Cuando llueve en Rapa Nui, la temperatura oscila entre los 15 y 20 grados celsius. El clima subtropical de la isla le permite tener sol y lluvia en un mismo día, y su elevada humedad genera una sensación térmica de mucho calor. El viento sopla con fuerza en los lugares más altos, y las palmeras se sacuden bailando al compás de melodías subterráneas cargadas de ukelele y percusión. Ellas, bailarinas chasconas de la polinesia, se arquean de alegría con la llegada de los viajantes, y a cada avión que aterriza en el Aeropuerto Mataveri, le hacen cosquillas en la panza metálica como señal de bienvenida.
Martes 26 de noviembre / 12:35 PM / 23 grados / Despejado
Desde el aire, la isla de Rapa Nui se ve pequeña, parece un minúsculo triángulo de tierra en medio del mar. Los integrantes de Los Bunkers toman posiciones en el avión para ver el aterrizaje en el lugar más alejado de cualquier parte de la tierra donde tocarán jamás. La isla está a tres mil setecientos kilómetros de la costa de Chile continental, es la más distante del mundo y pertenece a la Polinesia, en el continente de Oceanía. Por todo lo anterior es un destino inédito para los músicos y para la mayoría de los que viajamos en la comitiva. El avión avanza hacia el territorio insular, las nubes se abren para dar paso a la nave, y el sol se asoma iluminando el arribo de la banda chilena a la tierra de los moái. En la loza del aeropuerto esperan medios locales, trabajadores del municipio y una agencia de turismo con ofrendas florales hechas a mano. Los collares de bugambilias fucsia serán colgados en el cuello de los invitados ilustres apenas toquen suelo polinésico.
Cancamusa, baterista del grupo, viaja junto a su mánager y una realizadora audiovisual. A los hermanos Gonzalo y Álvaro López -bajista y vocalista respectivamente- los acompaña su familia, al igual que a los hermanos Francis y Mauricio Durán, a cargo de los teclados y guitarras. La caravana incluye al staff de Los Bunkers, liderado por su mánager, el uruguayo Tabaré Couto. Además, viaja un equipo de prensa conformado por medios chilenos y uno internacional: ROLLING STONE en español.
Luego de almorzar variados platos donde el ingrediente principal es el atún, hacemos la primera parada en el volcán Rano Kau, responsable de la existencia de la isla gracias a una erupción ocurrida hace millones de años. El aire puro nos envuelve en un recibimiento majestuoso, cohabitan allí la más nutrida paleta de tonalidades verdes y azules entre la tierra, el cielo y el mar. En el humedal que está dentro del cráter se han acumulado gota por gota las aguas de cientos y miles de lluvias, formando una laguna de un kilómetro y medio de ancho y de unos diez metros de profundidad. El lugar despierta una sensación de gratitud con la madre tierra. Es simplemente magnífico, un sueño hecho realidad. “¿Quién iba a pensar que íbamos a estar aquí?”, me dice Mauricio Durán mirando al infinito, imagino que se refiere al retorno de la banda hace casi un año, cuando tocaron en el estadio Santa Laura, hito del que también escribí. El viento le revuelve el pelo como sabiendo que el resultado le gustará.
15:22 PM / 20 grados / Parcialmente nublado
En el centro arqueológico Tahai, saludamos a los primeros moái del recorrido. Estas esculturas milenarias representan a personas importantes de la comunidad rapanui. Son ancestros que miran hacia el pueblo, cuidan a su gente mientras que el mar protege sus espaldas. Los Bunkers caminan, observan, reciben una oleada de mensajes a través del viento y de la brisa marina, que curiosamente no emana el habitual aroma del mar al que estamos acostumbrados en el continente.
23:00 PM / 16 grados / Precipitaciones
Durante la primera noche, después de cenar ceviche de atún con arroz al jazmín, una intensa lluvia se dejó caer sobre Rapa Nui. Las gotas mojaron las ventanas del hotel donde se alojaron los músicos, mojaron el mar, las plantas, las cabezas de los moái y aportaron unos cuantos milímetros cúbicos a la laguna del volcán.
Miércoles 27 / 9:30 AM / 14 grados / Nublado variando a despejado
Es de mañana en Rapa Nui. Amaneció con varias pozas de agua que rodean mis pies mientras avanzo mirando a una mamá gallina que escarba en la tierra mientras que sus pollos picotean bajo los árboles. Hay palmeras cargadas de cocos, llenos de agua y carne. En el ahu Tongariki, plataforma ceremonial de mayor tamaño en la isla, 15 moái rezan por su gente. Para ingresar se debe comprar un ticket turístico, y en la caseta toca el ukelele uno de los guías. Mauricio Durán y el trabajador cruzan palabras en torno al instrumento, el guía le explica al guitarrista que las cuerdas son las mismas que se utilizan para pescar. Mientras tanto, Álvaro López pasa por la fila dando los buenos días, bromeo con él haciéndole preguntas como si fuera el guía, me sigue el juego y me entrega datos inventados. El pasto del ahu es copioso, verde fosforescente, furioso, de semilla milenaria. Contrasta con el oscuro de las piedras volcánicas que están por toda la isla. El viento habla en nuestros oídos, las nubes se instalan sobre la comitiva, y uno que otro pajarito aparece en el lugar para contarnos misterios.
Gonzalo López tiene una cámara fotográfica, camina concentrado, registrando lo que le llama la atención. Su hijo de 10 años le pide que lo acompañe al baño, Gonza camina con él hacia las casetas de servicio higiénico que están alejadas del lugar. Mientras tanto, los medios que viajaron para cubrir el hito hacen notas, Cancamusa registra videos con su audiovisual, los guías explican históricos sucesos y Gonzalo sigue allá, en la caseta, lejos de todos, sentado en un escalón, esperando a su hijo Damián.
Nos dicen que no nos vayamos sin ver a los moái por la parte de atrás. Voy con Fere Ika, guía rapanui. Compruebo que se ven mejor desde ahí, porque hay una mayor proximidad con las esculturas, se puede ver el grano en la piedra, la textura, el tallado, pero sobre todo se aprecia la majestuosidad. El camino es pedregoso, mis pantalones anchos, y caigo al suelo. En silencio intento pararme, pero no lo consigo. El guía me ayuda, y el de la caseta viene corriendo a ver si estoy bien. “Por suerte nadie me vio, no lo comentes, porfa”, le digo a Fere. Entre risas acepta, y cuando se acerca a mí, me pregunta con complicidad, “¿Todo bien?”. Volvemos al lado delantero de los moái, y recién viene llegando Gonzalo junto a su hijo, que se tira al suelo jugando y demora el retorno. El hermano menor de los López es el integrante de Los Bunkers con mayor roce espiritual, por lo que imagino que este es un momento que no se quiere perder. Esa noche cené en la mesa con Gonza y Damián. Me dijo sobre el paseo, “Pucha, me lo perdí todo”. “Te vi perdiéndotelo”, le contesté. Nos reímos del episodio de paternidad.
12:38 PM / Cantera / 25 grados / Soleado
El Rano Raraku es el lugar donde se les daba vida a los moái. Aquí se tallaban las estatuas desde cero y las llevaban terminadas a su destino. Los músicos se toman con mucha profundidad estos paseos, y no es para menos, la espiritualidad de cada lugar que los recibe sobrecoge, al punto de quedar suspendidos en el silencio y en la soledad de saberse tan lejos de todo, y tan cerca de algo que no tiene nombre en español, pero que está muy presente en Rapa Nui.

15:30 PM, Playa de Anakena / 23 grados / Soleado
El sol calienta en el ombligo del mundo. Sus rayos atraviesan a la gente y les mueven los pies. Los Bunkers caminan orgullosos hacia un almuerzo organizado por el municipio en Anakena, playa que parece sacada de un documental de National Geographic; es una bahía de aguas turquesa, palmeras y arena blanca, acompañada del ahu Nau Nau, una plataforma donde se levantan siete moái, coronados con un pukao, una especie de sombrero fabricado de piedra roja volcánica. Es un lugar sagrado en el que se hacen contadas actividades como esta, pero la presencia de la banda es de gran importancia, y los gestos de sus autoridades acordes a los invitados de honor.
Antes de comenzar se hacen oraciones. Siempre tomados de la mano, los músicos y sus familias se entregan con respeto a las nuevas creencias. Si bien pertenece a Chile, Rapa Nui se siente como estar en otro país, los casi cuatro mil kilómetros de agua que la separan del continente no son en vano, esta tierra, como sus moái, ha sido esculpida con inspiración polinésica, propia de la isla más alejada del continente, por lo que es y será autónoma en toda su culturalidad.
El almuerzo está preparado a base de carne, pescado, arroz, sandía y verduras como guarnición, algo distinto para los que venimos del “conti”, que dejamos los sabores dulces para el final. También hay una fuente con Po’e, una preparación polinésica parecida a un budín hecha con plátano, de sabor dulce, y que combina con el sabor del pescado y el arroz. Este deleite va de la mano de música interpretada por algunos de los guías y músicos locales, como hemos visto, ser músico es transversal en la isla. Luego, una muestra de baile tradicional protagonizada por una pareja de bailarines termina con Cancamusa y el técnico Martín “Conejín” bailando con ellos ante estruendosos aplausos. La jornada termina con palabras del alcalde Pedro Edmunds Paoa: “En este lugar sagradísimo les damos la bienvenida. Los Bunkers van a tener la posibilidad de succionar una parte de la energía de nuestros ancestros”. Toma la palabra Mauricio Durán, que agradece los agasajos de la producción local, a la agencia de turismo, a las y los maestros de cocina, a los conductores de las vans que, “Se han portado increíble con nuestra familia. Es una familia grande; está nuestra familia sanguínea, pero también estamos acompañados de nuestros técnicos, nuestros amigos más cercanos, de la gente de nuestra oficina. Nos hemos sentido muy a gusto, se han portado increíble con nosotros y esperamos mañana retribuirles con música y cariño”.
18:00 PM / Toki / 19 grados / Parcialmente despejado
Toki es una escuela de música fundada y dirigida por la destacada pianista Mahani Teave, que lleva 12 años junto a un equipo de profesionales trabajando con niños en torno a la música. Ahí aprenden a tocar instrumentos y desarrollan un importante vínculo con la lengua rapanui, que está en vías de extinción. Han pasado por aquí más de mil estudiantes, y hoy será presentado a Los Bunkers. La infraestructura se ha levantado con material reciclado, vidrio y plástico son las principales materias primas. Como se trata de un lugar sagrado, debemos entrar descalzos. Los músicos ingresan a cada salón y terminamos en el patio con una oración.
Los espera un momento musical preparado por los alumnos. Sentados en primera fila observan a las niñas y niños que tocan, bailan y cantan canciones en rapanui, para luego invitarlos a tocar con ellos una reinterpretación polinésica de ‘Llueve sobre la ciudad’. Cuando fueron hacia adelante a tomar los instrumentos de los alumnos, Francis Durán pasó por mi lado y cruzamos miradas. Fue un segundo, pero sé que en ese instante ambos confesamos la extrema emoción por lo que estábamos viviendo.
Jueves 28 / 15:30 / 18 grados / Nublado variando a despejado
Sobre el escenario prueba sonido Nehe Nehe, reina del Tapati y embajadora cultural de Rapa Nui. La artista de 22 años fue escogida para abrir la jornada de cruce cultural. La invito a conversar y nos sentamos en el pasto frente al mar. Nehe es cantante y compositora, heredera y criada con la cultura rapanui, aunque también creció escuchando rock gracias a que su padre fue pionero en la introducción del género en la isla. Tuvo, de hecho, un hostal donde hospedó a Axl Rose. Nehe me cuenta que es fan de Guns n’ Roses, y que una vez viajó al continente para una presentación del grupo. “No tenía plata y fui igual a Santiago. Me quedé afuera [del estadio]. No entré, pero no importa, lo pasé bien”.
Sobre Los Bunkers dijo que, “No sabía quiénes eran, pero conocía sus canciones. Algo que me impactó -porque nunca lo había visto de cerca-, fue ver a un equipo grande detrás de los músicos. Me gusta ver que a un grupo se los trate de manera digna tras bambalinas. Hay mucha precariedad detrás de la música independiente, ojalá todas las bandas pudieran tener este nivel. Ellos trabajan con los mejores, con el mejor sonido, con el mejor iluminador, imagino que [tener esto] ha sido harto trabajo para ellos, por supuesto. Y bueno, felicitarlos por lo que tienen, es muy significativo para los artistas”. Mientras conversamos, una tenue llovizna comienza a caer sobre Rapa Nui.
19:00 / 17 grados / Lluvia
Durante el día me moví por la isla y comprobé que el concierto estaba en boca de todos: Un taxista rapanui me preguntó por el show y su duración. “Supongo que una hora y media” le dije, pero le pareció que tres horas sería mejor. Aproveché su entusiasmo para consultarle sobre algo que escuché antes de viajar, cierta reticencia de los nativos hacia la música chilena. “Eso pasa con los mayores, los rapa más jóvenes no tenemos ese recelo con los del conti” aseguró. Vai (Agua) es una joven vendedora de frituras que también preguntó por el concierto, me dijo que pensaba asistir, aunque no conocía a la banda. Algo interesante de la isla es que en general no son consumidores de la música continental, sus gustos están relacionados a la música que se escucha en la polinesia, ritmos llegados de Tahití y algunas excepciones como el reggae, country, folk, música electrónica, bluegrass y afrobeat.
En un momento de la tarde, a las afueras del recinto donde sería el concierto, una mujer rapanui se me acercó y me pidió hablar con Álvaro. Ella estaba con su padre, un anciano que se dializaba todos los días y que la esperaba sentado en el copiloto de su auto. Álvaro estaba conmigo, se sacaba fotos con unos seguidores, escuchó la petición y accedió a acercarse al vehículo. El hombre era un adulto mayor de más de 80 años y fiel seguidor de Los Bunkers. Estaba muy emocionado de conocer al vocalista, con esfuerzo se levantó y puso un collar de conchitas alrededor de su cuello, como ofrenda de amistad. Luego de despedirnos, caminamos juntos hasta el camarín, Álvaro se notaba conmovido y lo primero que hizo al encontrarse con los suyos fue contarles lo que acababa de vivir. Afuera, la llovizna dio paso a la lluvia, que se encargó de limpiar la energía para lo que estaba por venir. Llueve sobre Rapa Nui.
20:30 / Parque Hanga Vare Vare / Despejado
Nehe Nehe ofrece su teloneo hacia la atenta audiencia que sigue sumando espectadores. Junto a Camila, profesora de lenguaje y gestora cultural, nos sentamos en un local que está en una posición estratégica que nos permite ver el escenario y a los asistentes llegar. Compartimos una cerveza y una tabla de diferentes preparaciones de atún. Las personas llegan a pie, en bicicleta, en familia, con amigos y amigas. Un restaurante sacó una pizarra con el encabezado “Reserva tu mesa ‘Los Bunkers’”, y de fondo, el atardecer pinta de naranja el inmenso mar. Sube al escenario el alcalde junto a los músicos, les entregan ofrendas y hacen una oración pidiendo energía positiva para el grupo, en español y rapanui.

21:00 / Show
Comienza el esperado momento: Los Bunkers le cantan a Rapa Nui y sus habitantes se encuentran frente a frente con sus canciones. En primera fila hay niños locales y del conti, a quienes les dedican ‘Una nube cuelga sobre mi’. El público disfruta el momento histórico, hasta que un nuevo cruce cultural se hace presente, esta vez a cargo de Richard y Lonti, dos músicos que prepararon una intervención para el coro de ‘Llueve sobre la ciudad’, cantada en rapanui. Es la segunda vez que aparece la canción en este viaje y no parece casualidad. De hecho, su versión polinésica es genuinamente bella, cantada por ellos pareciera que fue hecha para este momento, para hablar sobre un evento meteorológico en un lugar remoto, rodeado de agua y bautizado por una lluvia que aparecería de manera real y también en canción.

Viernes 29 / El último moái / Soleado
Son las últimas horas en Rapa Nui. Un lector llegó hasta el hotel a comprar ejemplares de mis libros. Mientras los firmo, me cuenta que trabaja en gendarmería. En un dos por tres vamos en el auto de Tito Gallinero rumbo a la cárcel “más feliz del mundo”, donde sólo hay diez convictos y una de ellos es mujer. Sus delitos son de mediana gravedad y todos son de origen rapanui. Tienen un patio con abundante vegetación donde preparan un asado. Mi paso por ahí incluye compra de artesanías y conversación con la reclusa, con quien nos avenimos a raíz de una canción de Gloria Trevi que ella tarareó. Nos reímos de la letra machista y del pésimo mensaje que entrega. La chica me cuenta que en la cárcel vieron por TV la presentación de Los Bunkers, y me pregunta si los músicos pueden ir a visitarlos.
Cuando salimos, Tito volvió a su trabajo y yo decidí caminar a solas, despedirme de la isla y pedirle volver. Caminé instintivamente, encontré un moái al que pude acceder sorteando el viento que me despedía furioso. Fue un momento especial, le agradecí y oré. Avancé por las calles perfumadas de la isla, entre árboles frutales, tomates cherry, mini plátanos, mangos, papayas, piñas y guayabas. En el aeropuerto, los isleños despiden a la comitiva con collares de conchitas y los guía-músicos entonan por última vez ‘Llueve sobre la ciudad’ en su versión rapa. El día nos despide con sol, los turistas le sacan fotos al grupo y ya en el aire, al pasar entre las nubes, las gotas se concentran susurrando la melodía melancólica de una nueva canción.


