Fotografías por Mike Belleme

El nazi encubierto

Durante décadas se infiltró en pandillas de motociclistas y grupos de supremacía blanca. Ahora cuenta su historia para advertir sobre el peligro que representan los extremistas de ultraderecha en Estados Unidos

Por: PAUL SOLOTAROFF

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Ya llegaremos al terrorismo y a la guerra racial que frustró; a los periodistas que salvó y a la sinagoga marcada por la masacre en Myrtle Beach; a la marcha por las armas en el Capitolio, donde planeaban acabar con policías y manifestantes. Todavía hay tiempo para admirar el trabajo de Scott B., un federal que se infiltró en escuadrones de la muerte de la ultraderecha y derrumbó su red nacional de células terroristas. (Scott pidió que no se revelara su apellido, por la seguridad de su familia). El verano del año pasado, cuando se retiró del FBI a los 50 años, Scott dejó la oficina siendo uno de los agentes con más historia desde Joe Pistone, el Donnie Brasco de la vida real. Por más de dos décadas, resolvió casos emblemáticos y ganó todos los laureles que les dan a los agentes encubiertos. Aunque han pasado meses desde su retiro, no puede dejar de darle vueltas a la amenaza que dejó atrás. Sabe mejor que nadie que es más tarde de lo que pensamos, y cada día estamos un paso más cerca del siguiente 9/11, esta vez perpetrado por estadounidenses.

Pero primero necesitamos hablar del cordero. Porque el cordero –más específicamente una oveja con diarrea– murió por todos nuestros pecados de los últimos cuatro siglos.

Es la noche de Halloween de 2019 y Scott –coordinador encubierto del FBI y agente especial enviado a las Joint Terrorism Task Forces– está temblando bajo tres capas de ropa, incluyendo el equipo táctico, en la completa oscuridad de los bosques del norte de Georgia. Se infiltró en un grupo de terrorismo doméstico llamado la Base, es un experto en combate cuerpo a cuerpo que fingía ser un exskinhead apodado PaleHorse. Scott y 11 miembros de la Base caminan por una senda sin nombre hacia un claro junto a un arroyo. No conoce a la mayoría de los hombres con los que está, varios viajaron desde lejos para un entrenamiento de cuatro días en operaciones guerrilleras. Cinco de ellos viajaron desde el noreste de EE.UU. con fusiles y armamento en sus baúles.

Otro, un chiflado que se hace llamar ZoomGnat, ha estado despierto por dos días seguidos tomando anfetaminas y Red Bull, y vino directamente desde Texas. Ninguno se llama por sus nombres verdaderos, solo por sus seudónimos: Pestilence, PunishSnake, BigSiege, etc. Algunos son exmilitares con entrenamiento en municiones y los medios para apagar una central eléctrica. Otros son fanáticos autodidactas que disparan y se mueven tan ágilmente como un soldado paracaidista. Hoy en día puedes aprender cualquier cosa en Internet, incluso cómo empezar una guerra racial en tres pasos.

PELIGRO INMINENTE: En 2006, para la operación Road Kill, Scott se infiltró para acabar con la pandilla de motociclistas Outlaw.

El día había comenzado agradable, pero después de varias horas de lluvia, hacía mucho viento y todo estaba lleno de barro. Cuando llegaron al claro encendieron antorchas y formaron un círculo alrededor del fuego; uno de ellos comenzó a recitar conjuros, citando Cacería salvaje y otras interpretaciones muy desacertadas de las mitologías precristiana y nórdica. Y luego -porque no es un sacramento a los dioses sino a la masacre de judíos, afrodescendientes y homosexuales- era hora de sacrificar a un animal que habían robado de una granja vecina.

La cabra, totalmente empapada, se cagaba y chillaba de miedo al ver a estos hombres con máscaras de muerte y camuflaje. El hombre que dirigía el ritual (nombre clave: Eisen) blandió el machete por encima de su cabeza, dudó un segundo y luego bajó la hoja que rebotó en el animal con un fuerte sonido. Las cabras no están hechas para sacrificios, sus nucas están doblemente reforzadas con cartílago y piel. Después de más intentos alguien tuvo la brillante idea de simplemente dispararle. Pero esto también se convirtió en un puto desastre. Eisen desvió la mirada mientras apuntaba al animal con la pistola, y gracias a que todos estaban en un círculo, cualquiera pudo haber muerto si fallaba.

Así que Scott, quien en la vida real es un francotirador que también enseña a sus compañeros cómo disparar, se unió para enseñarle a los jóvenes neonazis las nociones elementales sobre el control de armas. Pero la cabra no murió de un solo disparo, sus piernas siguieron agitándose, como burlándose de Eisen. Finalmente, murió con un segundo disparo y el oscuro sacramento pudo dar inicio.

Alguien le cortó la garganta al animal y llenó un cáliz con la sangre. Los hombres se pasaron el cáliz alrededor del fuego, cada uno bebiendo un sorbo. Para el momento en que la copa llegó a Scott, la sangre se había separado en pequeños grumos de plasma y estaba claro que él no bebería eso. Metió el meñique en el cáliz y se lo llevó a los labios al tiempo que otro tipo comenzaba a vomitar, devolviendo hasta el almuerzo sobre los árboles. Dios mío, pensó Scott mientras miraba alrededor de la fogata a los desadaptados que se entrenaban para el caos. Era el único cristiano en una misa del diablo, y el único adulto funcional disponible. Mientras que otros tomaban ácido y se asustaban entre ellos al hablar con la cabeza de la cabra, Scott se mantuvo cerca del fuego. “Hacía demasiado frío, y no podía ir a mi camioneta, estaba grabando todo”.

Scott cuenta la historia en su casa de campo en los Apalaches. Tiene rifles de asalto, un arsenal en el armario, y líneas de visión para disparos mortales sobre el camino frente a la casa. Mientras habla, muestra videos de los hombres con los que estuvo, captados con una cámara escondida. Grabar a terroristas armados en medio de un bosque a kilómetros de su equipo de apoyo es un trabajo muy arriesgado, pero no menos que mostrar la grabación y revelar estos detalles para consumo masivo. Scott nunca ha sido nombrado en público, ni siquiera en procesos penales. La evidencia que recaudó de forma encubierta fue tan completa, que todos los acusados que arrestó se declararon culpables.

En 2017, se infiltró en el Klan para la operación Smoking Robes, que terminó en el arresto de un hombre que supuestamente planeaba abrir fuego contra una sinagoga.

Pero ahora está rompiendo su pacto por la misma razón por la que grabó ese video: vive atormentado por las cosas que esas personas podrían hacer si no se pone fin a su movimiento. Tras meses de entrevistas a Scott y a sus antiguos colegas, horas de conversaciones con expertos en terrorismo doméstico e inmersiones en portales fascistas en aplicaciones como Gab y Discord, surgió el retrato de una nación amenazada por mil puntos de odio. “Hemos visto un aumento masivo en conspiraciones y acciones” cometidas por terroristas domésticos, dice Bruce Hoffman, profesor de Georgetown y autoridad en el tema, cuyo libro Inside Terrorism es un texto magistral al respecto. “Mi equipo y yo pasamos noches dando puños al aire porque hay un millón y medio de personas planeando asesinatos en Internet”, dice Rita Katz, fundadora y directora de SITE Intelligence Group, y autora del próximo libro Saints and Soldiers, que rastrea el origen del terror de extrema derecha en la era de Trump. “Es un asunto en el que no podemos equivocarnos ni una sola vez”, afirma Scott. “Y hay muchísimos más de ellos que de nosotros”.

Le pregunto cómo aguantó todas esas horas en compañía de esos tontos, Scott se pone tenso y me muestra unas fotos en su celular. “Este es Dylann Roof”, veo la foto de un adolescente, “mató a nueve personas en una iglesia”. “Y este es Patrick Crusius”, me muestra a uno con gafas, “se le acusa de haber matado a 23 personas en un Walmart en Texas. No creas que los conoces por lo que dicen en Twitter”.

Después Scott busca un meme que guardó de una de las aplicaciones en donde están esos adolescentes llenos de odio. Hay un póster que se hizo viral de los supuestos santos que inspiran a los terroristas a nivel global; arriba está santo Breivik, por Anders Breivik, el noruego que masacró a 69 personas en un campamento de verano para niños, y otros ocho en Oslo con una camioneta bomba; debajo está santo Tarrant, por Brenton Tarrant, el australiano que mató a 51 personas en un par de mezquitas de Nueva Zelanda; y abajo está Robert Bowers, el camionero de Pensilvania que supuestamente mató a 11 personas en una sinagoga de Pittsburgh. El meme es un tótem para la juventud nazi en entrenamiento, los condecorados en una competencia de asesinos.

Scott ha levantado pesas toda su vida y su cuerpo es la prueba de ello: enormes cuádriceps y brazos que luce con camisas sin mangas. Mide 1.93 y pesa 117 kilos, ocupa más espacio del que querría, aunque nunca pierde tiempo tratando de adaptarse a su entorno. Es divertido y grosero, y podría encantar a cualquiera; no extraña que incluso los extraños en el supermercado lo llamen Tex, aunque es tan tejano como tú o yo.

Pero ser un gigante con tatuajes es su propio disfraz: nadie te ve y piensa “es un policía con ropa casual”, con una cámara escondida en sus pantalones de cuero. Esa es la clave para el disfraz perfecto: es un genio por actuar como sí mismo. “Yo no actúo, si actuamos, nos matan”, afirma Scott. “Solo estoy mostrando mis partes más oscuras”. Luego describe con brusquedad a sus objetivos –motociclistas homicidas que golpean a sus víctimas con martillos, pandilleros racistas que prostituyen a sus mujeres con el seudónimo de “ángeles arios”, campesinos que fueron criados de la misma manera que Scott, pero ellos se fueron por la derecha y él por la izquierda.

“Si no hubiera jugado fútbol en la universidad y o no hubiera tenido amigos negros, quizá compartiría algunas de sus opiniones”, confiesa. Termina con el whisky que le queda en el vaso (lo toma como si fuera agua) y se ríe ante la idea de propagar el odio. “No me gustan las estupideces”.

Aun así, jugando al miembro del Klan y al asesino a sueldo, tuvo las agallas de infiltrarse en el terrorismo local. Durante 28 años como policía –primero como investigador, luego como una estrella fugaz en el FBI– ha estado trabajando para infiltrarse y salir, desmantelando grupos que descuartizan policías impostores. En las canastas que trajo del trabajo cuando se retiró están las notas de campo y las transcripciones de todos sus casos. Estas corroboran sus relatos y las plagas de las últimas tres décadas: la marea de drogas de los cinco cárteles que penetran la frontera sur de EE.UU.; el envenenamiento de los suburbios por las grandes farmacéuticas y las fábricas de opiáceos, y el torrente radioactivo de supremacía blanca a través las redes sociales. Scott suena casi nostálgico ahora que recuerda los 90, cuando el mayor monstruo en Estados Unidos era la cocaína.

Su graduación de la academia en 1993.

Según él, hay 600 agentes del FBI certificados como UCE (agentes encubiertos), pero algunos trabajan como agentes de “respaldo”: crean identificaciones y perfiles de redes sociales falsos para los UCE que trabajan afuera. De las cientos de personas que hacen operaciones cara a cara, la mayoría solo ha tenido un par de casos como agente encubierto principal. “Quizá haya 50 personas en el país que han hecho cinco o más operativos, y luego hay unos pocos que han llegado a los dos dígitos”, dice Shawn McAlpin, un productivo UCE que se retiró para administrar un boticario de cannabis. Scott ha trabajado en docenas de operativos, y aunque suelen ser diversos, tiene un tipo en especial. “Nadie me va a enviar a crímenes corporativos, soy campesino, me sacarían riéndose de la sala de juntas”, dice.

Se hizo un nombre con trabajos sucios, a veces manejando varias operaciones al mismo tiempo. Se infiltró en los Outlaws, una pandilla de motociclistas, que igualan a los Hells Angels en tamaño, y envió a 16 miembros y asociados a la cárcel por posesión de armas, drogas, extorsión y crímenes violentos. Una noche, horas antes de que se concretara un gran negocio de drogas, convocaron a Scott en su casa club en Taunton, Massachusetts. Scott llevaba su equipo habitual: una cámara diminuta y un chip de grabación oculto en su cuerpo (podría afectar las técnicas de espionaje al decir exactamente dónde); con una pistola en la cabeza, le ordenaron que se desnudara.

Estaba pasmado, había permanecido encubierto por 18 meses y cometido seis crímenes con ellos (o al menos eso pensaban). “No te mentiré: me estaba cagando del susto mientras me desvestía”, dice. Lo requisaron y buscaron en su ropa, pero no encontraron la microcámara, un milagro que atribuye a su dios. Más tarde, en uno de los locales de striptease que frecuentaban, su descarga de adrenalina se convirtió en rabia. “¡Váyanse a la mierda, hijos de puta!”, siseó Scott, poniéndose morado. “¡Mañana haré que ustedes se desnuden, perras!”.

La siguiente fue la operación Justicia Poética: una comisaria del sur traficaba drogas, cigarrillos libres de impuestos y aceptaba sobornos. “Había tanta corrupción que esta se filtró en el gobierno, porque todos están emparentados”, dice Mike MacLean, supervisor de Scott en el FBI en Knoxville. Antes de que Scott y su equipo se cargaran a 50 personas, incluyendo policías y sus familiares, habló con el pariente de un diputado, cuando de repente el tipo sacó una escopeta con el dedo en el gatillo. “Si descubro que eres de la policía, eres hombre muerto”, dijo mostrando sus encías desdentadas en un gruñido. Meses después, cuando los atraparon, Scott volvió a hablar con el tipo, presentándose como miembro del FBI. “Mierda, siempre supe que eras policía”, dijo el pariente. “¿Ah, sí?”, preguntó Scott, quien escuchaba aquello a menudo cuando hacía los arrestos. “Entonces, ¿por qué me vendiste coca durante todo un año?”. “Oh, eso fue porque me caes bien”, contestó el hombre.

Combina esa demencia criminal con fanatismo, y obtendrás la lógica desequilibrada del poder blanco. En los grupos de odio en los que se infiltró, Scott se encontró con credos que solo un loco podría concebir. Una noche, se quedó bebiendo whisky con un miembro del Klan que le explicó la teoría de la simiente dual; en el Jardín del Edén estaban Adán, Eva y Abel, y Abel, nacido de Adán, engendró la raza blanca. Luego, llegó la serpiente con la fruta prohibida, solo que en esta versión, la “fruta” hace referencia a Eva acostándose con la serpiente. La serpiente, siendo Satanás, engendró a Caín y a la gente de barro, comenzando con los judíos. Después le siguen los afrodescendientes, los gais, comunistas y asiáticos: todos son la semilla de Satanás también. Los cristianos pueden matarlos y no es pecado, gracias a que son engendros del infierno que no tienen alma.


“No puedes creer conocerlos por cómo se muestran en twitter. No podemos equivocarnos ni una sola vez”, afirma Scott, “y hay muchos más de ellos que de nosotros, los agentes encubiertos”.


Los nombres de los demonios varían según el lugar del circuito racista: gente lagarto, bestias del campo, osos con caras cortas. Las reglas también cambian, incluso bajo la misma bandera. Los discípulos de la Nación Aria en Tennessee traficaron droga y armas, y prostituyeron a sus mujeres en Backpage a personas racializadas. Esto le puso los pelos de punta al reverendo Richard Butler, quien fundó la Nación Aria en los 70. Desde su comunidad en Idaho, envió cartas con órdenes de cesar y desistir a los paganos del sur. Los acosó durante meses para que cambiaran su nombre y ellos le dijeron que se fuera a la mierda. Finalmente, Butler se rindió: podrían llamarse Nación Aria si estudiaban las Escrituras con él. Y así sucedió: los apóstatas de Tennessee se hicieron religiosos y siguieron vendiendo drogas a todos los interesados. Scott arrestó a ese grupo en 2018, enviando a 44 miembros a la cárcel. “A pesar de toda su mierda cristiana, movían toneladas de productos”, afirma, y usaban las ganancias para aumentar sus bases.

Cuando le pregunté si alguna vez los desafió ante la contradicción, Scott bufó. “Le pregunté a un neonazi que por qué odiaba tanto a los afroamericanos, y me respondió que ‘son perezosos, se aprovechan de sus familias y del condado’. Luego le pregunté en dónde vivía y me respondió que en la casa de la mamá de la novia. Y cuando le pregunté en qué trabajaba, dijo que en ese momento estaba desempleado. Me reí y le dije: ‘¿Soy yo o tú mismo eres lo que dices odiar?’”.

Si Scott solo hubiera estado en los “crímenes empresariales” (pandillas de narcotraficantes, policías corruptos, casos de trata de personas), habría abierto un gran camino en el FBI. Pero se desgastó trabajando en casos de robos entre traficantes de drogas y quería salir de allí cuando antes. Por eso, en 2015, ordenó su propia transferencia a la Joint Terrorism Task Force en Tennessee. Creado por el FBI en 1980; la JTTF son equipos regionales que combinan federales, policías, soldados y lingüistas para rastrear amenazas terroristas locales. En ese entonces, nadie en Washington creía que los grupos de extrema derecha fueran una gran prioridad; “Durante muchos años, nuestra unidad había sido un equipo mediocre, no era conocido por tener buenos agentes”, dice Scott. Eso cambió cuando él llegó, construyó todo un caso sobre las Naciones Arias que duró 18 meses; el golpe de suerte terminó en arrestos e incautaciones que le demostraron al DTOS –el comando de terror doméstico en Washington– “que se pueden presentar casos importantes contra supremacistas blancos, y que necesitamos más personal”, añadió.

El FBI pronto aumentó el tamaño de su equipo y Scott expandió su alcance a otros estados. Se hizo pasar por un criminal motociclista y se infiltró en una célula del Klan sospechosa de fabricar armas fantasma para la venta. Una noche en un campo remoto en Alabama, le vendaron los ojos y le ordenaron que se arrodillara: fue “naturalizado” o admitido por un mago vestido de verde. Durante meses asistió a Klan Kraft Klasses y tocó canciones de Lynyrd Skynyrd en sus reuniones. Como guitarrista, Scott es una especie de Dave Mustaine barato, lograba tocar cuatro canciones y se quedaba sin material. “No puedes tocarle Hendrix al Klan”, afirma, así que tocaba los clásicos sureños mientras avivaban su antorcha de nuevemetros con combustible.

En esas reuniones del Klan se enteró de un hombre con malas intenciones. “Publicaba fotos de sinagogas en su Facebook y decía: ‘Haré algo grande’”. Se reunió con el tipo, haciéndose pasar por un closer [persona que suministra el “hierro”, ya sea un arma o una bomba para un ataque]. El 12 de enero de 2017, Scott recogió a Benji McDowell en su casa de Carolina del Sur y condujeron a Myrtle Beach para hablar sobre los objetivos. “Esto sucedió justo cuando Dylann Roof fue condenado”, añade. “Benji dijo que quería hacer algo al estilo de Roof, solo que a mayor escala”.

Scott no sabía qué pensar de McDowell, un marihuanero de 30 años que parecía un adolescente con poco cerebro. Un sinfín de idiotas publican amenazas horribles, pero no tienen la voluntad o los medios para llevarlas a cabo, y el agente pensó que McDowell sería uno de esos perdedores. Confirmó su sospecha cuando el tipo encendió un porro en el asiento trasero del sedán de Scott. “¡Apaga eso!”, le gritó furioso. “¡No sabes lo que tengo en el baúl o cuáles son mis antecedentes!”. McDowell estaba tan asustado que se tragó el porro y más tarde vomitó en un parqueadero. 

PLANEANDO DESATAR EL “BOOGALOO”: El trabajo de Scott llevó a los arrestos de Luke Lane, Jacob Kaderli y Michael Helterbrand (desde la izquierda). Todos eran miembros de la Base, una red de supremacistas blancos determinada en desatar una guerra racial en Estados Unidos.

Pero esa noche recibió una llamada del tipo: “Quiero una pistola calibre 40 y balas huecas”. Scott volvió en febrero para entregarle el arma, pero sin el percutor, claro está. “Hubiera estado listo para actuar en una semana o dos”, afirma. “Tenía información sobre un evento en un templo donde estarían muchos niños y familias”. La entrega se dio en el motel de Scott, donde policías rodearon a McDowell en el estacionamiento. Más tarde, en la estación, hizo una triste confesión; “Me alegro de que me hayan detenido, estaba a punto de hacer algo malo”. El agente dice que el tipo recibió un tirón de orejas nada más; 33 meses en prisión por posesión de un arma ilegal. “La ventaja de ellos es que no existe una ley de terrorismo doméstico, no puedes arrestar a un tipo por decir que todos los judíos deberían morir. Así terminas trabajando con cualquier cargo con el que puedas sacarlos de las calles”.

Aunque no tuvo mucho tiempo para meditar sobre las sentencias, porque había escuchado de otro complot en una planta industrial. Un hombre blanco, enojado con sus superiores afrodescendientes, buscó una bomba para volar el lugar. Scott lo contactó a través de una fuente, haciéndose pasar otra vez por un closer, pero temeroso de dejar un rastro de voz, el hombre se negó a hablar y le envió un mensaje de texto con lo que buscaba: un emoji de una bomba explotando. Después de meses de escribirle desde su teléfono personal, el delincuente cambió su objetivo de la fábrica a la casa de sus jefes, una pareja casada. Travis Dale Brady fue arrestado cuando recibió una bomba falsa, entregada por los mismos federales. “No era un genio de la seguridad”, dice Scott, “pero personas estúpidas matan gente todo el tiempo. Al igual que el otro tipo [McDowell], tenía el corazón y la voluntad de hacerlo. Y hasta dónde yo sé, muerte es muerte”.

Scott no podía saberlo en el momento, pero ya se sentían los primeros temblores: una ola de terror blanco surgió en 2017. Durante la primavera hubo terribles asesinatos motivados por el odio en Nueva York y Portland, Oregón. Luego, en el verano, llegó el gran diluvio: Charlottesville, Virginia. Hombres con armas y banderas nazis se pasearon durante dos días por las calles del pintoresco pueblo; los policías y soldados se quedaron mirando, mientras docenas resultaban heridos en un festival de odio y horror. Ni siquiera las imágenes de James Fields Jr. atropellando a la multitud con su carro, para luego retroceder y volver a arrancar, atropellando más peatones, después de matar a Heather Heyer, lograron que esto se viera como una amenaza de primera categoría en los Estados Unidos. “Durante todo ese tiempo, luché como loco para mantener mi operación de la Nación Aria”, dice Scott. “La sección de terrorismo internacional era la encargada, nosotros en DTOS no éramos considerados importantes”.

Scott y sus colegas estaban desconcertados. Había grupos en esa manifestación planeando una destrucción masiva, el peor de todos: la Atomwaffen Division, una pandilla global de adolescentes y jóvenes blancos que han sido bautizados con fuego por las enseñanzas de James Mason, cuyo libro prohibido, Siege, es un plan de estudios para racistas. Mason, un neonazi canoso que vive tranquilamente en el norte de Colorado, ha estado entrenando a sociópatas desde principios de los 80. Es uno de los padres fundadores del movimiento “acelerador”: un consorcio de extrema derecha que piensa que la sociedad está al borde del colapso. Su trabajo es acelerar las cosas para promover ataques contra personas e instituciones, preparando el terreno para la guerra racial en las calles. En ese baño de sangre, el “boogaloo”, como lo llaman, prevalecerán los que tienen las armas más grandes. Entonces, los terroristas podrán reclamar su califato: un etnoestado blanco como el hueso, armado hasta los dientes; hecho por, para y a partir de la raza superior.

Pero los secuaces de Mason en Atomwaffen no tenían claros sus objetivos. Uno de ellos, Nicholas Giampa, mató a los padres de su novia porque no querían que ella saliera con un supremacista blanco. Otro, Devon Arthurs, mató a sus dos compañeros de cuarto, ambos parte de Atomwaffen. Y un tercero, Samuel Woodward, apuñaló hasta la muerte al hombre con quien tuvo una cita en California.

DESMANTELANDO LA BASE: Para su última misión, Scott pasó siete meses como miembro del conjunto neonazi conocido como la Base. Los hombres condenaban al “Gobierno de Ocupación Sionista”, entrenaban en el bosque con equipo militar y estaban planeando asesinatos en masa.

Esos asesinatos fueron tropiezos de un grupo letal; tres miembros de la Marina planeaban destruir centrales eléctricas con bombas caseras. Ya habían formado un “escuadrón de la muerte” y vendían rifles en todo el estado. Un miembro en Las Vegas tenía como objetivo un templo, planeaba detonar un artefacto explosivo improvisado, para luego acabar con los feligreses a medida que huían en pánico. Estos jóvenes publicaban cosas tan escalofriantes en la red social Gab, que finalmente el FBI intervino en 2018; enviaron a Scott como parte de un escuadrón encubierto al Destroying Texas Fest ese verano, festival que incluía a bandas de black metal con nombres como Satanic Goat Ritual, y varios miembros de Atomwaffen estarían allí. Uno de los planes de Scott, entre otros, era organizar un “golpe frío”; uno de ellos iniciaría una pelea con el líder, John Cameron Denton, y Scott entraría a “salvarlo”. Al final no tuvieron que fingir una pelea. Otros agentes se infiltraron en la celda de Denton y lo arrestaron junto a otras cinco personas por complots contra reporteros, personas afro y judíos. Gracias a eso Scott pudo concentrarse en su caso más importante: la operación de siete meses para destruir la Base.

Si eres un agente importante del FBI, puedes tomar dos caminos: en algún momento en tus treinta y tantos, se te anima a ascender solicitando el puesto de SSA (agente especial supervisor), hay un gran aumento en el salario, es posible que llegues a casa a tiempo para la cena y es un camino directo a tener el trabajo del jefe. Lamentablemente, los grandes agentes encubiertos evitan esa ruta, con tanto desprecio al respecto como lo sienten por los policías arribistas. “Tipos como nosotros no piensan en escalar, esta mierda nos gusta demasiado como para detenernos”, dice McAlpin, UCE retirado.

Por el contrario, estrellas como Scott se mantienen en su línea y consolidan un nombre al convertirse en maestros profesionales. Cuando se cambió a terrorismo doméstico en 2015, era el instructor táctico de su división y dirigía cursos de cualificación en materia de armas. También era un tutor rudo en la Undercover School (UC), una prueba de estrés y perdida de sueño que logra quebrar a algunos de sus inscritos. “Es una experiencia horrible porque tiene que serlo, te estamos preparando para lo peor de lo peor”, explica Terry Rankhorn, coordinador encubierto e instructor profesional jubilado en 2019. “Te apuntarán con armas a la cabeza, tendrás una soga alrededor de tu cuello; nunca hemos matado a nadie, pero sí hemos llevado algunos estudiantes al hospital en helicóptero”.

Scott estaba en Phoenix para entrenar a agentes encubiertos online, cuando se topó con un amigo en Ohio. Junto con “Jim”, un policía veterano asignado a Joint Terror, son los gemelos Hans y Franz de los agentes encubiertos: dos hombres musculosos con motocicletas Harley y suficientes tatuajes para comenzar una pandilla. Ambos habían escuchado rumores sobre la Base y querían armar un caso. Así que una noche, compraron una botella de su licor favorito y se quedaron despiertos creando un alias para Scott. Usaron seudónimos fascistas, convirtieron sus redes sociales en una fuente de calumnias del Holocausto. Los terminaron expulsando de Facebook, o “Judiobook”, como los jóvenes racistas lo llaman, y una captura de pantalla de la expulsión es una ficha valiosa si buscas credibilidad instantánea con grupos terroristas.

Scott se encargó de etiquetar a la Base directamente, les escribió al correo que tenían en Grab, con el alias de WhiteWarrior88; esa misma noche le enviaron un cuestionario. Después de varios días intercambiando mensajes, comenzaron a enviarse notas de voz con algunos de los miembros, incluyendo a un tipo llamado Roman Wolf. Al agente le preguntaron sobre sus habilidades de combate y sobre qué está dispuesto a arriesgar por sus creencias. A los aceleradores les encanta jactarse de que son células sin líderes y que con sus habilidades criptográficas nadie los puede tocar, pero a Scott le tomó solo un día llegar la Base en internet, y una semana hablar directamente con su líder.

Dicho líder, Roman Wolf (nombre real: Rinaldo Nazzaro), no es un jefe militar cuya visión llena de odio proviene de los horrores de la guerra. Wolf se graduó del colegio en Nueva Jersey y luego dejó la Universidad de Villanova, donde se presentó como anarquista en contra de la intervención gubernamental. No tenía nada en común con los chicos de la Base a los que animaba a “terminar” lo que Hitler comenzó. Esos muchachos eran jóvenes solitarios del sur, mientras que Wolf y su esposa vivían cómodamente en Rusia, después de salir de los Estados Unidos en 2018. El hombre parecía un charlatán agrandado, desde sus credenciales como mercenario en el Medio Oriente hasta sus habilidades antiterroristas en una agencia de inteligencia. Hay evidencia de que trabajó en el Departamento de Seguridad Nacional de 2004 a 2006, pero no aprendió mucho en el trabajo. El sistema de protección que construyó alrededor de su operación terrorista ha sido vulnerado repetidas veces por los medios. Por ejemplo, compró un terreno en Washington para organizar campamentos para la Base, pero un reportero de Vice divulgó la dirección y el lugar se llenó de personas del movimiento Antifa. Los jóvenes de su célula rápidamente abandonaron el grupo y Wolf tuvo que volver a comenzar en otro lado.

El día siguiente a su entrevista, le pidieron a Scott unirse a la Base. Wolf lo contactó con el líder de célula más cercano, un tipo en Georgia llamado Luke Lane. “No lo sabía en ese entonces, pero era el bastardo que estábamos persiguiendo con su alias TMB [El Militar Budista]”, dice Scott. “De todos los miembros de la célula, Lane era el más gonzo, se quedaba hasta tarde publicando mierdas muy locas”. Unas semanas después, el agente se encontró con él. Lane, de 20 años, y Pestilence, de 19, se acercaron a Scott con el atuendo estándar de los jóvenes fascistas: uniformes negros con botas de combate. El joven le dijo a Scott que pusiera su teléfono en modo avión y luego lo revisó con un artilugio que nunca había visto. “Este detector capta las ondas de cualquier dispositivo de grabación, y mi equipo acababa de ponerme un rastreador en mi camioneta”, cuenta el agente.

Pensó dos cosas en un segundo: este será el trabajo de encubierto más corto en la historia (no lo fue, había estacionado debajo de un cable eléctrico, que interrumpió la recepción del artilugio), y ¿cómo es que estos muchachos están comprando equipo que ni el FBI tiene? Esa pregunta, o una versión de la misma, volvió a surgir durante el fin de semana. Cada miembro de la Base que había venido a la casa de Lane tenía armas largas. Lo que sorprendió a Scott fue el equipo que tenían: chalecos antibala reforzados con placas de cerámica que podían detener hasta la munición de una AK, máscaras de gas, cargadores magnéticos y todo lo que necesitarías en un tiroteo. “Estos muchachos eran buenos”, admite Scott a regañadientes. “Tenían habilidad para disparar y moverse; para ser tipos educados en casa, estaban bien preparados”.

Scott dice que Lane habitaba una granja que no era apta para vivienda. Había una casa rodeada de basura, que, de alguna manera, estaba arrendada. Lane y su padre dormían en el desván del antiguo granero, donde compartían la cocina y un baño con la hermana de Lane. El padre trabajaba en construcciones y se ausentaba todo el día, pero ni su hijo ni el mejor amigo tenían trabajo. Pestilence (nombre real: Jacob Kaderli) era un joven desempleado que se las arregló para comprar el equipo de combate. Helter-Skelter (nombre real: Michael Helterbrand) era el único miembro con un sueldo fijo; trabajaba como técnico de computadores. Según Scott, Lane era el más raro de los tres: dejó el colegio en octavo grado para leer Mein Kampf e intercambiar armas de fuego en internet toda la noche. El agente nunca vio su habitación, pero escuchó de otros miembros que allí era donde guardaba un arsenal. “Así fue cómo obtuvo el dinero para comprar un equipo nuevo”, afirma Scott. “Compra y vende en armslist.com”.

Por la noche, después de entrenar maniobras y perfeccionar sus poses Sieg Heil, los muchachos de la Base se sentaban bajo un toldo del granero, bebían Jägermeister e intercambiaban teorías conspirativas. “Pestilence hablaba de que la tierra es cóncava, que Hitler lo demostró lanzando cohetes que caían”, asegura el agente. “Entonces alguien le decía: ‘Pura mierda, Hitler vive en la Tierra Media junto con una raza de gigantes’”. Luego Lane hablaba en contra del Gobierno de Ocupación Sionista. A pesar de toda su arrogancia y su sueño de un etnoestado, Scott no pudo evitar preguntarles a estos chicos vírgenes cómo planeaban engendrar la raza superior. “Oh, fácil”, dijo uno de ellos, “simplemente secuestraremos perras y las violaremos hasta que nos den hijos”.

Hubo varios comentarios similares a lo largo de tres meses. Scott (rebautizado PaleHorse) fue a Georgia dos veces en un mismo mes para conocer a su equipo de apoyo. Instalados en una escuela abandonada, los federales le pusieron los cables para grabar durante dos días seguidos, además de que sobrevolaron un avión que grabó los movimientos del grupo a 6 kilómetros de altura. Durante 48 horas, los refuerzos de Scott escucharon a escondidas mientras los muchachos de la Base quemaban biblias y banderas de los EE. UU, se cortaban para sangrar sobre runas nórdicas, y despotricaban sobre Jesús y “el resto de los putos judíos”. Lo que los federales no oyeron fueron los nombres y las fechas de sus objetivos; la célula de Georgia se esforzaba por hablar vagamente. Scott sintió que estaban tramando algo, pero no logró que dijeran nada. Mientras tanto, su caso seguía creciendo.

En algún momento de agosto aparecieron otros tres hombres y uno se quedó a tiempo completo en la granja. Tenía una barba rizada y no hablaba sobre sus antecedentes, pero su acento canadiense lo delató. Patrik Mathews era un cabo de las reservas canadienses entrenado en explosivos que había escapado de Canadá después de que un reportero lo denunciara por neonazi. La mitad del FBI estaba buscando a Mathews, quien semanas atrás se había escapado por la frontera. Los miembros de la célula de Georgia estaban impresionados por su proeza y su compromiso con la causa. El padre de Lane lo dejó quedar en la granja donde, según Scott, Mathews durmió en un establo de caballos durante dos meses.

Luego estaban los otros dos que habían ido con él: Can’t-Go-Back (nombre real: Brian Lemley) era un veterano del ejército y camionero que recogió a Mathews cerca de la frontera y lo refugió durante un tiempo en Virginia. Eisen (nombre real: William Bilbrough) era otro ninja autodidacta de la Tierra Media cuyas habilidades marciales no valían una mierda. Los tres querían empezar una guerra racial cuanto antes. Mathews, que se hacía llamar PunishSnake, tenía la confianza de un psicótico. Según él, era “invisible”, la máquina de matar perfecta porque, hasta donde todos sabían, estaba muerto. Borracho o sobrio, echaba espuma por la boca cuando hablaba sobre tumbar cables de luz y envenenar suministros de agua. Ese otoño, cuando formaron su propia célula en Delaware, Mathews y Lemley construyeron un arma fantasma, planearon asesinar policías para robarles sus armas y diseñaron un mitin en los escalones del Capitolio en Virginia.

Mientras tanto, a Scott lo presionaban para detener a la célula de Georgia. Es terriblemente costoso armar una operación multiestatal sobre un grupo terrorista que sigue creciendo. Para octubre, los federales tenían a decenas de miembros en la mira y las oficinas desde Nueva York hasta Los Ángeles estaban abriendo casos contra sospechosos en sus regiones. Scott los llamaba una vez a la semana a las 10 a.m. para informar a los otros equipos sobre su progreso. A veces, según él, “había cien personas en la línea y muchos traidores”. Se formaron alianzas y antipatías entre regiones: “Algunos estábamos en el mismo plan, viendo en dónde estaba la amenaza inminente, mientras que otros equipos decían: ‘¡Esta gente es inestable! Va a morir gente si no nos movemos’”.

Por supuesto que son inestables, pensó Scott, mas no lo dijo. ¡Es lo que estoy esperando!

Es una verdad evidente: todas las familias infelices son iguales. La Base, un clan paranoico sin un pasado conjunto o habilidades sociales, estaba destinado a explotar antes del primer disparo o de colocar su primera bomba en una iglesia. Scott dice que Lane, que idolatraba a Mathews en agosto, planeaba volarle los sesos pronto; se había cansado de las menciones sueltas de asesinatos y caos que llaman la atención del FBI. Además, y esto era un problema, Mathews “sabía demasiado”, principalmente porque Lane le había contado sus planes. 

El fin de semana de Halloween, Lane y Pestilence compartieron esos planes con Scott. Estaban sentados alrededor de una fogata, y después de que todos se fueran, le dijeron que pusiera su teléfono en una cubeta con hielo. “Ya tenemos objetivos”, dijo Pestilence. Lane no divulgó nombres, pero quería saber si Scott estaba dispuesto a lo que sea. “Hermanos, ustedes lo saben”, respondió Scott. “Díganme cuándo y dónde, y denme un par de días para despejar el camino”.

Justo antes del día de Acción de Gracias, Scott recibió un mensaje en Wire, en un canal que solo usaban los de la célula. Lane le dijo que volviera a mitad de diciembre y trajera todo el equipo para “un campamento familiar”. Scott fue en la fecha acordada y se aseguró de llegar antes que los demás. “¿Qué trajiste?”, le preguntó a Lane cuando estaban solo los dos junto al granero. El joven le susurró que matarían a unas personas: una pareja del movimiento Antifa que vivía a una hora de distancia. “Joder”, dijo Scott, tratando de ganar tiempo. “No es algo en lo que me quiera meter personalmente”. Luego acribilló a Lane con preguntas: ¿Quién vive en la casa? ¿Tienen niños o mascotas? ¿Qué tan cerca está su habitación de los vecinos?

El joven admitió que no sabía nada de eso y aceptó retrasarlo para hacer un reconocimiento del territorio. “Olvídalo, conseguiré la información yo mismo”. Con su trabajo encubierto, inspección de terrenos, tenía las credenciales para obtener las escrituras y los planos de las viviendas. Llevó las cosas con calma durante la “investigación” e hizo un viaje al norte para entrenar con Mathews y Lemley en Delaware. Las dos células habían llegado a odiarse y Scott trabajaba en ambos lados. “No me gusta la forma en que Lane los trata”, les dijo. “Se supone que estamos del mismo lado”. Mathews le suplicó que se uniera a su célula y luego le contó el plan.

En su apartamento de Delaware, Scott bebía whisky y asentía, mientras ellos le dibujaban el plan. Le dijeron que una manifestación por la Segunda Enmienda en Virginia sería la bomba de tiempo. Los demócratas acababan de tomar el poder en el estado y planeaban medidas severas para el control de armas. Mientras decenas de miles de personas estaban en los escalones del Capitolio, ellos se instalarían a cien metros de distancia y comenzarían a matar a soldados y policías. Luego se armaría un pelotón de fusilamiento circular: los policías dispararían a los locos de las armas, los locos de las armas les dispararían a los Antifa y los transeúntes caerían en la mitad.

Scott le guiñó un ojo a una cámara escondida en una pared que los federales habían instalado mientras los dos hombres estaban trabajando, y Mathews continuó divagando sobre sus planes. Después de la manifestación, escaparían y se convertirían en un escuadrón de la muerte, haciéndose pasar por personas de la calle para acechar a sus objetivos. Por la noche, con guantes y capuchas, seguirían a un reportero hasta su carro, para dispararle por detrás. Después, irían a otra ciudad con otro objetivo de izquierda.

Scott tenía suficiente para encerrar a los de esa célula, pero necesitaría más suerte para atrapar a los de Georgia. No es suficiente grabarlos hablando de asesinatos, tenían que hacer algo más para imputarles cargos. Ya era enero de 2020 y su ventana de oportunidad se estaba cerrando, si el agente no actuaba antes de la manifestación que tendría lugar en nueve días, la célula se dispersaría cuando Mathews cayera.

El 12 de enero, Scott volvió a Georgia: Lane anunció que el golpe estaba en marcha. El corazón del agente se aceleró al ver lo que habían adquirido; compraron bolsas que se enganchan a la eyección de los fusiles y atrapan los cartuchos gastados a medida que disparan. También perforaron un silenciador para una pistola y compraron cinta para pegarse el pantalón a las piernas y así no dejar células de piel en la escena del crimen. Incluso compraron una paca de pañales para adultos, porque escucharon que la gente suele cagarse durante su primer asesinato. Por su parte, Scott les dio algunas fotos de la casa, pero no pudo conseguir la lista de los habitantes. “Da igual”, dijo Helter-Skelter, “si hay niños, matémoslos. No tengo problema con matar niños comunistas”.

El plan original era que Helter-Skelter los llevaría en el carro y los otros tres entrarían disparando. Pero Helter cambió de parecer y quería “estrenarse” en vez de esperar en el carro. Del resto, todo se mantuvo igual. Alquilarían una habitación de motel donde se bañarían y se desharían de la piel muerta, y se pondrían ropa desechable para la matanza. Scott robaría un camión con placas de otro estado y alguien llamaría a los aceleradores para que incendiaran la casa. Entrarían y saldrían en cuestión de minutos, le dispararían a todo lo que se moviera y dejarían un incendio para los policías.

El 15 de enero, Scott llamó a Lane invitándolo a almorzar. Al salir de la granja, el agente se desvió del camino cuando la camioneta hizo un ruido raro. “¡Mierda!”, le dijo a Lane mientras se detenía. “Si esta cosa me está fallando otra vez…”. Salió y caminó hasta la parte trasera cuando otra camioneta los pasó. El conductor se detuvo y le preguntó a Scott si necesitaba ayuda. Mientras hablaban, apareció un vehículo SWAT. Scott y el otro conductor se metieron a la camioneta y se fueron, mientras el equipo SWAT armado rodeaba a Lane.

INFILTRACIÓN PROFUNDA: “Yo no actúo, si actuamos, nos matan”, afirma Scott. “Solo estoy mostrando mis partes más oscuras”.

Un par de horas después, otro equipo arrestó a Pestilence en su casa cerca de Atlanta. Sus padres fingieron no conocer las intenciones de su hijo, pero Scott afirmó lo contrario: “Pest dijo que le mostraba a sus papá los videos de nuestros entrenamientos. Mierda, incluso dijo que él era quien lo llevaba al campo de tiro”.

A las cinco de la tarde, del mismo día, policías arrestaron a Helter-Skelter saliendo de su trabajo en Georgia. Los tres miembros de la célula fueron retenidos sin derecho a fianza y les imputaron una serie de delitos: conspiración para cometer homicidio, incendios, allanamiento de morada y, finalmente, crueldad animal por la cabra.

Al día siguiente, el 16 de enero, los equipos SWAT de dos ciudades detuvieron a Mathews, Lemley y Bilbrough. BigSiege (nombre real: Yousef Barasneh) fue arrestado con otro miembro por profanación de lugares de culto. Lanzer (nombre real: Richard Tobin) fue acusado de conspiración en esos crímenes: él fue quien planeó el asalto a nivel nacional de iglesias y templos. Meses después, la policía capturó a ZoomGnat (nombre real: Duncan Trimmell), el trastornado que condujo desde Texas para participar en el Halloween sangriento y a Dima (nombre real: Brandon Ashley) por decapitar a la cabra.

En total, el FBI capturó a 11 miembros, acabando efectivamente con el grupo. Las pruebas que reunió Scott eran tan contundentes, que todos se declararon culpables y fueron condenados a prisión, a excepción de Nazzaro, el líder de la Base, quien niega cualquier participación en los complots. Al momento de escribir este artículo, el hombre se encuentra inexpugnable en su retiro en Rusia, fuera del alcance de la policía. Desde allí recluta a su próxima banda de racistas, protegidos por la Constitución de los Estados Unidos. Como todavía es ciudadano estadounidense, tiene el derecho de la Primera Enmienda de polemizar sobre la matanza de civiles. ¿Realmente anhela la caída del gobierno y la eliminación de afrodescendientes y judíos? ¿O son solo berrinches de un troll de mediana edad? Hasta donde todos sabemos, es un representante del Servicio Federal de Seguridad que solo quiere plantar banderas falsas.

Hablando de banderas falsas, ¿recuerdas la pareja Antifa de Georgia? Ni eran pareja, ni son parte del movimiento Antifa. Lejos de vivir juntos, eran unos completos desconocidos a los que les tomaron una foto juntos en una manifestación. Pero eso es lo que pasa cuando reclutas a niños soldados que ni pueden leer el pie de foto de una imagen. Siembras el suelo para una guerra en la que todos somos enemigos, y los asesinos a los que más les tememos son nuestros propios hijos.

Cuando Scott se jubiló, le hicieron una fiesta en su ciudad natal; fue todo un asunto de Estado. El alcalde y el vicegobernador le leyeron proclamaciones de honor, los jefes de la división de terrorismo doméstico viajaron desde Washington, y uno de sus analistas senior brindó por su heroísmo: “Nadie en esta habitación tiene idea de cuántas vidas salvó este hombre en los últimos cinco años”. Felicitó a Scott por su jubilación y le regaló un litro de whisky añejo.

Hubo cien personas reunidas para felicitar a Scott; naturalmente, él fue el alma de su propia fiesta, tocando ‘Purple Rain’ y ‘Pride and Joy’. Luego tocó su propia versión de ‘The Devil Named Music’, porque esa canción captura el espíritu de los agentes encubiertos: “Sí, me canso de estar solo/ Extraño a mi hija/ Extraño a mi esposa/ Pero un demonio llamado música se está llevando mi vida”. Durante tres décadas no pudo pasar tanto tiempo en su casa, se la pasaba en la carretera personificando a un tipo con antecedentes penales y una historia convincente. “No puedes andar entre la miel sin que algo se te pegue, y tu familia lo siente mucho antes que tú”, dice Dave Redemann, un instructor encubierto con 30 años de experiencia que entrenó a Scott en la UC.

“Siente culpa por no haber visto crecer a sus hijos, y es una de las pocas personas que es realmente honesta con los agentes jóvenes sobre el costo que ha tenido que pagar por hacer esto”. Scott lamenta los cumpleaños que se perdió y las disputas maritales, las llamadas de su esposa llorando “mientras yo estaba al otro lado del país, demasiado comprometido con un caso”. Ha necesitado tratamientos espinales después de haberse roto la espalda dos veces; reinserciones quirúrgicas de bíceps, rodilla y hombros; y un colapso total en 2007, porque “quemas la vela hasta que te quedas sin cera”, dice. Había estado intentando vaciar el mar de odio con una cuchara, afirma, “la mierda que vi nunca la podré olvidar”.

Y entonces, porque tenía que hacerlo, Scott se retiró. Cerró su portátil, arrojó lejos sus teléfonos del trabajo y cerró sesión en todas las plataformas: una especie de funeral para sus personajes. Hay una cantidad limitada de mal que te obligas a tragar, antes de que se convierta en veneno para ti. Cuando el sinsabor que le quedó lo abruma, se monta en su Harley y da un paseo por los Apalaches. Arriba hay un rio donde se sienta y observa la corriente, escuchando a las ranas y a las cigarras. Le cantan una melodía que no conoce, pero que lo lleva a un mejor lugar.