Jorge Sánchez (Télam).

Malvinas, el rock y la historia detrás del Festival de la Solidaridad Americana

En esta nota y este podcast con testimonios de los protagonistas, conocé la trastienda de un concierto controvertido, que incluyó a figuras como Charly García, Spinetta, León Gieco y Litto Nebbia, del que se cumplen 40 años

Por: OSCAR JALIL

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Los organizadores hablan de 80.000 mil personas reunidas en la cancha de rugby y de hockey del club Obras Sanitarias. Sobre avenida del Libertador, en el barrio de Núñez, el 16 de mayo de 1982 la fila interminable de camiones militares forma un puente verde oliva en donde se acumulan frazadas, ropa de abrigo, paquetes de cigarrillos y todo tipo de alimentos. Es la respuesta solidaria del rock argentino, ayudar a los chicos que están defendiendo la recuperación de las islas Malvinas. Todo se organizó en cuestión de horas, casi como el cambio de humor de gran parte de la ciudadanía argentina que apoya la causa desde la mañana del 2 de abril. Los principales managers de la escena rockera están al frente de la ingeniería del festival: “Es en nombre de la paz”, dice una y otra vez cada uno de los involucrados, en eufóricas entrevistas a través de la radio y la televisión. 

[Para el aniversario del Festival de Solidaridad Americana, Rolling Stone inaugura la serie de podcasts Backstage: el rock detrás de la escena, con un episodio especial que incluye testimonios de Ricardo Soulé, Miguel Cantilo, Raúl Porchetto, Fito Páez, la periodista Gloria Guerrero y el escritor Sergio Pujol]

El encuentro multitudinario es transmitido por Canal 9 y también por las FM de Rivadavia y Del Plata, algo inédito hasta ese momento. Difusión en directo y sin cortes publicitarios, casi una cadena nacional con música de fondo. En el backstage, detrás del escenario, desfilan músicos nuevos, como los integrantes del Dúo Fantasía o la banda de rocanrol Dulces 16. Los recién llegados se mezclan con artistas fundacionales: Litto Nebbia, Pappo y Luis Alberto Spinetta, entre muchos otros, dicen presente y esperan su momento ante una multitud que aguanta estoica la llovizna tenue en un domingo destemplado de otoño. 

Miguel Cantilo se juntó con Jorge Durietz e hizo un encendido llamado a la paz. Foto de Claudina Pugliese.

El tiempo impreciso en bambalinas se corta con una advertencia castrense: “Raúl, hoy no es el momento de cantar ‘Algo de paz’”, dice el coronel y esa imagen quedará por siempre grabada en la memoria de Raúl Porchetto. Al rato, casi sobre el cierre del festival, el músico cantará, de todos modos, junto a Nito Mestre, Charly García, León Gieco y David Lebón, su himno pacifista (“estoy tan solo acá, perdido de verdad”); un gesto valiente en un tiempo de guerra decretado por la última dictadura cívico-militar.   

Ni el paso inexorable de los años, ni las trampas que esconden los recuerdos lejanos, han podido despejar las dudas y contradicciones que rodearon el llamado Festival de la Solidaridad Americana. Hasta el nombre del encuentro quedó marcado por el revisionismo y las lecturas cambiantes. En letras blancas sobre un fondo celeste oscuro, la base del escenario del festival mostraba claramente el nombre de la consigna: “Homenaje de Solidaridad Americana”. Luego, en las coberturas periodísticas del concierto comenzó a circular la palabra “festival”, que abarcaba el mapa completo del continente, desde Alaska hasta Ushuaia. Más tarde y por obra y gracia de una mirada más políticamente correcta, la frontera del título quedó establecida desde el sur del río Bravo. Mientras la guerra de Malvinas avanzaba hacia una tragedia anunciada, el domingo 16 de mayo, en el primer Obras Sanitarias al aire libre, los nombres más representativos del rock argentino convocaron a una multitud en pos de un objetivo solidario. Las entradas se obtenían a cambio de alimentos no perecederos o ropa de abrigo para los soldados argentinos, y el título del evento intentaba devolver favores a los países de la región que apoyaron la aventura bélica encabezada por el dictador Galtieri. 

David Lebón recreó junto a Charly García canciones de Serú Girán y cantó con Mestre y Porchetto. Foto de Claudina Pugliese

Para los organizadores (Daniel Grinbank, Alberto Ohanian, Oscar López y Pity Iñurrigarro), el megaconcierto tuvo un carácter pacifista y en ningún momento significó un apoyo velado al gobierno militar. De buenas a primeras, el rock de acá por entonces comenzó a ganar espacios en las programaciones radiales y dejó de ser ese ruido marginal para convertirse en una herramienta institucional. Charly García, Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia, Nito Mestre, León Gieco, Tantor, David Lebón, Rubén Rada, Cantilo-Durietz, Fantasía, Ricardo Soulé, Edelmiro Molinari, Raúl Porchetto y Dulces 16 -con Pappo como invitado- y el dúo Moro-Satragni aceptaron formar parte del cartel solidario. Mientras que Virus, la banda que buena parte de la prensa especializada de la época consideraba de “rock frívolo”, dijo no a una invitación que consideraba “desagradable”.

“La música progresiva nacional, que es parte de un lenguaje universal de amor y comunicación, se hace presente en este momento histórico para ratificar la voluntad constructiva de un pueblo de paz”. Con esas palabras, a cargo de los presentadores, Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso, comenzó una jornada de casi cinco horas con transmisión en directo por radio y tevé. Una enorme ceremonia para millones de argentinos dominados por sensaciones confusas: identidad nacional, justos reclamos de soberanía, bronca contenida, falso patriotismo y una honda preocupación por un ejército de pibes trastocaron la sensibilidad de un pueblo aturdido ante el estado de las cosas.

“Salvo muy contadas y poco audibles excepciones, no hubo voces críticas a la operación de autorrescate que puso en marcha la dictadura con el intento de recuperar las islas mediante una aventura militar. Hasta Madres de Plaza de Mayo adhirió a la consigna ‘Las Malvinas son argentinas’, si bien agregó: ‘Los desaparecidos también’. En aquellos días se publicaron solicitadas de diferentes instituciones y agrupaciones culturales -muchas de izquierda- apoyando el desembarco”, dice el historiador y periodista Sergio Pujol desde el rigor histórico que no deja margen para la nostalgia tratándose de un tema tan controvertido. 

León Gieco entregó una versión inolvidable de “Solo le pido a Dios”. Foto de Claudina Pugliese.

“SADAIC ofreció enviar una delegación de músicos al teatro de operaciones. En ese contexto nacionalista y antiimperialista, no era sencillo fijar otra posición públicamente. Por supuesto, organizar y llevar adelante un festival para engrosar el Fondo Patriótico (ese sistema de donaciones para financiar a las Fuerzas Armadas) fue algo más que adherir a la recuperación de Malvinas. En ese sentido, y en virtud de su historial contestatario y contracultural, era razonable esperar una actitud diferente por parte del rock como movimiento. Esa otra actitud no existió, si bien hubo un proyecto de MIA (Músicos Independientes Asociados) con apoyo de la Cruz Roja para hacer otro tipo de evento en el sur, pero el súbito final lo volvió inútil”, enumera Pujol, autor de Rock y dictadura, manual esencial para entender las tensiones de nuestro rock frente a las diferentes dictaduras militares que padeció.

Pujol sostiene que el festival fue un error, “que empañó un desempeño hasta ese momento más que digno frente a una dictadura genocida que, para poder consolidarse de modo hegemónico, debía cooptar diferentes espacios de la vida social y cultura del país”. Pero también admite que la derrota de Malvinas aceleró los tiempos de la recuperación democrática y, en cuanto al rock argentino, le permitió un acceso irrestricto y masivo a la radio y la TV, “como si, al final, el idiota de la familia terminara siendo el hijo pródigo”. 

Cabe preguntarse si el rock podía negarse a participar de semejante encuentro “solidario”: “Claro que sí”, dice el autor de El año de Artaud. “Hasta donde sé, no existió una gran presión para que los productores y managers organizaran un evento rockero realmente multitudinario. Hay que recordar que tampoco nadie presionó a Osvaldo Pugliese, Atahualpa Yupanqui o Astor Piazzolla a estrenar o exhumar temas dedicados a Malvinas”. 

El festival comenzó a las 17 en punto. “El primer acto estuvo a cargo del dúo Fantasía, quienes interpretaron tres canciones pertenecientes a su primer álbum. A pesar de cierta desprolijidad en las voces, el dúo transmitió su particular frescura”, dice la reseña publicada en la edición número 163 de la revista Pelo. El tándem integrado por Luis Viola y Gabriel Maccioco enfrentó a la multitud antes de la presentación de Ricardo Soulé (Vox Dei) y Edelmiro Molinari (Almendra). “Recuerdo que hacía frío, lloviznaba y la gente igual estaba entusiasmada. Era un público muy fervoroso y todos estábamos muy emocionados por el momento que estábamos viviendo”, dice Ricardo Soulé a 40 años del encuentro solidario. “Había un gran sentimiento de patriotismo en ese momento. No quiero hacer un análisis político de la situación porque no tengo muchos elementos para hacerlo. Con el tiempo nos enteramos de que las cosas fueron a parar a los bolsillos de la gente que estaba en el poder, pero nosotros teníamos la ingenuidad de pensar que todo lo recaudado iba a ir a parar a las manos de nuestros soldados”, dice el músico, al que aún hoy le cuesta creer el destino final de lo recaudado: “Fue un escupitajo en la cara de todos nosotros. Otro motivo para acelerar la caída de la dictadura militar y exponer un enorme grado de corrupción”. 

Miguel Cantilo y Jorge Durietz levantaron la primera ovación de la tarde al resucitar en vivo al dúo Pedro y Pablo, la lírica más contestataria de canciones como “Contracrisis” o “La legión interior” estaban más conectadas con un contexto aún dominado por la censura y la represión. Con “Gente del futuro”, canción original de Punch, banda new wave que Cantilo fundó en España y que aquí no tuvo mucha aceptación, levantó al público con su estribillo liberador. “Había una guerra fraudulenta, como todo lo que había hecho el régimen militar en los últimos años, pero estaban comiéndose el garrón los colimbas y los soldados jóvenes, que eran nuestro público”, dice Miguel Cantilo desde Madrid. Durante la presentación de Pedro y Pablo, Cantilo  realizó un encendido llamado a la paz. “Durietz me dio la idea de hablar sobre la paz, de decir que nuestro interés era poder volver a tocar una vez que se firmara la paz”.

 

Para el último tema de su breve set, los Dulces 16 invitaron a Pappo a tocar uno de sus clásicos. Foto de Claudina Pugliese

La idea de repensar el conflicto armado a partir de la música y los sonidos que rodearon el enfrentamiento entre la Argentina y el Reino Unido motivó la reciente edición de Escuchar Malvinas, un libro compilado por Esteban Buch y Abel Gilbert. Sus diez ensayos proponen una inmersión a las profundidades de la identidad cultural argentina en medio de una guerra absurda. “La cultura de guerra es un concepto que permite entender algunas cosas en el sentido de que es una idea que muestra cómo las sociedades en general tienden a producir en situación de guerra un tipo de funcionamiento excepcional, y tiene que ver con la creación de un consentimiento por un proceso de totalización y de brutalización basada en una lectura escatológica de la historia”, dice Esteban Buch desde París, donde dicta clases en la Escuela de Altos Estudios Sociales. “Escatológico en el sentido de que la guerra de Malvinas prometió en cierto modo a los argentinos completar la nación a la que desde el tiempo de la invasión inglesa de 1833 le faltaba una parte, y esto creo que fue un motor importante en la movilización de la gente ,sumado a que ya había antecedentes de consensos con la dictadura militar, como el Mundial 78”, aclara Buch. Y agrega: “Parte de la población lo tomó como un gobierno que está expresando la voluntad popular y eso es algo que no resulta grato recordar y admitir hoy, y de allí creo que proviene buena parte del efecto de amnesia que se produjo en relación con ese apoyo”.

A medida que iban desfilando los músicos sobre el escenario del Festival de la Solidaridad Americana, la audiencia televisiva crecía en todo el país gracias a los canales del interior y varios países de Latinoamérica, que replicaban la señal de Canal 9 convirtiendo a la transmisión en un hito comunicacional con el rock solidario como gran protagonista. Dulces 16 junto a Pappo para una versión infernal de “Fiesta cervezal”, la cálida y afinadísima presentación de Rubén Rada, o el debut en vivo del dúo conformado por Oscar Moro y Beto Satragni, con la presencia de un joven guitar hero llamado Ricardo Mollo, proyectaban la imagen de una escena unida. 

Gracias a los registros fílmicos es posible testear la temperatura del encuentro multitudinario. Buena parte del show y algunas entrevistas de backstage, a cargo de Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso, pueden encontrarse fácilmente en YouTube: Spinetta luce intranquilo, Gieco demasiado serio y Raúl Porchetto todavía no supera el episodio de la amenaza castrense. En cambio, Lebón, Charly y Nito parecen mucho más animados. 

La lluvia y el frío no echaron a nadie, cada vez más gente se hacía presente en las instalaciones del club de Núñez. Casi no hubo seguridad, la Policía Federal debía hacerse cargo de los accesos y evitar aglomeraciones con 250 hombres, pero finalmente la cifra se redujo a 18. La crónica de la revista Expreso Imaginario señala que en varios momentos los organizadores barajaron la posibilidad de suspender el megaconcierto por las frágiles medidas de seguridad: “Las dos ambulancias y el carro de bomberos tampoco aparecieron”. La buena estrella acompañó a todo el evento y salvo algunos desmayos y apretujones en la entrada, todo resultó en paz. Aunque el riesgo fue altísimo. 

La seguidilla de artistas continuó con Litto Nebbia y un apabullante set de tres canciones nacidas en el exilio: “Gente que no sabe lo que quiere”, “Nueva zamba para mi tierra” y “Solo se trata de vivir”. Luego Tantor, la banda de Héctor Starc y Rodolfo García, ofreció una buena dosis de jazz-rock en la previa de uno de los momentos más emotivos de la jornada. Antes de arrancar a tocar junto a los tecladistas de Spinetta Jade (Diego Rapoport y Leo Sujatovich), Luis Alberto Spinetta pidió un aplauso para Javier Martínez: “Un músico al que se le ocurrió hacer este festival antes de que fuera sugerido por las autoridades”. Y antes de tocar la bellísima “Umbral”, agregó una súplica: “Que nos podamos reunir, pero siempre para la paz y para fines realmente nobles”. Esa noche, el Flaco reveló “Barro tal vez” y “Ella también”, dos temas incluidos en Kamikaze.   

“De un día para otro, y en plena dictadura militar, estos hippies del culo resultaron ‘aptos para toda la familia’. Mis viejos estaban sintonizando Canal 9 y me dijeron que estaban orgullosos de mí, por primera vez… ¡porque la tele lo aseguraba así!”, dice Gloria Guerrero, que desde la Revista Humor, uno de los pocos medios opositores al régimen, testeaba el pulso de una escena musical que estaba viviendo su big bang. “Por aquel entonces casi todos nosotros -los del público, los músicos, los periodistas- teníamos 20, 25 o a lo sumo 30 años; no éramos los padres ni los abuelos de los colimbas ni de los soldados con medio entrenamiento: ellos eran nuestros pares, con una edad terroríficamente similar”, dice la autora de La historia del palo

“La propuesta de hacer un festival que reuniera víveres y suministros para los pibes cagados de frío parecía tener mucho sentido. Todos, todos trabajaron gratis en aquel festival: los músicos no cobraron y también se pusieron a disposición de la causa los fleteros, los técnicos, los sonidistas, los plomos. Obras cedió su predio, su gente y hasta su personal de seguridad”.  

El decreto que prohibía la difusión de música cantada en inglés nunca existió. La recomendación surgió del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), el organismo al que debían referenciarse las radios y los canales de televisión. Por otro lado, los interventores de las radios bajaban la línea de “nada de música en inglés” y fueron los programadores musicales de cada emisora quienes decían qué tipo de música emitir. De buenas a primeras, el rock argentino competía en igualdad de condiciones con el folclore y el tango en la tan codiciada alta rotación. 

Spinetta cantó “Barro tal vez” y “Ella también”, incluidas en Kamikaze. Foto de Claudina Pugliese

La última parte del festival tuvo características bastante similares a la idea inicial de volver a reunir bandas convocantes como Almendra o Sui Generis, lo más cercano fue juntar de nuevo a PorSuiGieco. El proyecto de rock acústico apareció con diferentes integraciones: Nito Mestre como maestro de ceremonia y la unión con León Gieco para una versión de “La colina de la vida”, luego el autor de “Hombres de hierro” conmovió a la multitud con la interpretación de “Solo le pido a Dios” y siguió adelante junto a Antonio Tarragó Ros para tocar juntos unos chamamés. “Me llamaron para cantar ‘Solo le pido a Dios’, un tema que los colimbas cantaban en Malvinas, y solamente por eso fui. Pero me sentí muy mal, es el único recuerdo que tengo. No me acuerdo de los detalles ni de los otros músicos ni de la gente que fue. Solamente me acuerdo de una sensación horrible y de los pibes de 18 años que estaban en la guerra”, dice León en Crónica de un sueño, su autobiografía escrita junto al periodista Oscar Finkelstein. 

La ausencia de Virus como parte del festival solidario tomó relevancia con el paso del tiempo. El caso de Los Violadores es más simbólico, porque el grupo punk aún no tenía un disco editado y tampoco integraba ninguna agencia de producción, se movía por canales subterráneos. En cambio, la banda liderada por Federico Moura formaba parte de DG Producciones, la agencia de Daniel Grinbank. La familia Moura había sufrido en carne propia el horror del aparato represivo ejercido por el gobierno militar. El 8 de marzo de 1977, un grupo de tareas disfrazado como operarios de Segba secuestró a Jorge Moura, hermano mayor de Federico, Julio y Marcelo. Los parapoliciales tomaron por asalto la casa familiar ubicada en City Bell, en donde también vivían sus hermanos y padres. Jorge militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo y había participado de varias acciones bélicas, la más resonante en 1975 durante la Masacre de Monte Chingolo. 

La banda platense se abstuvo de participar y puso como excusa que el baterista del grupo había sufrido una lesión en su mano. La explicación la ofrece el propio cantante ante la pregunta de Badía en pleno backstage del festival. “Anoche tuvimos un concierto en La Plata y nuestro baterista Mario (Serra) en un ataque de efusividad casi se rompe un dedo, espero que no se lo haya quebrado porque va estar inutilizado… No importa, yo estoy acá y creo que lo importante es que no es un show de cada grupo, es una cosa conjunta”, dice Federico en apoyo a los músicos participantes y, aunque Virus no fue de la partida, la voz cantante del grupo celebró la iniciativa solidaria entre bambalinas.

Julio y Federico Moura, Stuka y Pil Trafa. Virus y Los Violadores no participaron del festival. Foto de María Martínez, Archivo de Esteban Cavanna

Las formaciones móviles dominaron la parte final del concierto: aparecen Raúl Porchetto y León Gieco para compartir una versión de “En el fondo del cielo”, más tarde se suman Charly García y David Lebón para recrear “Sentado en el umbral de Dios”, un clásico de la discografía de Porchetto. El escenario vuelve a transformarse, ahora los roles protagónicos los toman García y Lebón, Serú Girán ya no existe pero sus voces suenan milagrosas: “San Francisco y el lobo” y “Música del alma” son las mejores pruebas de vida. Ahora, la primera plana del rock argentino pone en marcha la misma canción que unas horas antes un militar intentó censurar: “Algo de paz” suena a oración compartida y parece escrita para ser cantada por los miles y miles que imploran por lo mismo. “Defendíamos nuestros derechos pero no a cualquier precio ni avalando a esos genocidas que nos estaban gobernando”, dice Rául Porchetto aún dolido por algunas críticas que tildaron de “colaboracionistas” a los músicos que participaron del Festival de la Solidaridad Americana. “Hablé mucho con León (Gieco). Me parece que se dejó llevar por los noventa. Al revés, no tenía por qué avergonzarse. Hay que hacer una deconstrucción de lo que fue el rock argentino. Lo que yo digo está documentado. Está fundamentado. Es mirar nomás”. 

El final de la noche tiene la energía de los primeros años 70, más hippie y hasta inocente pero no menos creíble que los versos adolescentes de “Rasguña las piedras”. Charly y Nito juntos una vez más como superhéroes de una multitud que confirma certezas y preguntas escritas en las canciones de Sui Generis, el manual de autoayuda de la generación que creció con Videla. “No considero que sea necesario o interesante definir si la participación de los músicos de rock en aquel festival estuvo justificada. Todas las fuentes muestran, en efecto, que el espíritu del encuentro no fue belicista ni promilitarista, sino en todo caso de ‘solidaridad’ con el reclamo de soberanía de Argentina y con los jóvenes soldados que estaban en el frente”, dice Julián Delgado, uno de los autores de Escuchar Malvinas. “Pero al mismo tiempo no quedan dudas de que el escenario bélico creó una configuración cultural y política excepcional, que tiñó inevitablemente a toda la sociedad, o al menos a todo aquel que no hubiera asumido una actitud de oposición explícita a lo que estaba sucediendo, lo cual, por supuesto, era muy difícil. En el caso del rock, hay que correrse de la contraposición entre colaboracionismo y resistencia para pensar otras posiciones más ambiguas, que nos permitan reflexionar sobre la responsabilidad social de lo sucedido durante la guerra de Malvinas y durante los años de la dictadura”. 

Nito Mestre fue el anfitrión de la última parte del concierto. Foto de Claudina Pugliese

En las entrevistas y menos visible sobre el escenario del festival, Charly García luce -debajo de un saco oscuro- una remera negra que reproduce la tapa de Ghost in the Machine, el cuarto álbum de la banda británica The Police. El gesto, 40 años después, podría ser condenado como un acto cipayo, más aún, por el lugar y la fecha que eligió García para exhibir semejante afrenta a la sensibilidad de muchos argentinos. Ese día nadie cuestionó la elección (hay que recordar que el disco venía con una etiqueta que decía “editado en simultáneo con EE.UU.”) y también marcó un cambio radical en el gusto del músico. 

En diciembre de 1980, Grinbank trató de convencer a Charly para que viera a The Police en acción en Buenos Aires. El trío llegaba con Zenyattà Mondatta, el exitosísimo tercer álbum del grupo de new wave. El líder de Serú Girán se resistió con la terquedad del genio que acababa de lanzar una masterpiece como Bicicleta, considerado por la crítica como uno de los mejores discos del rock argentino. En uno de los estribillos más pegadizos del álbum, García canta “mientras miro las nuevas olas yo ya soy parte del mar”. La jactancia llegaba teñida de errores. No era lo mismo The Police que The Knack, y el músico pone a ambos en la misma bolsa e invita al Club del Clan para clausurar la discusión. El tiempo le dio la razón a Grinbank y para mayo de 1982 Charly ya tiene en la cabeza una canción que habla de los Clash y la BBC, pero que por sobre todo repite una súplica: “No bombardeen Buenos Aires”.