La historia detrás de La ciénaga: entre el mar y la tierra parece escrita por el propio destino. Una película filmada en 2015, celebrada en festivales al año siguiente (es la cinta con más premios en la historia del cine colombiano) y luego enterrada durante casi una década por una disputa legal entre sus creadores, Manolo Cruz y Carlos del Castillo. Ahora, finalmente, se estrena en Colombia, y no llega como una novedad, sino como un acto de justicia cinéfila.
La espera no fue en vano. Desde su paso por festivales, quedó claro que este drama tenía algo especial. Ganó tres premios en Sundance, incluidos dos por actuación para Cruz y Vicky Hernández, y uno del público. Y no es difícil entender por qué. Cruz interpreta a Alberto, un joven inmovilizado por una enfermedad neurológica, sin recurrir a la lástima ni a la exageración. Todo está en los detalles. una mirada, una pausa, una respiración. A su lado, Hernández construye a una madre que es más que “la madre sacrificada”. Es una mujer compleja, fuerte y humana. La conexión entre ambos es el corazón de la película.
Pero no es solo una historia íntima. Es también un trabajo visual notable. La fotografía de Robespierre Rodríguez convierte la Ciénaga Grande de Santa Marta en algo más que fondo, es un reflejo del protagonista, una extensión de su encierro, un espacio entre la esperanza y el límite. El paisaje respira con los personajes.
Donde la película tambalea es en su guion. Cruz plantea grandes temas (la eutanasia, la autonomía, la carga del cuidado) pero los bordea, sin entrar a fondo. Prefiere el terreno conocido del drama sentimental, dejando de lado a algunos personajes secundarios que podrían haber dado más. En momentos, parece que estamos viendo ecos de otras películas como Mar adentro o Mi pie izquierdo.
Aun así, La ciénaga: entre el mar y la tierra emociona y conmueve. Es una película que fue silenciada, pero no vencida. Y al fin se deja ver, como su protagonista, soñando con alcanzar el mar.
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