La “desextinción” de los lobos terribles: ¿qué riesgo suponen?

La reaparición de una especie extinta en laboratorios revive el debate sobre las amenazas de alterar el equilibrio natural de los ecosistemas y la evolución en la Tierra

abril 15, 2025

Colossal Biosciences.

El regreso del lobo terrible ha sido toda una noticia, no solo por el titular en la más reciente portada de Time, donde se muestra un pequeño ejemplar blanco, sino por lo que promete representar: el retorno de una especie que desapareció hace más de 10 mil años. Detrás del anuncio se encuentra Colossal Biosciences, una empresa estadounidense especializada en ingeniería genética, que asegura haber logrado una hazaña sin precedentes con la desextinción del lobo terrible mediante biotecnología avanzada y ADN antiguo.

Colossal presentó públicamente a tres cachorros a los que llamó Romulus, Remus y Khaleesi. Según la empresa, fueron creados mediante edición genética aplicada sobre células de lobo gris, en las cuales se insertaron secuencias seleccionadas de ADN que codifican rasgos propios del extinto lobo terrible. Estas células fueron luego clonadas e implantadas en perras domésticas, y los lobeznos nacieron a través de cesárea programada.

No obstante, la noticia ha suscitado reacciones mixtas entre la comunidad científica, particularmente entre los expertos en paleogenética y conservación. Muchos de ellos coinciden en que lo presentado por Colossal no puede considerarse una verdadera desextinción. “Lo que ha producido Colossal es un lobo gris, pero tiene algunas características similares a las del lobo terrible, como un cráneo más grande y pelaje blanco”, indicó a BBC el paleogenetista Nic Rawlence, director del Laboratorio de Paleogenética de la Universidad de Otago, en Nueva Zelanda.  

El escepticismo se sustenta en la diferenciación de estos linajes. Los lobos terribles (o Canis dirus) y los lobos grises (Canis lupus) pertenecen a géneros distintos y divergieron evolutivamente hace entre 2,5 y 6 millones de años. A pesar de sus similitudes físicas superficiales, sus diferencias genéticas son significativas. Según Rawlence, Colossal comparó ambos genomas, conformados por aproximadamente 19 mil genes, y decidió alterar 20 segmentos en 14 genes para obtener un animal con apariencia similar al extinto carnívoro. Solo uno de esos genes proviene directamente de un espécimen fósil del lobo terrible, el resto son variantes seleccionadas entre poblaciones actuales de lobos grises.

El proceso fue posible gracias a técnicas de biología sintética que permiten modificar genéticamente organismos vivos. Sin embargo, el desafío principal radica en las limitaciones del material genético original. “El ADN antiguo es como si se metiera ADN fresco en un horno a más de 260 grados durante toda la noche… sale fragmentado, hecho añicos y polvo”, explicó Rawlence. Aunque algunos fragmentos pueden reconstruirse digitalmente, no son viables para una clonación completa.

Beth Shapiro, bióloga integrante del equipo de Colossal Biosciences, defendió el trabajo realizado al considerar que la desextinción no debe definirse estrictamente por la clonación directa, sino por la recreación de los rasgos que caracterizan a una especie extinta. “Un lobo gris es el pariente vivo más cercano de un lobo terrible; son muy similares genéticamente, así que nos centramos en las secuencias de ADN que conducen a los rasgos del lobo terrible y luego editamos las células del lobo gris… luego clonamos esas células y creamos nuestros lobos terribles”, explicó a BBC.

Más allá del debate sobre la legitimidad del término “desextinción”, lo que está en juego es la comprensión misma de la extinción como fenómeno biológico. “La extinción es para siempre”, enfatizó Rawlence. “Si no tenemos extinción, ¿cómo vamos a aprender de nuestros errores?”. Esta perspectiva resalta una preocupación compartida por numerosos especialistas: que la tecnología biogenética pueda convertirse en una narrativa que trivialice la pérdida irreversible de especies, al promover la ilusión de que toda extinción es reversible mediante la intervención humana. 

Los críticos apuntan también a la falta de aplicabilidad ecológica de estos experimentos. Aunque la idea de introducir híbridos con rasgos de especies extintas para restaurar ecosistemas es atractiva en teoría, su implementación práctica es dudosa. Como recordó Rawlence, incluso los programas de reintroducción de animales en peligro enfrentan obstáculos considerables, pues los ejemplares criados en cautiverio a menudo no desarrollan las habilidades necesarias para sobrevivir en libertad. Y el caso de los depredadores, como los lobos, plantea desafíos aún mayores: “Obviamente, es más difícil entrenar a los depredadores del ápice con el ejemplo. No seré voluntario para la sesión de ‘introducción a la caza en manada’”, comentó.

Por otro lado, voces desde la conservación alertan sobre los riesgos de confiar en estas soluciones tecnológicas como respuesta principal a la crisis de biodiversidad. “No habrá un lobo terrible, e incluso si hubiera uno, no tendríamos idea de para qué era (y tampoco lo haría)”, advirtió un especialista, poniendo en entredicho no sólo la viabilidad del proyecto, sino también su ética. En lugar de invertir en recrear ecos de un pasado biológico, señalan, sería más efectivo proteger y restaurar las especies y hábitats existentes, cuyo colapso ha sido provocado en gran parte por la actividad humana.

La reintroducción de especies extintas localmente implica riesgos significativos para los ecosistemas actuales. Si no se evalúan adecuadamente las condiciones del hábitat, la especie liberada podría competir con otras que ya han ocupado su nicho ecológico, alterando el equilibrio natural. Además, existe la posibilidad de que los ejemplares introduzcan enfermedades o patógenos que afecten tanto a la fauna silvestre como al ganado local, por lo que es fundamental aplicar estrictos protocolos veterinarios antes de la liberación.  

Otro desafío importante es la capacidad de adaptación de los animales reintroducidos. Los ejemplares criados en cautiverio a menudo carecen de habilidades esenciales para sobrevivir en libertad, lo que ha llevado al fracaso de numerosos programas anteriores. Asimismo, si la causa original de la extinción estuvo relacionada con la actividad humana, es probable que surjan conflictos con las comunidades locales si no se cuenta con su respaldo, poniendo en riesgo la viabilidad del proyecto.

Mientras los tres lobeznos crecen en una reserva privada de más de 800 hectáreas, en una ubicación no revelada del norte de Estados Unidos, la controversia sobre su verdadera naturaleza sigue siendo debatida por expertos. Por el momento se desconoce el próximo movimiento de Colossal Biosciences, sin embargo, parece una oportunidad para replantear los  límites éticos y ecológicos de estas iniciativas.

VALENTINA VILLAMIL

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