Crítica: La máquina (The Smashing Machine)

La Roca se destroza a sí mismo para lograr su actuación más vulnerable y feroz hasta la fecha.

marzo 11, 2026

Cortesía.

The Smashing Machine no es un biopic de fórmula, sino más bien un derrumbe en cámara lenta. Benny Safdie, sin su hermano Josh, abandona el frenesí urbano de Good Time Uncut Gems para sumergirse en el cuerpo cansado y el alma hecha trizas de Mark Kerr, pionero de las MMA. La película, áspera como un nudillo partido, se aleja del espectáculo para mirar lo que ocurre cuando el combate se termina y lo que queda es solo dolor, silencio y confusión.

Dwayne Johnson, por primera vez, no interpreta a una figura más grande que la vida, sino a un hombre aplastado por ella. Su transformación es física, pero lo que impacta es lo emocional: una bestia de músculos con voz apagada, que no sabe cómo existir fuera del octágono. Lo suyo no es solo una gran actuación. Es una demolición controlada de su propia imagen. Johnson no actúa como The Rock tratando de ser serio; desaparece en el dolor, la fatiga y la rabia contenida de Kerr. Y por eso suena, por primera vez, la palabra “Óscar” cerca de su nombre, y con justicia.

Safdie evita el sentimentalismo y también los momentos de gloria. No hay monólogos inspiradores, ni cámara lenta sobre un nocaut épico. La mayor parte de las peleas se filman desde lejos o detrás de las cuerdas, como si estuviéramos espiando algo privado. La violencia nunca es gloriosa. Es confusa, sucia y agotadora. La cámara de Maceo Bishop, granulada y documental, sigue a Kerr como a un animal herido, siempre fuera de lugar, incluso en su hábitat natural.

El tono recuerda más a The Wrestler The Iron Claw  que a Rocky, aunque en el núcleo hay algo del espíritu original de Balboa: un hombre sencillo enfrentado a una vida que ya no le ofrece redención. Pero The Smashing Machine es más cruel. Aquí, la pelea interna importa más que el campeonato.

Emily Blunt, como Dawn, da una interpretación aguda y ambigua. Su relación con Kerr es tanto refugio como campo de batalla. Ella lo ama, lo cuida, pero también lo hunde. Las escenas post-rehabilitación son especialmente crudas. Él discute por detalles absurdos (un cactus, una piscina) y ella descubre que la sobriedad no lo ha mejorado, solo lo ha dejado expuesto. La tensión entre ellos no se resuelve. Se arrastra.

El punto débil está en el guion. Safdie, en solitario, parece más interesado en la textura que en la progresión dramática. El arco emocional de Kerr se insinúa más de lo que se concreta, y aunque hay destellos de grandeza (como ese llanto en el vestuario tras la primera derrota), la película se resiste a construir clímax. El duelo final con su amigo Mark Coleman (interpretado con honestidad, pero sin carisma, por el verdadero luchador Ryan Bader) carece de peso emocional porque todo en la cinta huye del conflicto dramático convencional.

Aun así, hay una intención clara de desmontar el mito del guerrero invencible. Kerr, como figura trágica, no encuentra redención en el ring ni fuera de él. El montaje final, que muestra al verdadero Mark Kerr, no como leyenda sino como hombre común, es un último golpe seco. No busca apoteosis, sino humanidad.

The Smashing Machine es incómoda, irregular y a ratos frustrante, pero eso no la debilita sino que más bien la define. Es una película que no quiere agradar, sino mostrar. Y en el centro, Johnson ofrece la actuación que su carrera no sabía que necesitaba. No para brillar, sino para romperse. Y en esos pedazos, hay verdad.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

  • 00:00
00:00
  • 00:00