septiembre 5, 2022

Måneskin quiere salvar al rock con sus riff pegadizos

La banda italiana de rock del momento se presentará el domingo, en el Hipódromo de Palermo

Por  DIEGO MANCUSI

“¡Mirá como el cantante de Måneskin toma merca en televisión!”, dicen –palabras más, palabras menos– en TikTok, YouTube, Twitter y un par de medios rancios, y si uno pica se encuentra con un clip de Damiano David inclinándose sobre una mesa en la transmisión del Eurovisión 2021 que dura tres segundos. Delante de él hay unas botellas y en la agachada el susodicho no llega con la frente ni a la mitad de las mismas, con lo cual tendría que tener una aspiradora industrial por nariz como para que la movida termine con algún narcótico ilegal en su organismo. Pero la gente del siglo XXI no tiene tiempo para detalles: el vocalista del grupo que acababa de ganar el Festival de la Canción europeo, el mismo concurso que ganó ABBA en 1974, seguro se estaba drogando en vivo. O sea: es el frontman de una banda de rock, y eso es lo que hacen los frontmen de las bandas de rock, ¿o no?

Como sea: resulta que el presidente francés Emmanuel Macron estaba mirando todo en su casa, se calentó feo y mandó un par de mensajes reclamando descalificación (no debe ser casual que su compatriota Barbara Pravi haya quedado segunda) y así el desmadre fue escalando hasta que David lo desactivó de –valga la paradoja– un saque haciéndose un test de consumo de drogas que dio negativo. “Estoy arrepentido. Debería haberlo dejado. Imaginate que nadie supiera si me tomé una raya de golpe frente a 80 millones de personas o no. ¡Hubiera sido una puta leyenda!”, se rio tiempo después. Pero ahora, con Rolling Stone, habla en serio: “Todo eso del ‘sexo, drogas y rock n’ roll’ es una estupidez”.

Idea: armar una playlist en alguna plataforma de streaming que recopile los greatest hits de todos los “salvadores del rock”, de Nirvana para acá. Cada tanto a algún colega se le antoja que el género está en riesgo, moribundo o enterrado (sus asesinos también han sido varios: el R&B, Britney Spears, el reggaetón, el trap, el mismo rock en forma de nü metal), otea el panorama en busca de alguna banda joven que se ponga el traje de superhéroe y procede a ungirlos como últimas esperanzas (casi siempre) blancas. Hasta Mick Jagger cayó en esa hace unos meses: “En la música rock necesitás energía y no ha habido muchos nuevos cantantes de rock alrededor”, dijo en una entrevista con una radio sueca, y eligió como excepciones a Youngblood y Machine Gun Kelly. Antes de ellos fueron los Strokes, los Arctic Monkeys, los Vine, y tantos otros, y ahora es el turno de Måneskin: tres italianos y una italiana, todos carismáticos, todos preciosos, ninguno mayor de 23 años, haciendo canciones rifferas y pegadizas como “Zitti e Buoni”, la que les dio el título en Eurovisión.

El tema es que, a diferencia de algunos de sus antecesores, a los chicos de Måneskin, que tocan en el Hipódromo de Palermo el 11 de septiembre, no los moviliza chapear. “No nos sentimos salvadores de nada, tratamos de hacer lo que nos gusta y sentirnos representados por eso. Desde ya que si eso sirve para que este tipo de música vuelva o se vea más representada en el mainstream está buenísimo, pero no es algo que nosotros persigamos”, dice la bajista Victoria De Angelis. Tampoco son los primeros en elegir el no-discurso como discurso, pero no parece menor que prefieran la moderación cuando todo lo que intentan les sale, en un momento de la historia en el que cualquier NN se autodeclara crack ante el like de sus cien seguidores más fieles. 

Ejemplo: su hipótesis para justificar la descomunal exposición que lograron con dos discos (Il ballo della vita, 2018; Teatro d’ira: Vol. I, 2021), un EP (Chosen, 2017) y un puñado de singles (el último “If I Can Dream”, de la banda de sonido de Elvis, la película dirigida por Baz Luhrmann) no es que cayeron del cielo, plantaron bandera y reinventaron la rueda, sino que satisficieron una demanda latente que venía descuidada. “Muchos ni conocían el rock antes de vernos. Había poco rock en la industria en general, así que la gente de nuestra edad no estaba acostumbrada a ver bandas de cuatro personas sobre el escenario, tocando instrumentos reales. Eso fue sorprendente para nuestros fans pero por suerte les gustó”, opina el cantante.

La explicación más simple casi siempre es la que va. Discográficas, plataformas y aparatos de marketing eligen la apuesta fácil, planchan el gusto de una o dos generaciones enteras y homogeneizan la oferta. Entonces una propuesta rupturista se cuela por una grieta, y así es como pasa algo que a los más grandes ni les entra en la cabeza: a millones de teens y posadolescentes les parece novedoso ver a cuatro tipos de su edad en un escenario haciendo música estridente. “Lo mejor es que a los jóvenes a los que les gusta el rock ahora están motivados a tocar un instrumento. De todo lo que tiene que ver con el rock y los jóvenes, esa me parece que es la mejor parte”, dice el guitarrista Thomas Raggi, que alienta a sus congéneres a que hagan con él algo que históricamente no se ha llevado bien con el ego rocker: competirle.

Así las cosas, salen de gira por Estados Unidos y terminan desayunando en la casa de Chris Martin, con Dakota Johnson haciéndoles unos huevitos y Sean Penn figurando. O regrabando “I Wanna Be Your Slave” de Teatro d’ira: Vol. I a dúo con Iggy Pop (“¡una locura!”, gritan todos juntos, incluso el introvertido baterista Ethan Torchio, ante la mención de la Iguana). O diciéndole que sí a Jared Leto cuando les pide una foto para subir a su Instagram.

Cualquiera de estos hitos funciona como certificado de fama, pero más que un punto de quiebre frívolo eligen hablar de un proceso, del trabajo de la semana. “Venimos tocando juntos desde que teníamos quince años y desde ese momento estamos de gira prácticamente sin parar. Cuando estás de gira ves dónde estás y qué estás haciendo porque cuando ves los números en las redes sociales o en las plataformas de streaming pensás que está bueno, pero no terminás de entender cuánta gente hay ahí. Entonces salís de gira y te encontrás con la gente cara a cara, te das cuenta de que son personas reales que usaron su tiempo y su dinero para verte. Eso es lo que te hace entender que estás logrando algo”, dice De Angelis.

Hay un presagio de la poshiperconexión en su manera de ver el éxito, una hendija a una juventud que más temprano que tarde se va a hartar de correr la zanahoria, va a pegar la vuelta y va a buscar la reafirmación en lugares más tangibles. “Los números de streaming y vistas de YouTube no son muy confiables porque pasa que algunas canciones se vuelven virales, pero no todo el catálogo, y entonces ves que artistas que se vuelven virales no tocan en lugares grandes porque no hay correspondencia con el vivo. La música en vivo, la venta de tickets es el feedback real que tenés, porque es gente real gastando su plata, sacando el auto para ir a verte… ahí está el real deal”, dice David.

No los deslumbra el enchapado de la red ni mucho menos arrastran el vicio viejo de la pureza, ese que tranquilamente podrían haber abrazado para embanderarse y asegurarse una identidad. En su gira actual tocan “My Generation” de los Who y, pegada, “Womanizer” de Britney Spears, y nadie (ellos, su audiencia) lo ve, ni como una herejía ni como un acto de coraje. “Es más divertido. Para ser honesto, te digo que requiere más habilidades ser versátil. Como cantante, personalmente no quiero ser visto como un cantante de rock. Puedo hacer muchas cosas distintas y quiero hacer muchas cosas distintas. Y es lo mismo para todos nosotros. Es una manera de mostrarle a la gente que está bien tocar un tema de Britney y otro de los Doors (sic) en un mismo show. Es música. Si te gusta, deberías poder tocarla y disfrutarla”, explica el frontman.

Como cualquier banda que haya querido hacer algo cercano al rock en los últimos treinta años, Måneskin sufrió el embate del temible detector serial de plagios, ese que vive llorando porque los grupos de ahora no son como los de antes mientras se pasa la vida destripando a cualquiera que se calce una guitarra para encontrarle parecidos y bajarle el precio. No tanto como a Greta Van Fleet (aunque sí, es innegable que lo de los estadounidenses con Led Zeppelin de a ratos bordea el tributo), pero a ellos también les cayeron por neo-setentistas. La bajista pone la pelota bajo la suela: “Todas las formas de arte se repiten después de algún tiempo –dice–. Si ves la moda, por ejemplo, algunas marcas hacen lo que otras hicieron cuarenta años atrás. Hay pinturas que se parecen a otras de hace tiempo. Las cosas se mezclan y se fusionan y todo eso es interesante. Para eso existe el arte: para evolucionar. Por supuesto que si alguien hizo algo similar antes podés tomarlo y reinterpretarlo desde tu lugar, pero eso no es copiar, es hacer lo tuyo”.

Lo dicho: no se sabe hasta dónde pueden llegar, pero están en un momento en el que tiran de mitad de cancha con los ojos tapados y embocan. Y sin embargo se los ve centrados, ni cancheros ni solemnes. No lo buscan, no se lo proponen, no declaman su marco teórico arriba de una cajita, pero parecen retomar los valores del primer rock and roll: salir, divertirse, ser lindos, enfrascarse en los placeres de la carne, sin golpearse el pecho, sin flashear revolución, sin encontrarle glamour a hacerse daño. Son, de alguna manera, la versión con presupuesto de aquel cuarteto que tocaba covers a la gorra en la Via del Corso romana cuando tenían quince años, métier que les dejó un par de enseñanzas que no olvidan.

David: La gente no se va a volver loca: vos la tenés que volver loca.

Raggi: Y si hay algún problema, tenés que darle para adelante.

De Angelis: El show tiene que seguir.

David: Sí. Nadie te va a esperar.

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