ANDREW QUILTY

Gobernados por los talibanes

Los milicianos dominan a través del miedo; la pobreza empeora, los periodistas son golpeados a puerta cerrada e incluso hay rumores de ejecuciones. El retrato de un país al límite

Por: ANDREW QUILTY

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En portada: Los niños de la guerra: Elham, un niño de la provincia de Vardak, juega sobre los restos de una patrulla de policía afgana incinerada. Según el hermano mayor de Elham, los talibanes se adueñaron del carro que fue destruido por uno de los últimos ataques aéreos estadounidenses, al tiempo que la ciudad vecina Kabul era invadida por insurgentes. Un final vergonzoso para la guerra más larga de los Estados Unidos.

Al pie de las montañas que separan a Kabul de los campos agrícolas del norte, se pueden ven unos ataúdes. Cuatro son tan pequeños, de tamaño infantil, que una sola persona los lleva.

Hoy es 30 de agosto, dos semanas después de que el gobierno afgano y sus fuerzas armadas colapsaran y los talibanes tomaran el control de Kabul, y unos 200 hombres se reúnen para un entierro. Los hombres de las familias inmediatas deliran de la tristeza y a algunos se les dificulta mantenerse en pie. Amigos y familiares caminan en silencio por el cementerio, sin un rumbo fijo.

Diez miembros de una familia fueron desmembrados o incinerados por un misil lanzado desde un dron estadounidense, cerca al aeropuerto internacional de Kabul el día anterior. En el momento, el general Mark A. Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, lo calificó como un “ataque justo” contra el Estado Islámico. El conductor de la camioneta era Zamarai Ahmadi, trabajador de una ONG estadounidense que volvía a casa. Tres de sus hijos y cuatro de sus sobrinos estaban dentro o cerca del carro en el momento del impacto; habían salido a recibir a Ahmadi. “No quedó carne en sus huesos”, dice Emal, padre de Malika, de dos años, una de las fallecidas. “¿Qué vamos a enterrar?”. 

Soldados toman una siesta en la lujosa mansión del ex vicepresidente afgano Abdul Rashid Dostum. Dostum, también un antiguo jefe militar, huyó del país gracias a que las provincias del norte, donde su influencia era mayor, cayeron ante los talibanes.

Probablemente ese fue el último ataque aéreo estadounidense de la guerra más larga en la historia del país. Gracias a que ocurrió en la capital afgana, a unos kilómetros del hotel cinco estrellas Kabul Serene, donde decenas de periodistas extranjeros se hospedaron tras la caída de la ciudad ante los talibanes, la noticia recibió mayor escrutinio –y una admisión de culpa de parte del Pentágono– que cualquier otro ataque estadounidense desde el comienzo de la guerra. De hecho, en todos estos años hubo cientos de ataques que nunca fueron investigados y por los cuales nunca se hizo justicia. Hasta cierto punto, eso ayudó a que gran parte del área rural de Afganistán rechazara al gobierno de Kabul y aceptara a los talibanes.

Mientras los familiares afligidos intentan identificar las aeronaves estadounidenses que sobrevuelan el cementerio, el padre de tres de los niños que murieron en el atentado se desploma sobre sus ataúdes. “Estamos muy asustados hoy”, dice Ahmad, uno de los colegas de Zamarai, quien vino a dar su pésame. “Es peor que el miedo”. Más abajo en la montaña, los aviones militares estadounidenses despegan desde el aeropuerto, llevando a los últimos 120.000 evacuados desde que los talibanes entraron a Kabul. El último avión, que transportaba al diplomático y comandante de la 82va División Aerotransportada del ejército de los EE. UU., despegó seis horas después, y con él, los Estados Unidos finalmente dejaron Afganistán.

En Kabul, la noticia de la salida de los estadounidenses se esparció como pólvora y los combatientes afganos descargaron sus armas en el silencio de la noche. El punto culminante también anunció el fin de la vorágine que se vivió en el aeropuerto, y para los kabulí y el público internacional -que lo veían a través de los medios- esto eclipsó la victoria de los talibanes sobre la mayor superpotencia del mundo. La ciudad comenzó a moverse con vendedores ambulantes y taxis, los kabulí se acostumbraron a ver soldados de pelo largo con chaquetas de camuflaje sobre su ropa habitual, y una nueva normalidad comenzó a desvelarse tanto para los residentes de la ciudad como para los talibanes.

El regreso de los talibanes: Combatientes talibanes rezan en un parque de diversiones a las afueras de Kabul. Varios de los soldados hacen su alabanza desde el campo y jamás habían estado en la capital.

Para los pocos extranjeros que se quedaron durante la toma y los que llegaron después, cualquier rencor que los talibanes tuvieran por la guerra, parecía casi olvidado. Y a quienes no habían olvidado, les prohibieron actuar por instinto; en una de las cuatro entradas a Kabul, un talibán de Helmand me dijo: “Si no fuera por las órdenes que me dieron, ya te hubiera disparado”.

El retiro de las fuerzas internacionales, un reconocimiento de la derrota tras 20 años de guerra en Afganistán, coincidió increíblemente con la toma de la capital de parte de los vencedores, antes de que los derrotados hubieran logrado salir. “¿Puedes creer que esto está pasando?”, le preguntó un cabo de la Marina a otro, mientras su pelotón intentaba quitar a una multitud de afganos que quería abordar un avión en la pista de despegue. “Es una locura”.

Sin embargo, las escenas caóticas en el aeropuerto fueron un claro contraste de lo que parecía ser una tranquilidad inusual en el resto de Kabul. Esa noche, cuando los aviones dejaron de volar y ya no se escucharon más disparos, los 6 millones de habitantes pudieron respirar y contemplar el futuro en el Emirato Islámico de Afganistán.

El absurdo periodo de luna de miel que le siguió tuvo a la milicia pasándose por la capital del país, como si fueran niños yendo al mar por primera vez. Fueron a un parque de diversiones y se subieron a las atracciones sin pagar; comieron helado con fusiles entre las piernas; fueron al zoológico de la ciudad y los talibanes sureños les arrojaron piedras a los leones mientras que otros admiraban un diorama de escorpiones; y desde el trampolín de 10 metros de una piscina olímpica de la era soviética, admiraron el panorama a través de los visores de sus rifles y descansaron sobre el pasto artificial que tiene la mansión de un ex vicepresidente y presunto criminal de guerra.

Días de clase: Un curso de primaria, supuestamente segregado, vuelve a clases después de la toma de poder de los talibanes en Kabul. Desde sexto grado, a las niñas se les impidió volver al colegio bajo el nuevo régimen. Los extremistas afirman que la prohibición será temporal, pero históricamente los talibanes nunca han permitido que las mujeres vayan al bachillerato.

A pesar de su carácter intimidante, en parte sesgado por los medios que durante 20 años los describieron como los enemigos, los combatientes talibanes son muy corteses y disciplinados. En una noche de septiembre, comencé a hablar con un pequeño grupo de la provincia de Helmand. Me pidieron que los entrevistara y acepté con gusto, hasta que uno de ellos comenzó a grabar con su celular, mientras los demás, aun sosteniendo sus rifles, me rodearon sin darse cuenta de lo intimidantes que se veían: “¿Te sientes más seguro ahora o con el anterior gobierno?” “Ahora”, respondí honestamente, pues los delitos menores habían disminuido. “¿Eres musulmán?”. “Adoro a Dios”, mentí, no ser musulmán no es oficialmente ilegal, pero uno debe mantenerse alerta entre fanáticos. Los jóvenes talibanes miran su capital desde la plataforma sobre la piscina, donde pueden ver todos los rincones de la ciudad; la embajada de los EE. UU., el aeropuerto, la antigua fortaleza de Bala Hissar y las tumbas de antiguos jefes militares. Pero los combatientes están más interesados en un lugar al este, llamado Pul-e-Charkhi. De todos los lugares emblemáticos de Kabul, están más familiarizados con la infame prisión, y más de uno salió de ella recientemente.

Antes de irnos, los talibanes me piden mi número de teléfono para enviarles las fotos que tomé antes. “Estás a salvo, no hay por qué preocuparse”, me dicen. Los talibanes son muy protectores de la manera en que son presentados como grupo. Los métodos para controlar su imagen llegan a ser crudos, diferentes a los que suelen usar los regímenes dictatoriales del mundo.

Intercambio de dinero en Kabul; desde la victoria de los talibanes, ha habido una escasez de efectivo.

Por el momento, lo que diferencia a Kabul es que ni los opresores ni los oprimidos han establecido las reglas de juego. Se han permitido protestas, pero casi todas han concluido en golpizas y arrestos a periodistas, además de dispersar a los manifestantes con fuerza bruta o intimidación.

Durante la protesta más larga desde que los talibanes se tomaron el poder, un pequeño grupo de soldados escoltó a un grupo de activistas en pro de la resistencia, que aumentó a varios cientos de personas después de un par de kilómetros. La multitud –conformada en gran parte por mujeres– giró hacia una calle, donde otros militares custodiaban la entrada de una embajada extranjera. Desprevenidos, los talibanes comenzaron a dispersar a fotógrafos y camarógrafos, batiendo en el aire cables eléctricos, fusiles Kalashnikovs y decomisando cámaras. Cuando la marcha avanzó, los combatientes dispararon al aire en un coro ensordecedor.

La propia aceptación de los medios por parte de los talibanes (enviaron artículos de opinión al New York Times y un representante a Doha durante las conversaciones con el gobierno de los EE. UU.), si bien no es más egoísta que la de otros gobiernos, se extiende hasta donde puede beneficiar la causa del grupo, y no aplica para los medios independientes dentro de Afganistán, que amenazan con desafiarlo.

Nematullah Naqdi, un periodista que fue golpeado por los talibanes por cubrir una protesta de estudiantes mujeres.

Las duras medidas de control en las protestas a comienzos de septiembre fueron una de las pocas demostraciones públicas del límite de la tolerancia de los talibanes hacia la oposición. De puertas para adentro, la represión es más focalizada y cruel. Nematullah Naqdi, un periodista del medio afgano Etilaatroz, fue una de las tres personas que neutralizaron y golpearon hasta dejar inconsciente en una vieja estación de policía, por haber cubierto una protesta. Después Naqdi me dice que sus torturadores le dijeron que estaban siendo “misericordiosos”. “Tienes suerte de que no te vayamos a decapitar”.

La aparición de los talibanes está muy relacionada con el abandono de las zonas rurales de Afganistán por parte del anterior gobierno, pero tampoco se aconseja hablar de la nefasta situación económica que la capital ha vivido tras la toma del poder. Con las reservas económicas afganas congeladas por EE. UU. y los organismos monetarios internacionales, la escasez de efectivo y salarios del gobierno sin pagar desde antes de la llegada de los talibanes, miles de personas se han visto obligadas a vender sus pertenencias en la calle, y se les advierte de no aceptar entrevistas o permitir que les tomen fotos.

Días de dolor, rabia y miedo: Manifestantes en contra de Pakistán se toman las calles de Kabul. Sin el apoyo de Pakistán, los talibanes no hubieran tenido el dinero suficiente para financiar una guerra exitosa.

Sin embargo, la obsesión de los talibanes con lo superficial no hace referencia a los estrictos códigos de vestimenta islámicos o a las mujeres que van solas en público, reglas por las cuales el grupo fue conocido la última vez que gobernaron Kabul. Aunque hay un cambio notorio en cuanto a las tradiciones, las mujeres todavía andan sin “guardianes” y sin el burka que las cubría de pies a cabeza, y los hombres continúan afeitándose y vistiendo ropas occidentales. Algunas estudiantes universitarias han caminado con sus rostros descubiertos frente a grupos de talibanes, en un intento de provocación que ellos apenas perciben. E incluso han intentado borrar o cubrir publicidad que muestra a mujeres con maquillaje y peinados de novia en peluquerías, sin que se les haya ordenado.

Los combatientes que asumen el trabajo de policía se han apropiado de los carros y uniformes de sus predecesores de la Policía Nacional de Afganistán. Por otra parte, los motociclistas que tenían calcomanías apoyando al gobierno, las reemplazaron con banderas de los talibanes o la declaración de fe islámica, la Shahadah Kalima. Pero estas demostraciones públicas de lealtad muestran más un intento por conformarse, que una verdadera fe.

El funeral de 10 miembros de una familia, incluyendo a siete niños, masacrados en un impacto estadounidense.

Sin embargo, bajo las apariencias, una depresión se ha apoderado de Kabul. La desesperación en el aeropuerto a finales de agosto fue un indicio de la desconfianza que el pueblo siente hacia los talibanes. Pero aquellos que no habíamos estado bajo su mandato antes, incluyéndome, estábamos encantados con la hospitalidad de los nueves jefes supremos de la ciudad. Al comienzo, los periodistas extranjeros fuimos invitados a almuerzos extraoficiales y nos dieron permisos para seguir trabajando, pero los que los conocían, nos advirtieron: “Después de que hayan constituido su gobierno, perseguirán a sus enemigos uno por uno”, me cuenta un residente de Kabul entre lágrimas, cuya casa fue requisada por los talibanes.

El alivio universal que se sintió al ver que la violencia disminuía tras la victoria de los talibanes duró muy poco, la anhelada seguridad fue usurpada por una amenaza mayor, más urgente y más generalizada a la sobrevivencia: la pobreza. La terrible situación económica de Afganistán es el resultado de tácticas estadounidenses por destruir financieramente a sus enemigos, y no de la ineptitud de los talibanes. Independientemente, según estudios recientes de las Naciones Unidas, sin una intervención internacional masiva, la tasa de pobreza actual del 72 % de la población, que sobrevive con menos de un dólar al día por persona, podría subir al 97 % hacia mediados de 2022. Hasta ahora no hay escasez de comida, pero con los cierres de las fronteras, el costo de los productos está subiendo. Todo esto se suma al aumento del desempleo, la caída del valor de la moneda y los estrictos límites de retiros bancarios por la escasez de efectivo, no solo son familias agricultoras las que están teniendo dificultades, sino también las personas en las grandes ciudades.

Tiempos difíciles: La ayuda para Afganistán –que de por sí ya es uno de los países más pobres en el mundo– ha disminuido desde la victoria de los talibanes, sumergiendo a muchos en una pobreza extrema. Por pura desesperación, decenas han salido a vender sus pertenencias a la calle.

Mientras que pocos residentes estaban acostumbrados a tener electricidad las 24 horas del día, el nuevo gobierno del país, que ya va para su cuarto mes, no ha pagado la factura de la energía a sus vecinos del norte, quienes proveen la mitad de la electricidad de Afganistán. Imaginar a los ciudadanos de Kabul –quienes ya sufren por comida– sumidos en la total oscuridad angustia a más de uno.

Mientras que la violencia que los talibanes ejercieron en 1990 garantizó la sumisión de los afganos, en esta ocasión el uso sistemático de la violencia física ha sido muchísimo más moderado. Por el contrario, una represión siniestra e invisible los acecha a cada momento. Han impedido que los colegios femeninos abran en la mayoría de las provincias, incluyendo Kabul; la asistencia universitaria ha disminuido; los exfuncionarios del gobierno se quedan en casa, pues no se fían de las peticiones de los talibanes de volver a trabajar; y periodistas, jueces y activistas esperan ser evacuados.

Quienes fueron traductores para las fuerzas armadas internacionales, oficiales y miembros de unidades especiales de las antiguas fuerzas de defensa nacional se refugian en casas de amigos y colegas de confianza, bajo la amenaza de una destrucción que garantiza el silencio de todos. Dicen esconderse de enemigos que les prometieron amnistía, porque algunos excompañeros soldados han aparecido muertos. “Cuando llamé a Obaidullah hace poco”, dice un exmiembro de un ejército afgano de élite, “su hermano contestó el teléfono y me contó lo que había pasado”. Según el hermano, Obaidullah fue ejecutado por los talibanes en la provincia de Nangarjar tres días atrás. En octubre, un profesor de universidad que me ayudó con las traducciones para este articuló fue detenido y acusado de espiar para los EE. UU., además de darle una golpiza. Antes de soltarlo, sus secuestradores lo amenazaron: “Dentro de poco te enviaremos al otro mundo”.

Sin representación: Han intentado borrar o cubrir la publicidad con imágenes de mujeres para acomodarse a la dura interpretación de los talibanes del Islam. Las peluquerías en Kabul, que antes vivían llenas, han cambiado su fachada y la mayoría tiene miedo de volver a abrir. Una joven de 17 años, que no ha podido terminar el bachillerato, pasa la mayoría del tiempo en su casa. “Me siento como una prisionera”.

Incluso las víctimas de una violencia no relacionada son vistas por los talibanes como futuros problemas de relaciones públicas. Una familia me mostró la carta que recibieron después de perder a tres miembros de su familia en un atentado del Estado Islámico; les advertían de no hablar con los medios sobre su tragedia. Para el funeral les enviaron a un mullah talibán –inesperado e indeseado– a presidir la ceremonia.

Ya sea por causas financieras, por miedo a las represalias, o por ambas, la situación para los kabulí es desesperante. Un zapatero me dice que cuando entran combatientes talibanes a su tienda, los recibe como héroes, como libertadores. Pero todo es mentira, dice, “Son unos idiotas incultos”.  El dueño de un supermercado me cuenta que ha vendido un 20 % en comparación a lo que vendía unos meses atrás, su inventario está a punto de acabarse; “La situación no es buena”, afirma. Las botellas de licor que recogieron durante los mejores días de la república las están metiendo en fosas sépticas. Una joven de 17 años, que no ha podido terminar el bachillerato, pasa sus días dibujando y pintando en el piso de su habitación. “Me siento como una prisionera en mi casa”.


“Después de que hayan constituido su gobierno, cazarán uno a uno a sus enemigos”, me cuenta un residente de Kabul entre lágrimas, cuya casa fue requisada por los talibanes.


Algunos militares talibanes también están intranquilos, varios me preguntaron si podía ayudarlos a salir del país. En un viaje a la provincia de Vardak, vecina de Kabul hacia el sur, más de un talibán bromea preguntando si puedo hacer que los extranjeros vuelvan a invadir Afganistán. Me dicen que están aburridos, sin la guerra y sin su botín no tienen nada que llevarles a sus familias. Pero “construir un gobierno”, dicen sin mucha convicción, “también hace parte de la guerra santa”.