Ya lo planteaba el filósofo austro-británico Karl Popper: tolerar a los intolerantes es el camino más corto para perder la tolerancia, una idea con la que al parecer el exfutbolista francés Éric Cantona coincidía y que dejó clara al mundo en una fría noche londinense de 1995.
Era la jornada 23 de la Premier League y el Manchester United visitaba Selhurst Park, casa del Crystal Palace, ubicada al sur de Londres. El equipo de Alex Ferguson necesitaba los tres puntos para no perderle el rastro al mítico Blackburn Rovers de Alan Shearer, líder del campeonato y que terminaría coronándose —por tercera y última vez— campeón de la primera división inglesa. El primer tiempo fue trabado y rústico, marcado por entradas fuertes, roces constantes e insultos cruzados desde ambos bandos, un clima tenso que fue calentando el terreno para lo que ocurriría tras el descanso.
Corría el minuto 48 cuando el arquero del United, Peter Schmeichel, despejó un balón largo que cayó en campo del Palace. Cantona, al intentar controlar y salir de la marca, lanzó una patada desde atrás sobre el defensor Richard Shaw. El árbitro no dudó: falta para los locales y tarjeta roja directa para el francés. Sin más opción que marcharse, y tras encararse con jugadores rivales, el capitán mancuniano se dirigía al túnel rumbo a los vestuarios cuando, entre los insultos de la grada, escuchó uno que no dejó pasar: “Vuelve a tu país, francés de mierda”.
En ese instante, la respuesta fue inmediata. Cantona saltó las vallas publicitarias y, como si de una película de artes marciales se tratase, lanzó una patada voladora al pecho del aficionado, seguida de algunos golpes más, hasta que fue separado por jugadores y personal de seguridad y conducido definitivamente al vestuario ante la incredulidad de todo el estadio, marcando un acto que marcaría para siempre la historia del fútbol.
Cantona, ante el insulto racista, respondió —según su propia lectura— de la única manera que creyó posible, borrando por un instante esa línea invisible que separa al fútbol de la política: una frontera que las instituciones deportivas recomiendan no cruzar, aunque con frecuencia lo hacen cuando conviene a sus intereses.
El resultado del partido pasó a un segundo plano. En cuestión de horas, la figura histórica de uno de los clubes más grandes del país se transformó, por unos meses, en el enemigo público número uno del fútbol inglés. El aficionado involucrado, Matthew Simmons, fue presentado por la prensa como una víctima indefensa frente al malvado francés, temperamental y fuera de control.
Más allá de la condena mediática, Cantona recibió una dura sanción: ocho meses de suspensión, una multa de 30.000 dólares y 120 horas de trabajo comunitario, pero lejos de mostrarse preocupado o tan siquiera preocupado, Cantona, fiel a su carácter, dejó una frase tan enigmática como desafiante, que desconcertó a todos y pareció anticipar su redención: “Cuando las gaviotas siguen al pesquero, es porque creen que las sardinas serán arrojadas al mar”.
A medida que avanzaba la sanción, comenzaron a salir los trapos sucios de Matthew Simmons. Lejos de la imagen de víctima indefensa construida por los tabloides, se trataba de una persona con un largo historial de conductas conflictivas y que ademas estaba vinculado a grupos y manifestaciones de extrema derecha, marcadas por la intolerancia y, en aquel contexto, por un fuerte discurso xenófobo. El mártir mediático se transformó así en el antagonista de la historia.
Como epílogo, tras cumplir la sanción, Cantona regresó a las canchas para seguir liderando al Manchester United. En la temporada 1995/96 fue la gran figura de un equipo que conquistó un histórico doblete de Liga y Copa, consolidando definitivamente su estatus de leyenda en Manchester, una ciudad que nunca le dio la espalda.
Con el paso de los años, el francés no esquivó el episodio. Al ser consultado por aquella acción, dejó declaraciones tan provocadoras como fieles a su persona: “Patear a un fascista fue lo mejor que hice en toda mi carrera”. Más tarde se arrepintió, a su manera, sobre el episodio: “Me han insultado miles de veces y nunca he reaccionado, pero a veces eres frágil. De una sola cosa me arrepiento: me hubiera gustado darle una patada aún más fuerte”.
Cantona jamás fue un futbolista dispuesto a esconderse en el deporte para evitar posicionarse. Para él, aquella patada fue también un gesto político, una respuesta directa a ese grupo de personas con posturas, cuanto menos particulares, sobre la tolerancia, el nacionalismo y el rechazo a todo lo que pueda ser diferente. Una postura que mantuvo incluso después de su retiro.
Ya fuera de las canchas, su voz siguió apuntando contra los poderosos. Sobre el Mundial de Catar fue tajante: “No es una Copa del Mundo real para mí. Qatar no es un país de fútbol, esto es solo por dinero. Han muerto miles de personas construyendo los estadios y aun así vamos a celebrarlo allí. Es horrible”. En octubre de 2023, también se pronunció sobre el genocidio que aun sigue ocurriendo en Gaza: “Palestina libre significa liberar a los palestinos de una ocupación que los ha privado de sus derechos humanos básicos durante 75 años. Significa dejar de encerrar a 2,3 millones de personas en la prisión al aire libre más grande del mundo, la mitad de ellas niños”.
Así, Cantona fue mucho más que un futbolista para el que sobran adjetivos: se convirtió en un personaje molesto y político en una época en la que posicionarse tenía costos reales y pocas redes que amplificaran el mensaje. 31 años después, cuando opinar es más fácil y el silencio suele disfrazarse de neutralidad, su gesto sigue interpelando a un deporte donde muchos prefieren no incomodar, incluso frente a injusticias y discursos de odio que crecen sin pudor.


