En el ecosistema del streaming, donde cada reproducción se traduce en dinero, un esquema invisible logró operar durante años sin levantar sospechas. No hubo fans, ni discos, ni siquiera canciones. Pero durante años, el dinero fluyó como si existieran.
Michael Smith, de 54 años y originario de Carolina del Norte, se declaró culpable ante un tribunal federal en Nueva York por conspiración para cometer fraude electrónico, luego de haber construido un esquema que le permitió generar más de 8 millones de dólares en regalías dentro del sistema de streaming, el cual había sido investigado desde hace más de seis años por el Mechanical Licensing Collective (MLC).
Su método combinaba dos elementos clave del presente digital: la generación masiva de música mediante inteligencia artificial y la automatización de escuchas a través de cuentas falsas (mejor conocidos como bots)
Entre 2017 y 2024, Smith utilizó inteligencia artificial para generar cientos de miles de canciones que luego distribuyó en plataformas como Spotify, Apple Music, YouTube Music y Amazon Music bajo títulos generados al azar, tales como “Zygotic Wash” o “Calorie Event”.
Después, mediante VPN´s y redes de bots (cuentas falsas capaces de simular el comportamiento de usuarios reales) y de acuerdo con una investigación de Rolling Stone, operaba 1,040 cuentas, cada una de las cuales reproducía alrededor de 636 de sus canciones generadas por IA al día, poniendo en marcha uno de los fraudes más grandes en la historia de la música.
Al diversificar las escuchas entre múltiples perfiles, el esquema fue asombrosamente lucrativo: logró evadir durante años los sistemas de detección y mantener una reproducción constante, alcanzando hasta 661,440 reproducciones diarias y acumulando miles de millones de streams, con cheques de regalías por más de 1.2 millones de dólares, es decir, unos 21 millones 477 mil 840 pesos mexicanos al año.

Por ello, las autoridades fueron claras al dimensionar el impacto. “Aunque las canciones y los oyentes eran falsos, los millones de dólares eran reales”, señaló el Fiscal del Distrito Sur de Nueva York, Jay Clayton, a través de un comunicado. Ese dinero, subrayó, fue desviado del mismo fondo que remunera a artistas, compositores y titulares de derechos cuyas obras sí son escuchadas por usuarios legítimos, personas reales.
La sentencia, prevista para este verano ante el juez John G. Koeltl, podría alcanzar hasta cinco años de prisión. Además de la devolución de un decomiso de 8,091,843.64 dólares. Su caso, sin embargo, no es poca cosa.
A medida que las herramientas de generación musical se vuelven más accesibles y sofisticadas, el volumen de contenido artificial crece a un ritmo difícil de controlar, poniendo en evidencia lo fácil que es engañar a un sistema diseñado para recompensar la cantidad sobre la calidad.
El caso funciona como una señal de alerta para una industria que, tras sobrevivir a la piratería, se enfrenta ahora a un desafío más difuso y sofisticado: uno en el que la música puede producirse sin músicos y las reproducciones sin oyentes, pero donde el dinero sigue siendo, más que nunca, completamente real.


