En Silent Night, Deadly Night, el terror vuelve a ponerse gorro rojo y barba blanca para confirmar una sospecha: algunos mitos no regresan porque tengan algo nuevo que decir, sino porque nadie se atreve a dejarlos morir. Esta nueva iteración de la saga nacida en 1984 se presenta como heredera del slasher barato y provocador que escandalizó en su momento, pero lo hace desde una lógica contemporánea marcada por la explotación nostálgica y el cálculo de franquicia.
Mike P. Nelson (Wrong Turn,V/H/S/85), guionista y director de este remake, abre el relato con un prólogo que no oculta sus referentes. Un niño presencia el asesinato de sus padres a manos de un Santa Claus homicida, con su correspondiente trauma fundacional servido en bandeja, como si Bruce Wayne hubiera cambiado Gotham por un centro comercial decorado con luces navideñas. El mensaje es claro y algo perezoso: el dolor infantil y lo sobrenatural lo explica todo, incluso el gusto por el hacha y el calendario de adviento convertido en lista de víctimas.
Años después, Billy Chapman (ahora interpretado por Rohan Campbell) recorre moteles y pueblos pequeños asesinando con la moral torcida de Dexter que distingue entre “buenos” y “malos” ciudadanos. La voz interior que lo guía no es tanto un demonio como un atajo narrativo. Billy mata a los “indeseables” para que el espectador no se sienta culpable por disfrutar del espectáculo. El problema es que esa estrategia neutraliza cualquier inquietud real. La violencia existe, la perturbación no.
Cuando la historia se instala en un pueblo que parece sacado de una postal a lo Frank Capra (con tienda navideña incluida), la película juega a la ironía sin comprometerse con ella. Billy no se redime, por supuesto, pero tampoco se vuelve una figura verdaderamente perturbadora. Hay sexo, gore, referencias cruzadas al imaginario slasher (de Michael Myers a Leatherface, Jason Vorhees, Freddy Krueger, Ghostface y Pennywise, pasando por asesinos reales como Ed Gein), pero todo aparece citado, nunca realmente encarnado. El terror funciona como un checklist de víctimas y no como experiencia genuinamente aterradora (Billy debería tomar nota de Art The Clown).
Nelson insiste en cargar el relato de clichés con asesinos paralelos a lo Silence Of The Lambs, secretos sórdidos en cada habitante del pueblo, giros que no sorprenden y una puesta en escena que confunde exceso con intensidad. Incluso cuando la sangre salpica, nada se fija en la memoria. Es un horror ruidoso y desechable, diseñado para el consumo rápido y el olvido inmediato.
Sin embargo, hay algo perversamente divertido en el empeño de la película por volver simpático a su asesino. Cada víctima parece merecer su destino, como si el filme necesitara justificar éticamente su propia violencia. Esa decisión, lejos de incomodar, simplifica el conflicto y vuelve predecible el recorrido. El resultado es un slasher catártico que quiere provocar sin arriesgarse, que invoca la transgresión pero la diluye en una corrección cínica.
Silent Night, Deadly Night no alcanza a fracasar del todo. Es extrema, dura en su crueldad, divertida en los castigos (los Nazis deben morir), pero conservadora en su imaginación. En un panorama saturado de terror autorreferencial y franquicias exprimidas hasta el hueso, esta entrega confirma que el verdadero horror no es Santa Claus con un hacha, sino la incapacidad de Hollywood para dejar descansar a sus muertos. Ya tenemos suficiente con Billy Bob Thornton y David Harbour como los Santa Claus malos.
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