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El futuro de la estética como extensión de la propuesta artística

Desde portadas, colores y hasta puestas en escena, analizamos los elementos que dan forma a la identidad de un artista más allá de la música y cómo la tecnología seguirá trayendo nuevas oportunidades de expresión artística.

Por  VALENTINA VILLAMIL

abril 17, 2024

Video Arca Nonbinary

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Históricamente, la música ha sido inseparable de su contexto estético. Desde las cortes renacentistas hasta los escenarios modernos, estos dos elementos siempre han sido un factor intrínseco de la cultura, reflejando los valores y las tendencias estéticas de cada época.

En el Renacimiento y el Barroco, la música resonaba en salones ornamentados y templos decorados, donde la extravagancia y la opulencia eran el telón de fondo perfecto para las interpretaciones en vivo. Con la llegada del Romanticismo, la música se convirtió en un vehículo para una expresión emocional más profunda, haciendo de estos espacios eventos mucho más íntimos y cerrados. 

Y aunque estamos hablando de siglos atrás, la estética nunca ha dejado de ser relevante en el espectro musical, sino que ha evolucionado hasta el punto de cobrar vida propia y ser un punto completamente imprescindible en la propuesta de cualquier artista. Ahora, en la era de la digitalidad, el lado visual de la música ofrece un sinfín de posibilidades en el que cada intérprete puede crear su propio universo.

Pero para hablar de estética como extensión de la propuesta artística, hay diferentes puntos de los que podemos partir.  El branding musical, como parte integral de la estética de un artista, va más allá de la mera promoción de su música. Es la creación de una identidad visual coherente y distintiva que no solo refleja la esencia del músico, sino que busca conectar profundamente con su audiencia. 

Desde el diseño de portadas de álbumes hasta la elección de la paleta de colores en sus presentaciones en vivo, cada elemento visual contribuye a la construcción de esta identidad, estableciendo una narrativa que acompaña y potencia la experiencia musical. En la era digital, este factor ha cobrado mucha más fuerza por la manera de consumo de la generación Z, las tendencias en redes y la necesidad de los más jóvenes de clasificar elementos en los denominados aesthetics.

Artistas como Lana Del Rey o Tyler, The Creator han logrado que tanto objetos como colores se les asocie a su propuesta gracias a la identidad que han creado en torno a ella. En el caso de Del Rey, cosas como los cigarros, los labios rojos y los lazos tienen un significado y un valor diferente para quienes siguen de cerca su música; mientras que The Creator ha hecho de los colores vibrantes y las ilustraciones surrealistas grandes representantes de su proyecto musical.

Tomando como ejemplo estos mismos artistas, podemos explorar su mundo creativo incluso desde un escenario. Recientemente pudimos apreciar la puesta en escena de este par de intérpretes en el festival Coachella, y si nos fijamos en los detalles, nos daremos cuenta que esta identidad está presente en todo tipo de representación de su música. 

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Mientras Del Rey hacía su gran entrada en motocicletas, mostrando su lado “salvaje y libre”, The Creator irrumpió en el escenario disparado desde lo que parece ser una casa rodante, alineándose con su narrativa ficticia y llena de efectos especiales. Estos elementos son el resultado de la fusión de sus valores e intereses con su proyecto artístico, creando toda una personalidad imposible de replicar y que los diferencian de otros intérpretes.

Más allá de su atractivo estético, la escenografía y los efectos de iluminación ejercen una profunda influencia en la resonancia emocional de una actuación en directo. Estos elementos visuales sirven de conducto para la expresión del artista, amplificando el estado de ánimo y la energía de cada canción, más allá de la música. De esta manera, los conciertos se han transformado en espacios en donde el intérprete abre las puertas de su mundo al público, en un intento por conectar con la audiencia de otra manera.

Sin embargo, estos son apenas ejemplos actuales de una conducta que muchos otros intérpretes han venido adoptando y potenciando en las últimas décadas. En los 70, David Bowie era, por mucho, uno de los pocos ejemplos más sólidos de lo que era crear un universo completo alrededor de su música y mantener una propuesta cohesiva entre cada elemento que hacía parte de él.

En 1973, Bowie lanzó su sexto álbum de estudio, Aladdin Sane, donde se le vio por primera vez con el célebre maquillaje del colorido rayo que marcaría para siempre su imagen. El intérprete británcio se había convertido en todo un ícono que representaba el glam rock en su máxima expresión, al mismo tiempo que exaltaba la extravagancia de la época. Y no se detuvo allí, pues su propuesta visual estaba caracterizada por el surrealismo y el futurismo que complementaban a la perfección su música experimental y su enfoque teatral.

Aunque los videos musicales ya existían desde hacía mucho tiempo, para principios de los 80 se transformaron en un elemento mucho más innovador, presentándose en nuevos formatos para las maneras de consumo de aquel entonces. Irónicamente, ‘Video Killed the Radio Star’ de The Buggles se convirtió en el primer video transmitido por MTV, sugiriendo la llegada de una nueva era de la mano de uno de los canales que impulsó la creación de clips para los más grandes éxitos musicales.

De aquí en adelante, la industria cambiaría por completo, adoptando nuevos ejes narrativos que contaran una historia en los videos musicales, más allá de sólo presentar un lado visual de la música. En 1983, Michael Jackson estrenó el clip para su éxito ‘Thriller’, dirigido por John Landis. Este trabajo de 14 minutos de duración fue todo un fenómeno cultural, con su envolvente puesta en escena, efectos especiales y grandes coreografías, aportando un valor cinematográfico a la producción audiovisual de uno de los clásicos del Rey del Pop.

En el panorama digital actual, los vídeos musicales son meras herramientas dinámicas para que los artistas lleguen al público de todo el mundo, sin importar su procedencia o idioma. Más allá de servir como acompañamiento visual de la música, estos vídeos poseen un inmenso potencial viral, capaz de transformar la carrera de cualquier intérprete. Sin embargo, esta es sólo una de las mil puertas por las que podemos ingresar a la psique del artista. 

Así como los conciertos con su capacidad simbiótica entre estímulos auditivos y visuales que convierte al artista en un elemento fijo en la conciencia del oyente, las portadas de los álbumes, las tipografías y hasta los logotipos también juegan un papel fundamental. Estos últimos en particular, resultan símbolos de la personalidad de un artista, evocando al instante asociaciones con su música, como el rayo de AC/DC o la lengua de los Rolling Stones.

Rolling Stones.

Además de establecer una imagen distintiva, la identidad visual suscita respuestas emocionales a través de los elementos que la forman. Los colores, por ejemplo, cuentan con esa extraña capacidad de crear sensaciones y los artistas han usado esta psicología a su favor en los conceptos de sus propuestas. 

En este orden de ideas, las portadas de los álbumes también intentan encapsular lo que se presenta a nivel musical. Por ejemplo, Wish You Were Here, la novena entrega de Pink Floyd de 1975, expone una imagen simple y al mismo tiempo dramática que se alinea con el minimalismo y la teatralidad compositiva característica de la banda. En contraste, encontramos portadas como las de In Utero de Nirvana, cargada de imágenes “explícitas” que suscitan la visceralidad de su música.

Portadas discos.

Con la llegada de los servicios de streaming, todas estas posibilidades de crear contenido visual se exponenciaron para acaparar diferentes formatos y plataformas. Ahora, aplicaciones como Apple Music y Spotify cuentan con portadas de álbumes dinámicas, con pequeños teasers de videos musicales o incluso algunos visuales adicionales que acompañan a una canción mientras se reproducen. Esto, sin contar la infinidad de herramientas que se han desarrollado para facilitar la producción audiovisual que están moldeando el futuro, con posibilidades inimaginables.

Las tecnologías emergentes, como la realidad aumentada, la inteligencia artificial y la realidad virtual, de momento ya han abierto un abanico de oportunidades creativas sin precedentes. Desde experiencias inmersivas en conciertos hasta la personalización de la interacción visual en tiempo real durante las presentaciones en vivo, estas herramientas podrían transformar la manera en que los artistas se conectan con su audiencia. En este panorama, la estética no solo será un complemento, sino un componente integral de la experiencia musical.

La industria de la música, como cualquier campo artístico, siempre ha sido un espacio de innovación. Devolviéndonos un poco en el tiempo, el nuevo milenio llegó con nuevas tecnologías y, así mismo, suponiendo un cambio fundamental en la vida humana y en todas sus actividades. Entre esas, la música. Mientras que en décadas pasadas la música se había vuelto compacta en formatos como CDs, ahora estaba a la disposición de cualquiera con conexión a internet. Una era que presenció el cambio en la forma en que los consumidores accedían a la música, la compraban y la almacenaban. 

A medida que la música se volvía intangible, los artistas se adaptaban a las nuevas maneras de presentar sus propuestas. La pandemia fue testigo del nacimiento de artistas que empezaron a crear obras completas desde la comodidad de su casa. Y aunque esto no fuera nada nuevo, se volvió una práctica masiva a raíz del confinamiento y las limitadas opciones de moverse por aquel entonces. 

Los artistas aprovecharon plataformas como TikTok, Instagram y YouTube para conectar con el público y cultivar comunidades de fans, mientras que las tecnologías de realidad virtual y aumentada permitieron experiencias musicales inmersivas a través de conciertos virtuales y vídeos musicales interactivos. Intérpretes como Ariana Grande, Dua Lipa, Travis Scott, Marshmello, entre otros, adaptaron sus proyectos musicales para continuar llegando a su público, pero a través de juegos como Fortnite. 

Ahora, la industria se enfrenta a una nueva herramienta con la que muchos simpatizan, al mismo tiempo que otros rechazan: la inteligencia artificial. En el último año, la IA ha redefinido los procesos de producción musical, con herramientas automatizadas que ayuden en tareas como la mezcla y la masterización. 

¿Qué otras cosas podremos transmitir además de la música? ¿Cómo cambiarán las propuestas estéticas en años venideros? La identidad visual de un artista ofrece una mirada mucho más íntima y concisa a lo que cada artista pretende plasmar, más allá de estancarse en la literalidad de las letras de sus canciones. Y con la evolución de las redes sociales y su masivo consumo de contenido audiovisual, la música y la estética son más inseparables que nunca.