abril 24, 2022

Fin de la inocencia: Kiss se despidió en Buenos Aires con todos sus efectos especiales

Ante unos 50 mil fans de varias generaciones, la banda de Simmons y Stanley lo dio todo al pasar con el End of The Road Tour por la Argentina

Por  ROLLING STONE

Gene Simmons y Paul Stanley, en su última gran función porteña

Santiago "Gallo" Bluguermann

Quienes hayan estado el sábado en el show despedida de Kiss en el Campo Argentino de Polo, de Buenos Aires, quizá hayan sentido que las agujas retrocedieron casi cuarenta años. Hasta un tiempo en que el rock duro tenía un costado naíf, si se aplican los parámetros de hoy: caras pintadas, zapatos con plataformas gigantes, mucho brushing y proclamas del estilo “fui hecho para amarte y tu fuiste hecha para amarme a mí”. Es raro pensar que ese glamour haya sido contracultural (o al menos un poco incómodo) alguna vez, pero lo fue. O eso dicen.

Lo de anoche en el Campo de Polo fue algo parecido al final de esa inocencia, el cierre de una buena película de aventuras: los mejores performers del mundo, los reyes del artificio hard-glam-rockero se despidieron de su público argentino, compuesto por post-cuarentones a punto de romper en llanto y adolescentes tratando de descifrar los códigos de la fantasía. Como parte de su gira End of the Road, Kiss dio su último aliento en estas tierras y esto fue lo que pasó.

Kiss, con todas las luces para una despedida a la altura de la leyenda (Foto: Santiago «Gallo» Bluguermann)

Un anti-clímax momentáneo se vivió de pronto en el Campo Argentino de Polo: uno de los hombres de seguridad, con su pechera amarilla, anuncia por alta voz: “¡Entrada al campo general, puertas 6, 7 y 8 para ver a Los Palmeras!”; después apoya el celular en el megáfono y pone El Bombón Asesino. Un grupo de seis kisseros maquillados pasa cerca, le palmean la espalda, le bailan un poco y le sacan la lengua a lo Gene Simmons (no la tienen tan larga, obvio). Todos se ríen.

Hay una ansiedad fiestera en las afueras del estadio: toda esta gente esperó dos años para volver a ver a sus ídolos, ya que la fecha debió hacerse el 9 de mayo de 2020 pero fue suspendida por el pico de casos de coronavirus de entonces. Y encima es la despedida oficial tras cinco décadas de ruta, a menos que la franquicia decrete lo contrario, así que hay mucho lagrimón a punto de salir.

El promedio de edad del público que merodea el Campo Argentino de Polo supera fácil los 40 años (y 50 también). Hay metaleros de oficio, con campera de cuero, mucho chupín, remera negra de Kiss y pelo largo para tapar los baches capilares que se pueda (es cruel la calvicie y no conoce géneros musicales).

Simmons: sangre (de utilería), sudor y alguna lágrima. (Foto: Santiago «Gallo» Bluguermann)

Se asume que, si fueron adolescentes en los 90, tuvieron su pico de fanatismo en la época en que Kiss tocó por primera vez en la Argentina, el 3 de septiembre de 1994 en la cancha de River. Hace casi 30 años… También es cierto que la mayoría de los cuarentones vino con sus hijos, pero en estos casos se sabe que la pasión es de los padres y que los niños acompañan o se quedan comiendo nuggets de pollo en lo de la abuela (también es un gran plan). Los escépticos de siempre desmienten esa teoría, como Arturo, de 48 años: “No me caen bien Paul Stanley y Gene Simmons; son millonarios, hombres de negocios; ya los vi dos veces y no hubiera venido, pero lo traje a mi hijo”. En verdad, no se sabe quién trajo a quién.

“Yo me vine con el maquillaje de Eric Carr, me llevó una hora hacerlo”, se enorgullece un hombre de 51 años, que se presenta como Conde y dice que aprendió a tocar la batería por Eric (baterista de Kiss entre 1980 y 1991, en remplazo de Peter Criss). Hay cientos como él, embadurnados con el make up de los integrantes, pero una mujer que pinta fans a dos cuadras del estadio aclara que el maquillaje más pedido es el de Paul Stanley, alias The Starchild o El Chico Estrella, con clásico ojo derecho estrellado.

Cuando las luces finalmente se apagan, y casi 50.000 personas ven realizado su sueño de estar frente a los fab four del glam metal (aunque, claro, sin Peter Criss ni el gran Ace Frehley), la emoción es completa. En las pantallas, se ve a los Kiss avanzando por un pasillo, a punto de salir al escenario. Tanto Gene como Stanley tienen 72 años -Paul viene con varias operaciones de cadera encima-, pero en ese momento parecen una patota de adolescentes pendencieros. Ponen cara de malos pero no meten miedo, para nada; más bien generan cierto cariño, el abrigo que daban aquellas fantasías del póster en la pared. Son los ídolos, por última vez, metidos en sus trajes y cotillones, listos para divertir. “Somos gente de 40 largos reviviendo su adolescencia con gente de 70 largos”, acota un tipo de aire melancólico, queriendo sembrar dudas. Y, sin que le pregunten, avisa: “Mi Kiss preferido era Ace Frehley, pero siempre fue un viejo borracho y por eso lo echaron a patadas”.

Stanley: una estrella hecha para amarte (Foto: Santiago «Gallo» Bluguermann)

You want the best, you have the best. The hottest band in the world (“Querés lo mejor, tenés lo mejor. La banda más caliente del mundo”). Así saluda Paul Stanley y el estadio se viene abajo. Suena Detroit Rock City, uno de los himnos del grupo, del álbum Destroyer (1976). Lo que viene después es un show totalmente guionado, pero hay que admitir que el guion es muy bueno. Cada dos por tres sobrevienen explosiones y llamaradas en el escenario. Se desata una catarata de hits de todas las décadas, en este orden: Shout it Loud, Deuce, War Machine, Heaven´s on Fire, I Love it Loud, Say yeah, Cold Gin, Lick it Up, Calling Dr. Love, Tears are Falling y Psycho Circus. Hasta que llega el momento más temido en todo concierto de rock: el solo del baterista, un elogio al doble bombo que repica en los oídos como una manada de elefantes malhumorados. “Machaca con eso porque Peter Criss no tocaba doble bombo”, acota el mismo escéptico de antes, todavía más enfurruñado.

Después del larguísimo show de batería, cada integrante tiene su gran momento. En God of Thunder, Simmons se pone a escupir sangre, con su rostro en primer plano en las pantallas, y la verdad -suena raro decirlo- es que da muchísima ternura. Será la última vez que este hombre escupa sangre para su armada kissera en Argentina. El mismísimo demonio entregado a ese feliz martirio. Y encima tiene el tupé de disfrutarlo y decir: Ouhhhh Yeahhh. Es una escena muy importante para los fans.

Luego llega el momento de Paul, que se sube a una tirolesa y queda solito en una plataforma entre la gente. Ahí tocan I was Made for Lovin You y la fiesta es total. En el escenario principal las pantallas muestran una gran bola de discoteca y la banda se transporta a los 80. Todos bailan y celebran: los niños salen del letargo -era la única canción que conocían, para ser sinceros- y los grandes galopan con el bajo de Simmons, recordando años felices, cuando no había que pensar que la entrada al Campo Vip les costó 15.000 pesos. Para esto pagaron y, para ellos, valió cada centavo.

Kiss Army: como siempre, no pocos fans acudieron maquillados a la ceremonia (Foto: Santiago «Gallo» Bluguermann)

Ya quedan cuatro temas y la fiesta empieza a apagarse. Primero tocan Black Diamond, que solía cantar Peter Criss, el hombre gato, con su voz casi jazzera y catarrosa; y después llega la balada Beth, interpretada por Singer en el piano.

La canción final es Rock and Roll All Nite y arranca con una mega lluvia de papelitos. Es el desenlace, el temido cierre de telón, que Paul decreta estrellando su guitarra. Luego llega el saludo y las luces se apagan. Queda en el aire la sensación de que todo esto fue un viaje al pasado, un portal que se abrió sólo por dos horas y por última vez, con sangre de cotillón, fuego, lenguas kilométricas, guitarras astilladas y tirolesas. Tanta fue la magia que hasta el tipo enfurruñado de más arriba (el fan de Ace Frehley) está sonriendo como un chico. Y, en los tiempos que corren, es un montón.

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