A veinticinco años de su lanzamiento, Lateralus no se siente como un disco anclado a su época. Cuando Tool lo publicó en 2001, la banda ya había superado la categoría de grupo de culto para convertirse en un fenómeno cultural, pero Lateralus fue el momento exacto en el que ese fenómeno se volvió filosófico, casi espiritual. No era solo un álbum esperado tras el éxito de Ænima: era una declaración de principios sobre qué podía ser la música pesada cuando se negaba a obedecer fórmulas, formatos radiales o escuchas simples.
El debut en el número uno del Billboard 200, con más de medio millón de copias vendidas en su primera semana, confirmó algo que parecía una contradicción: un disco complejo, largo, incómodo y profundamente introspectivo podía dominar el centro del mainstream sin traicionarse. Tool estaba en la cima de su juego creativo, pero en lugar de simplificar, decidió profundizar.
En Lateralus, la química entre los cuatro miembros alcanza un nivel poco común incluso dentro de la historia del rock experimental. Danny Carey no toca la batería: la invoca. Sus patrones rítmicos parecen responder más a ritmos hipnóticos y naturales que a métricas tradicionales del metal. Justin Chancellor actúa como un eje gravitacional, sosteniendo estructuras y aportando líneas de bajo que se entrelazan con los complicados ritmos de Carey. Adam Jones desde la simpleza crea atmósferas etéreas que terminan en riffs psicodélicos.
Sobre ese entramado sonoro, Maynard James Keenan aparece menos como un frontman tradicional y más como un narrador ambiguo sobre lo que significa ser humano.
La portada de Lateralus, creada por Alex Grey, funciona como una extensión visual del disco: un mapa anatómico y espiritual al mismo tiempo. El cuerpo humano aparece fragmentado, transparente, atravesado por capas de energía, geometría y conciencia, como si la piel fuera apenas una membrana provisional.
El álbum como experiencia
Con casi 79 minutos de duración, Lateralus roza deliberadamente el límite físico del CD. Ese detalle técnico no es anecdótico: habla de una voluntad de empujar el formato hasta su frontera. Tool no pensó el álbum como una colección de canciones, sino como una experiencia continua, con picos de intensidad, zonas de silencio incómodo y pasajes que funcionan como interludios rituales más que como “tracks”.
Escucharlo de principio a fin implica aceptar otra temporalidad. El disco exige atención, paciencia y una escucha activa que hoy resulta casi subversiva. En ese sentido, Lateralus anticipó una resistencia al consumo rápido de la música, una postura que hoy, en plena era del algoritmo, suena todavía más radical.
En ese viaje, Lateralus también construye su mitología a través de canciones que funcionan como estaciones emocionales muy claras. ‘Parabol’ y ‘Parabola’, pensadas como un solo cuerpo dividido en dos movimientos, condensan buena parte de la filosofía del disco: la conciencia de la fragilidad física frente a la necesidad urgente de habitar el presente, de sentir el cuerpo como vehículo y no como prisión. “This body, this body holding me, Feeling eternal, all this pain is an illusion” es un recordatorio incómodo, casi violento, de que estar vivo implica dolor, pero que el alma va mucho más allá del cuerpo físico.
‘Schism’, probablemente el tema más reconocible del álbum, convierte la ruptura —comunicacional, emocional, espiritual— en un rompecabezas rítmico donde cada compás parece estar a punto de desarmarse, reflejando exactamente lo que dice la letra: algo se quebró, y entender cómo ocurrió es parte del proceso.
‘The Grudge’ abre el disco como un exorcismo, con un grito final que no busca épica sino liberación, una descarga física de resentimiento acumulado que marca el tono de todo lo que viene después. ‘The Patient’, en cambio, propone lo opuesto: la resistencia silenciosa, la espera como acto de fe, la idea de que crecer también implica aguantar sin rendirse. Y hacia el final. Juntas, estas canciones no solo definen a Lateralus: explican por qué sigue siendo un disco atemporal.
Más allá de sus estructuras complejas y su imaginería esotérica, Lateralus se sostiene como una metáfora clara del camino interior: la búsqueda del ser, del alma y de una forma más honesta de conciencia. El disco no propone iluminación inmediata ni verdades reveladas, sino un proceso —a veces incómodo, a veces profundamente revelador— de observación y transformación. Hay una invitación constante a romper patrones mentales, a cuestionar la identidad construida, a mirar el ego sin indulgencia y entender que el crecimiento no ocurre en línea recta, sino en espiral. Tool no habla desde un pedestal espiritual; habla desde la duda, desde el error, desde la necesidad de desaprender.
El corazón simbólico del álbum está en la canción que le da nombre. ‘Lateralus’ es famosa —y a veces reducida— por su relación con la secuencia de Fibonacci, ese patrón matemático asociado al crecimiento natural y a la llamada proporción áurea. Pero lo verdaderamente interesante no es el dato técnico, sino lo que Tool hace con él. La banda no usa la matemática para demostrar inteligencia, sino para conectar la música con algo más grande: la naturaleza, el cuerpo, el pensamiento fuera de las convenciones. Incluso el propio Keenan, años después, se mostró crítico con haberlo explicitado tanto, como si mostrar el truco debilitara la magia. Esa autocrítica es parte del ADN del disco: Lateralus se construye mientras se cuestiona a sí mismo.
Lateralus salió al mundo apenas unos meses antes del 11 de septiembre de 2001. Cuando Tool volvió a tocar en vivo tras los atentados, el álbum ya había adquirido otra dimensión. Canciones que hablaban de ruptura, transformación y catarsis colectiva comenzaron a funcionar como un espacio de procesamiento emocional para una audiencia atravesada por el shock global.
Sin proponérselo, el disco se convirtió en un soundtrack para un mundo que empezaba a resquebrajarse. No ofrecía respuestas simples ni discursos tranquilizadores, pero sí una invitación clara: transformar el dolor en conciencia, y la confusión en movimiento.
Veinticinco años de la espiral
Hoy, Lateralus no se escucha por nostalgia. Se vuelve a él porque sigue diciendo cosas. Porque sigue incomodando. Porque no envejece dentro de un género, sino que orbita por fuera de ellos. Es un disco que habla de evolución personal, pero también de humildad: crecer no es llegar a un punto final, sino aceptar el cambio constante.
En un panorama musical cada vez más inmediato, Lateralus sigue pidiendo tiempo, atención y entrega. No promete iluminación. No garantiza respuestas. Solo propone avanzar, abrir la mente, pensar distinto. Expandirse en espiral y seguir adelante.


