Carlos Jaramillo para Rolling Stone

Daddy Yankee por siempre: la leyenda del reggaetón se va en lo más alto

Pasó décadas haciendo hits que cambiaron el mundo, incluso cuando la industria le dio la espalda. Ahora, en medio de su gira más grande, revela por qué es hora de dejar los escenarios

Por: JULYSSA LÓPEZ

El sol de agosto no conoce límites esta calurosa tarde de agosto en Las Vegas, en la que su calor cae sobre todo el asfalto de las calles del Strip. A las 6 p.m. sigue estando a casi 39º, y no se espera que la noche refresque la ciudad de las luces neón. Aun así, afuera de la T-Mobile Arena, empiezan a formarse los seguidores de la leyenda del reggaetón Daddy Yankee, incluso tres horas antes de que salga al escenario. Esperan pacientemente, afrontando temperaturas secas y abrasadoras, pero con un entusiasmo más fuerte que el calor.

Las personas que llegan son de todas las generaciones, y representan cada una de las eras que tuvo Daddy Yankee a lo largo de sus tres décadas de carrera. Padres de mediana edad con gorras de baseball caminan hacia las puertas del recinto, quizá con nostalgia por sus años de estudiantes, en los que ‘Gasolina’ encendía a todo el mundo, seguida por otros clásicos del reggaetón como ‘Rompe’, ‘Lo Que Pasó, Pasó’, y más. También se puede ver a millennials más jóvenes, quienes muy probablemente recuerdan la omnipresencia que tuvo el reggaetonero en 2017 con ‘Despacito’. Hay chicas arregladas, usando los mismos celulares con los que seguramente publicaron en Tiktok los múltiples retos de baile que salían con las canciones de Daddy Yankee, como con ‘Bombón’. La arena se llena de niños, tías con el cabello decolorado y grupos de amigos que han viajado de otros países. No importa desde dónde viajan o cuándo se hicieron fans, todos vienen a ver al veterano puertorriqueño, quien anunció su retiro en marzo, cantar en su última gira.

Una puerta oculta localizada cerca de una de las esquinas del recinto lleva al backstage, donde se puede percibir un aire de caos contenido. Daddy Yankee ha estado viajando en el autobús de su gira detrás de una caravana de 14 camiones que cargan con el equipo requerido para montar una producción tan grande como la que ha planeado. Más temprano ese mismo día, todos los vehículos se movieron por las carreteras abarrotadas de Nevada hasta llegar a la arena, que se ha transformado en una pequeña villa dedicada al espectáculo. En un cuarto, dos costureras trabajan con máquinas de coser para ajustar las docenas de atuendos que sus bailarines van a usar a lo largo de la noche. En otra área, el camarógrafo personal del cantante juega con los lentes y el equipo de la cámara, mientras que, en otro lugar, dos fisioterapeutas  y un doctor están listos para revisar a cualquier persona que pueda tener un calambre antes de que empiece el concierto. Me cruzo con un estilista, un barbero, un road manager y un asistente de vestuario antes de llegar a una ancha puerta.

FOTOGRAFÍA POR CARLOS JARAMILLO. ATUENDO POR YSL

Del otro lado está Daddy Yankee, cuyo nombre real es Raymond Ayala: la fuerza detrás de este momento, y la persona a quien se le suele dar el crédito de llevar el reggaetón al escenario global. Dado que es una figura casi mitológica, admirado en toda la industria por su ingenio para los negocios y algunos de los hits en español más grandes del mundo, es fácil imaginarse un ritual previo con un grupo grande de amigos y botellas de champán. Pero está ahí, parado completamente solo y en un silencio casi zen, usando pants y una sudadera gris de su gira con el nombre de su más reciente álbum: Legendaddy.  “Raymond”, se introduce, sacando una mano de su sudadera para estrechar la mía.

La gente ha llenado Internet de memes y tuits sobre lo joven que se ve Ayala a sus 45 años, y en persona parece todavía más juvenil; tiene unos grandes ojos cafés que absorben cada pregunta que se le hace. Sus amigos cercanos dicen que es disciplinado y sereno, aunque admite que en este momento está inundado de emociones. “Es una montaña rusa”, dice, sentándose en un sillón negro. “Llegan muchos sentimientos”. Está a punto de dar un espectáculo que captura décadas de hits, y espera que luzcan las favoritas del público. “Quiero que cada generación que vino sienta que este concierto está dedicado a ellos”, agrega.

Su éxito puede medirse con todos los fans que lo están esperando, y las diferencias de edades y grupos demográficos que representan. Otra manera de calcularlo es con el impacto que ha tenido en sus colegas y los artistas jóvenes de la música latina, que hablan con admiración sobre el camino que ha forjado. “El tiempo nunca ha parecido ser enemigo suyo; se ha seguido adaptando a los cambios que llegan con cada generación”, dice el rapero Anuel AA. “La carrera de Daddy Yankee representa el pasado, el presente y el futuro del reggaetón”. La cantante Natti Natasha lo considera un amigo cercano y un mentor: “Lo describiría como una persona de familia, muy humilde”, dice. “Quiero decir, es una leyenda viviente”. “Yankee es Yankee”, agrega Rauw Alejandro. “Nunca habrá nadie como él”.

El mismo Ayala ha estado pensando en lo que ha logrado desde que tomó el micrófono cuando era adolescente en Puerto Rico. Estaba entre los pioneros que le dieron forma al reggaetón, y se ha mantenido como una estrella hasta el final. “Todos eventualmente hacen un tour de regreso, pero no Daddy Yankee”, dice, cambiando a tercera persona mientras empieza a tocar el tema. “Desde que empecé en el reggaetón, he sido relevante. Es como si Benny Moré o Celia Cruz estuvieran haciendo salsa hasta el día de hoy, y que la gente dijera ‘Papi, estas personas tienen actualmente el álbum número uno’. O como si Chuck Berry siguiera aquí y que cuando la gente preguntara ‘¿Quién es el artista de rock número uno en la actualidad?’, él siguiera siendo el que hace todos los hits”. Ayala es conocido por su modestia, pero no pretende minimizar su argumento: “No hay ningún artista que haya hecho esto”, dice calmadamente. “Es Daddy Yankee”.

CARLOS JARAMILLO PARA ROLLING STONE. LENTES DE GUCCI. CHAQUETA Y COLLAR: VINTAGE VERSACE DE PECHUGA VINTAGE. CAMISA DE VERSACE. PANTALONES DE CALVIN KLEIN.

Una hora después, empieza a acercarse al escenario. La audiencia grita cuando un gigante reloj azul empieza a contar los segundos que faltan para que empiece el concierto. Cuando finalmente llega a cero, empieza el beat climático de ‘Campeón’, canción de su nuevo álbum. Ayala sale usando lentes de sol, y sus movimientos son duros y llenos de seguridad. Canta el inicio de la canción con una voz cargada de poder –totalmente diferente a su versión en el backstage–, y la audiencia le canta de vuelta, consciente de que está viendo una vuelta olímpica en tiempo real.

Ayala se empieza a reír cuando le pregunto más tarde qué tipo de alquimia lo lleva a su transformación en el escenario. “Sigo buscando una explicación”, dice gentilmente. “Soy una persona contemplativa, no hablo mucho, siempre estoy calmado. Pero cuando tengo que subirme al escenario o ir al estudio, sale ese lado de mí. Es como un león; creo que todos tienen un león dentro de sí mismos”. Dice que ha sido así desde que era niño, cuando amaba el baseball y el boxeo. “Cuando era hora de ejecutar algo, ese chip se activaba”.

Ayala creció en una vivienda social en Villa Kennedy, un barrio de San Juan. Se enfocó en el baseball por gran parte de su adolescencia –jugaba como tercera base y estuvo cerca de fichar con los Seattle Mariners–, pero también estuvo rodeado de música. Su papá era percusionista en bandas de salsa de la isla, y su mamá venía de una familia de músicos. Ayala cantaba desde niño, y se dio cuenta de que tenía un don para la improvisación en las fiestas navideñas en Puerto Rico. “Siempre que mi familia iba a casas de amigos o familiares en las parrandas, me llevaban con ellos, y yo empezaba a improvisar rimas”, cuenta, haciendo referencia a la tradición de ir de casa en casa, cantando para los seres queridos en las fechas festivas. Conforme fue creciendo, empezó a escribir letras de canciones en su libreta y a improvisar con sus amigos.

El reggaetón no tenía nombre cuando Ayala se adentró en la música de manera más seria a inicios de los noventa, pero la escena underground de Puerto Rico ya había empezado a florecer. Los DJs de la isla habían empezado a fusionar todo tipo de sonidos –dancehall riddims de Jamaica, el reggae en español que había triunfado en Panamá, hiphop de Nueva York, y música electrónica que se había desarrollado en los espacios nocturnos de los Estados Unidos–, y los habían transformado hasta darles un estilo distintivamente puertorriqueño. “Fueron todas esas influencias. Es como si pusieras dancehall, reggae, reggae en español, rap, música house, salsa, bachata y vallenato en una licuadora”, dice Ayala. En poco tiempo, Raymond empezaba a ganar reconocimiento en el barrio, apareciendo en los tracks caseros de pioneros como DJ Playero y DJ Nelson, lo cual lo dio a conocer como un adolescente prodigio con un flow impecable. (Aunque es difícil señalar exactamente quién acuñó el término, DJ Playero ha dicho que pudo haber sido Dady Yankee quien bautizó el género). “Nunca forcé nada”, dice Ayala. “Desde el momento en el que abrí mi boca, me hice viral”.

Ayala permaneció comprometido con los deportes hasta que diversas tragedias cambiaron su rumbo. Cuando tenía alrededor de seis años, vio cómo su entrenador Juan Cintron fue baleado en el campo de baseball, justo detrás del plato de home. Diez años después, cuando tenía 16, Ayala estaba grabando con DJ Plato en Villa Kennedy cuando decidió salir a tomar un descanso. De repente, se desató un tiroteo, y a Ayala lo alcanzó una bala perdida. Bala que tiene en su cadera hasta el día de hoy. Aunque este incidente terminó con su carrera de baseball, lo encaminó a dedicar su vida a la música. “Le agradezco a Dios por esa bala”, ha dicho en previas ocasiones.

Ayala lanzó dos álbumes antes de iniciar su propia disquera, El Cartel Records, en 1997, cuando tenía apenas 21 años. Para ese entonces ya tenía esposa e hijos: se casó con su novia de preparatoria, Mireddys Gonzalez, a los 17, y han seguido juntos desde entonces. El cantante se volvía cada vez más famoso en la isla, y tanto artistas como productores lo buscaban para colaborar. Una de las personas que lo contactó fue Francisco Saldaña, un músico aún más joven que se empezaba a dar a conocer como Luny, del dúo de producción Luny Tunes. Cuando conoció a Ayala por primera vez, Saldaña venía de estar involucrado en un fiasco a nivel nacional: Muchas de las canciones más grandes de los productores, creadas para figuras prominentes como Tego Calderón y Don Omar, habían sido robadas del estudio donde trabajaban y filtradas al público. La primera oferta de Saldaña para trabajar juntos fue rechazada: “Me dijo algo como ‘¡Pero si ustedes están pirateando nuestra música!’”.

Por suerte, ambos siguieron coincidiendo, y Saldaña sentía que estaban destinados a colaborar. Eventualmente acordaron hacer algunos tracks juntos, incluyendo el hit vibrante y sin tapujos ‘Cójela Que Va Sin Jockey’, de la icónica compilación de Luny Tunes lanzada en 2003, Mas Flow. La canción se popularizó en clubs de Nueva York y sentó las bases para la rápida expansión del género. “De ahí vino ese estilo; después de eso, todos intentaron hacer canciones como ‘Cójela Que Va Sin Jockey’”, recuerda Saldaña. “Fue una canción que abrió puertas para el reggaetón”.

Era el momento ideal para Ayala, quien estaba ansioso por dar el siguiente paso en su carrera. Empezó a planear el revolucionario álbum Barrio Fino, que pretendía capturar el sonido que había estado refinando, y sabía que necesitaba una pieza central. Saldaña había estado experimentando con la producción original de ‘Cójela que Va Sin Jockey’, creando una nueva canción que mantuvieras las estrofas uptempo de la pieza original, pero añadiera además detalles llamativos e inspirados en la hidráulica: “Agregué [esos sonidos de] autos y motores y frenos”, dice Saldaña. “La idea era que fuera rápida y tuviera mucha velocidad”.

Ayala, mientras tanto, buscaba inspiración para sus letras en todos lados, y un día le llegó de la manera más cotidiana posible: Estaba en su departamento en Villa Kennedy, cuando oyó a alguien en la calle gritando “¡Cómo le gusta la gasolina!”. Esa frase, dice, era común, y se usaba para describir a las chicas que buscaban un aventón para ir a la fiesta. Escribió el resto de la canción junto al artista boricua Eddie Dee. Los sonidos y la letra se alinearon en un momento inusual de perfección sónica: habían creado un megahit.

El snippet del coloquialismo puertorriqueño –una instantánea de la vida diaria en las calles de San Juan– viajó a todo el mundo. ‘Gasolina’ llegó a las listas de lugares como Italia, Grecia y Dinamarca, y ayudó a abrirle el paso a otros artistas de reggaetón en todo el mundo. Se volvió la pieza central de Barrio Fino, un álbum que sigue siendo considerado un logro comercial no solo para Ayala, sino también para el género. Saldaña comenta que Ayala ya había tenido hits importantes y que estos, junto a álbumes como el legendario El Abayarde de Tego Calderón y el brillante debut de Don Omar The Last Don, sentaron las bases para la música en los años que precedieron el lanzamiento de Barrio Fino en el 2004. “Yankee estaba promocionando [su disco], el género estaba explotando, y todo iba bien: Tego, Héctor & Tito, Don Omar, Wisin & Yandel”, dice Saldaña, mencionando a otros pioneros de esa era. “Todo iba bien, y esto también iba a salir bien”.

Daddy Yankee en los Billboard Latin Music Awards del 2005 en Miami, en el punto más alto de su primera etapa comercialmente exitosa.
JOHN PARRA/WIREIMAGE

Ayala también lo sintió así. “Creo que puedes desear y planear [hacer un álbum así], pero que sea un éxito… Siempre hay incertidumbre en la música”, comenta. “Sabía que Barrio Fino era algo especial, porque entendía de qué cultura venía”.

A pesar del éxito que fue ‘Gasolina’, el reggaetón igual batalló inicialmente para obtener el respeto que se merecía. Jesús Triviño, actual director senior de contenido y cultura global latina en Tidal, era en ese entonces un periodista que cubría la industria del hiphop y la música latina, y fue una de las primeras personas de Estados Unidos que entrevistaron a Ayala. “Recuerdo estar en los medios de habla hispana –Univision, Telemundo y ese tipo– y no cubrían el tema, porque consideraban que venía de las calles: ‘No es pop, no es limpio. No es comercializable, no podemos vender comerciales con esto”, recuerda. “Luego, en los medios en inglés, recuerdo que pitcheaba historias sobre el reggaetón a las revistas de hiphop, pero muy pocas fueron aprobadas. Muchos me decían ‘Eso no es hiphop’”.

“No lo entendían”, agrega Saldaña. “No entendían lo que estaba pasando. De vez en cuando apoyaban los grandes números, pero nunca a todo el género”.

Pero Ayala fue un embajador, y la industria empezó a reunirse a su alrededor. Triviño señala que tenía tanto destreza lírica como una historia que apoyaba la gente. También tenía una imagen comercializable bajo los rígidos estándares de la industria latina del entretenimiento, que suele priorizar a las celebridades con piel clara. Era astuto con sus decisiones de negocio, y tenía una reputación de trabajar sin parar. “No puedo seguirle el ritmo”, dice Saldaña. “Si necesita quedarse despierto por tres días para terminar una canción, lo hace. Si después de eso necesita grabar un video, lo hace. Si todavía después de eso necesita tomar un vuelo para dar un concierto, lo hace. En cambio, cuando terminamos una canción, yo estoy como ‘No, tengo que ir a dormir’”.

Claro que en los años siguientes hubo algunos paréntesis en la música de Ayala y en el reggaetón en general. Saldaña recuerda que tras uno de esos periodos, el hit del 2012 ‘Limbo’ ayudó a revitalizar el sonido de Ayala, y le recordó a la gente sobre la fuerza del género. Pero incluso entonces, la gente tenía dudas. “Hacía entrevistas y la gente me preguntaba ‘¿Qué pasó con el reggaetón?’”, recuerda Ayala.

CITA: “Estamos creciendo cada día. Si mañana llega un nuevo género y es latino, va a tener éxito, porque nuestras expresiones culturales y nuestro arte van a seguir en ascenso”.

Pero él siempre creyó en la música, y vio de primera mano lo universal que se mantuvo, a pesar de lo que decían los medios. “Yo les contestaba algo como ‘Con todo respeto, ustedes no saben [lo que están diciendo]. Ustedes no salen, no van a los clubs”, dice Anaya. “Se congelaban. Y yo seguía: ‘Lo que la gente escucha en las calles, y en todos lados, es reggaetón’”.

Años después, probó que tenía razón. Que un artista tenga en su carrera un éxito como ‘Gasolina’ es suficiente para hacer historia. Pero en 2016, más de una década después del éxito de la canción, el cantante boricua Luis Fonsi lo contactó para hablarle de una canción que había estado escribiendo con la autora Erika Ender. La melodía era liderada por un cuatro puertorriqueño, y la llamaba ‘Despacito’.  Se juntaron en un estudio en Miami, y Ayala agregó un verso, además de sugerir algunos cambios, como el que repitieran “paso a pasito” después del puente. La canción se convirtió en otro monstruo que cambió la música latina por una segunda vez.

Ayala atribuye gran parte de su éxito a través de los años a su decisión de llevar su negocio mediante El Cartel Records. “Gente de rock latino, pop latino, salsa y merengue me hablan y me preguntan: ‘¿Yankee, cómo lo hiciste? Hemos estado intentándolo, pero no logramos hacer tanto dinero como tú’. Y yo siempre les digo: ‘Es porque soy mi propio jefe’”. Ha firmado contratos de distribución con Sony e Interscope para darle a su música un alcance global, pero él siempre ha estado al mando de su catálogo.

Un buen ejemplo es lo que pasó después de que Justin Bieber viera el éxito de ‘Despacito’ y se uniera al remix en 2017. Ayala ha dicho que en su momento le pidieron que bajara su porcentaje de regalías como autor, aunque él mismo explica que el problema no era con sus colaboradores. “Sí pasó, pero se trataba de las disqueras”, dice. “Solo tengo cosas maravillosas que decir sobre Luis Fonsi y Justin Bieber… Pero si sacas al artista y empiezas a hablar con las disqueras, se convierte en algo completamente diferente”. La audacia para los negocios por la que se le conoce a Ayala entró en acción: Se mantuvo firme, y dice que una de las razones por las que pudo negociar fue porque se mantuvo independiente a través de El Cartel Records. “Cuando eres independiente, eres libre”, dice.

Tras el éxito de ‘Despacito’, Ayala pareció tener un hit tras otro. En el 2018 llegó ‘Dura’, que actualmente tiene 1 800 millones de vistas en YouTube; en 2019, ‘Con Calma’, un hit inesperado con 2 500 millones de vistas al día de hoy. Esta última es una reimaginación de ‘Informer’, el éxito de 1993 del artista canadiense de reggae Snow, lo cual es una muestra del oído atento y la mente creativa de Ayala. Tomó lo que había sido una novedad en los noventa, y la trajo de vuelta a la vida. Otros artistas empezaron a contactarlo constantemente para colaborar, y él tenía un momentum imparable.

Luego llegó la pandemia. El mundo bajó el ritmo, y Ayala también lo hizo. “Creo que la pandemia fue como alguien obligando al mundo a frenar”, dice. Yankee llevaba para ese entonces 30 años trabajando sin parar, y la labor de la industria le resultaba íntimamente familiar. A pesar de que pasaba mucho tiempo en Puerto Rico, donde sigue viviendo hasta el día de hoy, quería pasar aún más tiempo con su familia, que incluye a sus hijos, que ya están en sus veinte, y Gonzalez, que es la CEO de El Cartel Records. Sentía que estaba en un lugar en el que podía retirarse y sentirse orgulloso del trabajo que había hecho. “Pensaba ‘Es mi turno de vivir en vez de trabajar, trabajar y trabajar’”, dice. “Cuando entré en ese estado reflexivo, pensé ‘También necesito vivir. Necesito una oportunidad de realmente disfrutar todo lo que he logrado. Estoy saludable, estoy bien, estoy joven’”.

Además, se sintió –quizá más que en cualquier otro momento de su carrera– tranquilo con los nuevos niveles que había alcanzado el reggaetón. Mucha gente argumenta que Ayala ha podido mantener su fuerza por tanto tiempo gracias a que siempre ha estado al corriente de los artistas jóvenes, a quienes también suele invitar a colaborar. Ahora, muchos de esos artistas en ascenso a los que ha conocido son ya auténticas sensaciones. “Siempre ha sido mi meta llevar la bandera y liderar, y que otras personas lo hagan después de mí”, dice. “Todo lo está pasando con Bad Bunny, increíble. Lo que está pasando con Karol G, increíble; con Sech, con Rauw Alejandro, con Myke Towers. Hay chicos nuevos, y también nuevos veteranos, como Balvin, Maluma, Ozuna, Anuel AA. Han hecho un trabajo espectacular”. La música se encontraba en un buen lugar. Empezó a planear su último álbum.

Había rumores en la industria diciendo que Daddy Yankee anunciaría su retiro, pero su frecuente colaborador Juan Salinas, conocido por formar parte del dúo de productores Play-N-Skillz, no lo creyó por completo hasta que recibió una llamada personal de él. “Siendo honestos, estaba devastado”, dice. “Pero después de hablar con él y escuchar su perspectiva –cómo quería irse estando en lo más alto y cómo quería lanzar una última obra que significara algo después de tantos años de giras–, tuvo sentido”. Ayala le dijo a Salinas que quería su ayuda para crear ese último álbum, y se pusieron a trabajar.

Daddy Yankee trabajó con múltiples productores en Puerto Rico, incluyendo Nekxum y Tainy, el superproductor que inició en los 2000 como el protegido de 15 años de Luny Tunes. Una vez que Ayala se juntó con Salinas en Miami, empezaron a trabajar todos los días a las 3 p.m. “No salíamos, no jodíamos”, dice Salinas. “A mí me gusta tomar y salir de fiesta cuando hago música, pero [con Daddy Yankee] hay un límite, porque le gusta ser perfecto”. Entre canciones, se despejaban jugando basketball o videojuegos –y todo eso sacaba el lado competitivo de Ayala–. “Perdimos muchas horas porque si él perdía un reto de basket, quería jugar de nuevo”, recuerda Salinas.

Usualmente, Ayala terminaba ganando. “Es jodida y naturalmente bueno en todo”, continúa Salinas con una risa. “Era como ‘Dios, puedes encestar una pelota, jugar Street Fighter. ¿En qué eres malo, hermano?’”.

Pero lo que Ayala realmente domina es el estudio. “Yankee es más que solo un rapero y un cantante”, dice Salinas. “Ese tipo sabe de música. A veces se sienta y le da al teclado con nosotros. A veces dice ‘Estos son los acordes, cambia la batería’. Su genio musical va más allá de ser un rapero que rapea 16 barras, o un cantante que hace belting. “Play” y su hermano Oscar “Skillz” Salinas terminaron coproduciendo seis canciones del álbum, que alcanzó el nivel platino en Estados Unidos.

Salinas sigue impactado con el papel que tuvo en la carrera de Ayala, y le encanta cómo salió Legendaddy. “Tras este álbum, va a ser muy difícil para cualquiera decir que tendrá un álbum de retiro, porque él lo planeó muy bien”, dice. “Tuvo la gira, tuvo la merch, tuvo el nombre perfecto. Este tipo es un jugador de ajedrez”. Salinas le dirigió después unas palabras a Ayala: “Le dije: ‘Esto parece algo de Floy Mayweather, hermano. Él se retiró invicto, 50-0, nunca perdió –fue un campeón. Y eso eres tú”.

Desde su show en Las Vegas, Ayala ha seguido atravesando el país en el autobús de su tour. Antes de un concierto en Boston, su doctor le recomendó cuidar su voz lo más que pudiera, así que pasa casi cada día en completo silencio. En vez de hablar, se pone al corriente con lo que está leyendo o se pone a ver series de Netflix –maratonea Ozark y Stranger Things, series de las que vio que la gente hablaba en línea–. Evita escuchar música para proteger sus oídos. En la noche, cocina comidas elaboradas en una parrilla para una persona. Está especialmente orgulloso de sus chuletas de puerco, que lograron llegar a su cuenta de TikTok.

Afuera de su ventana, el terreno sigue cambiando. Su autobús atraviesa Colorado, Oregon y Utah. Tiene unos cuantos conciertos en California, gracias a los cuales conoce partes del estado que son completamente nuevas para él. Hay una cosa, dice más tarde, que regresa constantemente a su cabeza: En los días en los que ‘Gasolina’ explotó, recuerda haber visto datos que decían que los latinos eran el segmento de la población estadounidense con el crecimiento más rápido, y que para 2050 ya no serían un grupo demográfico minoritario. Siempre ha entendido el poder de la comunidad latina, pero ahora es testigo del mismo en todos los lugares que visita: “Estamos creciendo cada día”, dice. “Si mañana llega un nuevo género y es latino, va a tener éxito, porque nuestras expresiones culturales y nuestro arte van a seguir en ascenso”.

Volvemos a hablar por Zoom a inicios de septiembre, mientras se acomoda en un hotel en Montreal. Son alrededor de las 8 p.m., y su nombre de usuario de Zoom sale en mi pantalla: Sikiri, el apodo que le puso al personaje tipo Animoji que usó para su video de ‘Con Calma’. Ayala aparece en segundos, usando lentes de sol y un gorro negro. Va terminando de hacer ejercicio, y sigue cuidando su voz. “¡Eres la primera persona con la que he hablado en 15 horas!”, dice con una risa ligeramente rasposa.

Hasta ahora ha cantado en más de 30 conciertos, siempre frente a una audiencia entusiasmada. Su emoción es obvia a través de sus ovaciones y sus cantos, pero es difícil no preguntarse qué pasa en la cabeza de Ayala cuando está dando un espectáculo. Su voz se vuelve más baja, y no es solo porque le preocupe esforzar demasiado sus cuerdas vocales. “Me ha pegado muy fuerte”, dice. “Muy fuerte. He estado a punto de colapsar de emoción arriba del escenario, pero no puedo hacerlo: el show debe continuar. Pienso en los aplausos, en todas las personas ahí, sentadas al inicio, en todo por lo que pasé, los sacrificios. Son tantas memorias”.

Sus fans –quizá con la ligera esperanza de que siga haciendo música– han cuestionado si su retiro es real. Ayala es firme en su decisión. “No tengo ningún plan de regresar”, dice.

El futuro es un abismo gigante y negro en el que se está adentrando con la misma determinación con la que ha trabajado toda su carrera. “Creo que eso es la mejor parte. Es un misterio que debo descubrir, y eso es lo que más me emociona”, dice. “No sé qué vaya a pasar”.

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