agosto 17, 2022

¡Gracias, antivacunas! El polio está regresando

Expertos dicen que si pareciera como si las enfermedades contagiosas nos estuvieran alcanzando más rápido, propagándose más ampliamente y perdurando más de lo que lo han hecho en generaciones, es porque así es

Por  DAVID AXE

Niños esperando recibir sus vacunas para el polio.

Carl Iwasaki

A principios de este mes, el virus del polio fue descubierto en aguas residuales a las afueras de la ciudad de Nueva York, marcando el primer brote local de ese virus potencialmente mortal y paralizante desde los 70.

Covid, viruela del mono y ahora polio. Si pareciera como si las enfermedades contagiosas nos estuvieran alcanzando más rápido, propagándose más ampliamente y perdurando más de lo que lo han hecho en generaciones… bueno, es porque lo están haciendo. Los expertos dicen que se debe, en gran parte, porque la acción que podemos hacer para prevenir los brotes –vacunarse– es lo que millones de personas en Estados Unidos y países desarrollados están omitiendo.

Por primera vez desde inicios de los 90, la expectativa de vida está disminuyendo para muchos grupos en EE.UU. De acuerdo con los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, una quinta parte de los estadounidenses se ha negado a recibir vacunas de Covid, ya sea para sí mismos o para sus hijos. Y solo 65% de los residentes de condados aledaños a Nueva York está protegido contra la polio, comparado con el promedio nacional de 80%. No debería sorprender que cuando la enfermedad reapareció en el país el mes pasado (el primer caso en EE.UU. desde 1979), fuese registrado en Rockland.

De alguna forma estamos viajando en el tiempo, regresando a esos tiempos oscuros antes de la creación de las vacunas. “La magnitud con la que la gente está rechazando los hallazgos científicos y el conocimiento de todo tipo es aterradora”, dice Mary Fissell, historiadora de medicina de la Universidad Johns Hopkins. Y es seguro afirmar que la mayoría de las personas no tiene idea de lo mal que pueden salir las cosas si seguimos así. “¡Solía ser mucho peor!”, añade.

El éxito de los países desarrollados en materia de prevención de enfermedades sembró una especie de confianza –o peor, teorías conspirativas– cuando generaciones enteras asumieron que aquellas enfermedades no regresarían jamás. La información falsa que ronda en redes sociales ha empeorado el problema, con muchos antivacunas echándole la culpa a las vacunas de las enfermedades que estas mismas previenen.

Parece que como especie hemos olvidado qué tan peligroso y aterrador era el mundo antes de las vacunas. “Un par de generaciones de niños estadounidenses han vivido en gran parte sin el riesgo de morir de enfermedades contagiosas, o incluso de enfermarse gravemente”, comenta Fissell. “Probablemente la polio fue la última asesina y la generación que la experimentó en su niñez ahora está en su vejez”.

Fue hasta los siglos XIX y XX que con sus grandes avances en salud pública, comunicación y vacunas, se pudo prevenir, controlar o inclusive erradicar efectivamente enfermedades como la viruela o la polio, que en siglos pasados cobraron la vida de millones de personas.

La peste negra, ocasionada por la peste bubónica transmitida por pulgas y contacto directo con otras personas, mató cientos de millones de personas en Europa y el Norte de África (casi la mitad de la población) entre las décadas de 1340 y 1350. No había antibióticos ni vacunas. “Cuando alguien se enfermaba, no se podía hacer mucho”, cuenta John Aberth, historiador y autor de La peste negra: una nueva historia de la gran mortalidad en Europa, 1347 -1500.

Desesperadas por detener la propagación de la enfermedad, las autoridades locales aislaban en sus casas a las personas infectadas por 40 días, una práctica que nos dio el término “cuarentena”. Si tenías suerte y eras apreciado, tus amigos y vecinos te pasaban comida; si no, sufrías de hambre.

Por siglos, la cuarentena fue la principal defensa de la humanidad contra las enfermedades contagiosas. Fue un recurso provisional, así como lo fueron aquellos meses de distanciamiento social y confinamiento a principios de la pandemia por Covid-19. Pero la cuarentena es poco popular y difícil de promover ya fuese el siglo XIV o el XXI. Basta con revisar la más reciente directriz de Covid de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, la cual ya no recomienda a las personas aislarse después de exponerse al virus. Mantener a las personas contagiadas en su casa no acabó con la pandemia, al igual que tampoco previno la muerte a gran escala hace 700 años.

Antes, cuando esta era la única forma de prevención, las enfermedades contagiosas eran un peligro constante, especialmente para la infancia. “Hace 200 o 300 años, los niños y niñas de menos de cinco años morían cada verano de enfermedades que producían diarrea, contraídas por leche o agua que alojaba bacterias”, explica Fissell. “Enfermedades epidémicas como la viruela y el cólera –y la plaga, siglos antes– arrasaron con comunidades, y las enfermedades infecciosas comunes como la tos ferina cobraron un saldo perpetuo de víctimas”.

Fue hasta 1798 cuando el físico británico Edward Jenner inventó la primera vacuna para la viruela. Lentos pero seguros, en los 150 años siguientes, los científicos desarrollaron más vacunas y las autoridades de salud pública las administraron a más y más personas.

Las vacunas contra la viruela, la peste, el tétano, el sarampión, la poliomielitis y otras enfermedades hicieron que éstas fueran mucho menos frecuentes y que sus brotes fueran más fáciles de controlar –o incluso que fueran erradicadas a nivel mundial, como en el caso de la viruela.

“A lo largo del último siglo o más –en realidad, desde la década de 1860– hemos construido un conjunto de instituciones y culturas en materia de salud pública que nos protegen de lo peor que la naturaleza puede ofrecer”, comenta John Brooke, historiador de salud de la Universidad Estatal de Ohio.

En los años 70 la humanidad entró en una nueva era de salud pública, marcada por la erradicación de la viruela en 1980. “La combinación entre vacunas y antibióticos ha hecho la vida mucho más segura, al igual que la infraestructura básica de salud pública, como el saneamiento”, dice Fissell.

Pero en los 70 también se endurecieron las posturas antivacunas. En 1976, un esfuerzo del gobierno de EE.UU. para vacunar a todos los estadounidenses contra la gripe porcina fracasó en medio de las protestas de una minoría escandalosa. “Fue entonces cuando el escepticismo sobre las vacunas apareció por primera vez”, explica Aberth. La debacle de la gripe porcina se produjo unos 25 años después de que la vacunación infantil generalizada prácticamente erradicara la poliomielitis, un virus que se propaga a través de la materia fecal y puede causar parálisis o la muerte. Una generación después, la gente empezó a olvidar lo devastadora que había sido esa y otras enfermedades cubiertas por la vacunación.

Los brotes podrían empeorar antes de mejorar. Muchas de las enfermedades infecciosas más duras son “zoonóticas”, lo que significa que circulan permanentemente en las poblaciones animales y saltan periódicamente a los seres humanos. La deforestación acelerada y el tráfico ilícito de animales silvestres para la venta de carne, medicamentos fraudulentos y mascotas dan a los virus zoonóticos, como el nuevo coronavirus y la viruela del mono, más oportunidades de infectar a las personas.

Según Aberth, el descenso de las tasas de vacunación hace que estos brotes sean mayores. “La vacunación es la única solución para contener estas pandemias emergentes. Tenemos que controlar el escepticismo sobre las vacunas o hacerlas obligatorias”. No obstante, reconoció que los nuevos mandatos son políticamente inviables en países que describió como “divididos”.

Para Brooke, el desastre global no es inevitable. “¿Las obsesiones neurálgicas sobre los gastos del gobierno y las libertades personales conducirán a un colapso de la burbuja sanitaria que nos protege de la naturaleza?”, se pregunta. “Esperemos que no”.

El historiador también señala que la mayoría de la gente sigue dispuesta, incluso está deseosa, de vacunarse contra las peores enfermedades. “La cultura antivacunas es una realidad en aumento, pero no debemos dejar que el mantra periodístico de ‘dar espacio a ambas partes’ opaque el peso de la opinión pública”.

Pero la tendencia de menos vacunas y más enfermedades infecciosas no es alentadora. Rememora a la época previa a la vacunación en la que enfermábamos más a menudo, moríamos más jóvenes y tratábamos sin éxito de contener los brotes virales encerrando a la gente en sus casas. “La historia no se repite, pero sí tiene repercusiones y deberíamos tenerlas en cuenta», afirma James Belich, historiador de la Universidad de Oxford y autor de The Prospect of Global History.

Tendremos que trabajar duro para que el curso de la historia vuelva a tomar la dirección de una vida más larga y saludable; en otras palabras, hacia la vacunación masiva. “Entender por qué la gente rechaza las vacunas, por ejemplo, es complejo”, admite Fissell. “Se basa en la política, en las creencias religiosas y en una serie de otros factores”.

No hay nada que se pueda hacer para solucionar nuestros problemas pandémicos de la noche a la mañana, pero hay muchas cosas que todo el mundo puede hacer para ayudar: confiar en los expertos, no difundir noticias falsas y, lo más importante, vacunarse y alentar a amigos y familiares a que también lo hagan. No sólo para el Covid, sino para todas las enfermedades para las que existe una vacuna segura y eficaz.

“Como sociedad tenemos que tomar una decisión”, advierte Aberth. Son las vacunas o las enfermedades.

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