Lucrecia Martel: Nuestra tierra, el conflicto y las formas de narrar lo que el Estado no ve

La directora argentina reflexiona sobre territorio, justicia y lenguaje cinematográfico en su más reciente película.

abril 14, 2026

Cortesía Coni Rosman

El cine de Lucrecia Martel ha explorado de forma persistente lo que permanece fuera de campo. Las tensiones sociales, las estructuras de poder y las formas de percepción que no siempre son visibles, pero sí determinantes. En su trabajo más reciente, el documental Nuestra tierra, la directora se adentra en un caso judicial vinculado a comunidades indígenas para examinar un problema más amplio: la relación histórica entre el Estado argentino y el territorio.

Lejos de construir un relato centrado únicamente en el asesinato del comunero indígena Javier Chocobar, la película propone una lectura más profunda sobre las condiciones que hacen posible el crimen. En esta conversación, Martel reflexiona sobre el uso del lenguaje cinematográfico en el documental, la disputa por la tierra y las limitaciones de los sistemas legales para comprender realidades que no encajan en sus propias reglas.

En Colombia, la directora Marta Rodríguez trabajó el tema de la tierra desde lo antropológico y sociopolítico. En tu película el paisaje parece una consciencia más que un escenario. ¿Cómo abordaste la tierra?

Tengo referencias del trabajo de Rodríguez, pero todavía no he visto sus documentales. Te comento que, en realidad, el razonamiento fue unir la visión del territorio a las voces del territorio. No darle una entidad de sujeto. Esa no fue la forma en que lo abordamos. La idea fue utilizar los drones porque nosotros, antes de tomar esa decisión, participamos en 2018 de la reconstrucción policial. Y ahí los policías usaron drones para hacer esa reconstrucción. Además de las cámaras en tierra, había drones, era algo nuevo que estaban experimentando.

Nosotros le pedimos a la policía esos materiales y, analizándolos, tomamos la decisión de que era interesante, para lo que queríamos contar, revertir ese uso policial del dron, esa imagen del territorio, y transformarla en un territorio unido a la voz de la comunidad.

Cortresía de Piano

Tu cine ha explorado lo que no se ve, el sonido, el fuera de campo. ¿Cómo se transforma ese lenguaje en el documental?

Fue muy interesante el proceso de utilizar la experiencia que yo tenía con herramientas de la ficción para pensar esta película. Todas las ideas que tengo sobre el sonido las apliqué de la misma manera que en el cine de ficción. Y lo que me autorizaba a eso era que nosotros teníamos que desmontar una construcción que es sumamente ficcionada de la historia argentina, de cómo se percibe, cómo se planteó su vínculo con las comunidades. Entonces, para ese desmontaje, todas las formas narrativas de la ficción me resultaban muy útiles.

La película no busca darle voz a la comunidad, porque la comunidad y su voz son mucho más complejas que lo que puede transmitir una película, sino tratar de transparentar la forma en que la nación argentina organizó esa relación y construyó una historia oficial en la que las comunidades no existen. Es una película sobre el vínculo con la tierra y sobre la historia argentina, partiendo de un caso particular.

Cortesía de Piano

¿Cómo el juicio se convierte en algo más que un relato legal?

Un juicio es una dramaturgia de una sofisticación extraordinaria. Yo nunca había estado en uno antes. Ahí ves exactamente cuáles son las condiciones que el Estado le permite a la verdad. Y esas condiciones tienen que ver con la locuacidad, con la evidencia en papeles, en documentos. Eso deja fuera a las comunidades, que no han tenido acceso histórico a generar esos papeles y que, además, por ser rurales, tienen un manejo distinto del idioma, que no es el ideal para ese tipo de escenario.

Pasó algo muy claro: durante la reconstrucción del crimen en el territorio, las palabras de los comuneros eran perfectamente claras. En cambio, en el tribunal, yo todo el tiempo pensaba: van a perder, van a perder el juicio. Porque el escenario del juicio favorece a quienes dominan ese lenguaje.

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La película plantea un conflicto entre propiedad y pertenencia.

La tierra es materia. La propiedad son ideas que inventamos para organizar lo que ocurre sobre esa materia. El vínculo de las comunidades con la tierra es directo, en relación al trabajo, a los animales, a las plantas, a la vida.

En cambio, nosotros tenemos una relación de extracción. Para nosotros la propiedad de la tierra es la posibilidad de hipotecarla, de obtener dinero, de hacerla rendir desde una explotación. Nunca ha habido tiempo ni interés en nuestras naciones para entender esas dos cosmovisiones. Además, los Estados asumieron como legítimas las formas de propiedad de la colonia. Eso no se cuestionó. En cambio, las tierras indígenas se transformaron en tierras fiscales, es decir, a disposición del Estado, donde las comunidades no tenían participación real.

¿Por qué no centrar la película en el crimen?

Porque un hecho criminal no explica nada. El derecho penal no explica la historia. Puedes decir quién mató a quién, pero no entiendes por qué ese crimen es posible. Si yo me quedaba en el hecho penal, el problema histórico quedaba sin respuesta. Cuando lo que está en juego es el asesinato de un comunero indígena, es inevitable pensar en la historia. Mientras no se resuelva el problema de la tierra, esto va a seguir generando víctimas.

Cortesía de Piano

¿Es una película sobre resistencia?

Yo no creo en la resistencia. Las comunidades no resisten en el sentido de quedarse en un estado pasado. Lo que hacen es encontrar caminos dentro de las condiciones que se les imponen. Buscan formas de sobrevivir. La idea de resistencia es muy nuestra, muy criolla. Pero no es lo que hace la gente en la práctica. Ni las comunidades, ni las mujeres en situaciones de violencia, ni los niños en situaciones difíciles eligen “resistir”. Lo que hacen es encontrar formas de sobrevivir.

¿Cómo se ve eso en la práctica?

Las comunidades van todo el tiempo viendo cómo seguir adelante dentro de las condiciones del Estado. A veces eso implica cambiar la forma en que se nombran a sí mismas para poder ser reconocidas. Nosotros, en cambio, queremos que el otro sea una imagen fija, un “indio ideal”. Y cuando no coincide con esa idea, descalificamos su reclamo.

Sobre la violencia en estos casos…

Esta comunidad hizo durante décadas todos los trámites posibles: presentó papeles, pidió mediciones, siguió todos los caminos legales. Cuando finalmente logró una medida a su favor, apareció la violencia directa. Eso muestra un patrón: las comunidades siguen las reglas, pero cuando avanzan, la respuesta puede ser la violencia. 

Y es una violencia que no solo busca eliminar, sino hacer sufrir.

Una vez en Colombia me dijeron: “una película sobre un crimen, cuando aquí hay cientos”. Y claro, eso muestra que no es un caso aislado. Es un problema estructural que se repite, no solo en Argentina sino en toda Latinoamérica.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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