Ela Taubert no apareció de la nada. Surgió de un cúmulo de preguntas, de un grito suave, pero firme, de una generación que no teme ser vulnerable. Su voz no es solo melodía, es memoria, es catarsis, es conversación con ella misma. En tiempos donde lo emocional vuelve a importar y donde el pop latino atraviesa una reinvención profunda, el nombre de Ela brilla no solo por su música, sino por su visión.
Con su disco debut, Preguntas a las 11:11, Ela ha logrado lo que muchos intentan y pocos consiguen: articular la emoción de una generación sin necesidad de máscaras. A través de letras cargadas de honestidad radical y una producción sonora que mezcla sensibilidad pop anglo con alma latina, Ela representa esa nueva ola de artistas que entienden que hacer música hoy no es solo cantar: es narrar, es conectar, es curar.
En muy poco tiempo ha pasado de grabar videos tímidamente en su cuarto a pisar escenarios internacionales, compartir tarima con ídolos como Joe Jonas y Morat, y recibir una nominación al Latin Grammy en la categoría de Mejor Nuevo Artista, una distinción que no solo validó su talento, sino también su historia. “Esa nominación simbolizaba no estar nominada yo, sino que simbolizaba que todo mi equipo, todos los fans y toda mi familia estaban nominados. Que todo el esfuerzo de todos nosotros estaba ahí”, dice, emocionada, al recordar ese momento de consagración.

Más que una artista emergente, Ela Taubert es un síntoma y una síntesis. Síntoma de una generación que no teme mostrarse tal cual es —herida, brillante, ansiosa, esperanzada— y síntesis de una tradición musical que busca reinventarse sin dejar de ser profundamente emocional.
Ela Taubert es más que una artista emergente. Es una voz generacional, una narradora emocional y una visionaria del nuevo pop latino. “Yo creo que tal vez mi generación es una comunidad vulnerable. Todos somos muy vulnerables. Yo estoy siendo extremadamente vulnerable en estas canciones y creo que, cuando ellas las reciben, son personas que también se atreven a aceptar lo que están sintiendo. Como que dicen: ‘Ah, yo me estoy sintiendo así’. Eso lo hace vulnerable también. Entonces, diría que sí, vulnerables, divertidos, amorosos.”
La historia de Ela Taubert no comienza en un gran escenario ni en un estudio de última tecnología. Empieza, como casi todas las historias importantes, en casa. En un hogar donde la música era alimento diario y donde, desde muy niña, su manera natural de expresarse era cantando. Literalmente. “Mi mamá dice que cuando yo empecé a hablar, realmente todo lo empezaba a cantar. No sé, si me dolía la pierna, se lo decía, pero cantando”, recuerda entre risas. Desde entonces, la música dejó de ser una opción: se convirtió en un destino.
Criada entre Bogotá y Villavicencio, Ela estuvo expuesta a un cruce sonoro bastante diverso: desde conciertos en VHS de David Foster y Shakira a toda máquina en el video beam familiar, hasta tardes de rap con Eminem o la influencia eterna de Taylor Swift. Su infancia fue una espiral melómana que formó tanto su oído como su sensibilidad. “En mi casa se escuchaba desde música clásica hasta reguetón, mucho pop, música country, africana; se escuchaba de todo. Y creo que eso me ayudó un montón también a conocer muchos géneros”.

Chaqueta de cuero @wstudios_; Pantalón falda de cuero @amodomiostore; Botas @noralozza; Earcuff @bypaulamendoza
Pero Villavicencio fue más que un lugar. Fue símbolo. Allí, en la casa de sus abuelos, aprendió a escuchar el mundo desde el silencio. Su abuelo materno, un alemán que se volvió colombiano por elección y por amor, le enseñó una forma de espiritualidad basada en la observación. “Todas las tardes nos sentábamos en las escaleritas de mi casa allá y hacíamos silencio para escuchar los cantos de los pájaros. Ahí entendí un montón de cosas”.
Esa conexión con la naturaleza —y con lo que no se dice, pero se siente— marcó profundamente su propósito artístico. “Mis abuelos y mi familia somos muy animalistas y muy ecológicos también. Ese amor tan profundo por la naturaleza me impulsó mucho a darle propósito a mis sueños”.
Por eso, no sorprende que la primera canción profesional de su vida no haya sido una historia de amor ni un desamor adolescente, sino un grito por el planeta. ‘Salto de fe’ fue su manifiesto inaugural: una canción que nació del llanto, del desahogo, y que terminó incluyendo más de 100 sonidos de animales en vía de extinción.
“Mi sueño más grande, aparte de lo obvio de ser artista y todo eso, cuando era chiquita mi lema era hablar por los que no tienen voz. Y creo que ese sueño lo mantengo. […] Para mí, la apuesta sigue siendo todo el tema de la salud mental, todo el tema ecológico, y poder seguir utilizando mi música como un vehículo para enviar tal vez ese mensaje positivo de empoderamiento a todo el mundo que nos escucha”.

Abrigo Bash vía @malva; Media tacón y guantes @jorgeduquevelez; Aretes @bypaulamendoza
Esa seguridad temprana no nació del capricho, sino de un hogar donde los sueños eran válidos, y la intuición —esa forma de sabiduría antigua— era cultivada como guía. Fue en ese entorno donde Ela aprendió a escuchar su voz como algo más que un talento: era su forma de habitar el mundo.
El impacto fue inmediato. Pablo Alborán y Alejandro Sanz —dos de sus ídolos más grandes— compartieron el tema en sus redes sociales. Para Ela, esos gestos lo cambiaron todo. “Yo me iba a morir, a mí me iba a dar algo. Yo lloraba, no podía parar de llorar. Pero esa fue la canción que realmente me abrió las puertas para decir: ‘OK, esto es lo que voy a hacer el resto de mi vida’. De a poquitos, pero ahí voy, y ahí vamos”.
‘Salto de fe’ no solo fue su carta de presentación: se convirtió en un manifiesto de que su carrera no se construiría solo sobre el amor o el éxito, sino sobre causas, memoria y una voz interior demasiado fuerte como para ser ignorada.
Tras graduarse del colegio, Ela decidió viajar a Estados Unidos a comienzos de 2020. La idea era quedarse seis meses componiendo, explorando, buscando ese lenguaje propio que ya intuía, pero que aún necesitaba esculpir. Sin embargo, la pandemia cambió todos los planes. Con las fronteras cerrándose, su mamá le ofreció la opción de regresar en un vuelo humanitario. Contra todo pronóstico —incluso contra el instinto sobreprotector de su madre—, Ela se quedó. Sola. Encerrada. Lejos de casa. En el silencio de un apartamento, y en la conversación más profunda con ella misma.
Ese periodo fue duro. Transformador. “Me quedé sola, dos meses sin ver absolutamente a nadie, pero fue de los momentos más locos porque ahí pasaron dos cosas: la primera es que empecé a escribir mi primera canción solita. Fue la primera vez que me puse a desahogar y todo. Se volvió en una canción que se llama ‘Dime si hay algo’”.
Pero no fue lo único. Un productor amigo (Julien) la llamó para invitarla a participar en el concierto digital La gira se queda en casa, una respuesta artística a la imposibilidad de girar durante la pandemia. Ela aceptó. Y así, sin preámbulos, sin maquinaria ni managers, cantó junto a Alejandro Sanz y Juanes el tema ‘Mi persona favorita’. Para cualquier artista consagrado ya sería un hito. Para una joven compositora encerrada en un cuarto, fue una señal divina.

Chaqueta de cuero @wstudios_; Pantalón falda de cuero @amodomiostore; Botas @noralozza; Earcuff @bypaulamendoza
“Todo fue una locura, de verdad parecía una película y fue de las cosas más bacanas que me han pasado. Fue espectacular.”
Ese momento marcó un antes y un después. Lo que siguió fue una serie de decisiones cargadas de miedo, pero también de fe. Sabía que debía mostrarse. Que su voz no podía vivir solo en el estudio o en la habitación.
Así que se lanzó a las redes sociales. Primero, tímidamente. Videos donde no se veía su rostro, solo paisajes, atardeceres, cielos. La voz era ella, pero el cuerpo no aparecía. “Obviamente, cuando empiezo a notar que mi teléfono era la única forma de conectar con mi familia, con el mundo, todo, digo: ‘Bueno, esta es mi oportunidad’. Empecé poco a poco a subir videos a redes sociales, pero sin mostrar mi cara”.
Con el tiempo —y una valentía que se construye paso a paso— empezó a grabarse cantando. Aunque el público era mínimo (“Me seguían mi mamá, mi mejor amiga, mi perro y yo misma”), Ela no paró. Durante tres meses, subió tres videos diarios. Y cuando el cansancio emocional la alcanzó, pensó en rendirse. Ese día, sin pretensiones, subió un último video: un cover de ‘Machu Picchu’ de Camilo. Antes de cerrar TikTok, miró al cielo y lanzó una plegaria casual, casi infantil, pero sincera: “Si este no se viraliza, ya me rindo”. Y el video explotó. “Tenía como 100.000 views en ese momento. Casi me muero, fue una locura”.
Desde entonces, no paró. Aprendió que la constancia era un músculo. Que las redes podían ser aliadas. Que su cuarto podía ser una plataforma. Que no necesitaba esperar la validación de nadie para empezar a construir una carrera. Y así, con la misma fe con la que cantó su primer verso sobre el planeta, Ela saltó de nuevo. Pero esta vez con el corazón en las manos y los ojos bien abiertos.
Si hay un lugar donde la música ha mutado, no solo como industria sino como lenguaje, es en las redes sociales. Y Ela Taubert lo entendió temprano. Supo leer el pulso del momento y convirtió esa lectura en herramienta. Para ella, TikTok no fue una moda ni un escaparate, fue un escenario íntimo donde, a falta de públicos presenciales, pudo conectar con millones de personas desde su cuarto. Primero fue la timidez. Los videos sin rostro. Luego los covers, luego las canciones propias. Luego, el feedback. Y con él, una nueva forma de diálogo entre artista y oyente: más directa, más horizontal, más poderosa.
Ela no solo comprendió el poder de viralizar contenido: entendió que, en la lógica contemporánea de la música, los fans pueden ser coautores. En el caso de ‘¿Cómo pasó?’, no solo se relacionaron emocionalmente con la canción. Le pusieron nombre. “Yo ya tenía la canción completa y dije: ‘Nada, se va a llamar ‘Porque es más fácil’. Y ellos: ‘No, deberías ponerle ‘¿Cómo pasó?’. […] Llamé al equipo y dije: ‘Se tiene que cambiar el nombre y se va a llamar ‘¿Cómo pasó?’, como ellos dicen que se tiene que llamar’”.

Blazer de Pinko vía @malva; Corsé @jorgeduquevelez; Pantalón @beatrizcamacho3; Botas @napashoesandbags; Collar @bypaulamendoza
Claro, el ritmo de las redes —implacable, voraz, hambriento— puede ser agotador. Pero Ela ha aprendido a relacionarse con él desde la estrategia, no desde la presión. “Yo llevo cinco años sin parar un solo día, porque me conozco, porque soy mucho de la rutina, y donde yo pare, pierdo el año, ¿sí? Pero, esa soy yo”.
En el corazón del universo sonoro de Ela Taubert hay una relación que lo ha transformado todo: su sociedad creativa con Kevin, productor, compositor, compañero de ruta y testigo silencioso de muchas de sus noches más oscuras. Se conocieron en 2021 trabajando en un programa. Desde entonces, no se han separado. “Kevin ha sido una pieza importante en mi carrera y en mi vida. Él fue quien realmente creyó en mi visión y en todo esto que se me metió en la cabeza del mundo anglo en el español, de contar todas estas historias que yo sentía que estaban súper represadas, que no había podido desahogar”, confiesa la artista.
Con Kevin, Ela no solo encontró a un productor con el oído afinado, sino a un aliado emocional, alguien capaz de traducir su vulnerabilidad en estructura, su caos en canción. Juntos construyeron el esqueleto de lo que más tarde sería Preguntas a las 11:11, su primer álbum, un disco que no fue concebido como una obra conceptual… pero que terminó siéndolo.
Ela no lo planeó. Las preguntas simplemente aparecieron. En los títulos, en los versos, en los pensamientos circulares que la visitaban cada noche. “Yo sobrepienso un montón, he sobrepensado toda mi vida demasiado, sobre todo en la noche, cuando no hay nada más que hacer. Siempre repaso lo que hice en el día, lo que no hice”.
Ese hábito nocturno de rumiar ideas, de repasar heridas, de volver una y otra vez a las mismas emociones, fue tomando forma hasta convertirse en un álbum entero: una bitácora emocional en forma de interrogantes. Canciones que no daban respuestas, sino compañía.
“Llegamos a la conclusión de que todas las canciones iban a ser preguntas, excepto una, que se iba a llamar ‘Preguntas’. Preguntas a las 11:11 porque a las 11:11 parte todo. En mi casa, desde que era muy pequeña, nosotros vemos un 11:11 y pedimos un deseo, siempre, sagrado”.
La imagen de las 11:11 —casi un ritual familiar— se volvió símbolo. No solo de sincronías, sino de deseos que se cumplen, a veces sin entender muy bien por qué. Un número que une a Ela con su madre, con su abuelo fallecido, con esa fe íntima en que lo que parece casual tiene sentido. La mariposa, otro símbolo recurrente en su vida desde la infancia, decora la portada del disco y sirve como metáfora de lo que este álbum representa: transformación, fragilidad, belleza, cambio.
Musicalmente, Preguntas a las 11:11 también cristaliza otra obsesión temprana de Ela: el pop anglo cantado en español. Desde niña soñaba con llevar el universo lírico de Taylor Swift, Adele o Rihanna al idioma en el que ella pensaba y sentía. “Yo me metí eso en la cabeza desde chiquita. Siempre que llegaba a algún lugar, yo decía, ‘Es que quiero esto, pero lo quiero lograr en español, a nuestra forma, respetando nuestras raíces, porque yo soy latina, pero quiero poder lograr ese sonido anglo en español’”.
Con Kevin, esa visión se volvió posible. Cada canción fue pensada a futuro, como parte de un todo. Las melodías se construyeron con un oído melancólico, pero comercial; la producción cuidó los detalles hasta el extremo. Country, baladas, pop a lo Rihanna, guitarritas suaves, baladas intensas: todo en una misma paleta emocional. Todo, pop.
“Exploramos en el primer EP y, en este álbum, logramos consolidar lo que queremos mostrarle al mundo. Es por eso que se volvió una meta muy personal poder traer ese sonido al español, a nuestro idioma, y poder también disfrutarlo desde el español. Me parece muy especial”. Preguntas a las 11:11 no es solo un disco debut. Es un mapa de cicatrices. Un archivo emocional de los últimos diez años de la vida de Ela, desde sus 15 hasta sus 25. Un diario íntimo donde cada pista es un umbral. Y como si eso no bastara, logró crear un disco pop sin sacrificar profundidad. Un trabajo que no teme llorar en medio de una melodía contagiosa. Que baila con las heridas al aire.

Chaqueta de cuero @wstudios_; Pantalón falda de cuero @amodomiostore; Botas @noralozza; Earcuff @bypaulamendoza
Con Kevin como brújula y un ejército de preguntas al hombro, Ela se lanzó a consolidar no solo un sonido, sino una identidad. Una forma de habitar el pop desde lo emocional, desde lo transparente. Y, sobre todo, desde lo propio.
En el universo de Ela Taubert no existen las coincidencias. Existen las “diosidencias”: momentos aparentemente fortuitos que, en retrospectiva, parecen orquestados por una fuerza superior. Y si hay un capítulo en su historia donde esa magia se vuelve casi tangible, es el que abarca su nominación al Latin Grammy, el inesperado encuentro con Max Martin, y la colaboración con uno de sus ídolos de la infancia: Joe Jonas.
Todo comenzó con una intuición. Ela y Kevin viajaron a Los Ángeles para una semana de composición. Sabían que tenían una sesión confirmada con Rami Yacoub, histórico colaborador de Max Martin en éxitos de Britney Spears y One Direction. Lo que no sabían era que Max —el arquitecto silencioso del pop global— aparecería de improviso en la sala. “Se quedó casi dos horas componiendo con nosotros. Eso fue de las vainas más locas que nos han pasado”.
Ese tipo de milagros no pararía ahí. Al poco tiempo, llegó otro, la nominación a los Latin Grammy como Mejor Nuevo Artista. Una categoría altamente simbólica, cargada de expectativas, que suele marcar el inicio de una carrera duradera. Para Ela, no fue solo un logro personal. Fue colectivo, y el reconocimiento llegó mientras terminaban el álbum, lo que le dio aún más sentido a un proceso tan íntimo. Fue una señal de que todo —las canciones, las letras, la narrativa, los símbolos— estaba resonando. No solo con los fans, sino con la industria.
Y entonces ocurrió algo aún más improbable.
Ela, rebuscando material infantil para celebrar su nominación, encontró un viejo video de sí misma cantando ‘This Is Me’, la icónica canción de Camp Rock. En ese entonces, como millones de adolescentes en todo el mundo, Ela soñaba con ser como Demi Lovato, como Joe Jonas. En un acto de valentía emocional —y quizás de fe—, decidió escribirle a Joe por Instagram. Un mensaje largo, genuino, agradecido. Sin esperar respuesta.
Joe respondió. No solo con un emoji o un saludo. Quiso conocerla. Se reunieron en Nueva York. Compartieron música. Cuando Ela le mostró ‘¿Cómo pasó?’, él se enamoró de la canción y le propuso colaborar. “Me encantaría sumarme a esta canción”, le dijo. Y así, en medio del torbellino emocional que era su primer Grammy, se fraguó otra “diosidencia”: cantar esa colaboración, juntos, en la ceremonia.
“Yo les había dicho que yo quería lanzar algo la noche de los Grammy, nos nominaran o no, ganáramos algo o no. Y entonces, con Joe, ahí estuvimos hablando, y la disquera llega con la sorpresa de ‘Vamos a tocarla en los Grammy’. […] Ganemos o no, no importa. Ya es lo suficientemente especial”.
Lo que siguió fue una semana mágica. Ella, su equipo y sus seres más cercanos se tatuaron un “11:11” —el número que rige su vida, sus canciones, su disco— justo antes de la ceremonia. El video de la canción se grabó en medio del caos de preparativos. Cantaron. Ganaron. Lanzaron la canción. Y Ela supo, otra vez, que los sueños no solo se cumplen. Se sostienen. Se transforman. Se devuelven. Se cantan.
Si Preguntas a las 11:11 es un diario emocional, el escenario es el lugar donde esas páginas se vuelven colectivas. En vivo, la música de Ela Taubert deja de ser una narración íntima y se convierte en un espejo: una experiencia donde cientos —y a veces miles— de personas se ven reflejadas. Donde llorar, gritar, o simplemente cerrar los ojos se vuelve un acto de comunión.
En una industria donde los conciertos a veces se sienten como productos empaquetados, Ela ha apostado por lo contrario: hacer del escenario un lugar sagrado. Un espacio donde las canciones no terminan, sino que recién comienzan a respirarse juntas. Donde cada fan no es un número, sino una historia paralela. Y donde el pop, lejos de ser liviano, se convierte en experiencia compartida.
En medio del vértigo que implica ser joven, mujer y artista en la industria musical, Ela Taubert ha construido un refugio. No uno perfecto ni impenetrable, pero sí uno sostenido por dos pilares invisibles: la vulnerabilidad y la voluntad de sanar.

Abrigo Bash vía @malva; Media tacón y guantes @jorgeduquevelez; Aretes @bypaulamendoza
A lo largo de su carrera —que a veces parece haberse desarrollado en cámara rápida— Ela ha lidiado con momentos de oscuridad. Soledad, ansiedad, decepción, tristeza. Su EP ¿Quién dijo que era fácil? (2022) fue el primer aviso. Un retrato emocional de una etapa en la que sentía que se desbordaba por dentro. Desde esas heridas nació ‘Crecer’, una de las canciones más honestas de su repertorio. Y con ella, un nuevo propósito, el de usar su música no solo para contar historias, sino para hacer preguntas que acompañen, para decir en voz alta lo que muchas personas callan por miedo. Y también para levantar la mano y pedir ayuda cuando es necesario. “Me prometí que, con mi carrera y con mi vida, quería mandar un mensaje de que la salud mental es importante. […] Hace parte de la vida de todos y no está mal a veces levantar la mano, pedir ayuda y decir: ‘Ven, me estoy sintiendo de esta forma, me pasa algo’”.
Esa honestidad, lejos de debilitar su propuesta artística, la fortalece. La vuelve urgente, humana, creíble. En un momento donde la perfección de redes puede asfixiar, Ela canta con ojeras, con miedo, con cicatrices. Pero también con gratitud. Y con propósito.
Ela no está sola. Nunca lo ha estado del todo. La acompañan su madre, su abuelo en espíritu, su equipo, Kevin, los fans, su niña interior que cantaba frente a un espejo canciones de Hannah Montana. Y ahora también la acompaña el mundo; representa una nueva sensibilidad dentro del pop latino. Una donde el éxito no se mide solo en números, sino en cuántas personas se sintieron menos solas por una canción. Una donde las redes sociales no son escaparate, sino herramienta. Donde la industria puede ser habitada desde la honestidad.
Preguntas a las 11:11 no es solo su disco debut. Es el manifiesto de una artista que sabe que no tiene todas las respuestas —y que no las necesita— para tocar el corazón de miles. Una artista que, en vez de gritar “aquí estoy”, susurra “¿tú también sientes esto?”. Y esa pregunta, en tiempos de ruido, es más poderosa que cualquier eslogan.
El futuro del pop latino no se escribe solo con beats ni con modas. También se escribe con emociones, con símbolos, con propósito.


