liebre porque somos exhaustivos, porque de base somos grandísimos escépticos. No nos creemos ni siquiera cuando el agua nos baja por la garganta, no nos lo creemos, tenemos que beber y mirar si es agua. Pero con la otra parte de esta humanidad que vive de predigerido, que vive de fast food mediática, de conformismo, hay que dejarlos estar porque no quieren que de ellos se haga nada. Están prisioneros de un síndrome de Estocolmo y ya lo están de por vida. Por lo cual, ‘Alea iacta est’, quedan en manos de Dios, ya está.

Podría pensarse que Bosé ha llegado a un momento en el que es necesario hacer un balance en forma de autobiografía impresa y televisiva.
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En el libro describe el momento en el que decidió no hacerle caso a las disqueras…

¡Fue muy pronto! [Risas].

¿Cómo es posible manejar la presión tan grande que estas compañías ejercen en la carrera de un artista?

Si uno se deja, porque es verdad que si uno no quiere, ciertas cosas no le pasan. A uno le pasa lo que uno quiere y eso lo maneja, o lo que uno permite, en lo cual entran terceras personas, y ya es más complicado de manejar. Lo que pasa es que tiene consecuencias que no son tuyas, con lo cual es muy complicado de deshacer.

En el libro hay una cosa que explica el por qué este niño, Miguelito, Miguel, Miguelón, a pesar de todo lo que le pasaba, sobrevivió. Y a pesar de todos los impasses que le sucedían pudo salir adelante, y a pesar de sus dos paternidades que todo lo eclipsaban, consiguió hacerse un nombre y una carrera en otro ámbito, y volar solo, fuera de todos los apellidos. Esto fue la determinación, Miguelito era determinado. Yo me acuerdo que me levantaba, y me pasaba algo y decía con una falta absoluta de autocompasión, “No, Miguel, para adelante”. Me enfadaba mucho, me levantaba y tiraba para adelante.

La determinación te dice que solo tienes que hacer caso a las cosas que tu intuición y tu corazón mandan, porque son las únicas cosas buenas para ti. Entonces, cuando arranqué una carrera e intentaron meter una cosa u otra, yo dije, “No, esto no, porque no me lo creo, y como no me lo creo, no voy a saber defenderlo, y como no voy a saber defenderlo, no voy a saber comunicarlo, y como no voy a comunicarlo, va a ser un horror y no va a vender, no va a tener impacto, no va a cambiar nada”.

Desde ese primer momento dije, “No, yo me visto así, yo soy este, yo canto de esta manera, canto estas canciones”. Enseguida me metí en el estudio y me apasioné con la técnica, y por esto al final terminé siendo productor de mis discos, porque no solamente los componía, los maquetaba, los cantaba, los producía. Yo producía, dirigía y dirijo mis espectáculos, es decir, nadie mejor que yo sabe lo que a mí me conviene, por mucho que los demás, los managers, los ministros de la música de la madre que los parió, digan lo que digan; nadie sabe mejor que yo lo que es bueno para mí y lo que es malo también.

¿La industria de la música se ha vuelto más importante que la música?

La industria de la música se ha comido -y ha matado- la música. Eso no hace falta que te lo intente argumentar, lo sabes, lo ves, lo vives, y como consumidor de música, desgraciadamente habrás notado que ha desaparecido. Yo pertenezco a las últimas generaciones de artistas que pudieron encontrar el tiempo para desarrollarse, para experimentarse, las últimas generaciones con dinero de la industria discográfica para invertir en ellos. Ahora no, ahora esta canción pega y se va, next, Kleenex.

En la industria de la música hay clichés que hablan de democratización con la tecnología, algo en lo que no creo del todo, y también se dice que lo bueno de la tecnología es que todo el mundo hace música, pero también que lo malo es que ahora todo el mundo también hace música. ¿Qué perspectiva tiene de esa ruptura tan grande que trajo la tecnología para la música?

Una cosa es que se pueda hacer música y otra es ser artista, eso es bien diferente. La tecnología ha democratizado la música, pero no ha hecho más artistas, ha hecho productos extraordinarios. Hay que darle un merecido a la tecnología por esto.

La gráfica de un Warhol acaba siendo pintura sin que sea pintura, pero es una consecuencia lógica de la pintura. Pues de la misma manera la tecnología ha hecho posible que haya fantásticos productos que hemos consumido a sabiendas de que eran productos, por lo cual no había pecado, ni en hacerlo, ni en el producto, ni en el consumidor.

En mi caso hablamos de Bajo el signo de Caín; si no hubiese sido por la tecnología, no hubiese sido posible esa maravilla de paisaje sonoro que aparece detrás, que fluctúa, que te acerca y te lleva a paisajes celtas y te vuelve a traer al sur de España. Indudablemente ha aportado una barbaridad en todos sentidos, luego ha hecho que muchos crean por un momento que se acercaban a la palabra artista, pero son otra cosa.

¿Qué cosa?

Producto.

Hay algo que parece flotar todo el tiempo en su biografía, y es esta cosa del realismo mágico…

Es inevitable; creo que es algo que como paternidad se le achaca a Gabriel García Márquez, sin embargo, está en toda la literatura latinoamericana, que es más fuente de lectura para mí, con Mutis, Paz o Vargas Llosa, que la literatura española. Pero luego hay otra cosa que es cierta y que el otro día hablaba con un colega suyo: ¿sabe de donde nace esto? ¿Sabe de dónde nace esa perfección o esa forma de realismo mágico que muchos de los latinos manejamos en nuestra cotidianidad? No todos, pero los que hemos crecido en el campo. Y luego me decían unos escritores, “Claro, por supuesto”.

Es que el campo, el campesinado, lo rural, tiene esa magia, que no es magia, sino es una cotidianidad más honorífica que te ayuda a escapar de la realidad, de alguna manera te lleva a soñar fuera de un contexto que desde fuera mitificamos mucho y desde dentro no tanto, es la realidad del campo. O sea, ¿cómo uno se escapa de esos futuros que parecían tan limitados, sombríos e ignorantes?

Quizás nuestra forma de sublimar el campo sea darle ese toque de magia que tiene, creo que lo potenciamos para que sea una realidad a la que queramos siempre ir, en la que siempre queramos recogernos o refugiarnos. ¿Quién sabe por qué tiene esas cosas que la civilización urbanita ha perdido? Juegan muchas teorías, pero probablemente es un patrimonio de los latinos.

La biografía llega hasta el punto en que empieza su carrera en la música, ¿quedó con ganas de retomar y seguir derecho con otro libro?

No, porque ahí donde la biografía acaba, arranca la serie de televisión. Claro, es que la primera temporada se empieza a rodar el 10 de enero producida por Paramount, Viacom CBS y por Shine. Se emite a finales de septiembre u octubre del año que viene [2022]. Y claro, yo estaba tentado, pero dije, “A ver, estamos hablando de un periodo que es música/imagen, entonces creo que se tiene que oír y se tiene que ver”. Ya no son tan importantes los olores y los perfumes en el cuello de tu madre, la textura de los sillones en los que te sentabas, esas cosas casi proustianas o viscontianas, un ámbito más de la literatura, pero cuando arranca en la música, la música hay que verla, los conciertos hay que verlos. Se pueden explicar, sí, pero no es lo mismo. Entonces, cuando empieza la música, arranca la serie y ahí tendréis más historia porque, claro, todas estas cosas que veréis en la serie las he escrito y contado también. Es la continuidad del libro, tiene su lógica porque te puedo poner en el libro la letra de ‘Si tú no vuelves’, pero cuando la oyes te va a traer más cosas. 

“Son discos muy visionarios”

Cuatro álbumes destacados por Bosé entre su propia discografía

Bandido

1984

‘Amante bandido’ y ‘Sevilla’

XXX

1987

‘Como un lobo’ y ‘Duende’

Bajo el signo de Caín

1993

‘Si tú no vuelves’ y ‘Nada particular’

Sereno

2001

‘Morenamía’ y ‘Gulliver’