agosto 17, 2021

La guerra perpetua

Excombatientes de las FARC bajo amenazas en el Cauca

Por  MAURICIO MORALES

Fotografías por Mauricio Morales

Con la pandemia, la crisis social ha explotado y ha llegado a las ciudades, y con ella, la violencia. En el sur occidente de Colombia, el departamento del Cauca ha sido históricamente una tierra de conflicto y continúa siéndolo. Hoy es una de las regiones donde la guerra se ha recrudecido en los últimos años, a pesar de los acuerdos de paz. Las amenazas y el asesinato de líderes sociales, ex combatientes e indígenas, son parte del día a día.

Don Tomás Guachetá está en su cama y mira al techo, este se ha vuelto su único mundo desde hace unos años, cuando sufrió un accidente trabajando en el campo y quedó sin movilidad en las piernas. Busca con su mirada, en el techo de zinc y guadua de su casa, los recuerdos de su época de combatiente. Es un veterano de una guerra colombiana.

En la casa, a las afueras de Inzá, descansa y la memoria viene mezclada con los recuerdos más frescos de un sueño que tuvo recientemente; caminaba por potreros verdes que tenían montículos de tierra, el cielo era azul sin nubes, podía caminar. Pero pronto el sueño acaba, el dolor lo despierta, como todas las noches, sobre todo en aquellas que lo dejan en vela y lo devuelven a un mundo que se mueve entre lo pasado y lo onírico. 

En sus sueños llegan los recuerdos lejanos de cuando era joven, un soldado del Ejército de Colombia a mediados de los 50, cuando fue reclutado. Era la época que conocemos como “La violencia”, con mayúsculas, como si fuera la única, un periodo en que se vio disputada la hegemonía conservadora por los partidos liberales.

Con la muerte de Gaitán y El Bogotazo en 1948, la violencia en el campo, como siempre, se desbordó a la barbarie y el terror. Fue la época de los ‘chulavitas’ y los ‘pájaros’ conservadores, los primeros paramilitares y las guerrillas liberales que por esa época se llamaban autodefensas campesinas. Aún las economías del tráfico de drogas, de la marihuana primero y posteriormente de la cocaína, no financiaban la guerra, ni permeaban todos los estamentos de la sociedad.

Fue en esas épocas cuando Don Tomás recuerda que por los lados de El Boquerón, en el Tolima, le tocaba combatir a las cuadrillas de guerrilleros. De repente le llega un recuerdo: “Una vez encontramos a unos 30 metidos en una cueva, pero no los matamos, los dejamos vivir”, se calla, y mira al techo de nuevo, buscando confirmación para su reminiscencia.

Ese grupo que recuerda Don Tomás, seguramente haría parte de las comisiones de guerrillas liberales y comunistas que luego pasarían a conformar lo que se conoció como las FARC-EP, y de la que años más tarde harían parte sus siete hijas e hijos, como milicianas y combatientes.

Más de 60 años después de que su padre estuviera peleando con el Ejército, los hermanos Guachetá luchaban contra ese mismo ejército. Siguiendo esa tradición fratricida colombiana, en la cual quienes disparan (en ambos bandos) y mueren, vienen siempre del mismo lado, del campo, del olvido; vecinos, hermanos, primos, hijas y padres.

Después de la firma del acuerdo de paz en 2016, como muchos excombatientes y milicianos, los Guachetá han vuelto a la vida civil. Ahora son miembros de Comunes, el partido político de las FARC-EP que surgió tras el desarme. Son también miembros de la Asociación Campesina de Inzá y Tierradentro, con la cual, Nilson, el hermano mayor, afirma que continúan el proceso que iniciaron décadas atrás: “Antes de la guerrilla yo comencé con el movimiento campesino, después me metí a las FARC, y ahora sigo con la asociación; es la misma lucha, pero con diferentes métodos”.

A pesar de los acuerdos de paz con el Estado, los firmantes y excombatientes de las FARC-EP ven con preocupación que hayan sido asesinados más de 250 de sus antiguos compañeros desde 2016. En parte, piensan que el incumplimiento de los acuerdos está generando este recrudecimiento de la guerra en varias regiones del país, especialmente en el Cauca. No solo los actores armados que estuvieron inmersos en el conflicto FARC-EP contra el Estado, sino las víctimas de este conflicto, ven con preocupación el incumplimiento de las promesas de reparación y no repetición al violarse los acuerdos.

La violencia continúa reciclándose, las causas son alimentadas por los mismos compromisos incumplidos en esta zona del Cauca donde nacieron, combatieron y ahora resisten, bajo las amenazas de nuevos grupos armados, paramilitares y excompañeros de las disidencias, que ahora los ven como parte de ese Estado que los Guachetá habían combatido.


Nilson y su compañera viven con sus dos perros, y están juntos hace un año. Ella es profesora en un municipio vecino, y él hace parte de los más de 13.000 excombatientes que se desmovilizaron en 2016. Muchos se quedaron en las diferentes ETCR (Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación), áreas donde viven algunos excombatientes; otros, como Nilson, han vuelto a sus pueblos.

Libardo Guachetá, de 30 años, ve un partido de fútbol con sus hermanas y hermanos. Como Nilson, es un excombatiente de las FARC-EP, de la columna móvil Jacobo Arenas. Después de unos años en la guerrilla, en 2019 se inscribió para estudiar derecho en la Universidad del Cauca. También hace parte de la UNP (Unidad Nacional de Protección), con la cual hace labores de protección para los 19 excombatientes que están en Inzá y sus alrededores.

Nilson revisa el chaleco antibalas que le entregó la UNP. Desde que regresaron al pueblo en 2018 han recibido amenazas. A principios de abril dos excombatientes fueron retenidos por hombres armados junto a un familiar, los dos excombatientes lograron huir y tuvieron que abandonar la zona. El familiar fue asesinado. Las facciones disidentes los han declarado objetivo militar al acusarlos de ser parte del Estado.

Nilson Guachetá, de 43 años, es un excombatiente y firmante de paz de las FARC-EP. Se unió en 2004 al Bloque Occidental en el Frente Ambrosio González, y recuerda que en muchos casos los combates con el Ejército se daban entre personas de la región, sus vecinos en muchos casos. Vive en Inzá, y fue parte de los fundadores de la radio comunitaria de Inzá, que intenta visibilizar las problemáticas campesinas en la zona.

Don Tomás Guachetá es un veterano del Ejército de Colombia, es el padre de los hermanos Guachetá, quienes ahora son parte de Comunes, el partido político de los que fueron miembros de las FARC-EP. Hace 7 años, trabajando en el campo, quedó paralizado de la cintura abajo.

En una de las muchas contradicciones de la guerra en Colombia, Tomás Guachetá hizo parte del Ejército desde cuando lo reclutaron a la fuerza a los 16 años, según él, por ser liberal. Él hizo parte de la Operación Marquetalía en 1964, que combatió a Manuel Marulanda y a un grupo de campesinos que terminarían fundando las FARC-EP.

María Solandi Guachetá, de 40 años, es una de las hermanas de Nilson Guachetá, y sirvió como miliciana dando apoyo a las FARC-EP. En muchas ocasiones, con el conocimiento empírico que obtuvo de la guerrilla, trataba combatientes heridos. Desde 2018 hace parte de un grupo de mil colombianos, muchos excombatientes y víctimas del conflicto, que han recibido una beca del gobierno cubano para estudiar medicina.

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