Cuando Luis Buñuel filmó Los olvidados en 1950, lo hizo para recordarnos que la miseria no necesita maquillaje. Su retrato de los niños callejeros de Ciudad de México, heredero del neorrealismo italiano, definió una forma de mirar la infancia sin sentimentalismo. Desde entonces, el cine latinoamericano no ha dejado de volver sobre esos rostros: Crónica de un niño solo, Pixote, Rodrigo D: No futuro, La vendedora de rosas, Ciudad de Dios o Los reyes del mundo componen una constelación de películas que miran a los jóvenes desde el abismo.
A esa tradición se suma Tres lunas nuevas, ópera prima de Rodrigo Dimaté, que se atreve a retratar a la Bogotá que rara vez se ve en las pantallas. No la ciudad del esnobismo ni la del turismo emocional, sino la de los callejones donde la esperanza se oxida.
Dimaté arma su película como un tríptico que viaja de la luz a la penumbra. Tres jóvenes viven en distintos barrios pero comparten el mismo destino: nacer sin apoyo. Uno busca refugio en la libertad anárquica, otro intenta sobrevivir, y el tercero se consume en el deseo de redención. Ninguno escapa del entorno, porque el entorno se los traga.
El director los sigue con una cámara austera, sin adornos, que confía en la autenticidad de sus intérpretes naturales. David Cardona, Elkin Caro y Nicolás Holguín no actúan, respiran. En ellos se adivina un miedo y una rabia que pertenecen tanto al personaje como al actor. Marta Correa, como la madre que no se rinde, carga en su mirada todo lo que queda de ternura en un paisaje de ruinas morales.
Pocas veces Bogotá se ha visto tan viva y doliente al mismo tiempo. La fotografía de Jackson J. Gómez evita la postal y se aferra a la textura del concreto, al gris que se convierte en símbolo. La ciudad respira, gruñe y se desangra a través del diseño sonoro de Mercedes Gaviria, que transforma el ruido cotidiano en una sinfonía urbana de peligro y soledad.
La luna nueva, invisible en el cielo, funciona como metáfora. Los personajes viven en la sombra de algo que nunca llega a iluminarse. Dimaté no ofrece redención, solo una extraña belleza que emerge del caos.
Ese minimalismo formal da sentido a la propuesta. El montaje de Luis Carlos Torres rompe la linealidad y deja huecos, silencios y saltos que imitan el flujo errático de la vida. La música de Santiago Botero, unida a los temas de rap, aportan una cadencia coral. Los barrios hablan, y lo hacen rimando su tristeza.
Tres lunas nuevas no busca provocar compasión ni explotar la miseria. Su fuerza radica en observar, en dejar que la historia respire sin moralinas. Puede ser repetitiva, incluso circular, pero esa reiteración también es su manifiesto. Y es que en los márgenes, la vida es un bucle.
Rodrigo Dimaté entrega una película de dos horas y media que se mueve entre el realismo y la poesía, entre la furia y la ternura. Lo que queda, al final, es la certeza de que el cine todavía puede mirar a los invisibles sin convertirlos en espectáculo. Porque mientras haya jóvenes que levanten la vista hacia una luna que no se ve, Tres lunas nuevas seguirá recordándonos que, incluso en la oscuridad, algo late.
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