septiembre 8, 2022

El placer sexual femenino

Solo 39 % de las mujeres heterosexuales tienen orgasmos frecuentemente en sus relaciones, comparado con el 91 % reportado por hombres. Parece tema del pasado, pero no lo es. El sexo sigue siendo un escenario de disputa por la igualdad de género

Por  LAURA VÁSQUEZ ROA

Ilustración por Santiago Sanabria y Alias Ce

¿Desigualdad de género en la cama? Por supuesto que sí. Los orgasmos femeninos salieron del ámbito privado para mostrarnos que hasta en lo más íntimo persisten las brechas de género y que no están repartidos de manera equitativa entre los seres humanos. El placer, el deseo y el disfrute han sido negados por siglos a las mujeres. Aunque exista un órgano exclusivamente diseñado para el placer y lo tengan los cuerpos biológicamente feminizados (a.k.a. el clítoris), son las mujeres heterosexuales las más perjudicadas por esta injusta brecha.

Cada 8 de agosto, desde 2007, en América Latina se celebra el día del orgasmo femenino. En otras partes del mundo se conmemora a finales de julio. La fecha en sí misma no es relevante, pero en cambio, la oportunidad para hablar de los rezagos que persisten en el disfrute del sexo entre las mujeres sí lo es.

Aquí es necesario hacer una aclaración. Si bien esta fecha conserva el nombre de orgasmo femenino, estos tiempos nos exigen pensar de manera amplia lo que significa lo femenino y la diversidad de la palabra mujer. Aun así, la gran brecha de orgasmos y las imposiciones sobre la sexualidad han atravesado históricamente el cuerpo de aquellas que nacieron con clítoris y vulva, y fueron nombradas mujeres. Allí es donde se centran las siguientes reflexiones.

Dicho esto, empecemos por uno de los mitos más comunes que rondan la idea occidental sobre el sexo: la penetración y su duración. La publicidad, la pornografía, el cine y las conversaciones de amigos siempre recaen en una supuesta variable indispensable para el buen sexo. Durar mucho en la cama parece sinónimo de grandes orgasmos y mucho placer. Hay toda una lista de productos enfocados en mantener el pene erecto por el mayor tiempo posible. Pastillas, aerosoles, condones con lubricantes especiales para “toda la noche” que vienen con la promesa implícita de sexo cinco estrellas.

Lo mejor, o lo peor, de todo es que esta idea centrada en la penetración viene aparejada con la supuesta exigencia de las mujeres para que las faenas duren horas. Pero ¿realmente quién quiere que la penetración dure toda la noche? ¿A alguien más le dolió la vulva de solo pensarlo?

Por más esfuerzos modernizadores para repensar la sexualidad de forma más compleja, la verdad es que la penetración sigue teniendo un papel demasiado central en nuestras mentes y en nuestras prácticas. Elisabeth Lloyd, investigadora y autora del libro The Case of the Female Orgasm, revisó 33 estudios de las últimas ocho décadas y encontró que solo el 25 % de las mujeres obtienen orgasmos a través de la penetración.

¿Cuántas de las que leen esto están en ese 25 %? Mientras tanto, los relatos más comunes sobre el sexo insisten en que la penetración debe durar muchísimo. Y digo muchísimo a propósito, porque no hay un estándar de cuánto debe durar un polvo. Entonces, si en ese mete y saca prolongado no se está llegando al punto más alto del placer, no tiene sentido mantener esa idea.


El sexo heterosexual tiene una gran deuda con las mujeres. 90 % de las mujeres que llegaron a un orgasmo fue a través de sexo oral o masturbación. Muchas, además, apuran el orgasmo de su compañero para que termine rápido.


El sexo heterosexual tiene, según diversos estudios, una gran deuda con las mujeres. Mientras el 91 % de los hombres alcanzan orgasmos, solo el 39 % de las mujeres lo logra. Esto de acuerdo con un estudio de la American Association of University Women hecho con 800 estudiantes universitarios en Estados Unidos. No es el único ejemplo que muestra esta enorme diferencia. Una investigación de 2012, dirigida por la socióloga Elizabeth A. Armstrong, encontró que incluso la brecha es mayor cuando se trata de sexo casual por la falta de conocimiento entre ellos, aunque esto no implica que en relaciones de pareja cambie mucho el panorama.

Volvamos a la idea de la penetración como el asunto central del coito y su duración. Esta creencia de que el sexo debe durar horas contradice lo que 19.000 mujeres contestaron en un estudio publicado en 2006 en el Journal of Sex Research. Se encontró que el 90 % que recibieron sexo oral o masturbación por parte de su pareja en su última relación sexual tuvieron un orgasmo, mientras que aquellas que tuvieron solo penetración lo alcanzaron en un 49 %.

En una poco representativa encuesta que hice entre 31 amigas y conocidas entre los 20 y los 41 años, los resultados aparecen en una línea similar. Aunque el 79 % indicó que disfrutan mucho la penetración, 18 % dijo que la disfrutan poco y 4 % de plano no les gusta. Pero lo interesante es que el 75 % dice que llega al orgasmo por estimulación externa en el clítoris y el 4 % con otro tipo de estimulación, mientras que solo el 18 % lo logra con penetración, en donde haya, en todo caso, roce sobre el clítoris.

A pesar de no ser datos multitudinarios, es interesante encontrar evidencias cercanas de algo que poco se comenta públicamente sobre el sexo. Entre las que contestaron, 61 % dice que la duración ideal del sexo es de 15 minutos a media hora, mientras que 21 % prefiere que dure menos de 15 minutos. Esto refiriéndose en particular a la penetración y haciendo énfasis en que disfrutan algo más extenso solo si involucra “juegos previos”, es decir, otro tipo de estimulación. Un último dato clave: el 86 % ha acelerado el orgasmo de su compañero para que termine rápido.

Esto no pretende decir que la duración no le importa a ninguna mujer. No solo para algunas es clave, sino que además esta duración es relativa y debe complejizarse para ampliar la mirada sobre lo que ocurre en el sexo más allá de la penetración. Esto tampoco debería descartar que las ideas que el porno ha instalado en hombres y mujeres son muy fuertes. Lo más común en la pornografía es ver a mujeres llegar al orgasmo solo con penetración. Al fin y al cabo, el porno es ficción. 

Pero, si la penetración aburre o incluso produce dolor cuando toma mucho tiempo, hay que replantear no solo los tiempos, sino las formas en que se tiene sexo heterosexual. En el caso de mujeres que tienen sexo con mujeres las brechas son mucho menores. Una investigación de 2014 del Instituto Kinsey para la investigación en sexo, género y reproducción, encontró que las mujeres lesbianas alcanzaban orgasmos en un 74,7 % de sus encuentros, frente al 61,6 % de las heterosexuales. Una amiga bisexual con la que hablé confirma que “la diferencia entre el número de orgasmos en interacción con hombres respecto a mujeres es abismal. En casi todas mis relaciones con mujeres ha habido orgasmos, y en casi ninguna con hombres los ha habido”.

Poner el foco en la duración y la penetración como garantía para el buen sexo no solo afecta a las mujeres, sino que pone una presión innecesaria entre los hombres. La ansiedad por el rendimiento en la cama en esos términos es lo opuesto al disfrute. Un encuentro sexual va mucho más allá de la penetración, y no tiene que durar toda la noche. Hay tanto por estimular en el cuerpo de una mujer y de un hombre, que esa reducción no solo es aburrida sino muy poco eficiente. Más que duración, necesitamos calidad y apertura para explorar otras formas de dar placer.

Deseo, placer y autoconocimiento: el gran veto sobre las mujeres 

La feminista argentina Luciana Peker es autora del libro Putita golosa. Por un feminismo del goce. Allí se dedica a desmantelar las perversas bases en las que se fundamentan las limitaciones del deseo de las mujeres y a hablar del goce y placer, porque “el deseo es el núcleo de la autonomía femenina”, dice ella. Así explica también que la represalia violenta que recibimos las mujeres en el tiempo presente está directamente relacionada con acallar ese deseo. La revancha es contra los cuerpos y contra las mujeres libres. “Mi cuerpo es mío”, “Más orgasmos, menos violencia”, “Me visto como quiero y me desvisto con quien quiero”, son algunos de los lemas que protagonizan las marchas feministas en América Latina y que Peker utiliza como ejemplos de un movimiento político que “puso el cuerpo en la lucha y conquistó el cuerpo como placer público”.

Para ella, lo que desmuestra la brecha orgásmica no es que los hombres sepan disfrutar más del sexo, sino que en las relaciones heterosexuales saben muy poco de hacer disfrutar a las mujeres. “Las mujeres tienen menos permitido el goce y por lo tanto también pedir lo que les gusta, tener experiencias placenteras o buscarlas. Creo que eso está muy condicionado por la violencia que sufren las mujeres, pues genera inhibiciones y pudores”, explica.

Aparejado con esto, Luciana ve una conexión con el auge de libertad sexual actual, que, aunque lleva a cierto lugar de placer a las mujeres, por el otro conlleva desapego y falta de tacto, de cariño, de piel, por parte de los hombres, algo que ayuda a tener relaciones placenteras. “Está bueno salir del modo conservador para permitir el placer de las mujeres, pero a veces la salida del molde conservador ha sido canjeada por un molde que no es liberador, sino que, al frivolizar excesivamente las relaciones sexuales, en vez de generar mayor desinhibición, crea nuevos tabúes”.

Desde otra perspectiva, Laura P. Contreras, investigadora en salud menstrual, sexual y reproductiva en Colombia, encuentra un doble origen en las restricciones que explican las brechas para obtener placer entre las mujeres. Por un lado, le da un contexto histórico al derecho que se nos ha negado de conocer nuestro propio cuerpo y que tiene origen en la medicina y el saber biomédico: “Este enfoque occidental ha medicalizado el cuerpo y generado que, como mujeres, ni siquiera conozcamos nuestros órganos sexuales porque el saber experto recae en el doctor y no en nosotras sobre nuestro propio cuerpo”, dice. De ahí en adelante la brecha se hace muy grande por la falta de autoconocimiento, lo que limita la posibilidad de reconocer qué sentimos.


“Los psicoanalistas se preguntaban qué les pasaba a las mujeres, que eran frígidas, que se iban a inventar un Viagra para ellas; pero era la violencia”.


Por otra parte, los preceptos religiosos y culturales rigen todavía nuestras relaciones sobre el cuerpo, y la investigadora toma como ejemplo que ni siquiera a la vulva le llamemos como tal y se le diga vagina. “Desde niñas le decimos mil nombres evasivos, desde ahí hay una incapacidad de conocernos. Los niños se pueden tocar sin problema, pero las niñas que tocan su vulva son regañadas inmediatamente”, comenta.

Luciana opina que, además, esta última ola del feminismo que protagonizamos en América Latina se centra en denunciar la violencia y el abuso sexual y, aunque no haya terminado esa violencia, tiene efectos el hecho de que esté dejando de ser naturalizada. “Después de Ni una menos, del Yo te creo hermana, del #MeToo, lo que vemos es que claramente no nos gusta el sexo por obligación, forzado, sin ganas y eso ha sido el estimulante sexual más liberador para las mujeres. Los psicoanalistas se preguntaban qué les pasaba a las mujeres, que eran frígidas, que se iban a inventar un Viagra para ellas; pero era la violencia”. 

¿Cómo superar esta brecha? Para Laura es fundamental que desde la niñez promovamos espacios para que mirar el cuerpo sea natural. Para personas o mujeres mayores, dice que la clave primero está en identificar qué sentimos, pues la observación del cuerpo es fundamental para generar autoconocimiento y autogestión en todo sentido, en la salud, en la sexualidad y en todo lo demás. “Una forma es con el ciclo menstrual, porque el ciclo es una brújula de cómo estamos y eso nos permite identificar sensaciones en lo físico, en lo emocional, cambios mentales y no ser ajenas a conocernos cuando menstruamos, que no sea algo autómata. Hay que darse la oportunidad de conocerse y darse el regalo de identificar cuándo siento deseo, qué me gusta, qué no me gusta”.

Aunque tampoco podemos cargar al orgasmo como el fin último del sexo, y como dice Luciana, tampoco hay que “caer en el mandato de tener 1.000 orgasmos y ser una bomba sexual”, no se debe minimizar la importancia del placer y de su búsqueda. El sexo puede ser tan placentero como se quiera, siempre que las condiciones se den. El placer es un derecho, y eso significa que hay una tarea tanto personal como social para que todas, todes y todos disfrutemos de nuestros cuerpos. Esto va más allá del coito e incluye la exploración, el afecto, la autonomía y la libertad. La información sobre la sexualidad de las mujeres es cada vez más pública y aun así falta que más hombres se eduquen y valoren el poder de la estimulación del clítoris como la ruta más confiable hacia el orgasmo femenino. Todo muy bien con la penetración, pero no puede ser ni el centro ni lo que se robe la atención en el sexo. Luego de esa maravillosa estimulación, ahí sí podrían enfocarse en sus propias sensaciones. Con esto seremos más orgásmicos y más felices.

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