FOTOGRAFÍAS POR Sebastián Arpesella

Fito Páez

La entrevista
ROLLING STONE

Por: RICARDO DURÁN

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Semanas antes de que contrajera el COVID-19 y se viera obligado a suspender algunos conciertos en España y Argentina, Rolling Stone habló con el cantautor rosarino. A lo largo de esta conversación, el artista revisa buena parte de su historia en medio de la tragedia, la Guerra de las Malvinas y los inicios de su vida musical. Nos cuenta cuál fue el primer disco que compró y reflexiona sobre el machismo, la paternidad, la edad que tiene actualmente y su espiritualidad, refrescándonos la memoria: “Cuando estén perdidos por ahí, recuerden que hay un faro que se llama Charly García”.

Páez repasa algo de esa vida que —apaleada por la muerte— fue salvada por Pablo Milanés cuando lo invitó a presentarse en Cuba en 1986. Eso fue antes de Ciudad de pobres corazones, un disco que Fito preferiría no haber necesitado. De cualquier modo, esta fue la vida que le correspondió, y que relata en las memorias que empezó y terminó de escribir en plena pandemia.

Vienen los 30 años de El amor después del amor, la autobiografía que publicará en los próximos meses [aún sin título], una serie de Netflix, y su sorprendente trilogía de álbumes (Los años salvajes, Futurología Arlt y The Golden Light); es el momento perfecto para hablar con Fito.

¿Cómo has vivido la pandemia?

De alguna forma te diría que la pasé bien, por mi oficio. Los oficios que me han tocado, que son escribir y hacer música, necesitan silencio, concentración y mucho tiempo. Tuve casi dos años para estar en permanente contacto con la composición de música, con la escritura de un guión de una película o de un libro. Por supuesto, te lo hablo desde la posición de absoluto privilegio. No hay que volver a explicar eso.

A esta altura del partido soy una persona que tiene un departamento, se pega dos duchas al día y come dos veces al día; cada cuatro o cinco días me pegaba una buena zapateada porque tampoco me aguantaba mucho el encierro, entonces me la ponía para poder escapar un poco de la imposibilidad de salir a la calle. Fueron restricciones muy duras los primeros meses, en Argentina por lo menos. Así que yo lo aproveché y lo disfruté. Me quedé en mi casa e hice mi tarea.

Creo que tempranamente entendí que iba para largo y aproveché. “A tu juego te han llamado”, se dice, ¿no? Así que al año ya estábamos grabando en Los Ángeles, por supuesto, con la vacunación, con los protocolos, con la incomodidad que fue vivir en la pandemia, pero digamos que tuve la suerte de estar en un espacio y tiempo en el que pude llevar las cosas adelante con las imposibilidades que ha tenido un montón de gente. Sumado a que a mí también se me murieron familiares y amigos, y no pude asistir a sus velatorios, a sus entierros. Pero eso nos tocó a todos en todo el mundo, creo. Así que esa fue la manera, más o menos.

¿De alguna forma impactó tus estados de ánimo? ¿Cómo manejaste el aspecto emocional?

Sí, sobre todo creo que lo más fuerte fue haber escrito la autobiografía hasta los 30 años. Yo te diría que ahí estuvo la mayor vertiginosidad emocional, porque estás metido en tu vida, intentando contarla. Siempre ficcionando en cierto sentido, porque nadie va a pensar que va a ser un documental de su propia vida, y divirtiéndome también. Están las muertes de tus padres, tu infancia, tu madre, el asesinato de mis abuelas, los Luna Park, Fabi Cantilo, los excesos, el ingreso a la vida sexual, la vida política. O sea, estaba todo mezclado, y eso era una montaña rusa.

Claro, pero era una montaña rusa resultante de tu decisión de escribir el libro, no necesariamente del encierro. Tal vez escribir el libro es resultado del encierro, pero ¿el encierro, de otras formas, afectó a tu estado anímico?

No, por lo que te decía en la primera pregunta. Casualmente, escribir o hacer música me estimula permanentemente y me saca, de alguna forma, de lo que podría ser el tedio, la depresión y la angustia. Nuestra actividad se trata básicamente de drenar energía y ponerla en funcionamiento. Inventar mundos de alguna manera, que pueden ser algunos más vacuos, algunos que le pueden interesar a más o menos personas, incluso pueden no interesarte a ti. Pueden ser momentos de solo ejercicio muscular, espiritual.

Entonces no, a mí la acción me entretiene, te diría. Estoy en acción, llego en la noche cansado, entonces ¡pum! Me quiero ir a dormir. Al otro día, me levanto con el deseo de retomar la tarea del día anterior; eso te da una especie de perseguimiento, de mecanismo, en el cual estás permanentemente activo y estimulado. Así que no, diría que la montaña rusa aquí tuvo que ver efectivamente con la escritura.

Los efectos del encierro, es difícil que alguien pueda determinarlos. Porque la vida patibularia es muy diferente a la vida que puede tener la gente ligada a la clase media, con poder adquisitivo, o clase media-alta. Se mueven otros cánones. Te puede angustiar que estás encerrado, pero tienes tu comida, tu ducha; tenés las cosas básicas que necesitas para vivir. Después, está el poder de resiliencia, y cada uno lo pone en funcionamiento de acuerdo a su espíritu, más allá de las clases sociales y las posibilidades que tenga.

Yo recuerdo muchas situaciones de mi adolescencia, de mi juventud, viviendo en situaciones extremas, sobreviviendo también, con alegría. “Esto es lo que hay, hay que sobrevivir con esto”. En ese sentido, me acuerdo de una frase de Charly García que decía, “Todos dicen que yo estoy loco, ¿no? Pero cuando vienen los problemas de verdad, todos se asustan y yo no”. Porque para mí esto es lo habitual, y yo me siento muy identificado con ese concepto de García.

Uno vive un poco en un caos permanente, con una especie de agnosticismo permanente y escepticismo permanente. Entonces, cuando llegan los problemas, digo, “No, es uno más, bienvenido al club”. Si hablamos de muertes, la cosa se pone más espesa, o si hablamos de estar en medio de una guerra. Ahí las cosas adquieren otro carácter donde la violencia puede irrumpir en tu vida de una manera inesperada, salvaje, trágica. Pero en todo caso, los artistas tenemos entrenamiento, digamos, para estar en medio de situaciones de quilombo con cierta gracia; hasta con una predisposición hacia una situación incómoda.

¿Qué opinión te has formado frente a todas esas teorías de conspiración que han surgido alrededor del coronavirus o las vacunas?

¡Ah! Me parecen excelentes todas; me recuerdan los libros de Graham Greene, me recuerdan las novelas de la Guerra Fría, me recuerdan a algunos libros de Philip Dick. Me encantan, todo es motivo para la literatura, para escribir, para jugar. Creo que para las mentes ávidas de este tipo de cosas, es un tiempo inmejorable. Todas las posibilidades que surgen son inacabables, entonces a mí me divierte muchísimo todo esto en un sentido.

Sabemos que ninguno de nosotros va a tener acceso a la real fuente de verdad sobre los hechos y las tragedias acontecidas en los últimos años; me da la sensación de que ponerse a jugar es lo mejor, ¿no? No dar crédito a ninguna campana porque todas hacen sonar intereses que están en otros lugares y no está bueno hacerse enemigos que no estén a la altura del conflicto, como dice la frase de la canción; por el momento me suena entretenido todo eso.

Fotografías por Sebastián Arpesella

No para tomarlas en serio, ni mucho menos, ¿no? No tomar tan serio ni un lado, ni el otro.

Me parece que hay millones de lados. Creo que la realidad, en el sentido más fáctico de la palabra, está muy lejos de todos nuestros balbuceos teóricos. El mal, o los negocios, o todas las posibilidades que se están hablando, están a mucha distancia de nuestras imaginaciones. Seguramente todo debe ser muchísimo peor de lo que imaginamos, o posiblemente, y eso es lo lindo de este momento, mucho más ridículo. La teoría de Soderberg, con la caca del murciélago, que se la come el chancho, va a un restaurante y ¡pum! [Risas]

Más producto del azar que de un villano de Batman.

Todo puede ser, por eso es que por el momento me divierto, y no me enrosco en ninguna escuela teórica sobre qué es lo que hay que hacer o no hay que hacer. Simplemente tomo las decisiones a la velocidad que puedo, mientras crío a mis hijos e intento llevar mi vida adelante.

¿De qué forma la pandemia pudo haber sido disparador o catalizador para la trilogía de Los años salvajes, Futurología Arlt, y The Golden Light?

Absolutamente, era el mapa, la topografía que necesitaba para poder sacarme y expresar todo eso. Me da la sensación de que son tres personas distintas, tres cosas totalmente diferentes. Me gusta muchísimo la manera en que la música te permite jugar con ella, involucrarte en diferentes lenguajes, diferentes moods, diferentes sonidos, realmente jugar, estudiar, aprender y estimularse con esto y lo otro, la felicidad de reconocerse también dentro del territorio de la música.

Yo escucho las cosas cuando prendo un poco lo que suena por aquí y por allá, escucho la música popular contemporánea muy pasteurizada. Vos escuchás en los 60 a los Beatles y no eran igual a los Byrds o a los Stones; no eran igual a los Faces, o a Cream, o a Hendrix. Todo tenía algo diferente, todo tenía un color, una manera, una forma, un fraseo. Lamentablemente hay una pobreza importantísima en la música popular mundial en este momento. Entonces me da mucha felicidad poder plasmar tantos elementos en una trilogía tan variada.

Te permite explorar, desarrollar o presentar tres personajes, tres Fitos…

Sí, obviamente hay uno haciendo las tres cosas, pero a veces te pasa que cuando estás a la velocidad del mundo y de la vida moderna —“Estoy con este disco, lo presento, salgo de gira, ¡pum!”—, empezás a balbucear otras, pero no llegas a desarrollarlas.

Ahora, estando un año largo encerrado, me pude sentar con detalle. Vamos con la orquesta aquí, pero vamos en serio, vamos a construir, vamos a hacer andar toda la máquina. Después vamos a hacer un disco con una banda de rock, a ver cómo suena tocando todos en vivo, otra manera totalmente diferente. Y después, dentro de eso hay como un epílogo muy hermoso, a mí me gustó mucho hacerlo. Fue casi un gesto intuitivo que tuve cuando terminamos los dos discos [Los años salvajes y Futurología Arlt]; The Golden Light fue una cosa que salió durante la acción de los otros dos, y que me obligaba a una cosa chiquita e introspectiva. Muy íntima, de un gran laconismo.

Apareció mi papá, el patio de mi casa en Rosario, mi mamá, mis primos, un poco del crecimiento en los años 70 y 80, esa pizzería donde iba con mi viejo… Y no todo en los textos, tiene tres instrumentales también. Apareció algo muy complejo de definir, algo muy íntimo, muy interior, y que en la desnudez franciscana del piano aparece con mucha claridad. Es un piano y una voz, y alguna cosita, un invitado acá, un invitado allá, y nada más. Así que una misma persona hizo todo eso, y me la pasé muy bien haciéndolo.

Cuando se oye por primera vez Futurología Arlt, se sienten dos cosas: un poco ese espíritu tanguero, y por otro lado, algo muy cinematográfico, ¿estoy muy equivocado ahí?

¡No! Por supuesto que no. Lo cinematográfico me lo dijo mi amigo Sebastián de Caro porque él es un cineasta y actor, y es cinéfilo. Me decía que ahí él veía películas, y le digo, “No, boludo, no es una película, es música”. Me parece que es una traslación que te generó imágenes, y ese es un ejercicio olvidado que la música genera naturalmente. Es como una droga olvidada, diría, lo que despierta la escucha de música sin imágenes.

Creo que en ese sentido el álbum sí tiene esa posibilidad de generar alegorías íntimas y personales en cada oyente. Y lo del tango, sí, porque de alguna forma era inevitable pasar por el libro [Los siete locos, de Roberto Arlt], que se publica en 1929, y es en sí mismo un compendio de exotismo y modernidades que en Argentina nunca han dejado de existir.

Futurología Arlt también da cuenta de que Roberto Arlt, en ese edificio literario, majestuoso, advierte todo lo que va a venir en Argentina, y advierte ciertas cosas de la tecnología, incluso, mucho tiempo antes de que sucedan. De alguna forma, en la primera suite, que es el segundo tema, sobre el final están fusionados Piazzola y Aníbal Troilo. Troilo con la fuga de ‘Quejas de bandoneón’, que está citada con la forma de semifusas, y Astor con la melodía base, moderna, y un poco robada, del swing tanguero.

Entonces, ahí se mezclan tradición y modernidad, pero pasan cosas de otros géneros también. En el disco está ‘Hipólita baila en “La Caverna”’, que es una especie de pieza de Stravinsky con aires tangueros, tocada por saxos, con swing hip hop. Entonces, el disco juega mucho con los elementos que te da el propio texto, y los pongo a jugar con elementos delirantes. Aunque el tango, y en parte la herencia moderna, está muy presente en gran parte de la obra.


¡Unos pollos me cambiaron la vida!


Cuando la industria de la música se concentra en sencillos, en canciones que van a durar un mes, tú presentas una trilogía con estas características, ¿qué tanto hay ahí de declaración de principios? ¿Hasta qué punto se trata de un acto de resistencia consciente ante esa avalancha que nos propone la industria?

Te diría que ninguno. No hay ningún ánimo polemista, ni declaración de principios. Como hubiera dicho Marx, “Mire, tengo estos principios, si no le gustan, tengo otros” [Risas]. No, es simplemente cómo soy yo.

El mundo va adelante siempre, y a veces quedan unos formatos medio “dinosáuricos”, el mío puede ser uno de ellos. Pero lo que me sucedió, la experiencia, es toda la diversión que encontré al jugar con tantas cosas diferentes, te diría que fue el territorio más misterioso porque no sabía en dónde iba a terminar; fue una aventura escribir la trilogía, muy estimulante.

Por supuesto, yo no escucho las voces de ningún burócrata de la industria desde tiempos inmemoriales, nunca las escuché, entonces no es nada nuevo, ni una declaración de principios. Deben estar en Sony, y en todas las empresas que trabajan conmigo, agarrándose la cabeza diciendo, “Muchachos, este hombre ya está, ya pasó de moda, hay que mandarlo a la cama o a la casa”.

Es lo que te iba a preguntar, justamente, ¿qué cara pone Sony cuando sales con esto?

Supongo que se quedarán un poco extrañados, no les gustará nada, tampoco se animan a decírmelo. En este negocio prefiero que me teman a que me quieran [Risas].

Estuve revisando otro libro tuyo, Diario de viaje, y hay una parte donde hablas de la gente de carácter, y dices que al mundo le gusta emparejar por abajo y a ti no, y que por eso no caes bien en muchos ámbitos.

Exacto. Es así, hay que generarse ecosistemas para sobrevivir y para poder cumplir tus deseos. Tengo que decir que he tenido mucha suerte, porque la vida de todos es un poco suerte y voluntad; yo he tenido mucha voluntad, mucho deseo y muchísima suerte. Y a la vez he sido cauto al revés: “Ojo, que si no hacés lo que vos querés, te van a terminar metiendo en un nicho rápidamente”. He sido muy precavido en jamás perder de vista mi deseo, incluso en las situaciones más adversas.

Creo que eso es lo que conforma al final una psique, una obra, una voluntad, una manera de estar en el mundo, y son pequeñas micro ecologías. Se hace un álbum como El amor después del amor, con muchísima producción, con giras monumentales, y eso después desaparece. Si pensaste que eso iba a ser toda tu vida, gran error. Sobre todo porque estás aventurando todo el tiempo, estudiando, investigando en el terreno musical.

Yo no hago esto para el negocio, nunca lo hice, y no tengo por qué hacerlo ahora. Para mantener vivo mi deseo tengo que ser firme; yo voy con la verdad a cualquier reunión: “Muchachos, yo quiero hacer esto. ¿Quieren entrar o no quieren entrar? ¿No lo van a pagar? No importa, yo me arreglo por otro lado”.

Entonces, volviendo al tema, lo que era imperial con 200 mil pantallas, con 200 mil faroles, eso después pasa y se reduce a un piano, una pantalla negra, y se terminó. Y se puede hacer igual. Eso es lo que admiro de Pablo Milanés, de Chico Buarque, de Charly García, de Spinetta, de Armando Manzanero, de John Lennon, de Joni Mitchell, de Prince, de Hugo Fattoruso o Litto Nebbia; son personas que están en su camino, es inevitable. Uno no trabaja para la comodidad de los demás, ni siquiera para la de uno.

La experiencia artística siempre conlleva caprichos y cosas muy personales.

Fotografías por Sebastián Arpesella

Hay una ecuación, un axioma muy horrible que es, “Lo sencillo es bueno y lo complejo es malo”. Eso está a muchísima distancia de donde yo vivo; las cosas pueden ser de la manera que vos quieras. A veces hay contacto con el espectador o con el oyente, y a veces no; cuando no hay contacto, no siempre quiere decir que vos estás fallando.

Muchas veces, aventurada o apresuradamente, cuando existía la crítica de música, se te acusaba de alejarte de la gente o de no haber estado preciso en la invención de la canción, como si fuera una especie de producto para la cocina, o para usar mientras haces otras cosas, en un sentido decorativo. Yo no hago música decorativa, nunca la hice, y para escucharme a mí, lamentablemente tenés que sentarte, parar tu vida y ver qué estoy haciendo. Creo que es lo que nos toca a todos nosotros.

El arte de confort o las expresiones amables terminan siempre aburriéndome, y no me siento cerca. Para que me guste, me tiene que impactar, me tiene que shockear; me tiene que sacar un poco de lo ya conocido, no sé cómo funcionan los demás.

Quiero que me hables sobre la perspectiva que tienes ante la actualidad de la industria musical, ¿cómo es tu relación con las plataformas, Spotify, TikTok, etc.? ¿Cómo te sientes con todo eso? ¿Qué te hace pensar?

Yo creo que el mundo va cambiando permanentemente; aparecen nuevos mecanismos, nuevos sistemas, y el negocio en sí mismo es una máquina voraz de comer dinero.

Cuando sucede lo de la posrevolución tecnológica o lo de la democratización tecnológica, post Silicon Valley, las cosas se van de las manos, entonces hoy tenés a la gente muy concentrada en el teléfono, a los jóvenes muy puestos en la pantalla; enciende el déficit de atención y apaga la imaginación. De alguna forma también perdés contacto con lo táctil, con lo real; todo es a través de la pantalla, ya no hay máquina de escribir, ni Birome, y me incluyo en la lista de atrocidades. Al mismo tiempo están los cuerpos, la distancia, el mal uso del lenguaje en las redes, lo que significan ciertas cosas, aparecen sistemas de cancelación. Todas son cosas nuevas y no solo en la industria musical o el cine.

Al cine también le afecta porque está desapareciendo, en el sentido de la sala, la tradición, y ahora está Marvel. Se va moviendo el mundo, sí. Va desapareciendo cierta magia, cierto misterio de la existencia, de la diversión, de la afectividad. Yo no condeno nada, solo digo que a mí eso me interesa muy poco. Lo mío es clásico, es el polvo, el beso, la mirada, el abrazo y la música sonando en directo. He probado un montón de cosas, no es que me cueste mucho relacionarme, si me pides un video para Instagram lo hago, y entiendo que eso le gusta a mucha gente, y no me trae inconvenientes eso. Mi tarea es dedicarme en silencio a escribir, a hacer la música y después salir al escenario y hacer las monerías y las payasadas que hago. Me parece que no hay que ser prejuicioso.

“Hay lugar para todos”, decía una amiga mía, actriz, hace unos años; pareciera que no, que no hay lugar para todos, en realidad. Pareciera que solo hay lugar para la banalización del lenguaje musical, que Charly resume de una manera brillante: “La música es armonía, melodía y ritmo. Me faltan dos elementos”, [Risas]. Para no contar que en la canción también está la poética y el ingenio, dos elementos que no parecieran conocer las nuevas celebridades populares. Entonces, me da la sensación que es un momento de cambio, y tengo mucho respeto por las personas que llevan adelante su voluntad y el amor con el que lo hacen. Muchísimo amor para ellxs, con x, poné.

¿Has coleccionado discos? ¿Escuchas música en formatos físicos? ¿Cómo te relacionas con eso?

Me costó mucho, ¿sabes? Yo creo que ahora, pensándolo, con el paso del tiempo, como desaparece eso sobre fines de los 80 y aparece el modelo del CD, también hay que decir que la industria genera su propia bomba para hacer más dinero. Y sin pensarlo, porque necesitan ganar más dinero más rápido, desaparecen el vinilo. Ahora desaparecen el CD, y ya no sé qué más van a desaparecer para ir más rápido, y para estar más alejados de la música. Pareciera una carrera para alejarse de la música, en realidad: “Cuanto menos contacto con la música tengamos, mejor, y cuanto más dinero hagamos, por supuesto, muchísimo mejor”.


“Todo tenía algo diferente, todo tenía un color, una manera, una forma, un fraseo. Lamentablemente hay una pobreza importantísima en la música popular mundial en este momento”.


En el último tiempo se ha vuelto noticia recurrente que Dylan vende su catálogo por tantos millones de dólares, Springsteen vende su catálogo, Sting, Neil Young… Parece que hay algo ahí que nos falta entender, ¿qué planes crees que tengan las multinacionales al invertir tanto dinero en esos catálogos? ¿Qué van a hacer con eso a futuro?

Es un poco lo que nos pasa con el COVID, la materia del mal y del dinero no la conocemos; eso lo deben estar craneando unos brokers junto con las compañías. Seguramente la tarea de ellos es acumular potencial para hacer valer sus compañías y en un futuro venderlas, más caras.

El negocio siempre ha sido leonino con las multis, entonces tampoco es un tema nuevo; te van a dar un espejito y les vas a dar un territorio, o van a arrasar con tu territorio. Me parece que hay que pensarlo un poco en términos bélicos, y en términos de conveniencia también. No lo sé, habría que estar allí, sentado en una mesa con esta gente y ver qué proponen, ver si eso le conviene a mi familia o no [Risas].

Creo que la verdadera independencia siempre está en escribir con libertad, estudiar en libertad, expresarse en libertad, y después hacer con eso lo que vos quieras.

Creo que la libertad consiste en que la música, o las palabras, o el cine, te lleven a experimentar esa libertad; como decía la frase, “La primera libertad es la libertad económica”, puede que eso funcione para los estados, no sé qué tanto para los seres humanos en ese sentido. Creo mucho en que vos estés suelto, sin ataduras. Cuantas menos ataduras tengas para cantar y expresarte, o estudiar y tocar, o escribir, o filmar, o esculpir, o pintar, lo que sea, es mejor. Siempre va a haber algo más noble, vas a emocionar, seguramente.

Ahora están con los algoritmos, y son materias que yo no manejo, estoy lejos de todo eso. Yo recuriría a 2001,  la novela de Clarke y la película de Kubrick; cuando el mono se da cuenta, después de tocar el monolito, que el hueso le sirve como un arma, caga a palos a los otros monos y se queda con el lago. Cuando el mono tira el hueso al espacio, por corte directo ese hueso se transforma en una nave espacial con la bandera norteamericana que está yendo a ocupar o a investigar un planeta. Me parece que Kubrick ahí lo cuenta muy bien, y todo lo demás es medio cháchara, con esa metáfora resume muy bien lo que es la condición humana.

Hace poco anunciaste la serie en Netflix sobre tu vida, estás por lanzar tu autobiografía en este mismo año; empecé a leer el libro, y lo abres describiendo las visitas a la tumba de tu madre, ¿cómo enfrentaste tus demonios al hablar sobre todo eso?

Esa secuencia, cuando voy con mi padre a visitar la tumba de mi madre, fue lo primero que escribí cuando me senté en esos días de encierro en Buenos Aires. Después hice varios comienzos, y Martín Rodríguez  fue muy filoso y dijo, “Ese es el comienzo del libro”. Ahí ya te muestra algo central, el vínculo con mi madre muerta, que va a definir mi vida y que al día de hoy es todo.

Me parece que es una manera de decir, “Che, mi vieja está muerta, entonces todo lo que va a suceder es a partir de acá”. Es una buena presentación, me parece, para no tener que hacer una especie de relato… “¡Ah! Mirá, y ahora se le murió la mamá”. No, la mamá ya está muerta, y sí hay un desarrollo previo, pero este pibe que está gritando y cantando como loco en los escenarios, si bajas el volumen, vas a oír que posiblemente está gritando, “¡Mamá!”. Un grito desesperado, de eso se trata todo [Risas].

¿Cómo crees que la muerte ha incidido en tu carácter?

No lo sé de una manera clara; sé que son situaciones que te afectan muchísimo, de muchísimas maneras; tanto en el dolor, la angustia, en la experiencia de atravesar esas instancias, como en el caso de mis abuelas —como víctima secundaria de una tragedia— porque las que vivieron la tragedia fueron ellas con esa muerte atroz, y Fermina, que trabajaba en la casa y estaba embarazada.

Por otro lado, también eso termina estimulando una obra como Ciudad de pobres corazones, específicamente en esa coyuntura. Por eso te decía, tu madre muerta, las tragedias, tu padre muerto, a los 26 años ya estás a la deriva, sin nadie en tu vida, eso es algo que te va a marcar a fuego. La muerte está presente desde los ocho meses de mi vida, cuando fallece mi madre. Eso, quieras o no, el cuerpo lo registra. En La puta diabla hay unas páginas, o una página, donde narra el punto de vista de lo que siente el bebé cuando la madre se empieza a alejar, ese olor y esos aromas, cuando empieza a ver, ¡pum! La madre ya no está más, ese cuerpito que no sabe qué le pasa, por qué eso, qué es lo más importante para él, ya no está más.

Supongo que ahí hay algo que va a quedarse en el tiempo, que está sedimentado, y va a avanzar bajo la forma de un montón de problemáticas que en general desconocemos, y vamos investigando, haciendo análisis, viviendo solamente, o expresándonos a través de lo que coño sea; escribiendo, cantando, haciendo música, pintando, eso siempre es liberador.

Si hay algo demoníaco, o siniestro, o macabro, en la muerte, que definitivamente lo hay, lo vas drenando de alguna forma. Eso no se te va nunca más, esa sensación de vacío, de sin sentido. Pero a la vez, eso va generando expresión, y esa expresión te hace la vida más liviana, de alguna forma. Te ecualiza un poco.

Vos gritás y dices, “¡AHH! Estoy desesperado”, si no gritás, ¡pum!, te pueden pasar un montón de cosas horribles también. Esto sin descartar la posibilidad de un accidente que pueda mandarte del otro lado. Creo que nadie sabe exactamente cómo te afecta eso. Nadie puede definir la cantidad de dimensiones de las posibles afecciones al estar tocado por la muerte desde tan temprana edad.

Nada más: The Golden Light, la parte final de la trilogía, tiene como protagonistas al piano y la voz. Aunque Fito no vea estos tres álbumes como una declaración de principios, sí representan un ejemplo que muchos deberían tomar en cuenta.
Fotografías por Sebastián Arpesella

Cuando grabaste Ciudad de pobres corazones, Argentina llevaba unos cuatro años en democracia, ¿cuáles son los recuerdos más presentes que conservas de la dictadura?

El miedo, te diría. Se tenía miedo porque había balaceras y nos metían presos; yo tenía 14 o 15 años, nos detenían en la calle, nos infundían el terror. La policía, los militares, te perseguían con cachiporras, te cagaban a palos, te metían preso… Por supuesto, mi padre estaba muy alarmado, mi familia muy alarmada de que yo anduviera en la calle. Pero yo era bastante salvaje, y me escapaba. No tenía permitido salir a la calle. Sin embargo, con mis amigos de secundaria íbamos a escuchar música, a Yes, a Génesis, o a Steely Dan más adelante, y hacíamos nuestras saliditas ingenuas. Pero cuando volvíamos a casa de madrugada, era el terror.

Nosotros no estábamos involucrados en la vida política, éramos muy chiquitos, pero los diarios se encargaban de comunicarte que habían desaparecido un montón de personas, o que las habían matado. Después, los años nos dieron la mirada implacable del terrorismo de Estado. Me parece que, si bien sobrevivientes menores, hemos sido sobrevivientes de una época muy horrible en Argentina, donde han muerto muchas personas, donde se llevó a cabo una masacre, un genocidio. Tengo el recuerdo del miedo y del terror. Fue tarea de muchos años pelearle al miedo y luchar contra él, no te digo que hasta desaparecerlo totalmente, pero sí darle una pelea brutal en favor de la libertad.

En abril de 2021, en Colombia tuvimos este estallido social que duró varios meses, y cuando todo empezó, escribiste en tus redes lo siguiente: “Señor presidente Duque Márquez, las armas y la violencia estatal no invitan al diálogo. Cada bala disparada por su gobierno, cada muerte, cada desaparición enciende la indignación y el rechazo de su pueblo. Esos son fuegos legítimos. No se jode con eso, sr. presidente”.

Exacto. Muy sencillo, no merece ninguna explicación la frase, está todo dicho ahí. Está la gente picante, vos estás haciendo esto y te van a tirar todo a la mierda. Entonces, ojo, porque aparte está el mundo observando. Ya no es como antes.

Ya los golpes no son militares, ni con armas, por eso también era muy anacrónico ver eso allí. Pero en todos los barrios suceden cosas de ese tipo todos los días, aquí, y en cualquier lugar del mundo. Y no hay redes que alcancen para denunciar, ni para manifestar la cantidad de atrocidades que suceden todos los días en el mundo.

Entonces, nada, muchachos, alguna vez trabajen para la gente, por el sentido de la política, que es la búsqueda del bienestar común. Alguna vez van a tener que hacerlo, ¿no? O posiblemente, como dice mi parte más escéptica, no lo van a hacer nunca porque no es la tarea para la que han sido convocados. La vida política no pudo, hasta el día de hoy, demostrar que haya avanzado en algo beneficioso para la mayoría. Si se sienten observados y auscultados por la sociedad, están en el lugar correcto.

Por supuesto, hay excepciones, como en todo. Pero de alguna forma, yo quisiera alguna clase política que tenga la efectividad de Lennon, de Charly García, de Chico Buarque, de Van Gogh, que pudieran hacer esa tarea como mis colegas han hecho la suya, con excelencia.

En esa época del estallido social hubo una canción tuya que recordé mucho, y era ‘La ciudad liberada’, cuando hablas de querer vivir en una ciudad liberada, donde a los chicos no le metan más balas…

Sí. Por favor, son pibes, déjense de joder. A los chicos hay que darle amor y chocolates, no balas.

Y educación.

En este año, El amor después del amor cumple 30 años, ¿qué representó ese disco para ti?

Fue un momento muy hermoso, en el cierre de la biografía hay una larga parrafada sobre el concierto en Vélez Sarsfield, y si querés saber qué me pasó, ahí está muy bien contado.

En términos reales, apareció André Midani, el gran productor y miembro de la industria; el último mohicano, romántico y artístico de la industria discográfica sudamericana, si bien él manejó Atlantic en Estados Unidos durante varios años. Él quería hacer algo, veía que los jóvenes estaban haciendo cosas (los no tan jóvenes, también), y crea la WEA Latina, y me convoca para ese proyecto dentro de Warner.

Él era un hombre muy inteligente, muy astuto, muy audaz, y un amor de persona. De hecho, terminamos siendo grandes amigos, lamenté mucho su muerte hace unos años en Río de Janeiro, y tuve la suerte de despedirme un tiempo antes de él.

Es un hombre que se escapa con su madre en la Segunda Guerra, de origen sirio libanés; estaban en Francia, se escapan y llegan a Brasil. En Brasil creó la MPB [música popular brasileña], en todo caso, era un titán de las artes y del negocio. Ese hombre, de quien yo aún no sabía nada, me cita en un bar al lado de Luna Park y me dice, “¿Qué hacés vos?”. Me empieza como a investigar, y yo le hablo mamarrachos, como hoy, y fui con mi verdad. “¿Qué necesitás?”, me pregunta. Y le digo, “Me gustaría tener tiempo para componer tranquilo, ensayar antes grabar, poder grabar cuerdas, metales…”, cosas que yo había estado investigando en Tercer mundo. “Ok, me caes bien”, me dijo.

En ese momento, la conexión era ‘Chacho’ Ruíz, que era el presidente de Warner Argentina, él estaba en esa reunión. Y después de tomar un whisky, o algo así, cada uno de ellos se fue a su hotel. Checho a su casa y yo a mi departamentito en Caballito, un barrio del centro de Buenos Aires. Al poco tiempo me llega una llamada, me llama Chacho, y dice, “Me acaba de llamar André, pídela libre, no hay límite de presupuesto”.

Se ve que escuchó alguno de mis discos, le caí bien en esa charla, y entonces sucede esto: me encierro un mes o 20 días en una casita en la playa a componer el álbum del cual ya tenía varias pistas, entre ellas ‘Un vestido y un amor’, ‘El amor después del amor’, ahí aparece ‘La Verónica’, ‘Dos días en la vida’, también tenía ‘Balada de Donna Helena’, en ese lugar aparece ‘A rodar mi vida’, ‘Sacha, Sissí, y el círculo de baba’, en composición automática muchas de ellas, que es como más me gusta hacer la música, improvisando. Y empieza a cobrar cuerpo.


“Señor presidente Duque Márquez, las armas y la violencia estatal no invitan al diálogo. Cada bala disparada por su gobierno, cada muerte, cada desaparición enciende la indignación y el rechazo de su pueblo. Esos son fuegos legítimos. No se jode con eso, Sr. presidente”.


Después tengo 10 días de jornada de ensayo con una banda en un estudio que se llamaba La Escuelita, que era un lugar muy chiquito; había caído Carlos Narea, que fue el productor que puso Warner para administrar el dinero con Nigel Walker, que fue un titán artístico dentro de la grabación. De ahí fuimos a Estudios ION de la ciudad de Buenos Aires en el barrio de Once, y se grabó el álbum con muchas tomas en vivo.

Vino Charly, terminamos de componer ‘La rueda mágica’, el Chango Farías Gómez para tocar la percusión de ‘Detrás del muro de los lamentos’, Ulises Butrón [guitarra], Guille Vadalá [bajo], Daniel Colombres [batería]… Carlos Villavicencio estaba trabajando los arreglos de metales y cuerdas. Finalmente nos vamos a España, ahí grabamos las voces en el estudio Cine Arte; ahí llega Mercedes Sosa, que justo pasaba por Madrid, entonces entró en el clima mágico que tuvo el álbum.

Vino Claudia Puyó desde Londres a cantar sus partes, participaron Fabi [Cantilo] y Celeste Carballo en Buenos Aires, haciendo ‘Dos días en la vida’, los personajes de Thelma & Louise; cantó Andrés Calamaro, la parte que él hace en ‘La rueda mágica’, y terminamos en un coro los tres con Charly. Vino Ariel Rot a tocar el solo de guitarra de ‘Rodar mi vida’. Después de ahí nos fuimos a Londres, y ahí grabamos las cuerdas, los metales, y Chucho Merchán metió el contrabajo en ‘Detrás del muro de los lamentos’, y quedó todo terminado.

Grabamos en los estudios de Abbey Road la versión de ‘Un vestido y un amor’ con la orquesta de cámara de 16, y yo tocando el piano en el medio. Los ingleses me felicitaban; yo decía, “Muchachos, es la primera vez que yo toco con una orquesta, no lo puedo creer”, y los tipos se reían.

Se mezcló en el Air Studio que tenía George Martin en la calle Oxford, de quien Nigel Walker había sido asistente muchos años. Se masterizó una mañana, me acuerdo, y un día estaba terminado y cuando escuchamos eso nos agarró una emoción muy fuerte. Estaba con Cecilia Roth en esos años, que fue la musa del álbum, junto con Fabi Cantilo, y fue todo un momento extraordinario.

Tuve mucho tiempo para desarrollarlo, lo hice con alegría, pasó de todo, fue una experiencia inolvidable. Después, por otro lado, está la palmada que me da parte de mi tribu en Argentina, que me dice, “Bueno, muchacho, usted la peleó, usted siga haciendo esto, usted se merece un premio” [Risas]. Y así sucedió todo lo que sucedió después. Así que fue muy importante.

Después de eso nada volvió a ser igual, supongo.

Por primera vez pude grabar, componer y ensayar en las condiciones ideales, ¿entendés? Yo ya sabía, había productores, nunca me había manejado en una cancha grande, sabía cómo se jugaba, pero no había tenido el presupuesto para hacerlo. Así que todo se cumplió de una manera muy gratificante, fue una experiencia hermosa e inolvidable.

Nada vuelve a ser igual después de cada día, pero en aquel momento, toda esa experiencia para un pibe que había estado cagado a palos por la vida, con un amor en su vida curador, sanador, y con la posibilidad de realizar un álbum de esa envergadura, la verdad es que fue un cambio importantísimo. Fue vital, como también lo fue a finales de los años 80, el viaje a Cuba otro episodio que cuento con mucho detalle en la bio.

El amor después del amor es el álbum de rock más vendido de la historia en Argentina. Y antes el más vendido era Rockas Vivas, de Miguel Mateos, cuando al resto de América Latina empieza a llegar toda esa música post dictadura argentina.

Ahí sucede algo, hay que contar la previa un poquito; que sean los dos álbumes un suceso de ventas y que eso se expanda hacia afuera de Argentina es muy importante, por supuesto, porque es gente que viene de los márgenes haciendo una música que no era habitualmente comercial y se impone popularmente una estética diferente. Pero eso tiene una previa desde los años 60, cuando arranca Litto Nebbia, Moris, Manal, Almendra, la obra de Spinetta, solista o con Invisible, la obra de Charly y de infinidad de artistas, Miguel Abuelo, Los Abuelos de la Nada, La Cofradía de la Luz Solar, es una lista infinita.

Entonces eso arriba a un momento que es Modern Clics, que es después de Yendo de la cama al living; lo saca Charly a finales del 83 y ese es el disco que cambia todo. A lo mejor no fue el que más vendió, pero es el álbum que yo te invitaría a escuchar, y que te pongas en la piel de alguien en esos años, inmediatamente terminada la dictadura. El álbum llega con la democracia en esos días, y por esos días son los primeros conciertos de Modern Clics.

Fotografías por Sebastián Arpesella

Ahí yo creo que se funda una estética, una manera, una tradición modernista. Pero Argentina vuelve a decir —como en la literatura con Borges, Bioy Casares, Roberto Arlt, o con Xul Solar en la pintura, o como Piazzolla o como Gardel en la música— “Che, esta tradición está viva, y es una invención que no hay en ningún lugar del mundo”. Luis Alberto Spinetta estaba haciendo discos como Madre en años luz o Privé, y Litto seguía produciendo discos hermosos como Llegamos de los barcos con Los Músicos del Centro, en fin.

Pero García ahí dice, “Ok, acá está la tradición argentina de vuelta”, y eso nos empuja a todos hacia otras aventuras; yo creo que Modern Clics es una de las obras más importantes, no solo de la música argentina, sino de la música mundial. Se puede escuchar con la misma curiosidad que escuchás Revolver de los Beatles o El álbum blanco, o como escuchás Magic Time de Opa, de los Fattoruso y Rubén Rada. Es un disco bisagra, es todo un antes y después de eso, en la semana del 10 de diciembre, cuando Alfonsín vuelve a poner la democracia en funcionamiento en Argentina.

Rusia acaba de invadir a Ucrania, parece que vendrá un conflicto largo y complicado; seguramente la guerra que has tenido más cerca ha sido la de las Malvinas, ¿qué recuerdos tienes de eso, y qué huellas dejó en ti?

Sobretodo en las familias, en los chicos que murieron y fueron masacrados en el intento de supervivencia de lo que fue el último periodo del gobierno militar que termina en diciembre del 83. El acto de declaración de guerra a Inglaterra fue lo que precipitó la caída del triunvirato de la junta militar. Todavía recuerdo el discurso de Galtieri con una plaza ovacionándolo, la Plaza de Mayo: “Vamos a darles pelea, vamos a ganar”.

Yo era muy pibe, tenía 19 años. No me convocaron para la guerra, tampoco sé si hubiese aceptado, ya era absurdo ir a pelearle con unas gomitas a un imperio histórico, armado hasta los dientes. Muchos chicos fueron abandonados allí por los propios generales, en una especie de tribulación guerrera, sin ideas, sin comida, sin estrategia, sin cobijo, a la merced de la precisión británica. Y a la merced de la locura de este general, Leopoldo Fortunato Galtieri, que intentó, seguramente con un grupo de financistas, ganaderos, no sé, gente de dinero buscando mantenerse en el poder, seguir con su economía recolectora para sus propias arcas, ¿no?

Eso falló, y lo más triste de todo es también saber que se suicidaron más chicos de los que murieron en la guerra en Malvinas. Es un dato terrible de la historia argentina y es un episodio totalmente lóbrego, sórdido por donde lo mires, muy triste, y polémico, conflictivo, hasta el día de hoy.

Los recuerdos que tengo son tristes, la verdad. Hace poco me preguntaste algo sobre la dictadura, te dije que el recuerdo era el miedo, y yo me quedé pensando. Ahora acá parece un poco lo mismo. Por supuesto había miedo, pero me estaban explotando las hormonas también. Entonces había una picardía para escaparse de ese miedo. Por otro lado, también hay que decirlo, surge esta situación polémica, y es que hay una transacción tácita cuando se mandan los chicos a la guerra, pero se les legaliza la música en las radios argentinas. Entonces, surge popularmente lo que después se llamó ‘El rock nacional’, que Charly, siempre vamos a citarlo porque Charly es como una biblia viva, y decía, “El rock nació mal” [Risas].

Me parece que también hay algo polémico hasta el día de hoy, porque gran parte de la tribu del rock apoya y hace un concierto muy popular en esos años en el cual se recolectaban alimentos no perecederos, mantas, y todo eso, para enviar allí. De alguna forma al rock se le acusa de colaboracionista en un sentido muy ingenuo. El rock era una expresión que estaba naciendo, surgiendo, y por supuesto que esto no está dicho en ningún lado, pero surge la idea de que, “Bueno, te mando los pibes a la guerra, pero te pongo el rock en la radio”.

Era el momento de García y Spinetta en un punto altísimo, y ahí aparecen un montón de grupos: Los Abuelos de la Nada, Virus, Los Fabulosos Cadillacs, Juan Carlos Baglietto de Rosario, la trova rosarina, yo formaba parte de eso. Y Buenos Aires era parte del laboratorio moderno con Charly a la cabeza de todo, con Luis siempre marcando el pulso, inventando algo muy hermoso.


“[El amor después del amor] se masterizó una mañana, me acuerdo, y un día estaba terminado, cuando escuchamos eso nos agarró una emoción muy fuerte”.


Volviendo al tema de Malvinas y dictadura, queda ese sabor amargo, uno tenía miedo, uno estaba triste, pero por otro lado estábamos saliendo de gira en esos años con Baglietto. Yo estaba conociendo el mundo, estaba leyendo a Lautréamont, estaba conociendo cómo era tener fans en cada ciudad, irse por los cabarets a la noche, probando las drogas, comenzando una vida sexual apetitosa, saliendo de mi casa, viajando, durmiendo donde me agarrara la noche, o sea, también había mucha aventura.

Entonces eso me dio mixed emotions, se dice en inglés; estaba triste por un lado, claramente, y por otro lado estaba empezando a componer en serio. Me ocupaba mucho de eso, todo está explotando. Me parece que funciona bien eso para explicarme o para poder contarme: “¿Qué te pasó en tal época?”. Bueno, siempre emociones mezcladas. Creo que eso te da más sensación de realidad, como diciendo, “Bueno, me pasa esto, pero también hay otro mundo, otra realidad que desconozco, y me gustaría aventurarme”, ¿viste?

Un poco como te pasa con la pandemia, tienes toda esta tragedia por un lado, pero por el otro haces tres álbumes, escribes un libro…

Exacto. Pero ahora estoy en el comienzo de una andropausia, como que se empieza a apagar la máquina hormonal, en ese otro momento me estaba explotando, ¿no? Ahora se apaga la máquina hormonal, pero le estoy dando una pelea brutal, te digo, ¿eh? [Risas]

Estamos hablando de los 80, y por esa época vamos hacia otro lado, ¿cómo describirías la relación que tuviste con tu padre?

Sin ambigüedades, te diría que fue hermosa. Una relación de amor donde él hizo todo lo que pudo, y lo que pudo fue muchísimo porque él era un hombre al quien se le había muerto su mujer en el año 63 y tuvo que sacarlo adelante, muy difícil, siendo un trabajador de clase media baja, el amor es infinito. Entonces, mi padre lo que me regala –en las cosas prácticas- es que me ingresa a la literatura, ir a comprar con él los libritos chiquitos de la editorial Bruguera donde estaban Los hijos del capitán Grant, 20.000 leguas de viaje submarino, Sandokan, todos los libritos de aventuras, ahí me mete mi padre. Después la música, él trabajaba en la municipalidad, y me sentaba a corregir los expedientes, ahí también aprendí a leer y escribir, mientras escuchábamos a Jobim, a Sinatra, las orquestas de tango de Pugliese, de Troilo, Astor Piazzolla, cantantes como Goyeneche, Edmundo Rivero o Mercedes Sosa, me ingresa ahí. También estaban los paseos a la disquería Oliveira, donde me empecé a comprar los primeros discos a mis tempranos 10, 11 años.

¿Tienes recuerdo de cuál fue el primer disco tuyo?

Sí, el primer disco mío, el que compré por voluntad, no por mi dinero, que yo dije, “Papá, comprame este”, fue Es una nube, no hay duda de Vox Dei, otro grupo que nunca estuvo como en la primera línea de visibilidad, un grupo de mucha libertad y precisión, hoy escucho los discos de ellos y no puedo creer la vigencia que tienen, la calidad de su obra.

Aparte, pensá que estaba en paralelo con Zeppelin, anterior a Police, paralelo con Cream, era un trío; la composición es impresionante, los tres virtuosos, en fin, ese fue el primer disco.

Mi padre después me compra un CP20, que es un piano Yamaha, a muchísimos créditos, durante años lo pagó. Y me lleva al cine. En los 70 me lleva a ver 2001 Odisea en el espacio. Con él vi Papillón con Steve McQueen y Dustin Hoffman. Vi las de James Bond,vi La Aventura de Poseidón, en fin, la aventura de ir al cine con tu papá, eso era todo para mí, que lo tenía de viernes a domingo porque él trabajaba todo el día. La cuestión es que fue un vínculo de profundo amor y mucho cariño. Y bueno, después te volvés adolescente, empezás a pelear un poco con tu padre…

Inevitablemente hay una conexión entre eso y tu propia paternidad. ¿Qué clase de padre crees que eres o crees que has sido?

Mirá, pienso que no soy tan malo como dicen mis hijos, ni tan bueno como me creo [Risas]. He intentado ser un padre presente y lo intento todavía. Muy atento a sus procesos, ojalá que ellos no te lo puedan desmentir. Lo que tiene la paternidad o todo lo filial… yo creo que no hay nada más importante que eso. La creación de obras, la expresión, es importante porque también te libera, uno no desaparece como individuo, nunca. Pero a la vez es más importante lo que le está pasando a ese chiquito o esa chiquita, que cualquier delirio tuyo sobre el cambio de armonía dentro de una obra. De alguna forma las prioridades se empiezan a establecer solas, desde algo animal.

Nadie sabe ser padre, ni madre, y los chicos te van dando pautas, que a veces uno no está atento y no las registra, pero las dan todo el tiempo. Te están enseñando qué tienes que hacer. Si se cagaron, bueno, hay que poner el pañal. Si tienen hambre, hacen determinada cosa. Si algo les gusta, hacen determinada otra. Todos esos signos son los que uno tiene que ir comprendiendo, y ahí uno aprende a prestarle atención al otro en realidad, ¿entendés?

Lo que pasa hasta la paternidad es muy difícil de explicar. Es como una especie de bobera; yo, por lo menos, estuve en una nube de pedos hasta que nacieron los hijos, y poco a poco fui entrando en ese universo personal de cada uno de ellos, e intento equilibrar un poquito porque yo también soy fuertísimo, necesito quitarme cosas de encima, aplicarlas o cantarlas, o con ensayar, y soy muy apasionado con lo que hago.

Intento estar con ellos mientras trabajo, entonces, en las vacaciones, me llevo a toda la familia, a los hijos, a amigos, a tíos, no sé qué, y me llevo mi computadora, mis pianos, mis parlantes, mis guitarras, y mientras hacemos la comida yo estoy en el piano tocando, o a la noche escribiendo. Eso sucede así siempre, porque yo tampoco soy un profesional, yo estoy todo el tiempo haciendo cosas. No es que diga, “Bueno, hoy voy a componer para un disco, hoy voy a escribir una novela”, no. Eso es una payasada, cuando escuches eso en cualquier lado, pegate la vuelta y andate.

Fotografías por Sebastián Arpesella

Pero, ¿cómo defines eso de no ser un profesional? ¿Quién sería un profesional?

Yo pienso, por ejemplo, en un médico que tiene que abrir un cuerpo e intervenir para hacer una tarea específica, que va a curar o a ayudar a mejorar la salud. Eso es un profesional. Eso es lo que entiendo como un profesional. Alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y necesita utilizar esos conocimientos para eso, para ayudar y para mejorar la calidad de vida de alguien.

En el caso de lo que hago yo, eso no sucede. Yo no tengo objetivos sociales de cambiarle o mejorarle la vida a nadie, yo lo hago por una cuestión de pulsión natural. Después, también soy payaso, y me gusta el escenario. Ahí sí empezás a interactuar con la gente, y aparece el encantador de serpientes que pone a cantar a la gente, y esa es su tarea, ¿viste? Con que la gente se siente a cantar una o dos horas, ya está la tarea cumplida.

Por supuesto, para llegar ahí también me preparo muchísimo. Ahí aparecería la figura profesional, pero tampoco es profesional, porque lo que estamos buscando en una sala de ensayo, o en una grabación, o en una composición, es la excelencia de la emoción, y para eso, no existe una academia. No tenés un título de escritor. Te dan un título de profesor de música para que enseñes música, pero no para que crees música. Ahí el profesionalismo no estaría ligado a la creación. Cualquiera puede crear, y si con eso es feliz, ya está bien, es una creación. Después, que sea arte o no, son cuestiones de esnobismo, esto sí, esto no, lo popular con lo viejo, son todas pelotudeces. Lo importante es que uno al cantar en la ducha se sienta feliz, y ya está.

¿Hay que estudiar para hacer esto?  Bueno, sí, hay que estudiar, siempre está bueno, pero no para obtener ningún título, ni honor de ninguna naturaleza. La creación es un hecho misterioso, totalmente misterioso.

Creo que la figura del profesionalismo estaría contrapuesta ante la figura de la expresión y del amateurismo que yo amo; cuando en la vida hay una pasión, una entrega, y una dedicación a algo, no se llama profesionalismo. Se llama amor.

Pero, esa división entre lo profesional y lo no profesional, también pasa por lo que es indispensable y lo que no es indispensable. Lo que hace ese médico es indispensable, mientras lo que estamos haciendo tú y yo en este momento, no.

No sirve para nada, lo que hacemos nosotros no sirve para nada, no tiene ningún valor de mercado; en sí mismo no tiene un valor, eso es lo hermoso, posiblemente eso sea lo que me haya conectado con estas disciplinas siendo tan joven, y mi padre tan hermosamente dirigió mi sensibilidad hacia allí. Por eso es que uno se dedica a esto, porque hay algo sin sentido. Yo siento que estoy en consonancia con fuerzas que me trascienden, del cosmos, del universo, que no conozco. Siempre hay algo sobre lo insólito, sobre buscar algo que no está en ningún lado. Finalmente, lo que a mí me excita es la pulsión de estar escribiendo. Me excita cuando termino la canción, cuando son las tres o cuatro de la mañana, necesito mostrársela a alguien; llamo a un amigo, una amiga, un examante o a quien sea, y decirle, “Mirá lo que hice”, también necesito eso. En la hechura de esa materia hay algo que no está domesticado, ahí me siento en consonancia con todo, ese es el momento exacto en el cual sos libre, “Este es mi certificado de libertad” [Risas].

Hace un rato mencionabas ‘Yo vengo a ofrecer mi corazón’, esa puede ser la canción más esperanzadora de tu carrera…

Sí. Para hacer una pequeña antropología de la canción, la escribí en una hora como mucho, la hice con un X7 que me trajo Tweety González desde Nueva York. Y nada, la hice como si la hubiera escrito otro. Todavía la canto y no entiendo cómo un pibe de 22 años podría haber escrito eso en los términos que uno piensa convencionales, ¿no? Ahí empiezan a aparecer cosas como misteriosas y los años me hicieron hacer algunas conexiones; es una prima hermana de ‘Gracias a la vida’ de Violeta Parra, claramente, y posiblemente de ‘Los ejes de mi carreta’ de Yupanqui, por la tonalidad, por los acordes, por algunos aspectos de la letra.

Por otro lado, encontrás en la Biblia que Cristo vuelve del desierto, se saca el corazón y se lo muestra a los apóstoles, recuerdo haber escuchado esa historia en alguna clase de catecismo en Rosario. Cuando vi La última tentación de Cristo, vi la escena, y Scorsese impudorosamente le hace meter a Willem Dafoe la mano en la piel, entre el cuerpo, y se saca el corazón, un momento muy impactante. ¡Ah! Ya estaba escrito, ya estaba hecho ¿no? En la Biblia [Risas].

La música me resonaba de otros lados también; empiezan a aparecer cuestiones que la neurociencia está estudiando mucho ahora sobre el ADN, y no el ADN personal de tu familia, sino de la raza humana, cuando algo se tiene que volver a contar, se tiene que volver a escribir, a tocar, a cantar. En esa canción a lo mejor hay algo que me trasciende absolutamente, no quiero hacer con esto una apología mística, ni nada de eso.  Digo que se puede investigar esa música como heredera de cosas, a lo mejor fui un pequeño canal metido dentro de una máquina genética. Todo eso sigue siendo un tema que me atrae mucho, y tengo varios amigos neurocientíficos con los que me da mucho miedo vincularme cuando aparecen conocimientos científicos de por qué te va a pasar tal cosa, por qué tienes muchas probabilidades de morir de tal manera, o de tender al alcoholismo o a tal disciplina, te da miedo. Se pierde el misterio.

Pensándolo bien, “esperanzadora” tal vez no era la palabra correcta, y otro ejemplo puede ser ese claroscuro que es ‘Al lado del camino’, donde está la esperanza a pesar del enemigo, a pesar de todo.

Sí, es linda esa radiografía. Curiosamente yo venía de un periodo bastante yermo, empecé a hacer música a los 14 años, y hasta Circo Beat no había parado. Después vino Euforia, unos años de hacer muchas músicas que no me gustaban nada, vino mi aprendizaje con las orquestas, con Gerardo Gandini, con Carlos Villavicencio, a tocar el piano dentro de una orquesta, fueron años de aprendizaje también. Vino el disco con Joaquín, Enemigos Íntimos, donde el pacto fue, “Vos hacés la letra, y yo hago la música”. Cuando retomo la pluma, después de unos cinco años de estar medio investigando, no gustándome lo que hacía y haciendo cosas medio de paso, pero a la vez estudiando, lo primero que aparece es el parrafón de ‘Al lado del camino’, entero.

Y pasaron los años, ya más de veintipico, y decís, “Ey, man, ¡está bien esto!”. Claro, está bien el show allí, yo no estoy, estoy al lado del camino, estoy cerca del camino, a mí me gusta estar ahí al costadito, que es mi condición natural. Lo cuento un poco también en la bio, cuando fui abanderado un año, con El amor después del amor o Circo Beat, pero al otro año fui escolta, y me divertí muchísimo más porque podía ver toda la escena desde afuera. El escolta va segundo, con el tercero, el abanderado tiene las luces sobre él, casi no puede pensar, está obligado a una carrera, a un tour de force; el que está abajo dice “¡Uy, mirá!”. “Es más entretenido y más barato”, dice el tema.


“Yo creo que Modern Clics es una de las obras más importantes, no solo de la música argentina, sino de la música mundial”.


En ‘Al lado del camino’ dices que te gusta vértelas con la resaca, y de eso hablas en el libro de Diario de Viaje…

Ah, sí, hago un pequeño estudio.

¿Qué pasa con los excesos? ¿Por qué tantos piensan que son fundamentales para la creación?

No, para nada. Ese es otro cuento, otro verso de la cultura moderna o de todas las épocas, no sé. A ver, cuando ves que Van Gogh toma ajenjo y hace La noche estrellada, por supuesto que pudo haber hecho un efecto de alucinación y haber compuesto la luz periférica, aurífera, de las estrellas, pero eso está en él. Esa mirada, esa visión está en él. Por supuesto, a veces hay estimulantes que te pueden acercar a tal mirada o a tal otra, pero lo primero eres tú, estás siendo atravesado por ese estimulante.

Yo no creo que haya que beber, ni que tomar drogas para hacer una pintura, o una escultura, o para escribir, o lo que coño sea. También creo, como decía John Ford: “Desconfía de la persona que no bebe” [Risas]. ¡Me gusta esa mirada! Pero, por otro lado, conozco artistas ascéticos extraordinarios, no hacen falta nombres para no empezar una polémica absurda.

Me parece que en la existencia vale todo, a lo mejor yo soy un poco más normal, entonces me parezco más al resto de los humanos, que necesitamos despejarnos y dejar de pensar un rato para disfrutar y que las obligaciones se salgan un poco del camino. Es eso, nada más, y por otro lado hay una idea de preservación, también. Digo, “Bueno, Ok, pum, hasta acá”.

También me gusta, y esto es importante, yo disfruto de la hechura de las cosas, no necesito estimularme para escribir o para hacer música. También lo hago en ese momento, pero necesito estar lúcido cuando tengo que ordenar una obra como Los siete locos para Futurología Arlt, necesito la cabeza muy clara porque es muy grande el barco. Por supuesto que en el medio voy a chocar con algún iceberg, me voy a perder aquí o allá, se va a nublar el panorama, pero tenés que estar lúcido para que toda la tripulación y la gente que llevas en el barco llegue a buen puerto. Disfruto la sobriedad muchísimo también.

¿Alguna vez te pasó que, en medio de estos excesos, crearas algo y luego pensaras, “¡Mierda!, ¿a qué horas hice esto tan increíble?”

No, no, no, siempre decía, “¡Mierda! ¡¿Qué mierdas hice?!” [Risas]. Al contrario. yo creo que eso hay que usarlo para el hedonismo, para gozar; dejá la música tranquila, no necesita que vos tomes drogas o te chupes nada. Tampoco lo necesita el cine, ni la literatura, ni nada. Pero bueno, también uno es como es, me gusta disfrutar una cosa a la vez, no mezclar los placeres [Risas].

Ahora hablábamos de ser o no ser expertos, y las ventajas y desventajas de serlo; por tu misma historia de vida, creo que sí hay un tema sobre el cual entiendes mucho más que la mayoría de hombres, y son las mujeres.

[Risas] ¡No te creas, no sé nada! Todavía no conozco nada de nada, cada día me sorprenden más.

Claro, pero a esto llegaba por otro lado, y es que en Colombia se despenalizó hace poco el aborto antes de las 24 semanas, y esa ha sido una lucha larguísima en todo el mundo, ¿qué reflexiones tienes en torno al machismo y a esas restricciones que históricamente se les han impuesto a los derechos de las mujeres?

A ver, no hay mucho que decir al respecto, cualquier tipo de opresión, bajo cualquier forma, siempre está mal, sea el ‘ismo’ que sea. Ahora, ponerse el traje de ángel tampoco está bien, sería hipócrita. Todos nosotros fuimos criados en una cultura, ahora se le dice patriarcal, de machismo. Me considero parte de una tribu que siempre ha peleado por libertades de una manera relajada, estando en un ámbito de libertad, inventándolo, creándolo. Cada lucha que aparece, nueva o vieja, forma parte de mi vida, no hay nada extraordinario para mí allí, en el sentido obvio. Se pelea por una libertad, a la calle y después al parlamento. Y ahí es libertad ganada. A la calle y a la justicia, libertad ganada. Es el procedimiento básico para imponer esa libertad en sentido legal, pero creo que la lucha es contra cualquier tipo de opresión, seas del género que seas.

Ahora se están descubriendo nuevos géneros, el asexuado, por ejemplo, se tomaban como una burla, y ahora tienen una visibilidad. Entonces, empiezan a dejar de ser raros para lo que es la normalidad. Me gusta estar del lado del que se define sin normas, “Yo soy esto, especialísimo, no soy lo que me pide la manada o el jefe de la manada”.

Fotografías por Sebastián Arpesella

¿Qué papel le asignas a la religión en esas opresiones, particularmente sobre las mujeres?

Tenés que llamar a un sociólogo para eso, yo no entiendo nada, son opresiones, y siempre hay hechos desafortunados. Nadie puede venir a decirnos tal cosa cuando es una institución plagada de pedófilos, pero, a la vez, la institución es tan grande que tampoco se le puede desacreditar. El catolicismo y el cristianismo son situaciones épicas que atraviesan el tiempo, y hay mucha gente alrededor del mundo que está sintiendo, pensando al respecto de una doctrina, también hay que tener un respeto por eso.

Pero esto también tiene un sentido acá, y es tratar de entender tu espiritualidad, a Fito como persona espiritual, ¿cómo vives eso?

La espiritualidad siempre está con vos en algún sentido, no sé cómo llamarlo en realidad. Tampoco sabemos si existe el espíritu, a pesar de la teoría del alma y de los 21 gramos que uno pierde cuando muere. No lo sé, es muy difícil explicar cómo uno se siente conectado al resto del universo y que eso tenga un valor en sí mismo. A veces, cuando los humanos nos sentimos en conexión con los dioses, también hay algo medio pecaminoso y de cierto narcisismo; sos un bichito, los dioses no tienen por qué hablar con vos. A lo mejor hablan entre ellos, se toman unos tragos, dicen, “Bueno, mirá, vamos a hacer esta cosa, tal otra, vamos a traer tal cataclismo acá”, pero no están hablando con vos, hablan entre ellos [Risas].

Entonces, sentir que uno está amparado o desamparado por un padre todopoderoso es un poco retrógrado y anacrónico. Hay algo muy misterioso en la existencia de todos, y cada uno está dentro de ese territorio como puede, como quiere, como decide, como lo toman las circunstancias, no lo sé, es un terreno bien desconocido para todos, ¿no?

En 2023 vas a cumplir 60 años.

Sí, no me lo digas [Risas].

¿Ese número redondo tiene algo que ver con la necesidad de publicar tu biografía, la serie, la trilogía? ¿Ese número redondo qué puede representar para ti?

Mirá, de la misma manera en que uno a veces cree que está conectado con los dioses ingenuamente, uno también piensa a veces que está fuera del fluir del inconsciente, y el inconsciente hace su tarea silenciosa. Todas las teorías que uno pueda poner sobre lo que hace o sobre los puntos de vista que tiene sobre el mundo, son solo balbuceos.

No me hace reflexionar, a lo mejor dentro de unos años vos tengás la tarea de pensar sobre eso. Mientras tanto, yo estoy a velocidad de crucero, a veces pisando el acelerador como este caso, pero también son momentos, no sé cómo explicarlo, sencillamente apareció el espacio, el tiempo; entre la desesperación que uno lleva, la pulsión vital y las ganas de expresarse, aparecen las cosas nuevas. No sé si pudiera teorizar al respecto, me siento muy en el presente, de verdad.

Todos los análisis que hago los considero muy livianos, muy epidérmicos, en general. Cuando me meto en algo intento estar concentrado en la materia, y ahí sí plasmo en un papel algo específico a lo que me pueda dedicar, a la pasión por dejar ese sentimiento bien claro, así que te diría que mis análisis carecen de importancia. 


“No creo que haya que beber, ni que tomar drogas para hacer una pintura, o una escultura, o para escribir, o lo que coño sea”.


Entonces, ¿no hay ninguna intención consciente de decir, “Voy a cumplir 60 años, necesito hacer este balance de mi vida”?

No, no, imaginate. Nada de balance, ni nada de consejos, son cosas que nunca me gustaron. Por supuesto, a veces la paternidad te obliga a eso: “Mirá, no metas los dedos en el enchufe” [Risas], le tenés que decir eso a tus hijos.

Pero no soy buen filósofo sobre mí mismo, ni sobre nada en general, estoy más en la acción, te diría. Cuando hablábamos de la trilogía, en algún momento eran dos discos, Los Años Salvajes y Futurología Arlt, que era como un capricho que tenía hace años, pero cuando termino de grabarlos, aparece la necesidad de plasmar este álbum de piano solo, como un epílogo, como un cierre, un descanso.

Ahora, el tipo que hizo esto, en realidad lo saca todo desde acá, desde esta matriz donde está la familia, Rosario, el patio, mi casa, las abuelas, mi mamá, y todo eso está en el álbum. The Golden Light, ¿qué es eso? El misterio en el álbum, la luz dorada, andá a saber todo lo que hay dentro. Pero por momentos sí lo veo como la necesidad de que tuviera una “lógica”, pero surgió y me costó mucho explicarle a la compañía [Sony] por qué tenía que grabar eso, que lo iba a hacer de manera urgente, que me consiguieran un estudio, una casa unos días más en Miami, porque tenía que hacer un concierto allí, me faltaban 20 días y así podía plasmar eso. Ahí me parece que puedo resumir un poquito esos pequeños análisis sobre las cosas, pero también van en caliente, van en presente.

Dices que estás muy en el presente y en la acción, pero, ¿qué perspectivas tienes de la forma en que hoy la cultura popular se relaciona con el pasado, con la nostalgia, con las canas? ¿Qué pasa ahí?

No lo sé, me parece que estás obligado a vivir el pasado, aunque no lo quieras, el futuro también, de alguna forma. La historia se repite, pero nunca de la misma manera. Hay signos en el pasado que te pueden indicar ciertos nortes, pero nadie quiere meterse ahí, y me incluyo en primera línea, porque uno se piensa alejado de las fuerzas del pasado, pero eso no es real, el pasado es una fuerza inmanente, omnipresente, casi inevitable.

Siempre que estés alejado de la idea de que estás inventando el mundo, va a funcionar, porque las personas que piensan eso generalmente se pegan buenos golpazos en la pared. Siempre es inevitable recordar la frase de Lampedusa en El gatopardo cuando el aristócrata le dice al cura, “Bueno, que algo cambie para que nada cambie”, sobre la revolución de Garibaldi en Italia. Es una frase extraordinaria, escéptica, fuerte, que no detiene las pulsiones de las revoluciones, de los cambios, de la novedad, de lo que se va viviendo permanentemente en el mundo, pero que está allí como una piedra preciosa, diciendo, “Guarda que te la vas a pegar. Guarda que no vas a inventar nada nuevo. Guarda que esto ya está escrito”.

También hay que volver un poco a los lugares comunes, que son tan estimulantes en muchos casos, y es que “no hay nada bueno bajo el sol”. Ok, más o menos, hay que volver a contar las cosas, como decíamos antes, las cosas necesitan ser contadas otra vez. Cuando uno se entiende como parte de un engranaje o mecanismo, es cuando mejor la pasás en un sentido; cuando pensás que sos tan especial, te va a agarrar una angustia terrible al darte cuenta que no.

La industria del entretenimiento subsiste al intentar convencernos de que se está inventando el mundo una y otra vez.

Ese es su gran error [Risas]. Pero bueno, en un momento, las juventudes, las que estuvieron antes de nosotros, y las que están ahora, consumen esa idea y sienten que eso es posible. Porque cuando uno es joven no conoce nada del pasado, creo que por momentos es muy saludable eso, y hay ganas de romper contra ellos si molestan, como hizo el punk en los años 70, ciertas escuelas disruptivas en cualquier época, o las revoluciones en cualquier momento del mundo. Me parece que es algo natural, hay algo que se va retroalimentando. Va pasando el tiempo, y te das cuenta de qué es lo que va quedando, lo que se va sedimentando.

Hay algo en los jóvenes que me parece alucinante y que está buenísimo, que es llevarse todo por delante, ¿no? Me parece que es una manera de estar en el mundo. La vitalidad, la sangre joven, siempre es bienvenida, y cuanto más irrespetuosos sean, mejor.

Fotografías por Sebastián Arpesella

¿Y qué pasa cuando el mercado, el capitalismo aprovecha y se enriquece de ese impulso?

Es la naturaleza humana, no se puede hacer nada contra eso. Es así como estamos formados. Habría que inventar otra especie para poder modificar eso. Más que modificarlo, hay que entenderlo, aceptarlo, y por otro lado ubicarse: ¿Dónde estás vos? ‘Al lado del camino’.

Hace un rato hablabas de tus vacaciones, y decías que siempre te llevas el piano, la guitarra, el computador, lo que me estaba imaginando era un personaje que jamás tiene vacaciones porque si lee, está trabajando, si ve una película, está trabajando, si oye música, está trabajando…

O al revés, ¡no existe el trabajo en mi vida! [Risas]. Vos sabés que una vez, en mis ansias de independencia de aquella casa de calle Balcarce, en Rosario, dije, “Voy a trabajar, me voy a ganar mi dinero, y voy a ser independiente. No me importa nada, voy a trabajar”. Entonces, tenía un compañero, su apellido era Giandomenico, y tocaba la batería muy bien, y terminando la secundaria me dice, “Mi papá tiene una pollería”. Era la pollería más grande de Rosario que quedaba cerca de la facultad de medicina, me dice, “Vení, que mi viejo necesita un asistente”. Ok, fui con todas mis ínfulas de joven que busca una independencia, y me recibe don Giandomenico a las 7:30 de la mañana, y me dice, “Abrimos en media hora, ponete este delantal”, me da un pollo y me dice, “Ponete un guante, tenés que hacer esto”, él se pone un guante y me muestra cómo mete la mano dentro del animal, y saca las tripas, saca todo eso, el menudo. Y yo casi que vomito en aquel momento. Entonces esa mañana, yo estaba aterrorizado de que llegara alguna vecina a pedir un pollo sin el menudo; y llegaron tres vecinas que querían un pollo con el menudo afuera, en una bolsa, y fue lo que hice en esa mañana. Entonces, salí de allí espantado, horrorizado; mientras me sacaba el delantal y se lo dejaba a don Giandomenico, me dije a mí mismo, “Nunca más en mi vida voy a trabajar”. Y he sido fiel a esa consigna hasta el día de hoy aquí, en frente tuyo [Risas].

Muy bien, esa es una imagen digna de una película, Fito Páez sacando el menudo de un pollo.

Claro, y habré pensado, “Bueno, deberé ganarme mi independencia de otra manera, voy a liberarme de otra forma”. Esos pollos me cambiaron la vida, podemos titular, “¡Unos pollos me cambiaron la vida!” [Risas].

Supongo que no piensas en el retiro… No, les va a costar mucho sacarme con las dos patas para adelante, muchísimo. Así que sigan ahí detrás de sus auriculares, o de sus pantallas, intentando minar mi camino, y no lo lograrán hasta muchísimos años por delante [Risas].


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