Antes de esta película, Mariana Rondón ya había marcado un estándar alto en el cine venezolano. Postales de Leningrado abordó la memoria política desde la imaginación infantil con una propuesta formal arriesgada y emotiva, y Pelo malo confirmó su peso como autora con un retrato sensible sobre identidad y prejuicio que todavía se discute. Ambas figuran entre las obras más relevantes de la historia reciente del país. Zafari retoma esa preocupación por las fracturas sociales, pero la lleva a un terreno más alegórico.
La acción transcurre en un zoológico casi vacío y en un edificio de clase alta que se cae a pedazos. Ana, su esposo y su hijo Bruno (Varek La Rosa) viven rodeados de apagones y escasez. La piscina del conjunto residencial es el último símbolo de estatus, una frontera absurda cuando el agua potable ya es un lujo. La llegada del hipopótamo introduce una imagen potente. El animal siempre tiene alimento mientras las personas se disputan las sobras.
Hay una clara resonancia con High-Rise, la cinta basada en la novela de J. G. Ballard, y en la macabra El hoyo de Galder Gaztelu-Urrutia, en la idea del espacio arquitectónico como escenario de la lucha de clases, y también un eco del encierro y la falta de espacio real y moral que remite al cine de Luis Buñuel (El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía). Rondón evita el exceso ornamental con una puesta en escena seca y pegada al deterioro físico de los espacios y de las personas.
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Daniela Ramírez construye a Ana desde la rigidez y la represión, una mujer que aún intenta imponer orden cuando todo alrededor se descompone. Francisco Denis encarna a un hombre que oscila entre la negación y la desesperación. La degradación avanza sin grandes explosiones dramáticas; es progresiva y cotidiana. Esa elección puede hacer que el ritmo pausado y reiterativo llegue a exasperar, pero también enfatiza en la idea central de que no hace falta un estallido espectacular para que una sociedad colapse. Aquí, las cosas se van degenerando progresivamente.
Zafari no busca tranquilizar al espectador. Plantea una pregunta directa: ¿qué queda de nuestras convicciones cuando la supervivencia entra en juego? Puede que no ofrezca respuestas nuevas dentro del cine distópico y/o político, pero sí mantiene la coherencia de una directora que lleva años examinando, sin suavizar el golpe, las grietas de su entorno.


