Crítica: Super Mario Galaxy: La película (The Super Mario Galaxy Movie)

La secuela apuesta por copiar a Star Wars y abrumarnos con guiños y frenesí, diluyendo lo que hacía funcionar a Mario.

Cortesía de UIP

La primera adaptación de un videojuego al cine fue Super Mario Bros. (1993), una cinta de acción real con Bob Hoskins como Mario y John Leguizamo como Luigi. Aquella película, pensada como celebración de los diez años del personaje creado por Shigeru Miyamoto, terminó siendo un desastre: confusa, fea, oscura y completamente desconectada del espíritu del videojuego.

Treinta años después, Hollywood entendió la lección. La versión animada de The Super Mario Bros. Movie (2023) logró algo que parecía imposible: respetar el ADN del juego y, al mismo tiempo, funcionar como entretenimiento. No era perfecta, pero sí eficaz y como las adorables adaptaciones animadas de Angry Birds, sabía lo que era.

Ahora llega la secuela, Super Mario Galaxy: La película, escrita nuevamente por Matthew Fogel, quien ya había demostrado con la espantosa secuela de The Lego Movie que expandir un universo no es lo mismo que inflarlo. Aquí el problema es evidente desde el arranque: la película no sabe qué quiere ser.

Fogel parece haber crecido consumiendo toda la saga de Star Wars (incluyendo precuelas, intercuelas y post secuelas), jugando cada versión posible de Mario (desde los viejos portátiles de cristal líquido, hasta las consolas modernas) y alternando los fines de semana con revisiones Frozen y maratones de Sailor Moon. El resultado es un guion que mezcla todo sin vergüenza ni jerarquía. Mario deja de ser Mario para convertirse en protagonista de una especie de “Guerra de las galaxias” (el título “Galaxy” cobra aquí un significado inesperado), donde la falta de originalidad sustituye al sentido.

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Como si se tratara de Ben Solo, el malvado hijo de Han Solo, Bowser Jr. (Benny Safdie) lanza un plan intergaláctico, secuestra a la princesa Rosalina, la hermana de Peach (dos princesas Leia por el precio de una) y arrastra a todos hacia una aventura cósmica. Mario y Luigi (con las voces de Chris Pratt y Charlie Day), hacen de Luke y C3PO, pero quedan, paradójicamente, en segundo plano dentro de su propia película. Jack Black (como un Bowser entre Anakin y Palpatine) repite, pero con menos fuerza. Aparecen Yoshi (Donald Glover haciendo de Grogu) y Fox McCloud (Glen Powell en modo Top Gun Maverick), quien pretende ser una mezcla entre Buzz Lightyear y Han Solo, pero que termina estando más cerca de Lando. Y no me hagan hablar del sapo con ínfulas de Jabba The Hut o de las estrellitas mezcla entre Ewoks y Minions.

La ausencia de una nueva canción tan memorable y divertida como “Peaches” no es un detalle menor: es síntoma de una película que no encuentra su propio momento. Además del “homenaje” descarado, otro de los problemas de la cinta está en la saturación. La película avanza a golpes de estímulo con persecuciones, saltos, combates, referencias y muchos, muchos guiños. Todo ocurre, pero nada permanece. 

Estamos ante un desfile constante de elementos reconocibles que no construyen una historia, sino que tan solo la rodean. El universo se expande, pero el relato se encoge. No hay eje y no hay desarrollo real de los personajes. Las subtramas aparecen y desaparecen como niveles de un videojuego mal conectados.

Hay que decir que visualmente, la película es impecable. Sus colores vivos, texturas detalladas y mundos diseñados con precisión se aprecian muy bien en una pantalla IMAX. Pero esa misma abundancia juega en contra. No hay tiempo para detenerse en nada. Cada idea dura lo suficiente para ser reconocida antes de ser reemplazada por la siguiente. Y ahí entra el problema de gran parte del cine animado contemporáneo: El frenesí. Ese ruido constante y la necesidad de mantener todo en movimiento, termina anulando cualquier emoción. La película no respira y no deja espacio para que algo o alguien tenga peso.

Se extrañan cosas básicas como Donkey Kong, por ejemplo, cuya presencia en la anterior aportaba energía y contraste (podría haber sido un excelente Chewbacca). Y, claro, se extraña ese momento inesperado como la canción de Bowser. Aquí no hay equivalente. Todo es más grande, pero también más plano.

¿Super Mario Galaxy es tan mala como la Super Mario Bros. de 1993? No. ¿La primera parte es mejor que la secuela? Tampoco. Esto es otra cosa: un producto que funciona a medias, que entretiene por momentos, pero que nunca termina de justificar su existencia. Ni desastre ni acierto: Super Mario Galaxy queda atrapada en el quicio más peligroso: El de la mediocridad.

P.D. Hay dos escenas postcréditos

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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